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17 min
Tal vez un relato de ficción. Desenlace
Drama |
15.04.22
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Sinopsis

 

MATEO

El reloj que me regaló Laura marcaba las cinco menos diez. Tenía entrenamiento de vóley y llevaba prisa. Mi humor no era mejor que la bronca que me había soltado el míster el día anterior. Me había cogido desprevenido en el comedor, cuando me estaba echando unas risas con Isra y Luismi. Y delante de ellos, delante de toda la basca del insti, empezó a gritarme como un energúmeno. Que si no me tomaba en serio los entrenamientos, que si entorpecía a los demás con mi pasotismo, que si era un mal ejemplo, que si esto, que si lo otro… Mandangas que me ponían enfermo. Pero no iba a darle pie a que me montase otro numerito similar. Salí escopetado de casa. 

No había llegado al semáforo cuando la vi. Estaba al otro lado de la calle moviendo los brazos como una alucinada.

—¡Eh, Mateo! —me gritó, pero me hice el loco y no le contesté.

Estaba harto. Llamaba a casa veinte veces al día sin rendirse, que yo ya hubiese mandado el tema a tomar viento si hubiera sido ella. De nada valía que le dijera que Laura no se quería poner, que estaba muy dolida.

—Pero ¿qué le he hecho? —lloriqueaba la mosquita muerta como si no lo supiera.

—Que te lo cuente Laura —le respondía.

—Pero si no quiere ponerse al teléfono…

Y allí estaba, al otro lado de la calle, moviendo los brazos como un molinillo y dando voces como una alucinada.

Al ver que no le hacía caso, cruzó la calle sin mirar. Los frenos de un Mini rojo chirriaron y las llantas dejaron en la calzada una estela que apestaba a quemado.

—¿Te has vuelto loca o qué? —gritó el conductor.

Estuve a punto de escabullirme, pero me pudo el corazón y fui a socorrerla. La acompañé a un banco y me resigné a llegar tarde, una vez más, al entrenamiento. Se sentó encogida con la cabeza oculta entre los hombros.

—¿Estás grillada o qué te ha dado?

Alzó la cara y me miró con ojos miopes.

—¿Qué le pasa a Laura?, ¿por qué no quiere hablar conmigo?, ¿está enferma?

Intenté escurrir el bulto, orillando explicaciones que mi hermana me había prohibido dar.

—Vosotras sabréis. —Me encogí de hombros—. Son cosas vuestras. Abórdala a ella y a ver si te perdona.

Enfilé calle arriba para deshacerme de la chica. No tenía intención de arreglar aquel entuerto. Aunque podría parecer que mi hermana estaba llevando la cosa demasiado lejos, comprendía que tenía que ser así. Después de todo, Noelia era su mejor amiga y sabía de sobra cuánto sufría Laura por su incapacidad para controlar su problema.

—¡Eh, espera! —Corrió tras de mí y me tiró del jersey—. ¿Qué me tiene que perdonar Laura?, ¿qué le he hecho?

Consulté el reloj de la muñeca bajo la penetrante mirada de Noelia. Pasaban de las cinco y media. Ya ni siquiera llegaba ni a la charla que nos soltaba el míster al final de los entrenamientos.

—¿De verdad que no sabes por qué está tan dolida Laura contigo?

Negó con la cabeza con un aire tan desolado que hasta a mí me dio pena.

—¿Si te lo cuento, dejarás de darnos la turra? —Volví a consultar el reloj sin disimular—. Anda, que te invito a una birra.

No dijo ni pío por el camino. Iba detrás de mí, a saltitos, como esas chinas que salen en las películas, esas que llevan los pies vendados. Para hacerla rabiar un poco, apresuré el paso. Cada zancada mía era como diez pasos suyos. Nos sentamos a una mesa junto al ventanal, en el bar de Pepe. Eché otra ojeada al reloj. Noelia se sobresaltó.

—¿Y ese reloj tan chulo?

—Me lo regaló Laura por mi cumple.

—Mi hermano Javier tenía uno igual y se le perdió 

—¿Qué quieres decir con eso? —rugí, reconozco, con un poco de agresividad.

—Nada, nada. Olvídalo —me pidió asustada. La chica parecía lela—. Sólo era un comentario.

—¿Y bien? —la interrumpí—. Vamos al grano. ¿Hasta dónde sabes?

