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5 min
Tirabuzón escupido - Mer Curio
Fantasía |
04.08.15
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Sinopsis

Sobre lobos y Caperucitas

- Siempre había una explicación. Cuando se transformaba en lobo no sucedía porque fuese luna llena, ocurría por un motivo más cotidiano. Quizás fuese porque, por ejemplo, pretendiese que la cocina de su casita estuviese limpia y recogida y no entendiese que, después de haber ido a por el tarro de miel, de haber horneado los pasteles y de que hasta le hubiese dado tiempo de hacer una cesta de mimbre, recoger la cocina fuese una tarea que le incumbiese también a Ella; es más, era una obligación que tenía que hacer Caperucita -además de estarle agradecida por todo el trabajo que había hecho- pero no, encima de que era Ella quien estaba limpiando la cocina en ese momento, la niña no hacía más que ver la televisión y no la ayudaba. Quizás fuera esto en lo que pensaba cuando en lobo se trasformaba, que este cuento tiene más versiones según el enfado, pero lo que sí está claro es que toda esta reflexión no la conocía Caperucita, solo estaba en la cabeza de Ella mientras limpiaba la encimera con su bayeta . Y tal vez lo que prendiera la mecha fuese que un vaso enjabonado se le resbalase entre sus dedos mientras Caperucita siguiese viendo la tele, que encima la niña se riera y entonces, sí, entonces, eclosionaba: primero eran palabras, palabras que se hacían oraciones, oraciones que se trenzaban en un oráculo maldito que la hacían blasfemar de sus propios orígenes; una columna de humo con la que llegaban los primeros temblores y con la que su cuerpo se activaba: comenzaba a dar grandes zancadas igual que un animal enjaulado, y sus manos, que aún tenían el paño de cocina, se volvían zarpas que lo ahogaban lentamente como si fuera un pajarito, como si deseara que sufriera entre sus manos hasta que, una vez muerto, lo lanzaba con violencia contra el suelo. En ese momento sus piernas, se enfangaban, se detenían, se hacían raíces y la fuerte convulsión de sus manos llegaba a su garganta y reventaba por su boca de la que surgía lava, una lava hiriente nacida de lo más profundo de su bilis, un vómito negro de resentimientos que la hacían arquearse para arrancar a aquel lobo de su cuerpo.

Cuando Caperucita se encontraba frente a esa erupción volcánica, su instinto la hacía correr. Sentía que su corazón bombeaba la sangre más aprisa, parecía que se le iba a salir por la boca y la cerraba, pero ya era demasiado tarde: aquella lava ardiente inundaba la cocina y lo teñía todo con su lodo negro, un lodo de sabor amargo, un lodo pegajoso que envolvía los relojes y hacía que se moviesen a cámara lenta, un lodo que hacía que el movimiento de levantar los brazos, taparse los oídos y girar la cabeza para no ver a la fiera, supusiera un esfuerzo sobrehumano.

Por su parte, el lobo, que ya había vomitado el alambre de espino que atenazaba su corazón, ya se encontraba mejor y al estarlo, Ella iba regresando. Sus ojos ya no eran tan grandes, ni sus orejas, y tampoco sus dientes eran “para comerte mejor”. Ahora, que respiraba más tranquila, buscaba a Caperucita en la cocina, pero no la encontraba. El escenario de lo que veía en esos casos variaba según la versión del cuento -en esta ocasión era un vaso enjabonado roto, agua por el suelo y una bayeta retorcida en un rincón- y un silencio que solo rompía la tele encendida. Quizás entonces Ella sintiese un tirabuzón en la garganta, restos de pelo del lobo que la había poseído, y quisiera limpiarse por completo y que Caperucita la viese como Ella era en sus buenos momentos. Tal vez en esas ocasiones, además de recoger la cocina y limpiar el patio, siguiera ordenando su casita para sentir que ese tirabuzón lo había al fin escupido.

 

Muchos años después, el leñador, con el hacha en la mano, escuchaba todo aquello que le decía Caperucita. No quería dejarse embaucar otra vez por esa niña con ojos de lava. Había venido a por el lobo, eso es todo. Había perseguido el rastro de ese lobo que se escondía en las entrañas de Caperucita y que ahora lo miraba desafiante. Solo tenía que abrirle barriga y llevárselo. Luego quizás, Ella le ayudase a llenarle la barriga de piedras.

 

Al llegar a este punto los personajes del cuento se han vuelto tan neuróticos que el protagonista de esta historia ya no la comprende, y al vivirla ya no sabe si está de veras en un cuento, o ensayando una escena, o leyendo el capítulo inconexo de una novela; y siente... que no siente.

Sucede en estas ocasiones y sin saber muy bien cómo que, unas veces antes, otras después, el protagonista logra cambiar su punto de vista y consigue que el lobo salga de Caperucita, y lo hace correr libre por el bosque guiado por su instinto, y consigue que el leñador vuelva a su oficio, y que la niña vuelva a jugar, a descubrir, y consigue que Ella disfrute limpiando la encimera de su cocina y que todo ¿vuelva a tener sentido?

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