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15 min
Tindouf
Reales |
23.11.13
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Sinopsis

Una historia que podría ser tan real como cualquiera que esté pasado en este mismo momento en cualquier lugar de África.

Javier y Raúl se conocían desde los tiempos de la facultad. Ambos estudiaron periodismo y el que sus intereses profesionales fueran complementarios, les ayudó siempre: Raúl se inclinó por la fotografía y Javier por el reportaje. Trabajaban juntos en un periódico de barrio formando equipo, pero estaban cansados de ocuparse de noticias locales sin ningún tipo de alcance: el metro se paró por causa de la tromba de agua, las obras de la M30 han provocado un atasco de 18 kilómetros, un niño rescatado por los bomberos del árbol al que se había subido, un magrebí atacado por una pandilla de skins…

Mientras tomaban café en la terraza del bar que había en la esquina del edificio del periódico discutían el mejor modo de hacer un reportaje memorable, espectacular, un reportaje que les sirviera de punto de partida para entrar en algún diario importante. Pero necesitaban algo bueno. Algo muy bueno.

Abdul no llegaría a los veinte años, pero parecía bastante mayor. Hacía cuatro meses que trabajaba como camarero, con una jornada de ocho de la mañana a doce de la noche por un sueldo miserable. Sin embargo, eso le permitía compartir un piso con otros compatriotas y enviar algo a su familia. A Tindouf.

Abdul era saharaui, de Smara, la ciudad sagrada del Sahara Occidental, aunque en realidad él ya había nacido en Tindouf, en el gigantesco campo de refugiados en tierras argelinas. Allí se instalaron los habitantes del Sahara occidental tras la invasión de Mauritania y Marruecos a raíz del vergonzante abandono en que les dejó el gobierno del moribundo dictador español en 1975. Sin embargo, su familia, instalada en la wilaya (distrito del campo de refugiados) de Smara, siempre le había inculcado su nacionalidad saharaui y el sentimiento de pertenencia a aquella tierra.

Javier y Raúl conocían a Abdul desde que empezó a trabajar en aquel bar y siempre les llamó la atención su amabilidad, lo atento y agradable que era con todo el mundo, derrochando una hospitalidad que resultaba, cuando menos, sorprendente en un empleado ilegal que trabajaba por una miseria. Las propinas que solían dejarle eran mayores de lo habitual, y habían establecido una cierta relación más allá de lo habitual entre clientes y camareros. Así, sabían que Abdul tenía en Tindouf a su madre y cuatro hermanos menores, mientras que su padre estaba luchando con las guerrillas del Frente Polisario en su, hasta el momento, inútil lucha por expulsar a los marroquíes de sus tierras.

Mientras los jóvenes periodistas discutían sobre qué tema sería más impactante de cara a un futuro reportaje que impresionara a los directivos de algún gran periódico de tirada nacional, Abdul les escuchaba a trozos, mientras iba y venía entre las mesas sirviendo cañas y raciones. Cuando les llevó la cuenta, les comentó que quizá un reportaje sobre su país podría ser lo que buscaban. Los dos amigos se miraron, pensando que ya estaba casi todo dicho sobre el Sahara, el Frente Polisario, la terrible situación que se vivían en los campos de refugiados, y las tretas de Marruecos para poblar el territorio saharaui de marroquíes antes de permitir que se celebrar ningún referéndum y así poder quedarse con esas tierras de las que sólo les interesaban el petróleo, los fosfatos y los riquísimos bancos de pesca. Sin embargo, no quisieron decepcionar a Abdul, al que apreciaban sinceramente, y quedaron en hablar con él esa misma noche cuando cerrara el bar.

Aquella noche los tres muchachos se reunieron en torno a unas cervezas -excepto Abdul que no bebía alcohol por cuestiones religiosas- y conversaron sobre el reportaje y sobre el Sahara. Ni Raúl ni Javier creían que de ahí podrían sacar algo, pero sí estaban convencidos de que lo menos que podían hacer por Abdul era escucharle, aunque a ellos no les sirviera de nada.

