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17 min
Soy mejor que tu
Varios |
25.03.15
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Sinopsis

Superación: 1º Significado - Vencimiento de un obstáculo o dificultad. 2º Significado - Hecho de exceder un límite... Pregunta: ¿Cuál es la conclusión del relato?

Rubén miraba fijamente al suelo de gravilla, con la vista completamente nublada, mientras Ana le hablaba sin parar. Hacía un buen rato que se había encerrado en su burbuja, que no escuchaba, y su mente solo pensaba en una cosa: encontrar un banco donde sentarse.

La fresca tarde veraniega ofrecía sus mejores galas a los viandantes que pasaban por el pequeño parquecillo, cercano a la estación de trenes. El sol no acababa todavía de ponerse, pero aun picaba lo suficiente como para evitarlo y buscar la umbría. El sofocante calor de días atrás, se había suavizado considerablemente, de tal forma que valía la pena dar una vuelta y gozar del periodo estival.

Pero a Rubén se le estaba haciendo demasiado largo y pesado, este último paseo con su amiga Ana.

- ...Y entonces ella me dijo, “¿cómo que te vas? ¿Has bebido algo o que?”. ¿Te puedes creer que mi mejor amiga, en vez de desearme buen viaje, me dijera que estaba borracha?. Y eso que fui aposta a verla, que con otros amigos me he despedido por teléfono.....

¡Jo! Hoy tiene ganas de hablar.... y un banco ¿dónde hay un banco?, - pensaba Rubén.

- Estás un poco distraído – dijo Ana

Hubo un silencio.

- No sé que manía tienes con que vengamos siempre a la estación... –dijo Ana mirando de reojo a Rubén, para percatarse de si estaba o no estaba por la conversación.

- ¿Te aburro? Si te estoy aburriendo, dime lo por favor.

- ¿Eh? ¡Ooh..., no, no, que va!

- Ni siquiera me estabas escuchando, ¿verdad?

Rubén se quedó callado. Era una tontería decir que no, pues era obvia la verdad. Su mente estaba divagando en otras cosas, entre ellas, la de buscar el dichoso banco y sentarse un rato.

Pero dentro del abanico mental que Rubén pudiera tener en su cabeza, un pensamiento estaba claro en su mente. Una idea, un proyecto que se volvía amnésico durante el resto del día, pero que resucitaba en este lugar; sitio donde el paisaje siempre era el mismo, repleto de vías, las cuales no sabía a donde llevaban, a que caminos conducían, y repletos de trenes con su ensordecedora llegada y salida; un lugar repleto de inspiraciones para Rubén. Podía contar, y le faltarían manos, las veces que había venido a este parque, más concretamente al pequeño puente que pasa por encima de las vías, y se había sentado a meditar.

Pensar. Su pasatiempo favorito. Mientras que a otros peatones les molestará pasar por ahí, por el ruido de los trenes salir y llegar a la estación, y lo apartado del lugar, para él era muy reconfortante. ¿Por qué? Ni el mismo lo sabía. Sólo que se sentía a gusto viendo pasar los trenes y pensando a la par.

Recordaba, con melancolía, la primera vez que había llegado ahí, hacía un millón de años por lo menos. Un día nublado de otoño, volviendo de clase de inglés – no es que necesitara clases es que iba adelantado en todo - vio a unos niños correteando por el parque. No les dio mucha importancia, hasta que se subieron en el puente y comenzaron a escupir. Probablemente fuera un competición, pero eso a él le daba igual, pues consideraba todo eso una pérdida de tiempo. Críos desaprovechando su tiempo para estudiar y ser algo en la vida. Sin embargo, algo le llamo la atención, algo muy simple: se reían. ¿Por qué consideraban eso tan divertido cuando era una estupidez, lo más simple que pudiera existir? Y a partir de ese momento fue, día sí y día también, al puente donde repetitivamente, se hacía la misma pregunta. Para un niño de 11 años, al que se le consideraba un genio, sacando unas notas increíbles e incluso estudiando materias más avanzadas a su curso, era una pregunta complicada que aún seguía sin respuesta.

Habían pasado diez veranos desde aquello y por lo que respecta a él, mantenía su lucha constante por ser el mejor en todo. Era su forma de vida desde hacía mucho tiempo. El tenía que ser el mejor en matemáticas, el lenguaje, gramática, literatura, en educación física, en todo. Una ley autoimpuesta, que le obligaba desde ser un políglota, a ser el mejor delantero del equipo, el mejor portero, el mejor pivot, el más rápido. Una palabra por encima de todas prevalecía en su vocabulario: reconocimiento, después de superación, claro está. Vivía para ello, y por esto, le encantaba que le regalaran los oídos. Y tal era su devoción que siempre llevaba consigo su libreta roja en la cual apuntaba aquellas metas, objetivos que tenía – o mejor dicho debía cumplir – y las tachaba una vez conseguidas.

