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13 min
Sucedió en Navidad
Suspense |
21.12.18
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Sinopsis

Porque en estas fechas, cualquier cosa puede suceder... FELIZ NAVIDAD A TODOS

Zara caminaba por la calle engalanada de fiesta, pisando los charcos con sus botas nuevas. Era el día de Nochebuena.

          A la niña le encantaba aplastar las bombillas de colores que salían a su encuentro colgadas en el vacío plomizo de la tarde moribunda. Bombillas bajo sus pies y bombillas sobre su cabeza. Mientras caminaba con paso ligero, haciendo ondear sus largas trenzas, Zara silbaba feliz, recorriendo el túnel de colores. Se imaginaba que cada vez que pisaba la imagen de una bombilla, ésta estallaba sobre su cabeza, y su imaginación era tan poderosa que, después de haber recorrido un buen trecho del asfalto encharcado, realmente oía el sonido del cristal reventando sobre ella. Entonces se detenía y levantaba su vista al cielo, y las guirnaldas de botas, de estrellas y de campanas se miraban orgullosas en los profundos ojos de la niña, mientras danzaban suavemente al son del viento helado que soplaba desde la sierra. Aquel viento anunciaba nieve y aquello hizo sonreír a Zara. Adoraba la nieve y adoraba la Navidad. La niña apuró los últimos metros hasta el portal de su casa, tarareando los villancicos que bajaban flotando desde el blanco campanario de la iglesia.

          Firmemente sujeto contra su pecho, llevaba Zara su tesoro más preciado: un libro con formato de comic que narraba el Nacimiento del Niño Jesús. La historia le fascinaba y, aunque ya la conocía de memoria, disfrutaba repasándola una y otra vez, recreándose, imaginando, viviendo todo lo que allí se contaba.

          Cinco minutos más tarde, leía, cómodamente tumbada en su cama, después de un veloz saludo a su abuela en forma de apresurado beso y unas palabras cariñosas a su perrita, acompañadas de breves y enérgicas caricias.

          A medida que los ojos soñadores e inteligentes transmitían al bien entrenado cerebro las palabras y los dibujos, Zara viajaba más y más lejos, en el espacio y en el tiempo, dos mil años hacia el pasado y miles de kilómetros hacia el Oriente.

          La niña era capaz de sentir el frío en el viejo pesebre y el tacto áspero de la paja sobe su piel desnuda. Si cerraba los ojos, veía a la Virgen y a San José a los pies del improvisado y pobrísimo lecho y, a sus espaldas, a través de la puerta de la diminuta cuadra, divisaba, a la luz de la estrella, el camino que se adentraba en el desierto y la procesión de pastores, y los Reyes Magos, allá al final, cruzando el puente sobre el río helado. Y oía cantar a los ángeles, y sentía en el cuello y la nuca el aliento cálido del buey y la mula.

          Finalmente, a fuerza de cerrar los ojos, Zara se durmió y el libro resbaló de sus manos y cayó al suelo. Allí lo encontró a la mañana siguiente, yaciendo sobre la alfombra roja, cuando la aguda voz de su abuela y los gozosos ladridos de Luna la arrancaron del plácido mundo de los sueños.

          Después de devorar el desayuno, Zara bajó a la calle. Había nevado por la noche y la chica disfrutó un montón sintiendo crujir la nieve bajo la gruesa suela de sus botas. Pisar la nieve recién caída, nada podía compararse a eso. Si a Zara se le apareciera un día el genio, ese sería su primer deseo, ya lo tenía decidido, por si algún día se topaba con el amigo de Aladino.

          La niña caminó hasta las afueras del pueblo seguida por la juguetona perrita, que brincaba alborozada a su alrededor. Corrió a través de los campos nevados y construyó un estupendo muñeco. Después, comenzó a nevar otra vez y Zara decidió regresar a casa.

