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9 min
Sus amigos - Zurrapa (3)
Suspense |
03.12.14
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Sinopsis

Los amigos de Zurrapa

Sus amigos 

 

La noche siguiente esperé en aquél antro con la esperanza que acudiera Pedro Zurrapa, me vestí como uno de aquellos personajes de baja moral que lo frecuentaban. Ya había tomado un par de cervezas cuando lo vi aparecer. Entró vociferando como era su costumbre, con el único fin de llamar la atención, nadie le hizo demasiado caso aunque todos supieron que había llegado, sus acólitos del día anterior allí estaban sentados entre risotadas.

Zurrapa, al pasar junto a mí, me miró y dijo “tú eres el que me visitó en la chabola cuando era ermitaño”. Simulando sorpresa de volverlo a ver, le dije “sí, es verdad, te recuerdo”, supo de inmediato que había ido allí para verlo, “te sorprende verme aquí, no hubieras imaginado que después de tanto tiempo volvería a caer en este misma vida y vienes a averiguar porqué, ¿no es así?”.

Obviamente me había descubierto, pero lejos de reprocharme que intentara inmiscuirme en su vida, me dijo, “ven, te voy a presentar a mis compañeros”, no me dio opción, me estiró del brazo y me llevó a la mesa donde aguardaban sus correligionarios como si se un antiguo amigo se tratara.

“Amigos, os presento a un tipo que me encontré en la chabola el tiempo aquél que había perdido la chaveta, por lo visto viene a salvarme del infierno donde he caído, se llama José Manuel, pero le tenemos que poner un apellido”, los demás permanecieron mirando atentos mientras duró la breve presentación, tras la cual me saludaron con entusiasmo como si los conociera de hacía años. Lo de ponerme un apellido se refería a un sobrenombre, un mote que fuera bien conmigo.

Zurrapa los presentó uno a uno

“Este es Fede Ocholeguas, un tipo feo de cojones, como puedes ver, pero de buen corazón, lo de buen corazón lo digo porque un día se le paró, cuando llegaron los del Urgencias estaba más muerto que mi abuela, le propinaron tantos golpes en el pecho y le soplaron tanto aire por la nariz que no tuvo más remedio que dar un respingo y volver a la vida, sino los cabrones esos lo terminan matando, de eso hace más de diez años, y desde entonces su corazón late con la fuerza de un tambor, acércate y escúchale el pecho”, me estiró del brazo y me vi con el oído puesto en el pecho de Ocholeguas, se escuchaba un potente pom!, pom!, pom!. “Por lo demás no tiene más vicios que el tabaco, las mujeres de mala vida, el vino de a granel, alguna pelea de vez en cuando en un antro de mala muerta para demostrarse a sí mismo su hombría y hacerse saber que sigue vivo, y poco más”. “Bueno…”, dijo guiñando un ojo, “esos pequeños vicios los tenemos todos, ¿no?”, estallaron en carcajadas.

“Pepe Leches era concejal en un pueblo del extrarradio, tan torpe que lo cogieron infraganti cuando un constructor de pelo engominado lo sobornaba con una bolsa de billetes de cincuenta, había tres mil billetes amontonados en treinta fajos de cien”, “pesaban los cabrones” interrumpió Pepe Leches, “no sabía el muy capullo que los chanchullos importantes están reservados para los grandes, y que los pelagatos tarde o temprano terminan siendo carne de cañón. Salió absuelto por un defecto de forma, y el muy gilipollas dejó la política, con el futuro tan prometedor que tenía”. "Tengo mis principios", dijo Pepe Leches, " y tus finales", respondió Zurrapa, y estallaron de nuevo entre risotadas burlonas. “Este con cara de asustao es Jacinto Pelagato, está aquí porque un buen día volvió más temprano del trabajo y se encontró a un amigo acostado en su cama, cosa que carecería de importancia sin si no fuera porque su mujer se encontraba apilada entre las piernas del amigo, en una perspectiva significativamente indecorosa ante los ojos de Jacinto. El momento de entrar coincidió con el pleno éxtasis del amigo, quien tardó unos segundos en percatarse de su presencia, la mujer, tan entusiasmada estaba con el palpitante falo, que cuando vino a darse cuenta no pudo pronunciar palabra porque tenía la boca pastosa, intentó decir “Jacinto, esto no es lo que parece”, pero no le salió más que un lamentable gorgorito. Jacinto quedó traumatizado por el triste espectáculo y se echó a la bebida, a las putas y hasta algún que otro maricón”, Jacinto negó con el dedo y dijo “de mariconeo nada…”, vuelta ya de todo el bar a una escandalosa risotada incluido el propio Jacinto, que una vez superado el trago le resultaba la escena de lo más divertida. Zurrapa con su tono de voz alto mantenía la atenta expectación de la clientela, quien no quitaba oído a la presentación. Sabedor Zurrupa de esta cualidad, aún ponía más énfasis y más gesticulaba e imitaba los indecorosos movimientos de la pelvis del amigo en plena erupción y la onomatopeya del gorgorito de la mujer de Jacinto al descubrirlo tras de sí sin saber qué decir.

