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6 min
Subterfugios en habitaciones mentales, homicidios en habitaciones reales
Suspense |
22.01.14
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Sinopsis

aislamiento, psicosis

Despertó de súbito, como producto de un golpe de comba en el pómulo. Automáticamente se puso en pie; tambaleó bruscamente hacia su costado izquierdo, con la mano derecha se aferró a la protección metálica de la ventana, consiguiendo así instantáneo equilibrio. Su rostro se clavó -desde cierta distancia- en la ventana, en el geométrico casi-espejo, en el espacio cuadrangular que lo inscribía a ese marco de visión, y que le reflejaba su ahora demacrado y cadavérico rostro.

No se reconoció.

Miró sus manos, no parecían las suyas; las distinguía huesudas, amarillentas y pellejudas, además de estar surcadas por grietas epidérmicas, marcadas a manera de cincel sobre estos horribles anexos de sus brazos. Brazos huesudos y de las mismas características que las manos. Sintió terror, sintió sus piernas y los huesos de sus pantorrillas encogerse con un dolor psicológicamente agobiante. Decidió volver a sentarse por la angustia en sus extremidades inferiores… y en su encéfalo.

Palpó con sus manos la colcha de la cama donde había estado durmiendo, es decir; la suya, su cama. El tacto se sentía levemente distinto, como si el cubrecama hubiera sido cambiado mientras dormía. Pero siendo Vlada (el nombre del aludido) una persona de sueño realmente ligero, se sorprendió de este hecho. Miró el cubrecama, nunca antes lo había visto en su casa, nunca antes lo había usado, al menos. Un contacto brusco con el colchón lo alarmó, pues la base era de resortes, mientras que él recordaba a la perfección que su base era una seguidilla de tablas de madera separadas una de cada otra por veinte centímetros, aproximadamente. Confundido, se llevó las manos a los parietales, agachó la cabeza y trató de ordenar sus pensamientos; tal vez se tratase sólo de un sueño; una pesadilla, cabría decir.

Al pasar cinco minutos de torturantes cavilaciones, que no hacían más que confundirlo, se dio cabal cuenta que no se trataba de un sueño, ni de una pesadilla, al menos no onírica. Levantó la mirada, volvió a verse en la ventana-espejo. Terribles bolsas de negruzco color colgaban de sus enrojecidos ojos; sus pómulos,  excesivamente superpuestos, daban la impresión de ausencia de cachetes. Tenía los labios contraídos en una patética mueca de terror, terror hacia la colcha, hacia los resortes, hacia sus huesudos brazos y manos, hacia su cadavérico rostro. ¡Maldición! ¡Tenía terror de él mismo y de todo lo que lo rodeaba! Se encontraba seguro que esta no era su habitación, que aquella imagen reflejada en la ventana no era él. ¡¿Pero entonces que hacía él en ese lugar y en ese saco de pellejo y huesos?! Su cerebro era un caótico fuego cruzado de teorías, maquinaciones, espantos y disparatadas soluciones.   

Se sintió observado de perfil, desde el extremo derecho de la cama, con el rabillo del ojo distinguió una silueta retorcida, una sombra de mórbida fisonomía; pero desapareció fugazmente, se “esfumó”, sería el término más apropiado para la ocasión. Congelado de terror, apretó con las manos que no eran sus manos, en la colcha que no era su colcha; apretó la mirada contra el patético reflejo de su rostro en la ventana, esta vez ya no se vio a él, es decir; a lo que se había convertido, si no que vio lo que podría considerarse el rostro de la espeluznante sombra otrora sentada en un extremo de la cama. Palideció de horror, su tráquea ahogó un chillido de desesperación y espanto, se llevó las huesudas manos a la garganta para intentar comprimir el vómito provocado por las arcadas al límite del terror… no lo consiguió; manchó la ventana y espacios del suelo entre la cama y esta, de asquerosos trozos y retazos de lo ingerido a través del día. Entre toda esta porquería consiguió distinguir la amorfa faz de la sombra, sonriendo, gozando del espectáculo.

Decidió entre punzadas de pánico que debía hacer algo, y pronto. Sentía la penetrante mirada de la tenebrosa silueta en su nuca, en su cuello, en sus anémicos brazos, en su cerebro, en su encéfalo. Se sentía desnudo e impotente ante el terrorífico vigía. Decidió, decidió,… asesinarlo, ¡no! ¡Asesinarse! Así acabaría la tortura, así terminaría el martillear en su cerebro ¡Ese horrible martillear!, así culminaría el temblor casi-epiléptico en los brazos que no eran los suyos. ¡Estos horribles brazos, este horrible cuerpo que no era el suyo! ¡No era él!

Distinguió en el escritorio situado a la izquierda de la cama, un cuchillo de cortar pan, aquellos con filo de serrucho. No sabía el porqué estaba ahí, y no tenía porqué saberlo tampoco; no era su habitación. El horror paralizaba sus extremidades pero tenía la certeza que esta era la única solución: Asesinar a la sombra… ya no a él… podría acostumbrarse a habitar el enclenque cuerpo en el cual estaba contenido. El fuego interno que provoca el premeditar un acto cargado brutalmente de adrenalina, enfurecía y quemaba las venas de Vlada. El combustible psico-orgánico lo impulsó a pararse, fue cuestión de un segundo. Sonrió apretando las mandíbulas grotescamente, como dándose valor. Sentía que la sombra le escrutaba la nuca, pero la resolución estaba tomada. Extendió rápidamente la mano hacia la izquierda, tomó el cuchillo por el mango, con el filo hacia abajo, y volteó con el corazón escapándosele por la garganta. Quedó exactamente delante a la lobreguez manifestada, diez centímetros separaban sus rostros, es decir; el cadavérico rostro que no era el suyo, y la amorfa faz del oscuro terror. No hubo tiempo de pensar, estacó veintiún cuchilladas en la incorporeidad de la sombra, ésta no se desangraba… reía y exhalaba neblina por las rendijas que dejaba el cuchillo al traspasar su gris materia. Mientras Vlada acuchillaba frenéticamente, el rostro de la sombra empezó a tomar forma, fue adquiriendo los atributos que él habíase visto reflejado en el espejo. Los pómulos salientes, los labios apretados, la mirada de espanto ¡Por Jesucristo! ¡Si era él, es decir; no él, pero el cuerpo que estaba habitando!

Sintió un líquido caliente, hirviendo, que empapaba su abdomen, y también sus manos, especialmente la que tenía el ensangrentado cuchillo. La sombra había desaparecido. Volteó hacia el espejo-ventana, escupió sangre sobre el vómito que manchaba el cristal. Cayó de rodillas, en un charco de sangre y asquerosos desperdicios. Hasta el último momento estaba convencido que no era él. Murió desparramado sobre restos putrefactos de comida y borbotones de sangre.

 

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