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22 min
Tiernos ojos de agonía
Drama |
24.01.13
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Sinopsis

En marzo cuando acaba la temporada de caza, en España de norte a sur muchos galgos son asesinados de forma cruel por los propios cazadores. Este relato describe como un verdugo que no ama los animales recibe una lección contundente que hará aflorar sus remordimientos. Ojalá mi escrito sirva para despertar conciencias en algo horrible que ocurre en un país que presume de estar en Europa.

La primavera en todo su esplendor ya se hacía notar en los campos, llenando de flores y vistiendo de verde los árboles. La fauna se expandía mostrando al mundo sus crías,

Había acabado la temporada de caza y Juan Carlos Mata, decidió acabar con la vida de su galgo. Ya no le servía para nada, era una boca más que alimentar. El animal estaba débil. Hacía días que no le daba de comer ni de beber y su rostro era de tristeza. ¿Por qué le hacía aquello su amo? El había cumplido, nunca le había fallado. ¿Por qué lo castigaba así? Las costillas se marcaban en su cuerpo esbelto y le empezaban a faltar las fuerzas. Sus ojos grandes y almendrados miraban con una expresión de pena que habría conmovido a todos menos a Juan Carlos que no entendía de ternuras.

Llegó con el coche a un campo de olivos. Se respiraba paz y silencio como en un cementerio. Hizo bajar al animal y tiró con furia al suelo una jarapa llena de pelos, molesto porque estaba sucia. Sacó una cuerda fuerte y  resistente que había comprado al ferretero donde cada año acudía cuando debía hacer el ritual. El galgo intuyó su muerte, su agónico final y sus piernas flaquearon. Empezó a temblar como un conejo y a recular. Juan Carlos lo agarró del pescuezo y el animal gimió, lloró, gañitó al notar aquella mano fuerte y encallecida como le pellizcaba. A escasos metros, las gemelas de 11 años Iris y Lucía habían salido a pasear para coger flores y tomillo. Era semana santa y estaban de vacaciones. Contemplaron como aquel cazador le ponía el lazo alrededor del cuello y lo arrastraba hacia un árbol grueso y de ramas resistentes. El animal rastrilló la tierra seca con sus uñas pero cayó de morros cuando el amo estiró la cuerda con rabia. Durante unos segundos le faltó el aire y el galgo sacó la lengua con respiración acelerada.

-          ¡Maldito perro! ¡Me tienes hasta los cojones!- exclamó apretando los dientes y bufando por las fosas nasales.

Las niñas seguían mirando espectantes con sus grandes ojos y sus rostros inocentes. Lucía tenía un presentimiento, un escalofrío recorrió su cuerpo y lanzó un grito ahogado cuando vio a Juan Carlos echar el otro extremo de la cuerda alrededor de una rama. La cuerda que rodeaba el fino cuello del animal se estrechó a su alrededor y los ojos almendrados sobresalieron con el sufrimiento. El perro movió las extremidades mientras aquella presión robaba el último suspiro de oxígeno. El cazador mientras esperaba la lenta agonía se encendió un cigarrillo y exhaló una vitola de humo a la vez que suspiraba. De pronto Iris y Lucía se abalanzaron sobre él y le golpearon el pecho. Lucía corrió hacia el perro cuyos movimientos ya eran más lentos e intentó salvarlo pero apenas rozó las patas con la punta de los dedos.

-          ¡Suéltalo!- gritó Iris haciendo pucheros- ¡No lo mates!

-          ¡Aparta estúpida!

Juan Carlos le pegó una sonora bofetada que la hizo trastabillar y caer de espaldas al suelo. La niña lejos de llorar lo miró con ojos de odio y expresión diabólica. Se giró y miró a la otra niña que seguía intentando salvar al can que ya había dejado de moverse.

-          Fuera de aquí mocosa...

-          ¡Eres malo!- gritó la niña con los ojos empañados.

El cazador sonrió y se acercó al galgo que agonizaba y emitía ligeros estertores.

-          Eres duro de pelar, ¿eh?

Sin pensárselo se sacó una navaja del bolsillo trasero del pantalón y le hizo un tajo en el cuello para que se muriera de una vez. La sangre granate empezó a brotar, y las niñas enmudecieron al ver aquel triste espectáculo. Juan Carlos tiró la colilla al suelo y suspiró. Se dirigió a su vehículo y se largó dejando a las niñas que todavía estaban conmocionadas. Iris que era más dura, se derrumbó al ver la expresión del galgo cruelmente asesinado. Sus ojos grandes y redondos a pesar de la agonía, mostraban una ternura, un cariño, una paz que jamás habían visto en ningún hombre.

