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7 min
Tirabuzón escupido - Javi Síncope
Varios |
06.08.15
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Sinopsis

Dos mujeres, un vídeo, un escupitajo y un señor calvo

Una joven de extraordinaria belleza camina por el pasillo de un palacio con altivez aristocrática. La cámara avanza en un tráveling frontal mostrándola en plano medio. Su rostro está coronado por una peluca rococó. Viste una hermosa casaca de seda amarilla y un peto rosa floreado que ensalza la blancura de su escote. Es feminidad en estado puro, fragilidad poderosa de labios rosados y brillante mirada ante la que cualquier hombre sucumbiría.

El plano siguiente nos la muestra desde atrás. Descubrimos que está desnuda de cintura para abajo, caminando con sus largas y esbeltas piernas sobre altos tacones de raso azul.

La joven persigue a un mendigo por una estancia suplicándole amor, pero encontrándose solo con su rechazo. Un baile extraño al que la princesa se entrega olvidando cualquier asomo de decoro: se arrastra a sus pies, se saca las tetas, se lanza por los suelos perdiendo la peluca. El mendigo la ignora persistentemente, ensimismado en un trozo de pan que guarda entre las manos.

Irene Molins Castellar, la protagonista del videoarte que estaba proyectándose en la pantalla, se retorcía de vergüenza. El corazón le había dado un vuelco al encontrar su vídeo en aquella retrospectiva de arte de los noventa. Fantasmas del pasado reapareciendo en el momento más inesperado. El plano siguiente era una imagen de su cara mirando desafiantemente al frente mientras una mano mugrienta recorría su piel, supuestamente una fantasía de su personaje. Cuando los dedos pasaban junto a su boca ella los buscaba con la lengua. Sobre su aristocrática cara aterrizó de golpe un escupitajo. Irene tuvo que apartar la mirada. ¿Por qué se exponía otra vez a aquello? 

Cuando empezaron a sonar los aplausos todavía tenía los ojos cerrados. Recordó lo que había sucedido 17 años atrás, pero en esta ocasión las luces se encendieron enseguida. Irene estaba perpleja. Por primera vez había visto su obra tal y como la había concebido.

Magda, su compañera de perversiones artísticas, había disfrutado como una cerda sometiéndola todas aquellas vejaciones. Pero cuando estuvo acabado lo odió. Es puto arte social, le dijo. El arte social era el antiarte. El público se iba a quedar muy contento viendo al vulgo escupiendo a Maria Antonieta en los albores de la revolución Francesa. Para Irene el vídeo no trataba de eso. Representaba la vulnerabilidad de aquella mujer, su desesperado amor por un hombre que nadie hubiera querido para ella, sus fantasías ocultas, tan lejos del papel que le había tocado representar. Estaba hablando de sí misma, de su impulso de hacer lo contrario de lo que se esperaba de ella, de su familia, en fin, de sus novios politoxicómanos. Era de eso de lo que trataba el vídeo. Pero no, el público debía ser vejado. No iban a permitir que un solo progre se sintiera a gusto en su asiento. Tras la proyección Magda se había subido a la mesa, su poderosa silueta iluminada por los títulos de crédito, para abalanzarse sobre el respetable con su tropa de pornoactivistas lesbianas, hasta el culo de coca, para que el público, cómodamente asentado en su privilegiada posición, descubriera al fin lo que era ser mordido, escupido, maltratado como se merecía. Aquella mierda no le gustó a nadie, salvo a Magda, que vio perfectamente colmada su poética tocacojones.  

La cosa funcionaba así: Irene tenía las ideas, Magda aquel impulso incontenible de violentar al público. Irene la sensible, Magda la loca: las dos caras de una moneda. Aunque a brotes psicóticos acabó ganándole Irene. Cegada por Magda, siempre con aquella sensación de haber llegado lo bastante lejos. Hubiera hecho cualquier cosa por ella. La conoció cuando era una niña mogigata deseosa de experimentar con su corazón y Magda era una fuente inagotable de experimentación. Un tiempo de emociones desatadas, de creatividad desaforada, perpetrando desquiciadas performances en un viaje alucinado en el que casi se perdió. Todos aquellos vídeos pueden verse aún en internet.

Cuando intentó alejarse de ella, la apisonadora de voluntades la buscó sin tregua. Abandonó la ciudad, se cambió el nombre. Años temiendo encontrarse con ella. ¿Y ahora por qué orbitaba de nuevo hacia aquel lugar? Qué necesidad de alterar el equilibrio que tantos años había tardado en construir, qué necesidad de abrir heridas y encontrarse añorando aquellos tiempos. Una vez más haciendo experimentos con su corazón.

—¿Qué te ha parecido?

Un cincuentón calvo, desde el asiento de al lado, la observaba con expresión resabiada esperando su respuesta.

—Me ha parecido,,, bien.

—¿En serio? —le contestó el tipo arqueando las cejas.

—¿A usted no le ha gustado?

—Por favor, no me hables de usted.

Vaya por Dios, el tipo estaba ligando. Ya no estaba acostumbrada a que los hombres se fijaran en ella. Obviamente no la había reconocido como la chica del vídeo.

—Típico «arte social» de finales de los noventa —comenzó a pontificar el hombre—. Maria Antonieta en plan putón persiguiendo a un plebeyo, reversión de papeles, el pueblo vejando a la reina. Todo muy fácil, ¿no te parece? Claramente dirigido a un público progre al que no hay que hacer pensar demasiado por si empieza a dolerle la cabeza. Todo muy noventas.

A Irene le entraron ganas de arañarle la cara, a ver si aquello también le parecía típico arte social de los noventa. Ojalá estuvieran allí las terroristas feministas para escupirle en los ojos y asfixiarle con sus tetas, seguro que eso le gustaría más.

—Vaya —dijo el calvo—, parece que hay mesa redonda. A ver cómo defienden semejante mierda.

Irene vio como su mayor temor se hacía realidad. Magda esperaba junto al estrado con los demás videoartistas. El cuerpo entero le empezó a temblar. ¿Pero qué esperaba? ¿Que no hubiera venido a la presentación? La observó subiendo al escenario. Estaba más gorda, pero seguía teniendo la misma la cara de mala leche de entonces.

No me reconocerá, pensó Irene. No obstante, mientras el moderador hablaba de Tirabuzón escupido, «obra clave del videoarte de los noventa», la mirada de Magda se encontró con la suya y una sonrisa se dibujó en su cara. ¡La había reconocido! ¿Qué hacía? ¿Salía de la sala? Pero si lo hacía llamaría aún más la atención. Aquella hija de puta no iba a resistir la tentación de desvelar su identidad.

Y justo entonces comprendió que eso era exactamente lo que quería. Había venido allí para encontrarse con Magda. Estaba preparada para decirle todo lo que había estado pensando durante todos esos años. Quería que le mundo supiera que la belleza de aquel vídeo era suya, que todas aquellas obras alucinantes y salvajes también habían sido ideas suyas. Se estremeció al comprender que había llegado el final de un ciclo. Pasara lo que pasara en aquella sala, ya no iba a seguir huyendo.               

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