cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

6 min
Su pequeña gran historia.
Reales |
04.06.15
  • 5
  • 3
  • 962
Sinopsis

Teniendo poca experiencia en un mar revuelto, casi es mejor no caerse de la tabla. Breve historia de jóvenes surfistas.

La habitación 307,  tan importante y llena de recuerdos y sentimientos para mi, que me es imposible olvidarme de ella. Sus paredes estaban repletas de posters, las sábanas eran de colores y tenía una “preciosa” vista al aparcamiento. Él llegó a esa habitación el mismo día que entró en coma y no la abandonó hasta el día de su recuperación, que fue bastante después. Probablemente, durante ese periodo, pasé más tiempo en esa habitación que en mi propia casa. Había conseguido una mesa y un bonito sofá, en los cuales solía hacer los deberes, pintaba de vez en cuando y escribía alguna cosa que otra, pero fundamentalmente, reflexionaba.  Por desgracia, no todo era así de bonito. Aún conservo ese cuaderno en el que escribía todas mis penas, con el que encuentro un enorme parecido al diario de un viudo. La pared, si no la han cambiado, seguirá siendo testigo de mi furia. Pero lo peor sucedió en mi mente. Esa lucha interior, esa batalla eterna que libraba cada día en aquella habitación, que me llevaba a hacer cosas impensables. Esos múltiples arrebatos de cortarme las venas. La ventana, hecha añicos porque arrojé una silla. Solo en esos momentos entendí porque la gente se suicidaba. En fin, a esa habitación la llamaba “la habitación blanca y negra”, porque mi estado de ánimo y mi carácter dependerían del diagnóstico que el médico me diera de él, resumiendo, su diagnostico sería el mío.

 

Pero como en cada historia, todo final tiene su principio

 

Recuerdo esas tardes haciendo surf hasta las tantas. ¡Aquellos chistes! tan malos que no podías dejar de reírte. Después, la broma volvía en momentos tontos, en los cuales siempre te reías mucho más; son ese tipos de cosas que solo me atrevería a hacer con él. Por lo visto, él prefería perder su tiempo conmigo enseñándome matemáticas, que aprovecharlo mejor en cualquier otra cosa de las que solo se puede hacer en verano. Él y yo pasábamos todo el día juntos, porque él era el único en quién podía confiar. Siempre nos lo contábamos todo: la vergüenza no existía entre nosotros. Simplemente, me comprendía a la perfección y me parecía imposible que, dijera lo que dijera, pudiera hacerme sentir mal.

 

Ya hace dos años del accidente, pero recuerdo que ese día me desperté con ansía de ir al mar, con él, a comernos el mundo. ( Mientras escribo esto, no he podido dejar de sonreír, pues me doy cuenta de cómo cambia el tiempo, de lo impetuoso e irresponsable que era). Las olas eran perfectas, quizá demasiado grandes para nosotros, pero como jóvenes suicidas entramos sin pensarlo. Cogimos todo tipo de olas, e hicimos todo tipo de trucos que nunca antes habíamos hecho. Sin duda alguna, era nuestro mejor día de surf. Cuando estábamos en el pico, sentados en nuestras tablas, esperando una buena ola, divisamos una ola bastante grande, y le dije que la cogiera él, que se la dejaba. Yo, satisfecho por mi buena obra, me puse a un lado para ver como la cogía. Desde mi punto de vista, la cogió de miedo. Se levantó rapidísimo y acto seguido giró el cuerpo para poder hacer una pared. En ese momento sentí envidia, pero al ver su cara de felicidad, me alegré por él. En un momento puntual, el pie colocado en la parte de atrás de la tabla se le resbaló por falta de parafina y se fue al agua de cabeza. Yo me empecé a reír bastante, pero cuando me fijé en las olas que venían, me preocupé. A decir verdad, se fue a caer en un mal momento. Cuando estaba sumergido en el agua, dos olas igual de grandes que la anterior le cayeron encima e hicieron que su vuelta a la superficie fuera imposible. Yo empecé a remar todo lo rápido que pude en su auxilio, pero al igual que le pasaba a él,  las olas me eran demasiado grandes y avanzar me fue completamente imposible. Cuando la serie finalizó, me subí a mi tabla y me puse a remar en su encuentro. En ese momento, mi cabeza parecía el escenario de una batalla, pues las ideas iban y venían sin sentido alguno. Pensaba que me estaba volviendo loco. Todo tipo de voces a un volumen altísimo retumbaban por mi cabeza.  Empezaron a rondar todo tipo de ideas, sobre lo mal amigo que era, que como me podía haber reído de él, y que, por supuesto, el accidente había sido por mi culpa. Su cuerpo flotaba al lado de su tabla y con solo pensar lo que le podía haber pasado, me quise  morir. Al llegar a su lado, le puse la mano en el cuello y al ver que tenía pulsaciones, respiré un poco más tranquilo. Salí corriendo del agua, dejando las tablas en el mar y con el traje de neopreno aun puesto. En el camino, mientras lo llevaba en brazos, no dejaba de mirarle la cara pálida y sentirme totalmente culpable. Las lágrimas recorrían mi rostro, las miradas de los turistas me hacían sentir un asesino, y por si fuera poco, alguno de esos indecentes se atrevió a hacerme preguntas, las cuales, claramente, solo respondí con insultos. Mis pies descalzos empezaron a sangrar debido al camino pedregoso, pero ese fue la menor de mis preocupaciones.  Mis fuerzas se empezaron a desvanecer poco a poco, pero al ver su cuerpo tendido en mis brazos, se reponían rápidamente. Por fin divisé su casa. Empecé a gritar el nombre de su padre, que salió acto seguido de la casa. Lo primero que hizo fue coger a su hijo de mis brazos, lo cual agradecí, y después entro corriendo en la casa. Lo tumbó en el jardín , le tomó el pulso y le intentó reanimar, pero no pudo. Entonces salió su madre, y viendo la situación, antes de ponerse a llorar, tuvo el tiempo justo de llamar a la ambulancia.

 

Y así, con el sonido de la sirena de la ambulancia alejándose por la carretera, comenzó su pequeña gran historia.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 11
  • 4.64
  • 92

|a.f.|

Tienda

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
19.09.18
25.05.18
Encuesta
Rellena nuestra encuesta