Pero Abdul les puso delante la historia que andaban buscando. El campamento de refugiados de Tindouf sobrevivía gracias a la ayuda internacional de carácter humanitario: situado en la Hamada, no había ninguna posibilidad de actividad productiva allí, aunque afortunadamente había agua en el subsuelo. La organización administrativa está en Rabuni, que es el núcleo central de la administración política de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Allí están también los "ministerios", así como el Hospital Nacional y centros educativos, con muchos más medios de los que hay en el resto de las wilayas, gracias a la ayuda internacional. Como los hombres se encontraban en el frente, al principio, y vigilando las fronteras, después, la responsabilidad del funcionamiento del campo recaía -y recae aún- sobre las mujeres, que se ocupan de todo. Sin embargo, desde hacía unos meses, al parecer había problemas graves de abastecimiento pese a la continuidad de los envíos humanitarios, a los que había que añadir desde hacía poco misteriosas desapariciones de algunas mujeres muy jóvenes. Abdul estaba al corriente de esta situación porque en una carta, su madre, Aicha, le contó que estaba muy asustada ya que había desaparecido la hija de doce años de sus vecinos. La madre de Abdul tenía dos hijas de 11 y 14 años, además de él y de otros dos muchachos de 10 y 7 años, y estaba realmente preocupada por la situación. Según Abdul los responsables de tal situación eran los integrantes de una red de prostitución infantil formados por funcionarios corruptos, tanto de Argel como de Marruecos, que aprovechan la situación tan precaria del campo para secuestrar niñas mientras desvían la atención con el problema de abastecimiento por la desaparición de los envíos humanitarios.

Raúl, desconfiado, preguntó cómo era posible que nadie supiera nada, ni se hubiera comentado en ningún periódico, ni en la radio o la televisión. Abdul sonrió con una tristeza infinita, preguntándole si hablaban los periódicos, la radio, la televisión de lo que ocurría en Somalia, o en Etiopía, o en Eritrea, o en Sierra Leona, o… tantos y tantos lugares de África donde la vida no vale nada, donde las guerras intestinas ya no se cotizan en este occidente tan rico y despilfarrador que sólo se ocupa de los pobres cuando llegan en pateras mientras que en las portadas aparece a toda página la victoria de tal o cual equipo de fútbol. Nadie sabía nada, y no salía en la prensa porque a nadie le interesaba en realidad lo que allí ocurría.

Javier hacía un buen rato que escuchaba en silencio, analizando la situación y las posibilidades de éxito. La cuestión de los secuestros de niñas era algo que solía impactar, y mucho, a la población española, lo que asociado a la mala conciencia general que se tiene en España por la cuestión del abandono del Sahara, podría resultar fructífero. Pero necesitaba madurarlo más y, sobre todo, hablar con Raúl. Además había que pensar cómo conseguir el dinero para realizar el viaje, si es que al final se decidían, y también en cómo convencer a Abdul para que viajara con ellos, lo que quizá era la parte más complicada puesto que estaba de forma ilegal en España. Pero la historia parecía buena, sí que lo parecía. Quizá era su gran oportunidad.

Era 15 de julio cuando, gracias a las gestiones de una ONG encargada de trasladar niños saharauis a España para pasar las vacaciones con familias españolas, los tres amigos se embarcaron en el avión de Aerolíneas Argelinas con destino a Tindouf, en teoría acompañando a los niños que regresaban de las vacaciones. Todos con sus pasaportes en vigor, aunque el de Abdul era falso. No les había costado convencerle de que les acompañara, sobre todo teniendo en cuenta que el viaje no le costaría nada, salvo el riesgo de que le intervinieran el pasaporte argelino falso y no pudiera regresar a España. Los fondos para el viaje, el pasaporte falso, los sobornos, y las cosas que habían comprado para la familia de Abdul y otras del campo había llegado como venidos del cielo, porque cuando Raúl comentó a su padre, un empresario con una posición económica más que aceptable, sus planes de viajar al campo de refugiados saharaui éste se ofreció a financiárselo, sin que Raúl tuviera muy claro el porqué.

Cuando aterrizaron en el aeropuerto militar de Tindouf el calor era absolutamente insoportable pese a ser ya de noche ya que la temperatura no bajaba de los 30º, todavía soportable si se comparaba con las temperaturas diurnas en torno a los 45º y una humedad relativa prácticamente inexistente. La hamada es una meseta desértica pedregosa, inhóspita y prácticamente deshabitada. A unos cien kilómetros de Tindouf está el campo de refugiados, al que llegaron en un autobús tan viejo que parecía ir a pararse cada vez que pasaba por encima de alguno de los miles de pedruscos que tapizaban el reseco suelo. Tras casi dos horas de viaje, el grupo llegó a Rabuni donde fueron acomodados en unas enormes tiendas de campaña en las que ya había otras personas.

