cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

9 min
Sucedió una noche
Humor |
14.05.15
  • 5
  • 2
  • 400
Sinopsis

Con este relato he querido hacer una crítica de la sociedad de consumo actual, remarcando la injusticia de la existencia paralela de dos mundos y las diferencias entre el medio urbano y el medio rural. Pretendo subrayar el papel de la familia en la experiencia vital propia y considero fundamental acabar con todas estas injusticias. Otra de las ideas fundamentales que quiero transmitir con este relato es la injusticia existente en el mercado de los paracaídas para corchos de champán, donde una minoría rica y poderosa copa todas las ventas. También trato de pasada el tema de la fugacidad de la vida (vemos claramente cómo el personaje se fuga de su vida e intenta ir hacia otra) para terminar extrayendo la conclusión de que con un poco de azúcar todo es posible. Hay quien considera que este relato es una crítica al papel de una conocida marca de refrescos de cola en el conflicto ruso-japonés, pero eso son solo suposiciones.

Desesperado. Nadie le recogía. Llevaba horas con el pulgar en alto y ningún coche se detenía. Estaba de pie parado en el arcén de la carretera. Él se había acostumbrado a la práctica del autoestop en su juventud, pues en su época era muy común, y le extrañaba que ahora nadie le quisiese recoger. Además, una tormenta horrible azotaba aquel lugar: truenos, rayos, bolas de granizo, árboles derrumbados por el salvaje viento… y, para colmo, estaba casi desnudo y con las largas barbas colgando.

Había anochecido hacía ya tiempo y la penumbra era casi total, no solo porque la luna y las estrellas parecían haberse ido ya a la cama, sino también porque eran pocas las farolas que permanecían encendidas a causa del temporal. Él procuraba permanecer bajo las encendidas, para poder ser visto por la gente que pasaba, pero se veía obligado a cambiarse de farola cada poco, porque se apagaban muy rápido.

Llevaba allí ya mucho y había perdido la noción del tiempo. No sabría decir si llevaba dos horas o tres días. Eso le frustraba enormemente, como también lo hacía, por supuesto, el hecho de que nadie le recogiese haciendo autoestop, cuando en sus años mozos nunca esperaba más de cinco minutos a que le recogiesen. ¿Sería que había perdido práctica? Ya se estaba haciendo viejo, y dicen que al hacerse viejo se pierden facultades, así que podía ser eso. Pero claro, los viejos deberían ser mejores al autoestop, porque dan más pena que los jóvenes, así que, como no le recogían, debía ser que no aparentaba tan viejo como él pensaba. Así que no le recogían por aparentar ser un joven recio y fuerte. Por lo tanto, decidió hacerse el escuálido y andar encorvado para dar más pena a la gente y que le recogieran. No funcionó.

El hombre pensaba que si ningún buen samaritano se compadecía de él pronto, se acabarían apagando todas las farolas de la carretera, le entraría el sueño y se tendría que ir a dormir a casa de algún jabalí. Tenía miedo.

Algunos conductores se fijaron en él, pero probablemente por las pintas que llevaba y no por el aparentar joven o viejo, como pensaba el pobre hombre, pasaron de largo. Incluso hubo uno que se detuvo a su lado para recogerle. Pero cuando fue capaz de ver con claridad, a la luz de la farola, sus bonitos calzoncillos, sus barbas, su desgarbado caminar fingido y su pinta de borracho chiflado aceleró repentinamente. En otra ocasión se puso a correr al lado de un coche suplicándole a la conductora que le recogiera, que no tenía a dónde ir, que estaba muerto de frío y que si seguía allí acabaría yéndose con los jabalíes al bosque; pero la señora no estaba por la labor de llevar a un hombre semidesnudo con una barba de medio metro en su automóvil, y aceleró y lo dejó ahí, en medio de la carretera, paralizado.