Antes de salir de casa había echado un vistazo a su libreta. Llevaba con ella 10 veranos y muchas líneas estaban tachadas, salvo las 2 primeras. Justo en el lugar donde se encontraba con Ana, en el pequeño parquecillo, era donde escribió la primera línea de la libreta. Pasaría un largo tiempo hasta que escribiera la segunda línea. Y tanto una como otra estaban sin tachar. Muchas veces había venido a este mismo lugar con ansias de poder superarse a sí mismo, y finalmente realizar esas dos metas que tanto tiempo llevaban escritas. En todas y cada una de esas veces Ana le había acompañado y él, por falta de valentía o por miedo a hacer el ridículo, nunca había actuado. De todas formas siempre se decía así mismo, que estaban reservadas como algo especial, y las tacharía a “su tiempo señalado”.

 Ana era la única que sabía de la existencia de esa libreta, pero Rubén nunca le había dejado verla. Y no pocas veces había mostrado sus reservas al comportamiento casi psicótico, de superación, que tenía Rubén. Pero se había acostumbrado a ello, eran muchos años.

Llevaban casi 5 minutos en silencio. Rubén había encontrado por fin su banco y se relajaba contemplando las primeras estrellas del atardecer, en un  día majestuosamente despejado.

-“Es perfecto” – pensó entre sí. La puesta de sol estaba comenzando y Rubén recordó, con milimétrica memoria – era el mejor recordando cosas – la hora de llegada del tren procedente de Barcelona. Las 19:25 minutos. Miró su reloj y observó que eran las 19:05. Tenía tiempo de sobra para pensar detenidamente lo que iba a hacer, aunque le gustaba hacer las cosas con tiempo, ya que 20 minutos los veía algo escasos para sus fines. Sintió por dentro, de pronto, algo de miedo, extraño en él. Había decidido que al menos una de las dos líneas la iba a tachar hoy, pero el problema es que no dependía de si mismo.

Miró de reojo a su amiga, la cual jugueteaba  con el móvil.

- ¿Por qué te vas? – rompiendo el silencio, y sobresaltando a Ana.

- Vaya, de vuelta al mundo de los vivos. Bienvenido.

- ¿Por qué? – inquirió Rubén.

-Ya te dije, me ha salido una beca para estudiar en una de las mejores universidades de Valencia. No lo puedo perder.

-¿Es por eso? ¿No hay nada más?

Ana se le quedo mirando con gesto serio.

- A tu madre no le ha gustado la idea – prosiguió Rubén mientras se ponía de pie - . Ella piensa que eres muy joven para irte sola.

- Ya soy mayorcita como para tomar mis propias decisiones. Es como tú, Rubén. Tu necesitas constantemente nuevas metas, objetivos, pues a mi igual. Esto para mí es una motivación nueva, una nueva experiencia.

- Supongo que no te podré convencer. Tú madre me insistió en que hablará contigo.

- ¿Hablar conmigo? – sé sorprendió Ana – pero, ¿cuándo has hablado tú conmigo de algo que no fueras tú mismo? Además mañana me voy. Un poco tarde, ¿no? – espetó Ana mientras se levantaba también del banco y comenzaba a andar. – Encima mi madre  te mete en el lío… ¡Cómo me gustaría a veces poder salir volando y pasar de todo!

Rubén no dijo nada. Lo cierto era que, la madre de Ana le había suplicado que convenciera a su hija de no irse, hacía lo menos 3 semanas. Mas Rubén había estado muy ocupado con los exámenes y como no, tachando líneas de su cuaderno. Sencillamente no se dio cuenta del tiempo, hasta ese día, donde ya le pilló a contragolpe. Pero aún así, lo tenía todo bajo control, pues interiormente aunque existiera amistad y compañerismo con Ana, lo que más le importaba era tachar las 2 primeras líneas de su libreta. Y sabía que por ser el último día antes de irse, Ana no pondría muchas trabas a ayudarle a tacharlas.

Anduvieron por en medio de un jardín, con sus columpios, cada uno ensimismado en sus cosas. Rubén se percato de que estaba todo muy sereno y tranquilo, para ser un viernes.

