cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

9 min
Tal vez en el momento equivocado, tal vez demasiado tarde o tal vez para siempre.
Amor |
28.12.18
  • 5
  • 1
  • 353
Sinopsis

"Un chico y una chica pueden ser sólo amigos, pero en un momento o en otro, se acabarán enamorado el uno del otro... Tal vez temporalmente, tal vez en el momento equivocado, tal vez  demasiado tarde, o tal vez para siempre."

Hola. 
Mi nombre es Melisa, aunque puedes llamarme M-2468. Lo sé, es un nombre extraño, ¿verdad?. Cómo el de un androide.
Podrías definirme así, me he comportado como un robot; no se me permite sentir o alzar mi voz.
Debo seguir el paso que otros construyeron y servirles sin poner en dudas sus palabras.
El futuro ha cambiado, ya estaba cambiando cuando era más joven.
En mi adolescencia la tecnología era algo grande. Los móviles, las tablets, los ordenadores, los identificadores de voz o el control de un solo lugar con solo pulsar un botón.
Explorar mundos mucho más nítidos que la realidad, pero mucho más vacíos.
La conexión instantánea entre personas geográficamente separadas, la oportunidad de sentir a través de una pantalla.
Las "redes sociales" o las "plataformas digitales", éramos como peces atrapados, hambrientos y ansiosos por ver un corazón formado de píxeles que significaba la aprobación de la sociedad.
La tecnología era algo novedoso y antiguo al mismo tiempo; había muchas cosas por hacer y descubrir y aún así parecía que todo estaba inventado.
Todos pensamos que la tercera guerra que agitaría al mundo sería una guerra química, armas tan poderosas capaces de eliminar una ciudad entera. Pero nos equivocamos.
Estábamos tan absortos en nuestras pantallas que no nos dimos cuenta de que teníamos la guerra en nuestras manos.
Una guerra tecnológica, con códigos y fuentes. Con ataques que se podían programar con solo pulsar una tecla.
"La Guerra Binaria" la llamaron.
No sabes que arma tan poderosa puede ser la información, los partidos políticos se atacaban con información privada que sus "hackers" conseguían.
Las amenazas ascendían, cada vez resultaba más fácil conseguir información privilegiada.
Ya nadie salía de casa, todo se hacía a través de las pantallas, incluso votar. Ya no había papeletas o urnas; no había propaganda por las calles o el correo ordinario.
Muchas personas se aprovecharon de esa situación para posicionarse allí donde querían, manipulaban los votos o los programas electorales de otros.
Se hicieron tantas cosas en tan poco tiempo y sin ningún control que todo acabó sumido en el caos.
El Gobierno no tuvo otra opción que adoptar una postura antitecnológica.
Se prohibió todo aparato, televisión, página o consola. Todo aquello que requieriese una conexión a internet para funcionar.
Esto causó una revolución en las calles. No se hablaba de ello en las redes sociales o en la televisión, pero había carteles hechos a mano pegados en las farolas y postes.
Parecía como si hubiésemos vuelto a los años veinte y eso complicó las cosas mucho más.
Muchas personas querían la vuelta de ordenadores y móviles, de sus alas para poder expresarse libremente. Internet era la única herramienta para ello.
Fue tan grande y agresiva esa revolución que el Gobierno no tuvo más remedio que adoptar la más extrema de las medidas: la prohibición de los sentimientos.
Si la gente no sentía no tendría deseos de expresar sus ideas y la revolución no contaría con más aliados, ya que las personas serían incapaces de empatizar con la causa.
Las normas eran claras: debían inyectarnos una solución que adormecía por completo nuestra capacidad de sentir. Esta solución se inyectaba a través de la cabeza, justo en el sistema límbico, donde nacen nuestras emociones.
Muchas personas se negaron y fueron eliminados por ser rebeldes y muchas otras escaparon al bosque, donde la policía no podía encontrarlos.
La solución se inyectaba cada mes, era el máximo de tiempo que duraba, en El Consejo.
Todos subíamos a una gran plataforma y delante de nuestros Hermanos y Hermanas se nos inyectaba dicha sustancia.
Para asegurar más la seguridad y evitar confrontamientos se nos separó en facciones: Hermanas y Hermanos. Mujeres y hombres.
Si estás con aquellas personas que son más afines a ti en gustos y físico, habrá menos posibilidades de generar un enfrentamiento.
Aún recuerdo el día que rompí la barrera, fue el primer día del mes de Julio. Una noche de verano en la que todos fuimos a El Consejo para celebrar la ceremonia.
Las Hermanas íbamos vestidas con vestidos blancos que tenían grabados en placas de plata nuestros nombres y números de identificación y los Hermanos iban vestidos con traje negro y con la misma placa de identificación enganchada a la chaqueta.
Recuerdo que miré a mi derecha, como un acto reflejo quizá, y entonces le vi.
Pelo castaño claro, tan claro que parecía llevar reflejos rubios, ojos marrones muy oscuros y dos hoyuelos en las mejillas.
Él también se giró, miró a su izquierda, hacia mí.