-          Cuando sea mayor seré veterinaria para salvar a los animales- dijo decidida Iris mientras se secaba las lágrimas con la muñeca.

-          Yo también- afirmó su hermana con voz tímida.

-          ¡No! No quiero que seas como yo...- dijo contundente- Búscate otra profesión.

La muchacha se quedó reflexionando y se encogió de hombros. Cuando regresaron a casa vio a su abuelo que estaba enfermo y pensó que sería doctora.

Al final de la semana las niñas debían regresar a la ciudad después de pasar las vacaciones en casa de sus abuelos. No habían comentado nada de lo que habían visto. Iris ya se había discutido con sus familiares del pueblo acerca de los toros. Era un diálogo imposible, una discusión en la que la niña quedaba ridiculizada. Los otros niños que ya desde pequeños lo habían vivido, lo encontraban normal y argumentaban que para eso se los criaba, para morir en la plaza. Decidieron volver al campo con la excusa de coger flores para su madre, pero sabían que había algo más. Ver el cuerpo del galgo colgado las emocionó y entristeció profundamente. Se acercaron prudentemente y un olor nauseabundo les provocó náuseas. El animal estaba invadido de gusanos y hormigas, mostrando trozos en carne viva como si un pájaro u otro bicho le hubiera arrancado un pedazo. Sus ojos seguían abiertos, ahora cubiertos de insectos, con aquella mirada tan dulce como triste. Alrededor del cuello, la cuerda seguía fuertemente atada, dejando un surco rojo de sangre y heridas. Ya no pudieron resistir más la visión y salieron corriendo con una angustia en el pecho y un dolor en la barriga que no desapareció hasta unas horas más tarde. Antes de marcharse, recorrieron el pueblo y de pronto oyeron unas estruendosas carcajadas. Se fijaron en el bar donde varios hombres empinaban el codo alzando la voz y jugando a las cartas. La puerta estaba abierta porque empezaba a hacer calor y se fijaron en una gran cabeza de toro colgada encima de la barra. Todo era muy taurino y español. Reconocieron a Juan Carlos Mata, que con aires de bravucón y un palillo en la boca alentaba a sus compañeros a que arriesgaran en el juego. Las gemelas lo miraron y él notó aquellos incisivos ojos redondos y diáfanos aunque sus rostros eran de enojo y malestar. Todos los compañeros se giraron y miraron a las niñas que clavaban sus ojos incisivos. En ese momento llegaron sus padres y las hicieron subir al coche. Fue la penúltima vez que regresaron al pueblo de sus abuelos. Se negaron a volver y aunque no explicaron la razón a sus padres, estos pensaron que era cuestión de la adolescencia. La última ocasión que visitaron aquel pueblo fue para asistir al funeral de su abuelo. Se cruzaron con Juan Carlos Mata que seguía con aires chulescos. Mientras volvían del cementerio, lo vieron desde el coche que iba junto a otros cazadores y a su lado alegres galgos marrones, negros, blancos, dispuestos a cazar conejos y ganarse el cariño de sus dueños después de conseguir las escurridizas presas. Las niñas que ya eran mujercitas se miraron una a la otra e Iris bajó la ventanilla del vehículo y gritó con toda su fuerza.

-          ¡Sois unos malditos hijos de puta y algún día lo pagaréis!

-          ¡Iris!- gritó su padre- ¿Qué demonios haces? ¿Estás loca?

Los cazadores ofendidos le devolvieron el insulto multiplicado por diez y le arrojaron una piedra que impactó en el capó, abollándolo. El padre frenó en seco con el rostro desencajado y el corazón acelerado. Miró primero a su hija que tenía la mandíbula tensa y los puños apretados y luego a los cazadores que se fueron alejando mientras cantaban una cancioncilla machista y obscena.

-          ¿Sabes lo qué hacen luego con los galgos? ¿Sabes cómo acaban con ellos?- inquirió la muchacha con ojos sobresalidos.

-          ¡No es asunto nuestro!- gritó su padre enfurecido.- Además, te recuerdo que los animales no tienen derechos como las personas- dijo presumiendo de que era abogado.- Preocúpate de los niños que pasan hambre y no de unos animales que solo sirven para correr.