Al entrar en el portal, se encontró a una mujer joven y rubia que acababa de dar a luz allí mismo. Su marido, también joven y de negra y larga barba, le explicó a Zara que no tenían casa y como no habían querido atenderlos en el hospital por ser pobres, habían tenido que refugiarse allí.

          Después le preguntó a la niña si podían quedarse en su casa. Él era carpintero y les podría pagar el alojamiento fabricando muebles o reparándolos. Antes de que Zara le contestase, el hombre se presentó tendiéndole la mano y le dijo que su nombre era José y que su mujer se llamaba María. El bebé, recién nacido, por fin había dejado de llorar y miraba fijamente a Zara, sonriéndole desde su lecho de paja. La joven madre le explicó que el pequeño se llamaba Jesús y le preguntó si no le parecía precioso. Zara no contestó porque se había distraído observando el aro luminoso que María lucía sobre su cabeza. Sin duda era un rasgo de familia, porque José y el niño portaban uno cada uno y el de Jesús, aunque de menor tamaño, brillaba mucho más; tanto resplandecía que iluminaba todo el portal e incluso la nieve de la calle destellaba con un precioso color dorado, bajo el fantástico resplandor.

          Zara decidió subir a casa para contárselo a su abuela pero no pudo porque las escaleras habían desaparecido y la niña está a punto de chocar contra un pacífico buey que rumiaba, tumbado tranquilamente a la derecha del niño. Entonces, Zara trató de pasar por la izquierda pero allí estaba la mula y tampoco tenía pinta de querer moverse en absoluto.

          En ese momento, la niña oyó la voz de su abuela Beatriz que la llamaba desde arriba. Zara no pudo contestar porque un formidable estruendo procedente de la calle le hizo volverse y mirar hacia afuera. La puerta había desaparecido y también la calle y las luces de Navidad y hasta las casas se habían esfumado. Zara solo vio el desierto inmenso bajo la noche fría; bueno, vio el desierto y vio los pastores que acercaban. Todos traían algo para el Niño y cantaban a grandes voces y tocaban panderetas y zambombas. Por el camino más ancho, unos Reyes Magos gigantescos acababan de cruzar el puente sobre el río de plata y avanzaban lentamente hacia el Portal. Pastores y Reyes se desplazaban flotando a ras del suelo sobre una especie de plataformas, de manera que no necesitaban mover las piernas.

          La voz de su abuela sonaba cada vez con más fuerza y finalmente consiguió despertar a Zara.

          La niña se incorporó en la cama y, tras restregarse los ojos, miró sorprendida a su alrededor. Allí no había Portal, ni pastores ni Reyes. Estaba en su habitación y su abuela la contemplaba sonriente, sentada en el borde del lecho.

—Abuelita, ¿por qué me has despertado?— refunfuñó Zara — si estaba teniendo el mejor sueño de mi vida.

Después su abuela le pidió que se lo contara y Zara la complació muy gustosa. Se lo relató con todo lujo de detalles pues le parecía encontrarse aún dentro, y si cerraba los ojos volvían a aparecer todos los protagonistas. Cuando terminó, se levantó de un brinco y se acercó a la ventana y entonces comenzó a saltar y gritar de alegría. Por la noche había caído una fuerte nevada y el pueblo ofrecía una idílica imagen de postal navideña.

          Después de desayunar con voraz apetito, el sueño le había dado hambre, Zara se puso la chaqueta, el gorro y los guantes y bajó a disfrutar de la nieve. Veloz como el rayo, descendió las escaleras y se paró en seco al llegar al portal. Allí, justo delante de la puerta, sobre la gruesa alfombra dorada, una mujer joven y rubia yacía en el suelo, retorciéndose de dolor. Un hombre, también joven y de larga barba negra, se inclinaba sobre ella intentando ayudarla.

          Zara los reconoció enseguida y cuando el hombre le habló la niña escapó corriendo escaleras arriba, gritando a pleno pulmón:

—¡Tatá, tatá, el Niño Jesús está a punto de nacer en el portal…en nuestro portal…!

