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4 min
Tempestades Matinales.
Varios |
28.08.15
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Sinopsis

Sentirse vacía, ajena a todo, como humo entre la gente. Sin amarse, sin saber amar. Sola en la humanidad. Ver un te amo en los labios soñados, que anhelo siniestro, tan impuro de amor.

El torrente sanguíneo en su carótida era notorio, sentía odio, rotundo y doloroso. Odiaba casi todo, la gente, los niños, el sol. LA VIDA. El odio alimentaba su ser y su sed, ¿sed de qué?; de sufrimiento, ansiaba sufrir, pues eso la mantenía viva. Por eso sus brazos estaban quemados al igual que el interior de sus pulmones, por eso se infringía daño. Su único deseo era la muerte, pero promesas la ataban al mundo terrenal, y a pesar de ser mujer, era un hombre de palabra.

Las promesas la ataron siempre, sentía una culpa terrible por aquellas que no pudo cumplir. No porque no quisiera, si no porque el daño que podía ocasionarle era más de lo que podía soportar. Ese daño al alma, a la moral, al instinto natural. Por eso aprendió a prometer justamente lo que puede cumplir, ya no mas promesas de amor en el idilio, ni de muerte al final de él.

Así que la morir no era una opción, se lamentaba mientras pitaba ansiosa el cigarrillo y con la otra mano revolvía penosa la maraña de rizos rubios que caían sobre su rostro, ya triste y desfigurado por el llanto. Sus ojos pequeños, redondeados, de color avellana, siempre tuvieron ese tinte trémulo de agonía escondida. Pero esta vez no estaba tan oculta, su andar, su voz, su esencia ya demostraban de manera explícita su padecer.

La escena era digna de un cuadro, o de una de esas fotografías modernas. Estaba sentada con las piernas extendidas en el patio interno de una de las rusticas aulas de la universidad, que ni siquiera era un aula, era un salón prestado por un gremio donde se daban algunas clases. Los pocos madrugadores pasaban frente a ella, agitados, apurados, somnolientos. La miraban de reojo puesto que estaba sola en silencio deleitándose con el vacio.

 Recordando quizá la noche anterior, de besos furtivos, rituales, calles, silencios, y esos ennegrecidos ojos expectantes que siempre la observaban, como esperando que algo emocionante pasara. Y no hacía falta ser vidente para saber que siempre algo extravagante iba a suceder con ella.

 ¿Cómo describirla?

Grotescamente hermosa, un deleite para los desquiciados, para los amantes de la simpleza complicada. Porque como bien dice Eric Hoffer “No es nada sencillo entender lo simple”. La veracidad era su arma más filosa, y en esta sociedad tejida de mentiras, andar diciendo siempre la verdad es peligroso, te hace tener enemigos a muerte y amigos para toda la vida.

Esa era una de las muchas razones nombradas por Juan Ignacio devoto amante de este ser, mitad real y mitad mitológico, ni hombre ni mujer, ni niña ni adulta, un ser ajeno a todo y a todos, menos al mundo que compartía con él. Pues era  dueño de los ojos que la hacían perderse, que le daban esa muerte anhelada, mirarlo fijamente le brindaba algo tan placentero como imaginaba podía ser dejar de existir, desprenderse de lo material. Ambos compartían el deseo de morir, eso los unía junto con otro par de trastornos que los hacían buscarse y amarse más en cada encuentro. Ellos no podían compartir el amor mundano de los seres comunes, tenían que sufrir, llorar de alegría, grabar recuerdos eternos dignos de una novela en la memoria del otro, tenían que amarse con cada centímetro de piel, ¡tenían que amarse!

En  eso pensaba mirando al vacio, mientras el sol matinal la bañaba, y sonriendo irónicamente. No era digna de amar entre tanto odio, temía horriblemente que su estado actual de incertidumbre y depresión arruinara la paz que ese idilio le brindaba.

Le tocaron el hombro, una compañera le avisaba el final de la clase, le quedaba un día largo por delante, se levanto del suelo y emprendió ese viaje repetido a la rutina.

 

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    ¡Silencio! la paz esta en el silencio...

"Lo más común, vulgar, próximo y simple, eso soy yo." Walt Whitman

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