-          ¡Encima lo toleras! No lo hubiera pensado nunca de ti, que tuvieras tan pocos sentimientos...

-          Este comportamiento te saldrá muy caro Iris. Despídete del viaje de fin de curso, de la paga durante un mes y ya pensaré algún otro capricho que te quitaré para que aprendas a no entrometerte donde no te llaman. Y aún me quedo corto...Suerte que no han roto un cristal porque sino te mato.

Lucía miró a su hermana que se mordía la mejilla por dentro. Era la única que entendía aquella rabia, aquella cólera interior que sus padres aludían a una rabieta típica de la preadolescencia. Aquel empuje e inconformismo fue creciendo a medida que avanzaba la edad. Se esforzó en sacar buenas notas para poder estudiar la carrera de veterinaria. Para pagarse los estudios hizo de dependienta en tiendas de ropa, discotecas y limpiando en casas de vecinas. A la vez se apuntó en asociaciones ecologistas o los días libres aprovechaba para ir a la perrera a sacar los perros a pasear. Las duras historias que le contó el chico del que se enamoró la curtió, aunque de vez en cuando lo pasaba muy mal cuando oía las tradiciones de los toros lanceados, embolados y otras barbaridades.

Era una activista prolífica y contundente. Se hizo partícipe  de varias asociaciones y contribuyó a explicar la tarea de las mismas. La adrenalina le subía cuando lograba detener alguna matanza aunque la arrestaran, como cuando roció de pintura roja el caro y ostentoso abrigo de pieles de una mujer que se pavoneaba por su ciudad. Mientras tanto Lucía, más calmada y reposada seguía estudiando medicina y haciendo prácticas en hospitales.

Pasaron los años y bien entrado el siglo XXI, las dos mujeres se convirtieron en dos bellezas que a pronto de cumplir los treinta ya habían estabilizado sus vidas. Iris se desvivía en su profesión y cada vez que salvaba un animal, se sentía eufórica. Lucía también era feliz con su trabajo aunque era menos demostrativa y su orgullo se lo guardaba. Aunque cada una tenía su carácter, ambas notaban la presencia de la otra aunque estuvieran a miles de kilómetros de distancia y Lucía que era más sensible e intuitiva, llamaba a su hermana cuando notaba que estaba triste y apenada.

Los años también habían pasado para Juan Carlos Mata y el alcohol, el tabaco y los excesos le estaban pasando factura. Había perdido mucha visión y se había olvidado de salir de caza. Le habían concedido la jubilación anticipada y pasaba las horas en el bar lamentándose de su puta vida, criticando todo lo que le había pasado, detestando el pueblo, la gente...Su carácter se agrió. Sus hijos ya habían crecido y habían emigrado al norte y su mujer era una sufridora que había tragado más de 30 años de insultos, borracheras  y desprecio continuo. Le daba miedo pedirle el divorcio, por lo que con la excusa de ayudar a su hermana convalenciente, se fue alejando de él. De pronto una fría mañana de diciembre cuando se olía la Navidad, su mundo se oscureció. Empezó a gritar, palpando con las manos las sillas, los objetos que se interponían en su camino. Abrió la puerta como pudo y salió a la calle gritando como un loco.

-          ¡No veo nada! ¡Estoy ciego! ¡Ayúdenme, maldita sea!

Varios vecinos corrieron y no notaron nada extraño en sus ojos, solo miedo y pánico. Estaba agarrotado, tenso, desesperado. Uno de sus amigos lo cogió de los hombros y lo hizo entrar en su vehículo con cuidado.

-          Te  llevaré al ambulatorio...¿Te has dado algún golpe en la cabeza?

-          No...- dijo con un hilo de voz, notando su garganta seca.

-          ¿Te has rociado sin querer con algún espray o...?

-          ¡Cállate ya y llévame al hospital!- gritó de malos modos y con mal genio.

El compañero no se atrevió a abrir la boca. A pesar de no ver nada, su boca seguía siendo tan letal y venenosa como en la juventud. Ahora con los años se había acrecentado su amargura y a veces era insoportable estar a su lado. Llegaron al ambulatorio donde les atendió el médico de guardia pero no apreció nada externo.

-          Es mejor que lo lleve al hospital general y le hagan una revisión exhaustiva. Puede ser un ataque de diabetes o algo más grave.

-          Cuántos inútiles hay hoy en la medicina...- farfulló con la cabeza gacha- Mucho estudio y poca práctica.