“Este es Dionisio Ampolla, el tipo más raro que te puedas echar a la cara, era militar chusquero reenganchado en la legión, llegó atraído por el amor patrio con la esperanza de salvar España de los graves peligros que la acechaban entregando hasta la última gota de su sangre, pero su ardor guerrero fue diluyéndose a medida que empezó a familiarizarse con los efectos del cannabis, que tanto abundan por las cercanías de donde suelen instalarse los legionarios. También empezó a aficionarse al vino blanco de a granel y a romper alguna que otra nariz a puñetazos en las maratonianas peleas con los más aguerridos moriscos de las cercanías al cuartel. Su nariz está hecha añicos, como puedes ver”, cogió mi mano mi la llevó hasta su nariz, un apéndice carnoso desprovisto de cualquier tipo de rigidez. “Y por supuesto, también se aficionó a las putas…tan habituales en los lugares patrios”, Dionisio levantó el dedo amenazante como diciendo a ver qué vas a decir, que te la juegas…, Zurrapa no se atrevió a mencionar la broma del mariconeo por miedo a que le rompiera a él también la nariz. Si Zurrapa podía resultar violento, Dionisio daba miedo cuando se le cabreaba. “Terminaron echándolo por indeseable después de romperle las narices a un brigada, volvió a la península después de cumplir seis meses de trullo, donde dedica su existencia a encontrar su camino y a satisfacer sus pequeños vicios”.

"Y yo mismo, Pedro Zurrapa, mentiroso compulsivo, me gusta más una trola que a un tonto un lápiz, a ti te engañé como a un pardillo, te tragaste lo del ermitaño como aquí la parienta de este se tragó las emanaciones del amigo" repitió los indecorosos movimientos de pelvis y la onomatopeya del gorgoteo entre las risotadas del personal. “Amigos, el muy cretino se tragó que estaba en una chabola viviendo de ermitaño, lo vi la cara de tan cándido que le conté el cuento que purgaba mis remordimientos de mala vida viviendo en la soledad del campo, el muy capullo se quedó con la boca abierta. Pero qué tonto el haba eres, estaba escondido de unos tipos a los que pedí dinero prestado para pagar unas deudas de juego, unos tipos con una mala leche que te cagas y si me llegan a coger me hacen rebanadas, afortunadamente, y no te diré como”, vuelta a las risotadas de los demás, “conseguí la pasta que le debía y me dejaron en paz, durante el tiempo que tuve cerrada la mercería también pasé una temporadita a la sombra por reincidente en mi afición a la mala vida y los excesos, pero nada de lo que tenga que avergonzarme”.

Una vez hechas las presentaciones, se dirigió a mí y  dijo “qué te parece este grupo de indeseables…¿y tú qué?, ¿no te vas a presentar?”, y se quedaron todos mirándome esperando qué iba a decir, dudé entre salir corriendo o quedarme y presentarme, decidí finalmente lo segundo, y no porque tuviera miedo a salir corriendo, sino porque no me atrevía, así que me armé de sinceridad y me presenté, “pues un pardillo, como dice aquí nuestro amigo Zurrapa, un ingenuo que se cree las trolas que le cuentan y que encuentra mas creíble que un individuo se pase diez años de ermitaño para purgar sus culpas que, que se haya escondido en el campo escondiéndose de los mafiosos que lo buscan para ajustar cuentas. Y en todo igual, más místico que real, más crédulo que desconfiado al quien es fácil engañar, más de volar que de pisar con los pies en el suelo, en fin, un capullo sin paliativos, un pringao en toda regla y poco más…”.

“Muy bien”, dijo Zurrapa, “esos son los tipos duros, los que saben reconocer su triste realidad y le echan dos cojones para decir la verdad. Todos estos se piensan que son duros de verdad porque se embriagan con vino de garrafa y dejan escapar los puños a la mínima, pero ninguno de ellos tiene los cojones de reconocer que son unos auténticos fantoches de pacotilla”, se quedó un momento callado esperando quién decía algo, pero todos callaron esperando que terminara, “y ahora, querido José Manuel, necesitas un buen apellido, ¿qué te parece… Pardillo?, bueno, y con Pardillo me quedé.

Para celebrar la nueva incorporación al grupo de indeseables, me llevaron a tomar vino blanco de garrafón en un local de mala reputación. La verdad es que no lo pasé mal, ni me sentí un extraño, encajé con ellos a la perfección, son mejores tipos de lo que parecen. Últimamente, con frecuencia me acerco al bar, charlo con ellos y me uno, como uno más, al escandaloso ritual.

 

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