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5 min
Su Química Existencia
Fantasía |
07.10.08
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Sinopsis

Producto de la escritura automática de un atardecer de Domingo, y que no pude publicar en su momento por encontrarse la página fuera de servicio...más experimental que literario :)

Se podría decir que pasaba gran parte de sus días tratando de hallar la calma. Vivía en una auténtica postal navideña, pero como en una de esas cuartillas de cartón impreso, todo poseía una estática y una perfección nada reconfortante. La ventana de su cuarto daba paso a un paisaje majestuoso, a la verde pradera delimitada por el río Uriol, a la inmensidad de un cielo que cambiaba a cada segundo y que nunca repetía la estampa. Pero lejos de absorber la paz que se le ofrecía jornada tras jornada, comenzaba a sentir un desasosiego perturbador, como el personaje plano de un relato infantil. Siempre a expensas de nada, en un todo estéril.

Cada mañana se despertaba en medio de un grito ahogado, que era rápidamente acallado con una píldora azul que le era suministrada entre el muesli. Todo era más brillante con aquel desayuno ácido, y hasta sus anhelos se tornaban ilusiones plásticas y de redondeada naturaleza. Quizás no era una forma muy convencional de referirse a los temores y pesadillas que le asaltaban violentamente, aunque en aquel equilibrio artificial la vida se filtraba a través de un tamiz químico y aplacador, y los vértices de su ánimo se desgastaban a base de lija.

Aquel nuevo día decidió prescindir de la ayuda extra y se negó a ingerir nada hasta pasado el mediodía. Su cuidadora se marchó preocupada tras el airado discurso, y la aguja del reloj parecía desplomarse tras cada hora punta en una caída libre hasta la media hora, para luego emprender una ardua escalada hasta la siguiente campanada.

Salió a estirar las piernas, pues aquellas cuatro paredes poco podían ya aportarle. Se acercó a la vera del río. Otros compañeros reían en pequeños grupos cerrados y parecían murmurar algo realmente interesante. Miraban de reojo y disimulaban gesticulando enérgicamente. Le parecía estar a otro nivel, desde donde observaba a cada figura de arena descubriendo su fragilidad. El viento las mermaba y el agua las desfiguraba a su antojo, y se negaba a limitarse como uno de ellos. “Desgraciadamente, dime tú ¿cómo escapar de una escena pintada al óleo?” A su familia aquello le parecía primoroso, exquisito, digno de devoción en su distante percepción, pero si pegaran la cara a la realidad solo apreciarían trazos confusos e inconexos.

Llevaba un largo rato reprimiendo su angustia. Se levantó y echó a correr desaforadamente, sin rumbo, solo con el sueño de caerse del marco y salir de aquella celda. Gritaba algo ininteligible, o quizás solo era un alarido lastimero. Algo le hizo tropezar y caer bruscamente, paralizándole el cuerpo. Justo después, sintió una leve punzada en un muslo y una voz cálida que trataba de trasladarle a un reposo profundo. El corazón fue amainando los latidos entre espasmos musculares, que dejaban de oponer resistencia, su rostro se fue descongestionando y finalmente se durmió.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde aquel pequeño percance. Volvió en sí como si de un arrebato se tratara y solo recordaba ira. Cada vez que parpadeaba, tragaba saliva y notaba el sabor a cítrico, cartón y plástico. Una risilla aguda se le escapaba de vez en cuando, al tratar de incorporarse y articular palabra alguna. Estaba artificialmente feliz, pero nada había cambiado y confiaba en que al caer la noche los efectos hubieran pasado. Efectivamente fue así.

Abandonó el edificio de muy mal humor. Llegó a la recepción y se dio de baja del programa. Había sido un fracaso total. Su cuidadora trató de hacerle recapacitar, mejorando la oferta, insistiendo en que los resultados no eran todavía favorables, invitándole a ser más flexible que la plastilina entre unos dedos ágiles. Pero consiguió no prestarle atención y caminó hasta la cabina de teléfono, situada en el área de visitas que siempre estaba vacía.

El taxi paró en la puerta y tocó el claxon. La directora del centro y su cuidadora se encontraban al borde del ataque de nervios y le hacían señas para que diera marcha atrás. En su último abrazo quisieron introducirle uno de aquellos botones azulados en la boca, que se deshacían en pequeños cristales multicolores al contacto con la saliva. Giró la cara y escupió al suelo el fármaco sin regalarles ni una mirada de despedida.

El camino a casa fue un monólogo manifiesto de su decepción y enfado. El mal humor no tenía cura, después de todo. La insatisfacción no podría ser subsanada con más existencias fútiles. Tendría que aprender por sí misma, a enfrentarse a su vida y a sobreponerse a su propia exigencia.

Y la verdad es que la imperfección del mundo le era más atractiva tras aquella experiencia de cuidada estética, pero miserable. Había resultado ser la única afectada por el intento de fraude a sus sentimientos.


"Los golpes duelen lo que tardas en ponerte de pie" (Skunk D.F.- Lecciones de vida)
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