Durante mucho tiempo vi ojos inexpresivos, mi reflejo en el espejo sin sentido. Mi mirada estaba vacía y blanca, pero cuando nos miramos mis ojos volvieron a tener sentido.
Sentí como despertaba de un sueño, como rompía ese muro que habían construido en mi cabeza.
Noté como mi corazón volvía a funcionar después de mucho tiempo, como se limpiaba el polvo y mis mejillas volvían a arder. 
Cómo era pestañear nerviosamente y sonreír sin motivos, cómo era volver a sentir pequeñas mariposas en el estómago.
Recordé como era que te mirasen de nuevo como si fueses lo único del mundo. Cómo esa conexión, ese hilo, volvía a estar más vivo y colorido que nunca.
Vi como sonrió y sus hoyuelos se marcaron, como algo tan sencillo como aquello podía hacerme sentir algo tan grande. Cómo un simple gesto podían ser adorable y dulce.
Me levanté sin pensarlo, ya no podía controlar mi cuerpo.
Él se levantó al mismo tiempo, fue como si estuviésemos unidos, como si fuésemos dos marionetas que se movían al unísono.
Nos acercamos poco a poco, escuchando las advertencias de la policía.
Cada vez más cerca, sus voces se alzaban más y más.
Yo no escuchaba nada y él tampoco.
Solo estábamos los dos, uno frente al otro, como dos niños asustados de no gustar al otro.
Levantamos nuestras manos como si fuésemos reflejos, nuestros dedos se rozaron. La electricidad volvió a darle color a mi piel, por primera vez me alegré de sentir la presión de las taquicardias en mi pecho.
Una lágrima cayó por mi mejilla, había olvidado lo que era tener un sentimiento tan complejo en algo tan pequeño y fácil como una gota.
Con las manos unidas y las últimas palabras de advertencia de la policía él alzó su otra mano y la posó en mi mejilla, secando la lágrima. Entonces los dos suspiramos como si respiraderos por primera vez.
Su nombre, Joel. J-3579.
Los agentes de policía vinieron a por nosotros, nos intentaron separar pero conseguimos zafarnos de sus brazos.
Nos dimos la mano y comenzamos a correr.
Solo se oía el sonido de nuestros zapatos por las calles, los agentes comenzaron a perseguirnos.
Había olvidado lo que era el cansancio, el dolor de las piernas o el ardor de los pulmones al inhalar aire frío. Y aunque parezca imposible nunca había disfrutado de sentir tales molestias.
Nos adentramos en el bosque con los agentes pisando nuestros talones. Nuestros brazos comenzaron a arañarse con las ramas, a sangrar, y nuestros uniformes a ensuciarse y rasgarse.
Éramos como animales huyendo del cazador.
Llegamos a un precipicio, el precipicio del río. Nuestra única opción era saltar.
Miramos al precipicio y el miedo nos invadió. Habíamos comenzado a vivir de nuevo, ¿cuántas probabilidades había de no morir?
“¡Entregaros y ninguno de los dos resultará herido!” gritaban.
Nos miramos con los huesos temblando.
Nuestras pupilas comenzaron a bailar y a brillar, los ojos comenzaron a arder. No era justo. 
Nuestras piernas estaban cansadas, nuestros brazos dolían por las heridas.
Las armas apuntaban a nuestros cuerpos, las balas pretendían pintarnos con nuestra propia sangre.
Acercamos nuestras cabezas poco a poco, nuestras frentes se unieron. 
“Te quiero” susurró.
“Yo también te quiero” respondí.
Volvió a sonreír y sus hoyuelos a marcarse. Entonces le besé, noté como mi piel se erizaba de nuevo. Cómo la adrenalina convertía toda mi sangre en gasolina y comenzaba a arder.
Le besé con tanta fuerza que dolía, estaba conteniendo mi último aliento por él. Juro que no lo habría hecho de otra manera.
Noté sus manos agarrar firmemente mis caderas y abrazarme como si fuese el fin del mundo, como si fuese el fin de nuestro mundo.
Las armas comenzaron a disparar, directas a nuestro cuerpo.
Sentía como atravesaban mi piel, oía como atravesaban la suya. Sentía como apretaba más y más su cuerpo contra el mío. 
Cómo mis dedos se clavaban con fuerza y ternura en su nuca.
Y como si estuviésemos hechos de papel nuestros cuerpos se abalanzaron al río.
Caímos a cámara lenta, por un momento pensé que el tiempo se había detenido. Aún seguíamos agarrados de la mano, sintiendo como nuestro cuerpo se apagaba poco a poco.
La luz del sol comenzaba a cegarnos más y más y nuestras lágrimas comenzaban a secarse.
Nuestro corazón se estaba desagrando y nuestros pulmones estaban tan rotos que resultaba cansado y doloroso respirar.
Nuestras espaldas golpearon el agua y nos hundimos en el fondo del río. 
Silencio, nuestros cuerpos flotaban.
No podíamos hacer nada más; apretamos nuestras manos una vez más, una última vez, hasta que nuestros ojos solo contemplaron oscuridad.
Abiertos, expuestos al mundo.
Expuestos a la idea de perder y no ver ni vivir más lugares. De no volver a verle de nuevo.
De no volver a arrepentirse e irse sin remordimientos. Porque aunque hubiese podido elegir, no lo hubiese hecho de otra manera.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 184
  • 4.38
  • 509

Poetisa empedernida en busca de ser todo lo que el mundo siempre quiso tener.

Tienda

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta