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4 min
Su mano derecha
Drama |
29.04.15
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Sinopsis

Siempre le acompañará.

La mano derecha de su padre le persigue en sueños. Siempre recordará la última vez que chocó los cinco con ella. Un jueves por la tarde del penúltimo día de enero. Ahí estaba saltándose las clases en el instituto para ir a verle al hospital. Solo tenía doce años.

Le habían dicho que era un pequeño problema de salud. Algo del estomago. Una tontería. Inocente aún de la enfermedad y la muerte, iba a verle al hospital los fines de semana y a veces uno o dos días en horario escolar. Esos días eran los mejores. Sus compañeros le envidiaban.

El los envidiaría más tarde.

Llevaba ya tres meses en ese hospital. Su mente infantil se empezaba a preocupar. Un día pregunto a su madre si pasaba algo malo. Ella le dijo que no, que estaban a punto de darle el alta.

Sí que se la dieron, sí.

Ese último día su madre le saco de las clases a media mañana. Eso nunca había pasado. Siempre iban directos desde casa. Quizás su mente estaba protegiéndole, quizás era realmente muy niño, quién sabe, pero en ese momento no sospecho nada. Se fue sonriendo de la clase con esa expresión tímida suya. Sus compañeros esa vez no dijeron nada. El maestro le miro con tanta compasión que por un momento el niño se preocupo. Solo por un momento.

De camino al hospital su madre no mencionó nada raro, solo sonreía. Cuando llegaron a la habitación donde estaba su padre este se río y le chocó los cinco con su mano derecha. Hablaron un rato. Una conversación como las muchas que habían tenido. Nada especial.

Entonces llegó el momento de irse. Su madre le dijo que se despidiera. Chocaron los cinco otra vez y le dio un beso en la mejilla. Todo el rato la mirada de su padre había sido alegre, hasta el último instante, cuando antes de perderlo de vista al salir por el marco de la puerta su expresión cambió. Solo la vio un segundo, pero la recordaría toda la vida. Era el terror más absoluto. Era animal. Años más tarde le dirían que segundos después de irse se derrumbo. Lágrimas, ataques de ansiedad y pánico, gritos ahogados; todo eso ocuparía sus últimas horas.

Antes de que se hiciera de noche tuvo una hemorragia interna masiva. Era inevitable.

Había muerto. Para siempre.

Se lo comunicaron esa misma noche. Su madre y su hermano entraron por la puerta de su habitación. Estaba jugando a un juego de ordenador. Ya no recuerda cuál. Lo siguiente que pasó lo borro todo.

Estuvo minutos sin decir ni expresar nada. Era simplemente imposible. Siempre había sido una obviedad que su padre era inmortal. Eso no podía estar pasando.

Lo primero que hizo fue reírse, intentando comprobar si era una broma. Después se río aún más fuerte, esta vez por miedo. Las miradas iban en serio. Iba en serio. La risa explotó en un llanto tan terrible que su madre y su hermano no pudieron más y se desplomaron ante el. Era una pesadilla de brazos y manos rodeándole. Voces suaves, entrecortadas, consolándole. Todo en vano. Su alma estaba rota. Su inocencia se escapó como un tren desbocado por tremenda grieta. Su sonrisa nunca volvería a ser la misma.

Los años curaron la herida. Nunca la cerraron. Esa mano le acompañará siempre. Ojalá se hubiera despedido de verdad. Ojalá lo hubiera sabido. Hubieran hecho tantas cosas. Toda una vida en un día. Le hubiera contado todos sus sueños. Hubiera escuchado todas sus historias. Le hubiera abrazado. Le hubiera dado las gracias por innumerables sacrificios y enseñanzas. Por darle la vida y enseñarle a vivir. Por ser su mentor y su mejor amigo. Por tantas cosas. Tantas.

Sueña muchas veces con volver a verle. Sabe perfectamente lo primero que le diría. Lo ha recreado tantas veces en su cabeza. Siempre la misma frase:

- ¿Lo he hecho bien, papá? ¿Estás orgulloso de mi? He pensado en ti cada día de mi vida. Sabía que tenías razón. Eres realmente inmortal. Te quiero. Te quiero tanto, papá.

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Estudiante de Filosofia con aspiraciones literarias. Más relatos y pensamientos en mi blog: http://sinpalabras.ghost.io/

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