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8 min
TAN SÓLO CARNE Y HUESOS
Drama |
11.03.08
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Sinopsis

      Fue por Amor. Fue por ese sentimiento que su memoria se fue perdiendo. El olvido se fue llevando todo lo que él era.

      Un día, mientras paseaba por un parque de agreste paisaje, con matojos altos y flores silvestres, se fijo en una rosa que nacía entre los espinos y una lágrima le bajó por la mejilla, silenciosa, sin llamar la atención. Sin embargo, no iba sólo, y su amiga se le acercó con mirada grave, estudiando su quietud hacia la flor salvaje.

-      ¿Qué te pasa, Yago? – Aprovechó esta pregunta para acercarse más a él y acariciarle la cara mojada.
-      No recuerdo... – dijo en apenas un hilo de voz quebrada.
-      ¿Qué no recuerdas? – Insistió Amanda.
-      El nombre de esa flor... – señaló la rosa roja, majestuosa ante los dos.
-      Es una rosa. – Dijo sencillamente Amanda.
-      Ah. – Dijo Yago y, sin embargo, la palabra le sonaba tan lejana y extraña que no supo añadirla de nuevo a su diccionario mental. Siguieron caminando hasta el atardecer.

      Aquella fue la primera de las veces en las cuales se sorprendió con un vacío en la memoria imposible de rescatar. Fue la primera de la sucesión de infinitos momentos que le esperaban en el futuro. Yago siguió con su vida normal, se subyugó a la cotidianidad habitual de sus quehaceres. A la semana después de haber perdido el nombre de la rosa, otro asalto le ganó la batalla cuando quiso nombrar un corazón y apenas le salió una geometría dispar. Ya no estaba Amanda para recordarle lo que tenía frente a sí. Era un peluche carmesí que mostraba un corazón deseoso de ser abrazado entre sus diminutos brazos caídos. Para Yago ahora era tan sólo un muñeco desprovisto de su alma, de su forma que no podía nombrar aunque la sentía en la punta de la lengua pugnando por salir. Su cara se llenó de tristeza.

      Todas las cosas buenas que había tenido el Amor estaban desapareciendo en el olvido. Era como si se fueran desprendiendo de su piel pequeñas escamas que nunca jamás podía volver a recuperar y que, además, no admitían regeneración posible. Sus recuerdos, como un cáncer, iban contaminando su memoria y, ésta, se iba desquebrajando, desmigajándose en pedacitos que caían y morían. Él mismo estaba muriendo. Así, pronto dejó de poder nombrar las nubes, el cielo, el mar, la nieve, los árboles, los pájaros, los ojos, la boca... y, después de perderse los nombres con la palabra atardecer, vinieron los adjetivos que daban belleza a los mismos. Ya no cabían en sí lo bello, ni lo magnífico, ni lo excelso, ni lo amable, ni lo generoso... y luego, de perder sustantivos y adjetivos simples, pasaron a desvanecerse aquellos más complejos en los que tantas horas se había recreado tiempo atrás. La dulzura, la ternura y la belleza se marcharon. La suavidad, la alegría y la añoranza también. Y Yago no hacía más que sentarse frente al televisor con la esperanza de que éste le recordase todo lo que había perdido. No obstante, al segundo después de haber recordado, aún por una fracción muy pequeña de tiempo, el sabor dulce de la victoria se veía reemplazado por el amargo licor de la desesperación y el abatimiento.

      Aún no sabiendo el nombre de todo lo amado, por suerte, aún tuvo un tiempo en el cual identificaba los objetos que habían estado asociados a las palabras. Sabía qué era, como olía, como sabía, que tacto tenía... pero era un cúmulo de vocablos sin huella que cada vez con mayor frecuencia tan sólo podía asociar a sentimientos abstractos. El silencio también se fue adueñando de su vida al no poder decir apenas una frase con coherencia. Y lo bueno que había olvidado, dio luego paso, con cierta satisfacción, a lo funesto.