—No tengo ni idea —replicó desolada—. Un día habíamos quedado en mi casa y no se presentó. No me llamó ni me dijo nada. Desde entonces, no me habla. He ido a la galería y me ha dado la espalda. No me coge el móvil ni se pone al teléfono. ¿Qué le he hecho? —lloriqueó.

—¿Conoces a Ignacio?

—¿Ignacio?

Estaba tan atontada que cualquiera hubiese dicho que le había dado un puñetazo. Se veía a la legua que no tenía ni idea de lo que le estaba hablando.

—Ignacio, el tipo con el que se va a casar. El que la tiene loquita con eso de que es voluntario de la Cruz Roja.

—¿Cómo que se va a casar? No puede ser. Me estás mintiendo. Laura me lo hubiera contado. Si Laura se fuera a casar, me lo habría contado antes que a nadie. Igual que si me fuera a casar yo: se lo contaría a ella la primera.

Suspiré. Si Noelia no sabía que mi hermana se iba a casar, la cosa era grave. Laura lo perdonaba todo. Si todavía no había sido capaz de olvidar la traición de su mejor amiga, dudo mucho que tuviera remedio.

—Haz un poco de memoria —le pedí—. Hace tres años, en la casa de la playa de tus padres. Tenías ganas de hacerte la graciosilla para ligarte al guaperas de la pandilla. ¿Te acuerdas!

Pareció dudar un instante. Luego se puso blanca como la nata del buñuelo que se estaba zampando. La mano se crispó sobre el mantel y casi vierte mi café.

—¿Cómo puedes saber eso?

—¿Cómo se te ocurre burlarte de mi hermana? —le grité—. Tú eras su mejor amiga. Sabías cuánto ha sufrido Laura por su problema.

Comenzó a gimotear. No sólo no lo negó, sino que se disculpaba con palabras atropelladas.

—Lo siento… yo… yo… lo siento… yo no quería… yo.

—¡Por Dios, Noelia! Para ganarte a un tío que luego te dejó tirada como a una colilla.

—Perdón, perdón.

—¿Cómo pudiste hacer una cosa así? Mi madre siempre te ponía por las nubes porque, desde niña, fuiste tan sensible con Laura… La defendías de las otras chicas y no te importaba que fuera tan tímida, tan sosona. Parecías sincera cuando te mostrabas tan cariñosa con ella, cuando le dabas ánimos para que superase sus miedos. Nunca te reíste de ella, al contrario. Tú la introdujiste en la pandilla del insti, contigo ganó confianza en sí misma. 

—Yo la quiero mucho, de verdad —sollozó.

—Ya. Como la trucha al trucho.

De pronto, se calló. Fijó la vista en algún lugar más allá del infinito y pareció olvidar que yo estaba allí. Cuando volvió de su viaje astral, me preguntó.

—¿Qué pinta en esto el chico ese con el que dices que se va a casar?, ¿qué tiene que ver con todo esto?

—Ignacio —aclaré mientras me regocijaba de que ni siquiera supiera cómo se llamaba el novio de Laura—. El de la agencia de viajes, el pecoso ese de las películas. —Me miró como quien está en Babia—. No sé si sabes que mi hermana y yo le regalamos a mis padres un viaje a Bali. Le tocó Ignacio de agente, que se enamoró como un bobo de Laura y no paró hasta que consiguió que saliera con él. Y, en la primera cita, va y le suelta la bomba, que no esperó mucho para contárselo. Que había oído hablar de mí hermana; que os conocía a Javier y a ti, de la playa; que una tarde, hace tres años o así, la utilizaste para hacerte la graciosa; que te burlaste de Laura, tu mejor amiga, de su problema; para ganarte al chulito de la pandilla; que lo conseguiste; que te hizo caso una noche y luego si te he visto, no me acuerdo. ¿Es verdad o es mentira?, ¿por qué, si no, sabía Ignacio lo de la casa de la playa de tus padres, lo de Laura?

Se puso a llorar a moco tendido. Una mujer de una mesa cercana me fulminó con la mirada. Le tendí una servilleta de papel para que se sonara los mocos y se secase los ojos. Daba pena de verdad. También había tenido mala suerte, la chica. ¿Cuántas probabilidades había de que mi hermana se encontrase con los amigos de la playa de Javier y Noelia en este inmenso Madrid? Me quité el reloj. Me encantaba. Como decía la chica, era bien chulo.

—Ten. Devuélveselo a Javier.

—No —negó con la cabeza—. Es tuyo. Te lo ha regalado Laura.