Por un momento Ana hizo el amago de sentarse en uno de los columpios, pero Rubén sigió andando, pasivamente, dirigiéndose al puente de escaleras que cruzaba la vía del tren. Este pequeño puente peatonal era la travesía de aquellos que venían del polígono industrial y de las típicas personas mayores, ataviadas con sus chándals, a las que les gustaba caminar e ir hablando de sus cosas con su mejor amiga. Era la excusa perfecta para decir que estaban haciendo ejercicio, pero realmente el músculo que más ejercicio hacía no estaba precisamente en las piernas. Lo que estaba claro es que ni obreros ni individuos mentalizados a perder peso aparecían por ahí.

Estaremos más tranquilos así…sobretodo yo, - pensó Rubén, que suspiró levemente. Se dirigió al puente y comenzó a subirlo mientras su amiga le seguía a paso de tortuga.

- Echaré de menos esto, ¿sabes? Aunque este sitio sea algo “tétrico” para mi gusto, o mejor dicho para gusto de cualquier chica, porque para nada es romántico, lo echaré de menos. Supongo que con este lugar he llegado a conocerte mejor, Rubén. Tan solitario como tu. Pero a la vez sencillo.

¿Buscas algo romántico? – estuvo apunto de preguntar Rubén, pero decidió pensar en otro cosa.

- ¿Has dicho sencillo?

- Sí, te las das de que eres un “ente” superior en todo; el mejor en matemáticas, gimnasia, historia, el más listo, el más despierto, el mas astuto…  pero luego mírate, algo tan simple y sencillo como sentarte en un banco, andar por una pasarela por encima de las vías del tren y contemplar la puesta de sol, te gusta.

- Lo de que me guste o no, lo has dicho tu, pero, ¿a dónde quieres ir a parar Ana?

- Pues que eres uno más en este mundo; que por mucho que te pongas metas y las consigas, algo loable, que tengas ambición por superarte, no dejas de necesitar lo que todo el mundo.

- ¿El qué? – se dirigió Rubén  impertérrito a su interlocutora – Sospecho que me lo vas a decir.

Ana lo miró de arriba abajo, mientras se apartaba el pelo de la cara. Arriba en la parte más alta del puente el aire arreciaba y su hermosa mata de pelo largo castaño, le incomodaba, metiéndose entre los ojos, azulados. Se inclinó levemente y se apoyó en la barandilla. Se fijó en la altura en la que estaba enclavada la escalera, ya vieja, pero resistente, y se dio cuenta de que al menos habría unos 4 metros, más o menos.

- Te he dicho en infinidad de ocasiones que no me gusta estar aquí. Sabes que me da un poco de vértigo,-  protestó  Ana – y me da mucha impresión cuando pasan los trenes. ¿A ti es que no te asusta?

- No, he aprendido a convivir con ello, y tú también lo deberías haber hecho, teniendo en cuenta las miles de veces que me has acompañado aquí.

- Justo es eso a lo que me refería antes Rubén. Si estás aquí no es por otra razón si no porque necesitas las cosas más primordiales, como todo el mundo. Cosas que aún siendo simples, te llenan.

- No me vengas en plan filosófico y ves al grano.

Rubén se incomodó por la oratoria que estaba usando en ese momento Ana, y comenzó a impacientarse. Era obviamente, el mejor observador, y sabía desde que hacía tiempo que Ana sentía algo por él. Pero claro, era el más prudente.

¿Qué trama? ¿Qué me está diciendo? 

Su corazón comenzó a bombear sangre a un ritmo más alto. Miró el reloj y se dio cuenta de que eran casi las 19.20. No puedo evitar mirar de reojo las vías del tren a lo lejos en dirección norte. Pero no había problema, era el mejor calculando el tiempo también. Aún así temía por el ruido del tren. Sabía que durante el tiempo en el que el tren pasara, sería una misión imposible hablar.

Ana se volvió a él y con el semblante muy serio comenzó ha hablarle. Rubén comenzó a sudar.

 – No puedes negar la evidencia Rubén de que tú eres un mortal más. Puedes ser ambicioso y querer cumplir todo lo que te propones en tu libreta roja que siempre llevas encima, para superarte o superar a los demás, pero sigues siendo una persona como todos, con miedos y temores. Tan fuerte y tan triste como otro cualquiera. Lo que quiero decirte es que así no disfrutas la vida Rubén. La ambición sólo trae más hambre y eso es algo que no podrás controlar el día de mañana. Sé sensato.

El corazón de Rubén estaba en éxtasis total, y por primera vez parecía que “una” situación, se le estaba escapando de las manos, en su vida.

No puede ser.

Dio la espalda a Ana en un gesto de desaprobación de lo que le estaba diciendo, pero en verdad sólo quería ver el horizonte y empaparse del aire que comenzaba a ser ligeramente frío. Pero no había porque preocuparse lo tenía todo calculado, y hoy era el gran día para él. Miró su reloj

Las 19.23. Bien será hoy. Se lo diré hoy. Sí….