El amigo negó con la cabeza para que el médico no se lo tomara mal y se lo llevó al gran hospital. Entró de urgencias y después de muchas pruebas y exámenes, el oftalmólogo dio su diagnóstico.

-          Sufre usted un grave glaucoma...

Hizo una pausa para respirar y mirar al amigo que estaba más aterrado que el paciente gruñón.

-          Me temo que no hay vuelta atrás Señor Mata...

-          ¿Qué quiere decir?- espetó con muecas de desagrado y frunciendo la frente.

-          Que deberá usted adaptarse a la nueva situación.

El amigo entrecerró los ojos y se llevó la mano a la cabeza mientras se mordía el labio.

-          ¿Me está usted diciendo que me voy a quedar para siempre ciego?

-          Tiene un 95 % de posibilidades de que así sea. Hay una ventana para la esperanza. Hay un gran centro que se dedica exclusivamente a la vista y allí le darán el diagnóstico final, aunque no lo quiero engañar. Ojala me equivoque.

Cuando todo el pueblo se enteró de la noticia, pocas personas sintieron compasión o lástima por él. Más de uno se alegró de que recibiera un duro castigo por todo el daño infringido a los demás. El viaje de Juan Carlos Mata a la gran y célebre clínica oftamológica fue en vano. Ningún familiar quiso acompañarlo, todos se excusaron y lo dejaron solo y desamparado. Solo su amigo, el que aguantaba el chaparrón le hizo de lazarillo aún de soportar gritos y malhumor. Los médicos fueron claros. No había solución y lo único que podía hacer era aceptar lo que había y aprender cuanto antes a desenvolverse, a caminar, recorrer su casa y conocer cada rincón de la misma. Le buscaron un piso de alquiler en la ciudad a 50 kms de su pueblo para tener más cerca el centro para ciegos y un hogar adaptado a sus necesidades. La ceguera permanente lo volvió todavía más agrio, desconfiado, insoportable y tozudo, pero después de muchos golpes, de caídas y romperse un brazo, se rindió y pidió ayuda. Una mujer de armas tomar lo puso firme. Si él era guerrero, ella se ponía a su altura y lo retaba. No aceptaba las gafas oscuras, el bastón, el aprendizaje para sobrevivir.

-          Bueno, antes de que se muera de hambre o se caiga otra vez por las escaleras, ya sabe donde estoy- dijo Victoria poniendo los puntos sobre las íes- No sea tan orgulloso y reconozca de una vez que está ciego. Si no lo acepta, lo pasará muy mal.

Juan Carlos gruñó y la insultó y después de que se cerrara la puerta, palpó y tanteó hasta encontrar el sofá. Acarició el lomo como si fuera el pelaje de un animal. Una imagen de antaño acudió a su mente y pensó que Dios lo había castigado por todo lo que había hecho. Se sintió terriblemente solo y se dio cuenta que no podía desahogarse, hablar con nadie y que lo escucharan sin replicarle. Varios incidentes que hubieran podido acabar con su vida lo pusieron en guardia. Se quemó en la mano al calentarse un poco de leche y sufrió durante días unas dolorosas ampollas. Después se quiso duchar y sufrió un resbalón que le produjo un giro en la rodilla y la rotura de un par de dientes. Aquella noche intentó emborracharse para poder dormir pero fue imposible. Su mente cavilava, imágenes del pasado lo torturaban y dolía más el peso de su conciencia que las ampollas y los moratones.

Finalmente cedió y pidió ayuda...Los siguientes meses fueron muy duros y con cada logro esgrimía una sutil sonrisa de satisfacción. Su carácter aunque siguió siendo intransigente y duro, se suavizó levemente. Esperaba a que lo viniera a buscar una chica voluntaria de la asociación de ciegos para sacarlo a pasear y llevarlo a un casal donde había personas en su misma situación. Allí charlaba y se contaban batallitas. Se sintió vital de nuevo hasta que un día le dieron donde más dolía.

-          ¿No tiene mujer e hijos usted?

-          Sí...- asintió con voz de avergonzado.

-          ¿Y no lo vienen a visitar?

-          Estarán ocupados...Viven lejos- mintió y se levantó porque se sentía incómodo.

Cuando estaba en casa se sentía solo. Ni la tele ni la radio lo animaban y con la llegada del otoño se deprimió considerablemente. La chica voluntaria que lo ayudaba un par de horas, le dio una buena noticia.

-          Hemos pensado que podríamos adjudicarle un perro lazarillo para que lo guíe y además le haga compañía. ¿Qué le parece?