A la mañana siguiente, los dos periodistas dirigidos por Abdul, consiguieron un todoterreno con el que se dirigieron a Smara. A través de caminos casi inexistentes, llenos de arena y piedra, llegaron finalmente al campo en el que vivía la familia de Abdul. Javier y Raúl jamás imaginaron semejante recepción, tanta hospitalidad, tanta generosidad por parte de gentes que no tenían casi nada, pero que lo poco que tuvieran estaban dispuestos a compartirlo. Ahora comprendían la forma de ser de Abdul, su perenne sonrisa, su eterno buen humor, tan sólo velado ligeramente por un viso de tristeza en el fondo de su mirada. Les ofrecieron té con hierbabuena mientras recibían con alegría y agradecimiento todos los regalos que les traían: cuadernos, bolígrafos, medicamentos, jabón, mecheros… Después, con la tranquilidad con la que se hacen las cosas en los lugares donde el tiempo no tiene el mismo sentido que en las grandes ciudades, entraron en el interior de la jaima y se sentaron a contar a los forasteros que acompañaban a Abdul lo que sabían de las desapariciones.

Habían desaparecido cuatro niñas: una de doce años, dos de trece, y otra de once. Las madres estaban desesperadas, con la desesperación serena de quien está acostumbrado a la desgracia, y desesperanzadas, como quien ya no espera nada de la vida salvo la muerte. En los cuatro casos, las niñas habían desaparecido por la noche cerca de los límites del campo. Los críos solían aprovechas las temperaturas más bajas de la noche para jugar, y ellas no volvieron. Por supuesto, las madres denunciaron su desaparición a las autoridades de la wilaya y estaban a la espera de alguna respuesta que, sin embargo, sabían que seguramente no iban a recibir. No insistieron pues en el fondo temían represalias, aunque no sabían muy bien de quien podrían venir ni por qué medios. Así, se consumían en el más absoluto de los mutismos, llorando en silencio el dolor de la pérdida mientras se ocupaban de sus quehaceres cotidianos, de los trabajos asignados, de atender las necesidades de los demás.

Javier tomaba notas de todo lo que hablaban aunque también tenía la grabadora en marcha, mientras Raúl no dejaba descansar el disparador de su cámara. El artefacto, una magnífica cámara digital de última generación, regalo de su padre, atraía la atención de los chiquillos que, descalzos y a medio vestir, se reían y jugaban en torno suyo imitándole con unas piedras que hacían las veces de cámara. Abdul miraba a sus hermanas, que asustadas en un rincón, hacía mucho que no se atrevían a alejarse de la jaima.

Cuando terminaron de hablar con la familia, los tres jóvenes salieron de la tienda y se dirigieron a uno de los edificios de adobe en los que había una tradicional casa de té. Allí, sentados sobre una alfombra roja con arabescos de colores, se dispusieron a diseñar un plan para ver que podían averiguar. En primer lugar, preguntarían a las autoridades de la wilaya y luego, dirigidos por Abdul, una vez que cayera la noche, recorrerían las afueras del campamento con el todoterreno.

Como era de prever, la entrevista con el gobernador de la wilaya fue cordial, hospitalaria, amable, e inútil. No sólo no sabían nada nuevo, sino que además no disponían de medios con los que poder investigar u ocuparse del asunto. Habían trasladado a las autoridades argelinas el problema y estaban -como no- a la espera de noticias. Cuando salieron de la entrevista estaba anocheciendo, uno de esos maravillosos atardeceres del desierto en el que los tonos anaranjados se unen a los violetas de unas nubes prácticamente secas que se funden con los picos de las jaimas, sobre un horizonte tan lejano que parecía que ciertamente marcaba el fin del mundo.

