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9 min
¿Sueñan los psicópatas con saurios parlantes?
Fantasía |
10.03.15
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Sinopsis

Un relato de corte fantástico que realicé para el taller de escritura en el que participo. Es mi primera incursión en este género. Espero que os guste. El título es un homenaje a la obra de Philip K. Dick "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?"

Era media tarde cuando el niño entró por la robusta puerta de hierro y cristal. A la izquierda de la misma, en una placa de latón, se anunciaba en letras de bronce «José Rodríguez Cruz, abogado». El pequeño recorrió el largo pasillo de la céntrica vivienda sigilosamente, como un depredador acechando a su presa. Pasó de largo el amplio y bien iluminado despacho en el que un hombre de mediana edad mantenía una acalorada discusión telefónica con alguien. En el salón le esperaban sobre la mesa un batido de chocolate acompañado de un bocata de Nutella. Junto a ellos había un vaso de agua y una pequeña pastilla naranja de nombre impronunciable. A su lado, una nota de papel doblada y escrita con una letra bonita y curvada decía:

 

«Cariño, he tenido que salir a la mercería. Te he dejado la merienda y la medicación. Recuerda, no te olvides de tomarla, es muy importante. Te quiero».

 

           Despacio y a desgana, el niño fue dando cuenta del tentempié, mientras de fondo un programa de entretenimiento en una televisión infantil intentaba sin éxito llenar su vacío.

          Cuando terminó de merendar, aburrido de las insulsas tramas y los personajes planos del programa de ficción educativa, apagó el televisor y recogió y tiró a la basura el tetra-brik del batido, la pastilla y los restos de migas. De la mochila sacó el libro y el cuaderno de matemáticas. Se fue con ellos en la mano hacia la habitación pintada de azul situada a la derecha del salón.

           Pero al llegar allí sucedió algo inexplicable.

           Al cruzar la puerta de su habitación el niño se topó de bruces con un enorme cocodrilo tumbado sobre su cama habitualmente llena de peluches. El monumental saurio, de más de dos metros de longitud, tenía un aspecto feroz. Su piel escamosa, dura y seca semejaba la robusta armadura de cuero de un gladiador. A través de las membranas transparentes que tenía en sus acuosos ojos amarillos, el bicho le sostuvo la mirada durante un largo instante en el cual el niño, igual que una estatua de mármol, quedó petrificado, como si la maldición de un basilisco hubiera caído sobre él.

            El asombro del pequeño no terminó allí.

            De una forma absolutamente inconcebible, el cocodrilo abrió las fauces y empezó a hablar.

            —¿No me reconoces? Soy la voz de la razón. El eco de tu conciencia.

            La mandíbula del niño colgó hacia abajo como un chicle estirado hacia el infinito de lo sorprendido que se hallaba.

            —Conozco bien tu secreto. Ya no puedes pararlo. Ahora que has pasado a este nivel ya no hay vuelta atrás. Lo que vendrá después lo sabes de sobra.

            —Pero yo no… —el pequeño balbuceó en un burdo intento por justificarse—. Yo no quería hacerlo, no era mi intención hacerle daño.

            —Así que no era tu intención. ¿Tú te crees que soy tonto? —los ojos dorados del saurio relampaguearon de rabia—. Pero no está todo perdido. Te diré como librarte de tu dolor, de las burlas de tus compañeros, de los desprecios y humillaciones de tus profesores y vecinos. Si haces lo que digo se callarán para siempre y dejarán de reírse de ti. Si quieres acabar de una vez con esto te diré lo que tienes que hacer.

             El niño comenzó a sollozar al verse acorralado.

             —Dímelo cocodrilo. ¿Cómo lo hago?

             —Es muy sencillo —el monstruo ensanchó sus fauces en una mueca forzada—. Coge un cuchillo de la cocina. Uno especialmente afilado. Uno de esos en los que tanto te fijas. ¿Qué? ¿Te crees que no me he dado cuenta? —sonrió de una forma burlona e imposible para un animal de su especie—. Luego, cuando estés a solas, en el baño o en tu cuarto, igual me da, te cortarás las venas. Un tajo profundo a lo largo de las muñecas. Entonces todo acabará. Los demás dejarán de burlarse y no tendrás que llegar a hacer aquello con lo que sé que fantaseas.

             —¡No! ¿Cómo me puedes pedir algo así? Sólo soy un niño.