-          ¿Un perro?

-          Sí, ¿no le gustan?

-          Yo tuve perros hace tiempo...

-          Entonces seguro que enseguida congeniarán. Seguramente será un Golden Retrevier. Son muy afectuosos y enseguida adoran a su amo...

Juan Carlos dio gracias por llevar puestas las gafas negras y que la chica no apreciara en sus ojos lo que sentía en aquel momento.

Siempre había odiado la navidad, la encontraba una tontería, tanto que cuando los niños abrían los regalos de reyes, él prefería estar en el bar con los amigos. Pero aquella Navidad fue especial. Llegó Tofi, que tenía 3 años y estaba convenientemente adiestrado. Lo habían bautizado así porque había nacido justamente durante final de año y tenía un precioso color caramelo de café con leche, como un tofee. Juan Carlos tuvo que ir a la escuela donde habían adiestrado al perro y familiarizarse con él. Enseguida su morro húmedo tocó la temblorosa mano de Juan Carlos y seguidamente le lamió el dorso en señal de amistad. Sintió súbitamente un retortijón en el estómago y un pinchazo en el corazón, además de un desgarro en el alma.

- Les dejo solos para que se vayan conociendo...Mire, aquí tiene el arnés por si necesita sujetarse a él y que lo guíe. Los próximos días saldremos a la calle y aunque no lo pueda ver, conoce los semáforos y sabe cuando debe cruzar. Es muy inteligente.

Tras varias semanas de compartir comapñía, Tofi enseguida le demostró su cariño, sentándose a sus pies para darle calor. Una sensación de culpabilidad lo atosigaba, no le dejaba descansar por las noches. Las imágenes de todos los galgos que había ahorcado se presentaban cada noche como una insoportable pesadilla y cuando aquellos ojos tiernos lo miraban fijamente, se despertaba empapado de sudor. Tofi corría entonces a su lado y gemía para hacerle ver que él estaba allí, que no lo dejaba solo. Nadie sabía su secreto y pesaba como una losa, o como una cuerda que se estrechaba alrededor de su cuello y no lo dejaba respirar. Gracias al perro se sintió más suelto e incluso más sociable. La gente se enamoraba de Tofi y le decían cosas bonitas y lo acariciaban. Juan Carlos se transformó al lado de aquel can. Un día de repente se cruzó con alguien que lo reconoció y se quedó de piedra. Era Lucía que había ido a visitar a unos amigos. No tardó en hacerlo saber a Iris que al enterarse puso el grito en el cielo.

-          ¡La madre que lo parió! ¡Se va a enterar todo el mundo quien es ese cabrón!

Removió cielo y tierra en las organizaciones, explicando lo que había hecho con los galgos, como había maltratado y asesinado cruelmente a esos pobres perros pero de pronto se topó con una absurda burocracia.

-          Nos sabe mal Iris, pero no hay leyes que condenen estas acciones bárbaras...Estamos luchando recogiendo firmas para que se haga un decreto. Si no lo detuvieron en su día, ahora todo es papel mojado- le dijo la directora de una protectora.

-          No podemos sacarle el perro lazarillo por el morro...Tienes que hablar con los de la asociación. Nosotros no podemos hacer nada- dijo otra colaboradora.

Iris publicó cartas en varios periódicos, expuso el caso en blogs de internet, y aunque la gente se conmovió, todo quedó igual. Su padre ya se lo decía. “Recoge firmas si quieres luchar por algo”. Lo hizo pero todo quedó estancado. Se sintió impotente, sentía deseos de llorar de rabia.

Pasaron los meses y a finales de enero, en una fría tarde Juan Carlos y Tofi salieron a pasear. Necesitaba hacer ejercicio y le gustaba el aire frío. Hoy cumplía 65 años y a pesar de los achaques y la ceguera, empezaba a sentirse bien. El animal lo hacía sonreír. Se había vuelto más calmado y tolerante aunque a menudo aún rezumaba mal genio. El perro distinguía por las figuras si el semáforo estaba rojo o verde. Mucha gente cruzaba a lo loco con el riesgo de ser atropellado y si un vehículo tocaba el cláxon aún les hacía una peineta. Tofi se comportaba mejor que algunos seres humanos y respetaba lo que le habían enseñado. Esperó pacientemente a que se pusiera en verde para los peatones y avanzó por el paso cebra. Juan Carlos se agarraba fuertemente en el arnés con la mano enguantada. Todo ocurrió muy rápido...Un coche a gran velocidad giró y primero los deslumbró con las luces largas. Luego los arrolló, pillando de pleno al perro y golpeando a un lado a Juan Carlos. Una música cañera sonaba como un disco rayado. Se sintió mareado y oyó voces de lejos. No había perdido la conciencia pero se sentía atolondrado.