Rubén alzó los ojos y vio lo que parecía el tren con destino a Barcelona acercándose por la vía. Por un momento afloraron varios sentimientos en su cuerpo, y sabía el por qué. Pero entrecerró los ojos, volviendo su rostro hacía su amiga y devolvió la mirada, quien estaba esperando algo…

- No se que pretendes Ana, pero recuerda que no soy yo el que se va.

- Sí, y por eso al igual que tu te pones metas, yo me puse hoy un objetivo, Rubén. Y tiene que ver con tu obsesión por superarte. Por ser el mejor en todo. - Ana paró y se sobresaltó al oír el pitido del tren que estaba muy cerca de ellos, pero sin dejar de mirar a Rubén, siguió – Eres un egoísta asqueroso en todo, y durante años he querido ver cosas buenas de ti, y ¿sabes una cosa? No he encontrado mucho la verdad. Pero aún así, te tengo en alta estima, no puedo decirte más, pero no quiero verte el resto de tu vida convertido en un psicótico.

“Por eso te pido que seas sensato y sobretodo que te olvides de tu obsesión Rubén, - en ese momento la máquina del tren pasaba por debajo de ellos, provocando un ruido ensordecedor- que seas realista y equilibrado, porque hay cosas que no podrás cambiar nunca…yo…”

- ¡¿Qué estás diciendo?! - gritando Rubén.

- Yo… es así ¡Nunca podrás superarme a mi, he sido siempre la mejor y lo sabes, por eso tengo esa beca! Siento decirte esto de verdad, pero es necesario. Tengo miedo que conviertas nuestra amistad en una carrera por ver cuál de los dos es más cabezón. Y, además no lo olvides: ¡yo soy un año mayor que tú Rubén!

El ruido de los vagones del tren pasando por debajo de ellos, les había dado una tregua, suficiente como para que Rubén escuchara esas palabras. Y no pudo hacer otra cosa más que acercarse a Ana esbozando una sonrisa, algo que la  sorprendió por completo.

Increíble pero cierto….

-Fíjate por donde Ana – comenzó a decir Rubén mientras la tomaba por los hombros para darle un abrazo, - tanto tiempo juntos  y ahora me dices esto… Pero tranquila justo estamos en este lugar para subsanar esa eventualidad, pues aquí olvidaré al menos una  obsesión y tú me ayudarás, lo haré por ti, Ana, porque eres la única persona que me ha comprendido durante todo este tiempo.

Ana sonrió, y su corazón le dio un vuelco porque su amigo, su mejor amigo, por primera vez le había pedido ayuda, había contado con ella, le había estimulado, le había dicho algo que desde luego había salido de su corazón. Y eso le hizo sentirse bien, había cumplido su objetivo, incluso sentía como si volara durante unos microsegundos, tiempo suficiente para decir su nombre en un grito, mientras su cara palidecía de terror.

 

EPÍLOGO

 

Rubén se quedó inmóvil durante un par de minutos, observando el vacío. Bajo el puente, pero antes miró atrás, y como si viera a aquellos niños, de hace diez años atrás, que reían por los esputos que lanzaban a los trenes que pasaban, dio dos pasos, juntó las mejillas para segregar saliva y escupió.

Niños.

 Pasó por el parque. Se percató de que aparecía de lejos la silueta de un individuo con una escalera; se cruzaron las miradas y por la sonrisa que llevaba, Rubén estaba convencido de que ese hombre lo habría tomado por loco…pero nada mas lejos… estaba feliz después de mucho tiempo.

Al llegar a su casa, se sentó en su escritorio, abrió el tercer cajón y debajo de varias revistas, al fondo sacó su cuaderno rojo. Abrió la primera página donde se encontraban las dos líneas que nunca había conseguido tachar. Pensó por unos instantes y comenzó a reír a carcajada limpia. Seguidamente tachó la primera línea.

Esos mocosos ya no serán los únicos que se rían.

Se vio tentado a borrar la segunda línea, pero no era el momento.

 

 

 

Un año después, Rubén volvió abrir el cuaderno rojo, y esta vez sí tachó la segunda línea; había llegado “el tiempo señalado”.

Gracias Ana – dijo para si mismo, vigilante que nadie le oyese, pues él nunca debería agradecer nada, porque nunca necesitó ayuda.

Se paró por un momento. Cogió el cuaderno, y tras pensar un par de minutos en la segunda línea, pasó todas las hojas hasta la última que estaba marcada  y escribió un nuevo renglón.

 

¿Qué se siente al volar?

 

Fin

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