NOELIA

Si esta historia fuera un relato de ficción, de esos que publico en el suplemento dominical de un diario de tirada provincial, tendría un desenlace redondo. A mis lectores, que ya adelanto que son más bien escasos, les encantan los finales reparadores; los relatos que terminan con la reconciliación y el crecimiento moral de los protagonistas. O puede que sea yo la que abuse de tales desenlaces en busca de una justicia que restaure el equilibrio: un equilibrio que sólo en raras ocasiones se da en la realidad. Los finales felices nos procuran consuelo por los sinsabores que nos depara la vida; nos hacen creer por un momento que nosotros también podemos dejar atrás las pesadillas y alcanzar la dicha para siempre. 

Puedo imaginar el último capítulo de esta historia.

Me veo caminando por una calle de Madrid. Han transcurrido muchos años desde que transité por este barrio en el que viví mi infancia y juventud. Poco queda de la chica incauta que, por ganarse la atención de un guaperas, por unas horas de gloria de cartón, perdió a su mejor amiga y la estima en que se tenía. A lo largo del camino se van despertando recuerdos que creía olvidados. El kiosco donde compraba mi padre el periódico al regresar del trabajo, la heladería donde endulzábamos la tarde Laura y yo cuando nos agobiaban los exámenes finales del instituto, la iglesia del convento de las Dominicas en la que hicimos la Primera Comunión. Al pasar por delante del escaparate de la Boutique de Madame Guidó, me sobresalta la mujer que se refleja en el cristal. Tardo en comprender que soy yo convertida en una adulta, tan extraño me resulta encontrarla en esta parte de la ciudad. La última vez que me miraron los mismos ojos desde el otro lado del cristal de este escaparate no tenía más de veinticuatro años. Ahora soy una mujer madura que ha traspasado el umbral de los cuarenta. Sigo mi camino. Saludo al ciego que vende cupones en la esquina. Tiene la misma expresión de filósofo platónico que antaño, pero sus cabellos se muestran empolvados con el talco del tiempo.

—¿Noelia? —me pregunta, sorprendido, con la cabeza ladeada—. ¿Eres tú?, ¿la pequeña de don Arturo?

Lo abrazo por haber reconocido en la mujer que ahora soy a la niña que fui.

Giro por una calle y subo hasta la plaza. Se me para el corazón y hasta el alma se me detiene. Galería Los Arcos, abrimos de 10 a 14 y de 17 a 20. Miro el reloj de mi muñeca: las cuatro y media. Tengo media hora para prepararme. 

Me siento en la terraza de una cafetería que no estaba cuando era joven. Desde allí puedo espiar la apertura de la galería. Algún cliente ha olvidado un periódico. Lo abro por una hoja al azar y paseo la mirada por el resto de las mesas. Tal vez, me digo, Laura no ande muy lejos; tal vez haya salido a comer y esté sentada a pocos metros de mí. Me embarga la decepción cuando mi fantasía se hace añicos. Ni en la cafetería ni en los alrededores hay rastro alguno de mi antigua amiga. Un camarero con su actitud en extremo servicial corta bruscamente mi descenso por la pendiente de la autocompasión. Me entrega una carta que soy incapaz de leer. Señalo con el dedo el primer plato que figura en el menú sin reparar si se trata de una exquisitez dulce o salada. Tampoco soy más hábil en discernir los sabores cuando me trae la fuente humeante: mi atención no se aparta de la puerta de la galería.

Detrás de mí, se oye un petardo. Es tan fuerte el estruendo que, del respingo, le doy un manotazo al bolso, que cae de la mesa al suelo. Alarmada, lo alcanzo al instante y compruebo que no se ha roto, en la caída, la figurita de cristal. Cuando alzo la cabeza, mis ojos se detienen en la puerta de la galería. Allí está Laura, acompañada de un hombre de casi dos metros. El corazón se precipita hacia mi amiga y en su carrera, me deja sin aliento. Me apresuro a pagar la cuenta y cruzo la plaza hasta la galería; pero, cuando estoy a punto de entrar, me sobreviene el pánico. ¿Qué hará en el momento en que me vea?, ¿me dará la espalda?, ¿me abrumará con sus reproches o no le inspiraré sino indiferencia?

—¿Va a pasar? —me pregunta una voz detrás de mí.

Al volverme, es con Laura de joven con quien me encuentro.

—La galería abre enseguida.

Entra y la sigo, a pesar de que no me ha llegado a invitar.