Era ya noche cerrada cuando los tres se metieron en el todoterreno y enfilaron, despacio, hacia las afueras del campamento. Estaba mucho más oscuro de lo que Javier y Raúl podían imaginar, salvo por los lejanos puntos de luz de las jaimas, que desaparecieron tan pronto traspasaron una pequeña colina, para adentrarse en lo que parecía una boca de lobo. Llevaban un navegador que les marcaba las coordenadas y decidieron rodear el campamento. Cuando llevaban aproximadamente cuarenta minutos de botes y saltos por los pedregosos suelos de la hamada vieron a lo lejos, en dirección opuesta  al campamento, una luz. Pararon el coche y se bajaron. Dejaron a Abdul al cuidado del coche, a pesar de sus protestas, porque él era el que conducía: conocía mejor el terreno y le sería más fácil llegar hasta ellos en caso de dificultad. No había peligro ninguno porque sólo iban a curiosear y no pensaban acercarse más de lo imprescindible para echar un vistazo. Sintieron un leve estremecimiento, pero lo achacaron a que la temperatura había bajado: a ninguno se le ocurrió pensar en el miedo. El corazón les latía cada vez más deprisa según avanzaban hacia el pequeño campamento del que provenía la luz: tres tiendas en torno a un camping gas, a medio fuego, seguramente para no gastar más de lo necesario, alrededor del cual se podían contar hasta seis personas. Se echaron al suelo para poder observar sin ser vistos. No había nada allí que pareciera extraño a primera vista. Según se acercaban, podían distinguir los rasgos de los hombres, todos hombres, no había ninguna mujer, del campamento. Hombres de tez oscura y rasgos afilados; de ojos profundos, oscuros y mirada fiera; de ese tipo de hombres que podrían sacarle las tripas a su oponente sin pestañear. Un escalofrío les recorrió la espalda.

_________________________________________________________________________

Abdul no tenía equipaje alguno que recoger. Todo lo llevaba en su mochila, incluida la cámara de Raúl con todas las fotos. Su pasaporte falso le había permitido regresar sin problema a España, pero sabía que su estancia aquí sería ya por poco tiempo.

Cogió el metro en Barajas, y tras varios trasbordos, se bajó en Suanzes, y de allí se dirigió a la sede central de El País, donde consiguió que le recibiera un redactor novato al que entregó la cámara de Raúl contándole lo que había ocurrido, en realidad, lo poco que él había visto desde lejos. Inmediatamente se armó un revuelo impresionante: apareció el redactor jefe quien, tras movilizar a buena parte de su equipo, se puso en contacto con la policía, con el Ministerio de Asuntos Exteriores, y la embajada de Argelia. Al día siguiente, la primera página de El País hablaría de la desaparición, en las proximidades del campamento de refugiados de Tindouf, de dos periodistas españoles y quizá, de refilón, también de la de las cuatro niñas saharauis cuya historia habían ido a investigar.

Abdul fue conducido a las dependencias de la Guardia Civil, y sentado en un banco esperaba su orden de deportación por inmigración ilegal mientras derramaba las primeras lágrimas por los amigos desaparecidos.

Como las de su pueblo, eran lágrimas secas.

 

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  • Gracias a ambos por vuestros comentarios. Es un lujo contar con lectores como vosotros. :))
    Tu relato se lee con soltura, con fluidez, lo que ayuda aún más a resaltar la pena y la angustia de Abdul tras ese velo siempre presente de amabilidad. Un excelente trabajo que resalta la injusticia y la falta de ayuda cuando no hay intereses económicos por medio por parte de los países ricos. Es más, algunos aprovechan la desesperación de los humillados para explotarlos aún más, como la desaparición de las niñas. El final me impactó. Sólo me resta felcitarte por tu trabajo, aunque con tristeza...Saludos
    Impactante. Una historia bien documentada que nos muestra la terrible situación que vive el pueblo saharaui, un pueblo hermanado a sangre con la historia bizarra, por denominarla de alguna forma, de este “País”. Al final lograron el propósito aunque nadie les dijo que serian protagonistas. Ya lo dijo el sabio, cuidado con los deseos…Un placer. Saludos
  • Cuando proyectamos nuestras expectativas de una persona sobre ella, estamos llamando a la puerta del fracaso.

    Demasiado a menudo nos damos cuenta de lo que tenemos cuando lo hemos perdido. Entonces, sólo nos queda vivir con ello.

    ¿Acaso es menos eterno ese amor al que la rutina no horada hasta abrir un hueco por el que se escapa?

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