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4 min
Sueño con escaleras
Reales |
29.06.15
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Sinopsis

El sueño de una noche de verano, real, que necesitaba dejar por escrito por alguna extraña necesidad. Material para psicoanalistas, con poca literatura. Insisto en que es todo lo real que puede ser un sueño.

Hace una semana pude verla en persona y pasar unos minutos a su lado.

Fue en sueños, por supuesto, pero eso no me decepciona en absoluto. Aunque tenga que acabar despertando, los sueños me permiten realizar todo aquello que no puedo en vigilia. No se trata de preferir que las cosas sucedan de verdad, se trata de sobrevivir cuando no existe esa posibilidad, cuando no hay alternativa. Si pudiera soñar a voluntad, durante cada minuto que dedico a dormir, me pasaría la vida en la cama.

 

Me planté en su ciudad. Fui en autobús, según se supone que recordaba, y anduve hasta su facultad. Había elegido ese día a pesar de que sabía que tenía examen, o quizá precisamente por eso.

Nada más entrar empecé a subir escaleras inmediatamente. La verdad es que no había mucho más que hacer, el hall era una habitación extrañamente pequeña con unos escalones empotrados que cruzaban la pared de enfrente, dos puertas a cada lado y la de entrada detrás. No había ni una triste ventanilla de cristal, con marco de madera y un conserje detrás.

La escalera subía reptando por las paredes y cada tres vueltas llegaba a una nueva salita idéntica al hall, pero solo con las puertas laterales. Todas eran iguales, todas vacías y silenciosas, y todas con las puertas cerradas a cal y canto, según pude comprobar.

Aquella extraña e ineficiente arquitectura no me extrañó demasiado y seguí subiendo varias decenas de pisos, no más impresionado que el que visita a un amigo en un décimo sin ascensor.

 

Por fin, llegué a una sala algo distinta. La disposición era idéntica y desde luego, la escalera seguiría ascendiendo durante un número indeterminado de peldaños, pero una de las puertas estaba abierta y se oía un bullicio en el interior. Delante había una mesa y una silla, las típicas verdes de las aulas escolares, y un chaval de veintipocos se sentaba en ella, como un portero permitiendo el acceso.

Aquel can Cerbero no me puso ningún problema para acceder. Por el contrario, me confirmó con amabilidad que en aquel aula, en apenas unos minutos, iba a tener lugar el examen de Fisiología Vegetal para los alumnos de Tercer Grado de Biología.

Entré y encontré a Laura en poco tiempo, con su melena morena entre un grupo de post-adolescentes que ya habían ocupado sus asientos. Como soy un gracioso, le tapé los ojos por la espalda y me limité a sonreir mientras se daba la vuelta. No se lo esperaba y, extrañamente, no lo recibió del todo bien.

Me echó de clase, pero justo cuando se daba la espalda pude besarle en el cuello para despedirme. Sus compañeros empezaron a reírse y yo sabía que se estaba poniendo roja porque se tapaba la cara con el pelo.

 

Gasté las horas que tenía libres en bajar los tropecientos escalones y en pasear entre los charcos de alrededor de la facultad, que por suerte, estaba cerca de la estación. Cuando acabó el examen, bajó corriendo y tuvimos veinte minutos de intimidad que no llegué a completar, por limitaciones inherentes a los sueños.

Estaba muy guapa, al menos para mí. Tal y como la recuerdo, vamos, exactamente igual. Quizá un poco más alta, porque en el sueño tenía casi mi altura. Pensé que con ella también podría pasarme la vida en la cama, aunque no soñara ni un momento.

 

Desde entonces, y no sé si es casualidad, aunque no haya vuelto a soñar con ella sí que he vuelto a soñar con escaleras larguísimas. Todas distintas en materiales, colores y formas. Unas veces subo y otras bajo, unas veces lo hago con tranquilidad y otras con prisa. Anoche soñé que me perseguían por un hotel y, desesperado, me acabé arrojando por el hueco de las escaleras.

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Escritorzuelo principiante y cinéfilo empedernido. Me esfuerzo por ser un misterio pero os daré una pista: resido en Córdoba.

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