-          ¡Señor, señor!- gritaba la gente a su alrededor.

-          ¡Tofi! ¿Dónde está mi Tofi?

-          Se va a morir...Es triste pero usted se ha salvado- dijo una mujer- Pronto vendrá una ambulancia.

-          No me lo puedo creer...- dijo una voz juvenil.

Juan Carlos intentó levantarse pero se lo impidieron. Alargó el brazo y tocó el cuerpo todavía caliente de su perro que estaba agonizando y emitía quejidos de dolor.Sabía que le quedaban pocos minutos de vida. Reconocía perfectamente cuando un perro se estaba muriendo. Oyó sirenas a lo lejos y un hombre le quitó las gafas porque se habían roto los cristales y era un peligro. Iris y Lucía estaban allí entre la gente que se había amontonado.

-          Tofi...- murmuró y tocó el pelaje que ya estaba tibio.

Las dos gemelas se acercaron para ayudar a una enfermera que pasaba de paisano. Allí pudieron ver sus ojos llenos de lágrimas, unos ojos marrones sin luz, con una expresión dulce, tierna pero con agonía, igual que la imagen del galgo ahorcado que habían visto 20 años atrás.

 

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  • Escribe tus comentarios...
    Como dice Ender, creo que has trabajado muy bien los caracteres de los personajes -incluyendo a los perros- Y me sumo al deseo de que escritos de este tipo vayan proliferando y calando entre la gente. Saludos.
    Escribe tus comentarios...Excelente alegato y buen relato. La costumbre de matar a los galgos es muy cruel. Reflejas muy bien los carácteres de los personajes de la historia. Conmovedora, por otra parte. Ojalá y tu relato ayude.
    Casualmente hoy hemos adoptado una preciosa galga blanca de un año llamada Gala. El galguero la quería sacrificar porque no servía para cazar conejos. Estaba en una casa de acogida. Todavía no sabe muy bien donde está y gime nerviosa, buscando caricias mientras te observa con ojos redondos color miel. Ha sido decisión de mi pareja, que añoraba a nuestro anterior mascota, una husky que falleció hará un año. Yo lo pasé mal cuando ocurrió. A esos bichos se les llega a querer como si fueran hijos. Creo que fué Diógenes quien dijo: "Cuanto más conozco a la gente más amo a mi perro". El ser humano llega a ser extremadamente cruel. Buen relato que quizás remueva alguna conciencia.
  • Es el día del amor por excelencia, pero mucha gente no puede tener al lado a la persona que más ama en el mundo.

    Creemos que podemos enamorarnos más de una vez pero no es así...

    Todos hemos estado en el paraíso pero no recordamos el trauma que significó salir de allí.

    Todos tenemos un número favorito pero a veces no somos conscientes de como ese número nos persigue y está presente en momentos importantes de nuestras vidas.

    Hay gente que recurre a la magia para conseguir algo pero como en todo, hay luz pero también oscuridad.

    A menudo algo nos produce rechazo, miedo, incomodidad y no sabemos por qué.

    Hace poco descubrí en internet una fotografía con una historia detrás preciosa. Me imaginé la sorpresa de la pareja al ver que el destino nos hace cruzar con personas antes de lo que pensamos. Por cierto, mientras pensaba un título para este relato, sonó en la radio la canción de Mecano y pensé que sería un buen título.

    Estoy convencida que todos hemos experimentado un día de crisis existencial donde todo lo ves negativo y no entiendes de donde procede este dolor, este velo negro

    Hay muchos terapeutas, psicólogos etc que presumen de sus títulos, diplomas, másters enmarcados pero luego carecen de empatía y compasión.

    A menudo comparamos la vida de los demás con la nuestra y creemos que son mejores, cuando en el fondo pueden ocultar tristes secretos y dramas personales.

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Me hubiera gustado ser periodista porque desde pequeña ya me gustaba crear cuentos y relatos. Escribir es mi bálsamo y mi oasis en los malos momentos y me ha ayudado a salir de muchos baches. Esta web me colma de felicidad tanto por poder escribir como que seas leída. GRACIAS A TODOS.

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