Aunque parezca increíble, Zara consiguió subir las escaleras a mayor velocidad que las había bajado. Al irrumpir en su casa con la fuerza de un huracán, chocó con su abuela y estuvo a punto de derribarla.

          Cuando finalmente la sorprendidísima mujer logró entender algo del atropellado relato de su nieta, la riñó severamente, advirtiéndole que se dejara de bromas tontas, que los Santos Inocentes eran la semana próxima. Pero la niña, terriblemente nerviosa y emocionada, insistía en explicarle a gritos que había visto a la Virgen con dolores de parto en el suelo del portal y que San José la acompañaba y que tenía que bajar con ella, que el Niño iba a nacer enseguida, y que seguramente ya se encontrarían abajo el buey y la mula; y que pronto llegarían los pastores y los Reyes y que la calle y el pueblo iban a desaparecer y que se haría de noche…

          Por un momento, la abuela de Zara pensó que su nieta se había vuelto loca y no tuvo más remedio que seguirla escaleras abajo. Zara iba delante y tiraba de la mano de su abuela, arrastrándola literalmente.

          Por fin llegaron al portal y ¿qué creéis que vieron allí…?. Pues…una planta de interior, un espejo de pared, una alfombra verde  y varios buzones rebosando propaganda. Aparte de esto, el portal estaba absolutamente vacío.

          Zara se quedó muy quieta, los ojos abiertos desmesuradamente y con una expresión de estupor absoluto pintada en su rostro.

          —¡Abuelita, estaban ahí, te juro que estaban ahí!—exclamó desesperada, señalando la gruesa alfombra.

          La vehemente insistencia de Zara y el cómico y genuino desconcierto que reflejaba su cara, convencieron a su madre de que la niña decía la verdad. Así que la agarró por los hombros y, tras calmarla, le dijo que la creía. La niña se quedó muy quieta y miró a su madre. Sus ojos negros se llenaron de lágrimas.

          —Entonces, ¿dónde están tata , dónde están…?— gritó entre sollozos.

Cuando la mujer se disponía a contestarle, se abrió la puerta de la calle y entró la vecina del primero. La abuela de Zara le relató los hechos y le preguntó si ella sabía algo. Entonces, la amable anciana les hizo entrar en su casa, les sirvió chocolate con churros y les contó lo que sabía del asunto, que, por cierto, era bastante.

          Una hora más tarde, de regreso en su casa, Zara hablaba con la perrita, algo que solía hacer menudo. El animal sabía escuchar y era capaz de guardar un secreto mejor que nadie. Mientras le rascaba la cabeza detrás de las orejas, donde más le gustaba, Zara le contó su sueño y después le habló de la extraña pareja del portal.

—Imagínate, Luna , el susto que me llevé—La perrita, cómodamente echada sobre las piernas de la niña, permanecía muy quieta y atenta al fantástico relato—Eran las mismas personas que había visto en mi sueño. Pensé que estaba soñando otra vez o bien que me había vuelto loca. Pensarás que soy un poco tonta y que todo esto me pasa por leer mucho o tener demasiada imaginación…Pero…estarás de acuerdo conmigo, perrita, en que jamás podría haber imaginado que la chica rubia era la nieta de nuestra vecina, que había vuelto a pasar las navidades después de varios años y que el hombre de la barba era su marido. Claro que si me hubiera olvidado del sueño y me hubiera fijado mejor, me habría dado cuenta que la chica no estaba retorciéndose de dolores de parto, sino que se revolcaba y gritaba porque se había roto la cadera al caer por la escalera y su marido intentaba calmarla, aunque no sabía muy bien cómo.

          —Sabes, Luna , que me pongo colorada y me arden las orejas cada vez que recuerdo como el chico se dirigió a mí pidiéndome que avisara a su familia y yo escapé escaleras arriba, corriendo y gritando como una loca. Cuando regresé con mi abuela ya no estaban, porque había venido la ambulancia y se los había llevado al hospital. Creo que esta escena me perseguirá toda la vida y hará que me avergüence, aun cuando sea una abuelita y se lo cuente a mis nietos…

          Zara se levantó al fin tras sacarse a la perra de encima, no sin esfuerzo, y se sentó en el sillón. Luna se acercó, meneando la cola y reclamando más caricias. La voz de su ama, profunda y misteriosa de repente, la detuvo en seco y la perrita se sentó y se quedó en estado de alerta, observando a la niña. El bello semblante de Zara se había puesto muy serio y sus ojos brillaban de un modo especial, mientras apuntaba con el dedo a su expectante amiga:

          —Pues sí señor, todo se explica, al final todo ha quedado claro…Todo, menos una cosa…escucha Luna — La perrita atendió el ruego estirando el hocico y atiesando las orejas, mientras miraba a Zara fijamente— Lo más extraño de toda esta historia es que yo haya soñado con dos personas que nunca había visto y que esas personas existieran realmente y fueran exactamente igual en la vida real que en mi sueño. Y por eso pienso, mi adorable perrita, que, a lo mejor, todos los otros personajes y lugares con los que soñé también existen realmente y puede que estén aquí entre nosotros y que no seamos capaces de verlos.

 

          La perrita ladró, como asintiendo, y pareció quedarse pensativa. Zara miró hacia la ventana y vio que volvía a nevar de nuevo. La niña y el animal brincaron alborozados, bajaron a la calle y corrieron sin parar a través de los campos, surcando el blanco mar, majestuoso e inmenso. La nieve, que cada vez caía con más fuerza, borraba rápidamente sus huellas gozosas.

          Al llegar al bosque, Zara se detuvo al fin y mirando al cielo con los brazos abiertos, dio gracias al Niño Jesús por la nieve y por la Navidad.

          Mientras Luna correteaba sin parar a su alrededor, permaneció inmóvil, enterrada hasta los tobillos, y los grandes copos, livianos y silenciosos, caían sobre su rostro, inmensamente feliz.

 

 

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  • Hermosa historia...te voy leyendo me la paso muy bien. Saludos.
    Hola Paco Un relato lleno de la imaginación propia de los niños. Muy bonito Un abrazo
    Excelente, me gusta mucho cómo cuenta las historias, un párrafo me anima a seguir leyendo el siguiente.
    Muy buen relato amigo Paco, siempre es agradable volverte a leer. Aprovecho para recomendar otra historia tuya que me pareció diferente, sorprendente y muy divertida que releí hace unos días "un día inolvidable"...un abrazo y felices fiestas
    Relatos como el suyo son los que hacen que siga en esta página descubriendo grandes historias. Bárbaro cuento el que nos contó, la relación de la niña y la perrita fue todo un acierto que me cautivó.
    Un bello relato. Las buenas referencias culturales, desprenden en la persona una actitud positiva, que se transmite a las gente que hay a nuestro alrededor.
    Es la más bella y maravillosa historia de navidad que leído hasta ahora. La disfruté de principio a fin. Excelente trabajo querido Paco Castelao. ¡Felices fiestas! ;-)
  • 42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

    El pueblo de Castropol, con el histórico palacio de Valledor como protagonista estelar, es el singular y pintoresco escenario donde dos antiguos compañeros de estudios en la Escuela Hogar de Castropol se encuentran 40 años más tarde para revivir la emocionante "Búsqueda del Tesoro" en la que compitieron a finales de los años 70. Los enigmas y acertijos se suceden sin respiro en una lucha trepidante y sin cuartel contra el ingenio del retador y el tiempo límite para superar la prueba. José Villamañe dispone de 777 minutos para resolver 7 endiablados enigmas y encontrar el cofre con 7 lingotes de oro.

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