—¡Mamá! —grita—. ¡Tienes una cliente!

La Laura joven se despoja de la gorra de punto turquesa y deja al descubierto una espesa cabellera color bronce que, al desplegarse sobre los hombros, se lleva todo parecido con la Laura adolescente que guarda mi memoria. Desde el fondo de la sala, se oyen voces y aparece la Laura actual. La misma de entonces, pero sin el aire asustadizo de antaño.

—¿Viene por la exposición de Carmen Segura?

No me ha reconocido.

Asiento y me dejo conducir por las salas. Desde las paredes, me contemplan jóvenes de ojos tristes que me traen el recuerdo de las pinturas de Modigliani. Laura me las va mostrando: La joven con el bolígrafo de cristal, La joven con el osito tuerto de peluche, La joven con el reloj nuevo…. Sus explicaciones me llegan muy lejanas. Apenas me fijo en los cuadros. Sólo atiendo a seguirla, mientras busco en mi mente las palabras con las que pedirle perdón. 

Si esto fuera un relato de ficción, uno de esos relatos que publico en el suplemento dominical de un diario de tirada provincial con la esperanza de que lo lea algún día Laura, el paseo por la galería terminaría en reconciliación.

Me veo aprovechando una pausa en la charla de Laura y contando en voz baja el dolor que me ha causado nuestro alejamiento.

—En estos años, no ha habido un momento de paz para mí. Cientos de veces he levantado el teléfono y he marcado tu número, que encontré en Internet, pero en cuanto oía tu voz, colgaba asustada.

Se tapa los oídos, se niega a escucharme, mas permanece inmóvil y eso me anima a continuar.

—Miro a mi alrededor y estoy contenta. Has triunfado. Tienes lo que querías: tu galería, una familia, seguridad en ti misma. En cambio yo sólo soy un despojo de lo que fui. Sigo arrastrando el fardo de mi traición.

Carga todo el peso del cuerpo en el pie derecho. Buena señal. Es lo que hacía cuando no quería perderse una palabra.

Si este relato fuera un relato de ficción, si fuera producto de mi fantasía, de las horas pasadas para mejorar mi estilo narrativo, la calidad literaria de mis escritos, Laura se hubiera girado y me hubiese contemplado, todavía con el recelo asomando a los ojos, mientras yo apresuraba mi discurso para que no se me escapase la brizna de esperanza que alentaba su gesto.

Laura desvía la mirada hacia los cuadros. Se muerde el labio inferior en un gesto que me recuerda a la joven que conocí. Me valgo de ese momento de indecisión para extraer del bolso la figurita de cristal de Murano. Se la tiendo. Mi ánimo oscila entre la vacilación y la osadía. Laura se la queda mirando. Luego, me mira a mí. Le dedico una sonrisa, todavía indecisa, mas esperanzada.

Si esta historia fuera un relato de ficción, Laura hubiese extendido la mano para tomar la figurita de cristal de Murano. 

Se la queda mirando y me acecha con la mirada, sin comprender. La contempla otra vez: un cervatillo con los ojos como cabezas de alfiler. Lo mira y comprende; y los ojos se le inundan de lágrimas; y los míos tampoco contienen el llanto; y nos fundimos en un abrazo.

Y volvemos a ser quien fuimos.

Si esta historia hubiera sido un relato de ficción.

Pero no lo es. 

O puede que sí lo sea. Puede que este sea un relato más de los muchos que escribo con la exigua esperanza de que algún día los lea Laura. Uno de esos relatos en los que cuento cómo traicioné a mi mejor amiga por unos minutos de atención. Relatos en los que me valgo de objetos que me conectan a Laura: un cervatillo de cristal de Murano con los ojos como cabezas de alfiler, un bolígrafo de cristal con un pequeño depósito de agua por donde nadan pececillos de colores, un osito tuerto de peluche, un reloj de muñeca. Historias en las que, para ganarme una caricia que se prolonga un instante, revelo secretos que duelen. Secretos que se transforman de unas historias a otras. Secretos grandes, secretos pequeños; secretos de niñas, secretos de adultas, ¿qué más da?

Si esta historia hubiera sido un relato de ficción; pero no lo es. O puede que sí lo sea.

Lo cierto es que sigo acudiendo cada día a la puerta de la galería Los Arcos con la esperanza de una reconciliación y, cada día, me vuelvo a casa con la decepción, la rabia, por no haberme atrevido a traspasar el umbral.

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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