Entonces, detrás de él, venía un coche muy lento, que parecía incitarle a subir. Y, para que no le pasara lo de la señora de antes, se subió directamente, sin preguntar, aprovechando       que iba muy despacio. Saludó, pero no oyó respuesta; miró al asiento del conductor y se percató aterrorizado de que no había nadie conduciendo el vehículo.

No había terminado de salir de su espanto cuando se dio cuenta de que su vida corría gravísimo peligro. A no más de cinco metros de donde se encontraba había una curva cerradísima, y si la fuerza mística que estaba moviendo el coche no lo giraba pronto, se precipitaría al vacío y moriría instantáneamente.

Entonces, un tenebroso guante con una mano dentro atravesó la ventana y giró lentamente el volante, tan lentamente que hizo al hombre odiar esos segundos de agonía en que el guante no terminaba de efectuar el giro tanto como un mosquito odia el insecticida. Pero, al fin, terminó, y la vida de aquel singular personaje fue salvada por aquel siniestro guante.

Paralizado de miedo y sin aliento, entrecierra los ojos y se aferra con todas sus fuerzas a su asiento. Perplejo, contempla con una mezcla de júbilo y terror mortal cómo aquel guante hacía lo mismo en todas y cada una de las curvas del oscuro y aterrador camino.

El hombre, con el corazón en un puño y el cerebro en otro, se armó de valor y saltó del coche en marcha. Se guardó sus órganos vitales en los bolsillos y echó a correr como alma que lleva el diablo por la carretera, sin saber a dónde. Estuvo más de una hora corriendo sin rumbo bajo aquella penosa tormenta.

Serían las dos de la madrugada cuando llegó a un pueblo. Este, bajo aquella horrorosa tormenta, tenía un aspecto aterrador. Las calles parecían construidas de adoquines de hielo y hasta la luz de las contadas farolas encendidas parecía estar congelada. El granizo golpeaba con fuerza en los tejados de las casas, que eran de madera cristalizada, y también en la grisácea melena del hombre y, sobre todo, en su ya destrozada espalda. Procuraba ir bien erguido para evitar estos duros golpes, pero aun así, el viento, cruelmente, le enviaba de vez en cuando ráfagas de balones de granizo que rompían contra su espalda con mucha fuerza.

El hombre estaba muy acongojado, y también convencido de que si seguía ahí parado unos segundos más contemplando el precioso panorama que le rodeaba, se transformaría en hielo para toda la vida. Y la gente del pueblo le contemplaría, y le reconocerían como el loco que andaba desnudo por la calle a las dos de la madrugada. Estaría bien porque se haría famoso en todo el mundo, pero renegó de ese nuevo estilo de vida porque le costaría la propia. Entonces empezó a frotarse y a moverse para darse calor y se puso a buscar algún lugar en el que refugiarse.

Seguía acordándose del episodio del coche mágico, no lograba quitárselo de la cabeza. Nunca en la vida le había pasado nada parecido, estaba muy intrigado por saber qué le había pasado. Estaba tan nervioso que casi no notaba las piedras de granizo que le estaban destrozando la espalda ni el fuerte viento que estaba a punto de arrancarle las barbas de cuajo.

Pasaba el tiempo y no encontraba ningún sitio, pero no se desanimaba. Seguía empeñado en su búsqueda y, por fin, después de varios resbalones, encontró probablemente el único bar de todo el pueblo que aún no había cerrado.

Se sacudió los pies empapados, sucísimos y magulladísimos en el felpudo de la entrada y, una vez con los pies bien secos y bien limpios, seguro de que no iba a manchar el bar, abrió la puerta y entró. Había allí sentados en una mesa jugando a los dados cuatro trasnochadores y el camarero. Le saludaron. Él se quedó callado. Su madre le solía decir que no hablara con desconocidos. El camarero le ofreció una toalla y un poco de ropa para que se vistiese, pero él se quedó callado. Su madre le solía decir que no aceptara nunca ofrecimientos de extraños. Pero después de un rato meditando sobre su situación se dio cuenta de que ese era uno de esos casos especiales en los que está permitido desobedecer a los padres, así que aceptó.

Se duchó, se secó, se vistió, se afeitó la barba, se cortó el pelo, las uñas, se limpió las orejas, se cepilló los dientes, se sonó los mocos, se peinó bien con la raya al lado, se abrochó todos los botones de la camisa y el del pantalón, se subió la cremallera, se ajustó exactamente igual los cordones en los dos zapatos, hizo sus necesidades fisiológicas mayores y menores, y se fue a la mesa a jugar con los trasnochadores.

Como era natural, le preguntaron qué le había pasado. Él les explicó toda su película con pelos y señales, haciendo especial hincapié en el episodio del coche mágico. Los otros le creyeron, pero quedaron muy extrañados; ese tipo de cosas no solían pasar por allí, pues ese era un pueblo muy tranquilo.

Después de todas las explicaciones sobre su peliculón, el hombre pidió al camarero una botella de ron para olvidarlo todo sobre aquella noche, no quería volverlo a recordar nunca. Fue bebiéndosela poco a poco mientras jugaba a los dados con ellos. El mejor de todos era el camarero, las ganaba todas. Quedaba patente que se pasaba todas las noches jugando con los clientes más trasnochadores del día. Nuestro hombre se vio totalmente incapaz de ganar ni una mísera partida. Entonces, el camarero anunció que iba a cerrar y jugaron una última, la cual, cómo no, ganó el camarero, y mientras recogían las cosas entraron dos hombres al bar. Antes de que el camarero tuviera tiempo de decirles que ya estaba cerrado, uno  le dijo al otro en tono molesto: Mira, Juan, allí está el tonto que se subió al coche cuando lo veníamos empujando.

 

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Se agradece el apoyo, de verdad, es una gran motivación a seguir escribiendo que tanta gente valore tu trabajo. ¡Muchas gracias a todos!
    Ya con solo leer la sinopsis, queda claro que no eres uno más del montón. Una sinopsis increible para dar pie a un relato aun mejor. Te invitaría a segir escribiendo, llegarás lejos.
  • Si escribo algo aquí ya supera al texto

    Se llama perífrasis verbal o frase verbal a un tipo de perífrasis compuesta de al menos dos formas verbales: una forma finita llamada auxiliar y otra forma o "verbo principal", frecuentemente no finita, llamada verboide.

    Poli persigue caco, caco escapa y DEJA DE LEER SI NO LO HAS LEÍDO TODAVÍA la cosa acaba mal.

    Un poco pasado de moda, pero ahí va. Siempre está bien recordar los temas de actualidad de épocas pasadas y darnos cuenta de lo poco que nos importan ahora.

    Era broma. Ahora que has picado lo lees, granujilla.

    Lo mismo, pero más corto.

    Con este relato he querido hacer una crítica de la sociedad de consumo actual, remarcando la injusticia de la existencia paralela de dos mundos y las diferencias entre el medio urbano y el medio rural. Pretendo subrayar el papel de la familia en la experiencia vital propia y considero fundamental acabar con todas estas injusticias. Otra de las ideas fundamentales que quiero transmitir con este relato es la injusticia existente en el mercado de los paracaídas para corchos de champán, donde una minoría rica y poderosa copa todas las ventas. También trato de pasada el tema de la fugacidad de la vida (vemos claramente cómo el personaje se fuga de su vida e intenta ir hacia otra) para terminar extrayendo la conclusión de que con un poco de azúcar todo es posible. Hay quien considera que este relato es una crítica al papel de una conocida marca de refrescos de cola en el conflicto ruso-japonés, pero eso son solo suposiciones.

  • 7
  • 4.41
  • -

Joven estudiante. Mitad hombre, mitad poeta.

Tienda

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta