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4 min
Sueño
Fantasía |
18.04.15
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Sinopsis

El cuchillo acaricia mi piel, desproporcionado en las manos del niño. Escuece. Noto como mi piel se rompe cuando me roza y una oscura y espesa gota de sangre cae sobre la acera. Gris, mate. Ni la hoja del cuchillo brilla bajo la luz del sol, ni la luna de los coches la refleja.

            Cuchilladas al aire y alrededor el tiempo se ha detenido. Manos frenéticas intentando detener el acero y un único color que va tiñendo el suelo.

            Rojo, como la maldad que brilla en sus ojos, o como los aros de la serpiente que duerme, aletargada, en mi mente.

            Era un juego. Un juego inofensivo que ahora corta la piel de mis manos como si fuera de papel. Y el escozor aumenta. La serpiente se despereza, abre sus ojos negros y rasgados y comienza a desenroscarse. Un miedo latente se despierta con ella.

            Salgo corriendo, con una mano sangrando y una risa histérica a mis espaldas.

            El  mundo vuelve a ponerse en marcha con mi carrera, pero el gris no desaparece hasta que llego a casa. Los colores surgen tímidamente cuando regreso y ni siquiera sé porque salí. Un naranja acogedor me abraza al entrar y la serpiente vuelve a dormirse.

            Es Halloween y ella ya está en casa. La luz azulada del baño escapa por la puerta entreabierta. En el espejo veo su reflejo, su cabello negro húmedo. Entro. El interior es relajante. Quizá sean esos matices de azul cálidos, veraniegos, o quizá solo su presencia.

            El rojo se escurre por el desagüe y el escozor desaparece.

            —No es justo —digo—, ellos luchan con armas y yo solo con magia.

            —Tú tienes la magia y yo soy la chica del halo —dice ella.

            Esa frase parece tener una gran importancia, aunque ahora, cuando lo pienso, me suena ridícula. Viene seguida de una conversación banal, mientras las tonalidades de azul de la habitación van desvaneciéndose, disolviéndose mientras el gris va extendiéndose como un cáncer, destruyéndolas. Nos damos cuenta cuando el azul se hunde en las oscuras profundidades del desagüe por donde momentos antes se había marchado la sangre de mis heridas.

            Algo nos persigue. Ahora nos vigila. Pretende hacernos daño.

            Empujo la puerta, que se cierra con un portazo. Ondas de gris recorren las paredes. El color palpita, vivo, y algo parece querer agarrarnos.

            Quietud y tensión. Palabras susurradas caen inútiles al suelo, rompiéndose en pedazos.

            —Mira —ella señala a la cortina de la ducha, que se mueve como si un viento inexistente la impulsara, o como si unos brazos invisibles la agitaran.

            De repente, con un espasmo, la cortina se mueve hacia la ventana y allí se queda pegada, gris contra blanco, vaho y plástico tejido. La forma de una cara surge en el cristal, apenas durante unos segundos, y después todo vuelve a la normalidad. El azul vuelve a teñir la tela, desparramándose por el suelo, trepando por las paredes, metiéndose en la bañera. Sin embargo, ya no es un color relajante, sino frio. Parece el azul del interior de un frigorífico, de una gélida habitación llena de carne muerta, cerrada herméticamente.

            Una gota de sangre se desliza por el lavabo donde está apoyada mi mano, trazando un camino rojo sobre el azul. A pesar del escozor que comienzo a sentir en la mano, esta no se mueve y solo mis ojos se dirigen hacia la ventana. El cristal sigue empañado y gris, como si una niebla espesa cubriera el exterior, como si fuera no hubiera nada más que ese color, como si estuviéramos aisladas en un bunker helado.

            Algo atrae mi atención. La gota de sangre se congela sin llegar al desagüe y su color rojo se mezcla con el azul creando un desagradable morado.

            —¿Sabes lo que significa eso? —pregunta ella.

            La cara del niño regresa de mi memoria. Un niño cualquiera, del montón, desconocido e irreconocible, común. La respuesta está clara y escapa de mis labios sin que yo lo desee: una muerte.

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