      Amanda, su única amiga, había obtenido una beca en el extranjero. Ya su bastón llevaba meses lejos de él, aún le llamara con frecuencia para ver su retroceso. Pronto Yago comenzó a perder la tristeza y la desazón, la decepción y el rencor. Pronto cayeron los pedazos de ese corazón roto que había tratado de olvidar durante tanto tiempo y que le había llevado al estado en el cual se encontraba ahora. En su afán por negarse la fatalidad de su última relación, de destinarla al más oscuro lugar de su memoria, las palabras que le daban la vida habían sido arrastradas también a ese tenebroso rincón. Era un hilo que tiraba de todo sin descanso. Yago no lo supo nunca, simplemente se dejó llevar, se dejó arrastrar por la corriente.

      Cuando Amanda volvió a casa, lo primero que hizo fue visitar a su amigo. Lo encontró sentado en un sillón, con una espesa barba y los ojos fijos en una esquina de la pared. Tenía la mirada vacía y apenas podía identificar lo que ante él se mostraba. Después de perder tanto lo bueno como lo malo, fue desapareciendo de él aquello que le mantenía en el mundo real. Ya no era capaz de reconocer lo que tenía ante sí, no sólo se había ido su nombre para siempre. Muchos días, se ponía delante de un objeto con el ánimo de nombrarlo o, siquiera, reconocerlo. Pasaba horas enteras sumido en un esfuerzo vano que le reportaba nulos resultados. Un simple jarrón representaba una figura abstracta que jamás, creía, había visto antes y desconocía incluso la utilidad asociada a él. A esta desmembración léxica y semántica, le siguió algo mucho peor. Y es que, con el paso de los meses, ya no reconocía ni a la persona que veía en el espejo ni el espejo mismo. Vivía en un mundo de caos que no era capaz de describir ni de forma nimia. Había olvidado hasta su propio nombre y, ahora, estaba allí apoltronado en el sillón de su apartamento porque simplemente no recordaba que debía comer, beber, asearse... ni cómo hacerlo. Cuando Amanda volvió a casa, lo primero que hizo fue, entonces, visitar a su amigo. Y lo hizo porque, la última vez que trató de hablar con él por teléfono, apenas le respondió un balbuceo inteligible.

      Yago miró hacia la puerta cuando ella entró. Por suerte, aún conservaba su llave. Todo era nada, un vacío inmenso y, al verla moverse hacia él, pudo sentir un leve estremecimiento por el movimiento de sus caderas entre tanto objeto estático y desconocido. Sus ojos reflejaban compasión y, tal vez, tristeza. Ella se acercó y le acarició la mejilla. Una lágrima, como aquella que se desprendiera de él con la primera palabra olvidada, se deslizó y, a tiempo, Amanda la recogió entre sus dedos. Luego puso su cara bien cerca de la de Yago y le susurró al oído dos palabras que el muchacho no supo ubicar.

      -      Te quiero... – dijo con ternura. Después juntó sus labios a los de él y se fundieron en un etéreo beso. Los ojos de Yago parecieron brillar por un instante y correspondió el gesto.
      -      Amanda... – y esa fue la última palabra que guardaba en su memoria. La última que salió de él y se perdió. La que hizo de él un ser sin ser, sin sentido, sin palabras ni sentimientos, ni nada. Un cántaro vacío que ya no podía volver a ser llenado.

      Amanda abandonó el apartamento y, segundos después, unos hombres de blanco cogieron al desahuciado por las axilas para llevarlo lejos de aquel infecto lugar. El hogar quedó vacío, tanto como su dueño. Pero era también lógico, ese había sido el nido donde los amantes se habían profesado el más puro de los sentimientos. Y el más doloroso. El que hizo de Yago lo que ahora era. Sólo carne y huesos. Aunque él no supiera ya siquiera mentarlo.
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