             —¿Lo eres? Eso es lo que te dices a ti mismo todos los días para acallar la verdad. Pero sabes que no es cierto. No eres un niño normal, como mucho te concedo que eres un mocoso torcido, enfermo, defectuoso. Con un terrible secreto escondido dentro de ti. Hazme caso Javier, sólo te salvarás si sigues mis indicaciones. El suicidio es tu única esperanza.

              —¡Noooooooooooo! No, no y no. ¡No lo haré! ¡No voy a hacerte caso! —acompañó los gritos tapándose con las manos los oídos.

              —Es inútil resistirse. Créeme, he conocido a muchos como tú en el pasado. Mi experiencia de miles de años me da la razón. Si me obedeces, hallarás la paz que tanto anhelas. Encontrarás por fin la eterna tranquilidad para tu torturada alma.

              Un largo y expectante silencio colgó suspendido varios minutos sobre ambos como un trapecista en la cuerda.

              —Está bien, lo haré. Te haré caso cocodrilo —rompió por fin el silencio el pequeño.

              Acto seguido desapareció raudo por la puerta para regresar al cabo de unos instantes portando un gran cuchillo de trinchar carne.

              —Ya sabes lo que tienes que hacer —le repitió el saurio.

              —Sí, lo sé muy bien —dijo fríamente él, arrastrando las palabras muy despacio.

              Al gigantesco bicho le cogió desprevenido el repentino cambio de parecer del niño. No pudo evitar la certera puñalada que le clavó de pronto en el lomo.

              —¡Muere, monstruo! ¡Muere! ¡Muere!

              Un siniestro brillo en los ojos del chaval refulgió con intensidad con cada cuchillada que le daba al herido e indefenso reptil. El frenesí que lo invadió lo llevó a hendir el arma a lo largo de toda la cama en la que yacía el escamoso ser.

              Pero donde el chico esperaba encontrar abundante sangre y vísceras para saciar su apetito sólo halló las plumas y el relleno de los cojines perforados, junto al agujereado peluche de cocodrilo de IKEA que su tía Noelia le regalara dos cumpleaños atrás.

              Se quedó sentado en el suelo, exhausto y aturdido por el impacto provocado por su turbada imaginación. El enorme saurio parlante que le conminaba a acabar con su propia vida sólo había existido en su mente. Se sentía muy perplejo, aunque no era la primera que tenía esa clase de visiones. Estaba desorientado y ansiaba saber qué demonios había ocurrido. En busca de respuestas, dirigió su vista hacia el adorado muñeco de arlequín que reposaba en su mesa de estudio y al que consideraba su mejor amigo.

              Los enigmáticos ojos pintados de la marioneta le devolvieron una mirada aviesa, penetrando en su pensamiento y diciéndole lo que tenía que hacer.

              Antes de que su madre regresara, limpió los restos de su encarnizado encuentro con el imaginario monstruo, tirando al contenedor el peluche de cocodrilo y los cojines rajados. Después, ya más calmado, volvió a su habitación y escondió en un lugar seguro el cuchillo. No quedó ninguna prueba.

              Pasó el resto del día como si nada hubiera pasado, inmutable, dejando transcurrir las horas sin transmitir una pizca de emoción humana.

              Era noche cerrada cuando se levantó de la cama, donde llevaba un buen rato fingiendo dormir desde que se acostó. Salió de su habitación y se encaminó sigilosamente, como un depredador acechando a su presa, al dormitorio de sus padres, desde donde tronaban los fuertes ronquidos de su progenitor. Algo afilado brilló en la negrura de la noche cuando el niño atravesó la puerta.

              —Sí, el arlequín siempre tiene razón —rompió el niño con un susurro la quietud reinante—. Él sí que sabe lo que hay que hacer, como con el gato de doña Rocío o el canario del primo Ricardo. No como ese cocodrilo tonto.

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¿Sobre mí? Bueno, qué decir..... soy un veinteañero tardío con muchas inquietudes. Me encanta escribir desde que era pequeño, y con mucho esfuerzo y sacrificio voy logrando pequeños éxitos en este mundillo. Escribo principalmente relatos cortos, pero tengo siempre presente la meta de publicar mi primera novela en un plazo no demasiado largo. Soy de los que prefieren ver el vaso medio lleno a todo. Intento disfrutar al máximo cada día que pasa (o al menos que no sea tan malo). No sé qué es lo que me deparará el mañana, lo importante es el ahora. Y muy gustosamente compartiré "mi ahora" literario contigo, lector/a.

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