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6 min
Tomar la curva
Reflexiones |
21.06.20
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Sinopsis

Aprendí a andar en bicicleta de muy chico. Cuando te sacan las rueditas la forma de mantener el equilibrio es ir rápido para adelante pase lo que pase; ya sea ante un cambio de piso, subida, bajada y ojalá que no cruce nadie. La idea era que la aceleración le ganase a la gravedad y no cayéramos. Pero había algo que se cruzaba siempre, la rueda de adelante! Ante una esquina, un desnivel o cualquier fuerza que nos cambiara el curso, uno perdía el control y la rueda de adelante, como si uno quisiera doblar de golpe, se giraba completamente; la bici se clavaba en el lugar y uno volaba por los aires.

Nuestros padres, hombres recios de la post guerra nos enseñaban a volver a subirse y seguir metiéndole rápido para adelante. Obvio, hasta el próximo cruce de la rueda. Al igual que un velero que vira a sotavento, cuanta más velocidad traiga, la deriva será más rápida y fuerte y el velero quedará clavado no bien el viento le entre por popa. Harán falta muchas maniobras, mucho esfuerzo para poder generar una resistencia que le permita ir encontrar de la fuerza natural del viento y asi avanzar contra la naturaleza e ir con decisión al objetivo planeado

De a poco fui convirtiéndome en un Meteoro de la bici, ya tenía el equilibrio y cuando se cortaba el camino podía decidir doblar, elegía el camino que quería. Costó aprender a tirar el peso del cuerpo lo suficiente, varias veces me pasé para girar como en carreras de motos y terminé con las heridas como recuerdo y el dolor reflejo como alarma. para aprender a los golpes hasta donde y cuán rápido podía girar. Creo que fueron las mejores clases de física combinando gravedad, inercia y aceleración. La competencia entre estas fuerzas tenía que ser exacta para no perder el camino

Cuando adolescente, esa experiencia me vino muy bien. Ya con cuatro ruedas y el peso del auto disfrutaba de girar en cualquier parte y a toda velocidad para que la aceleración le gane a la inercia y que el auto no se vaya de cola. Esa sensación de libertad de trazarse una meta, y poder ir a donde uno quería más rápido que nadie, sintiendo la decisión de doblar a toda velocidad donde uno quería, es tan increíble que en cualquier publicidad de auto la vemos y queremos conducir a un destino imaginario.

Hay dos formas de doblar. Como decía, una es tomar la decisión, girar el volante y hacer que compitan la fuerza de inercia con la de aceleración. Volviendo al caso del velero, es como si en un momento dijera quiero ir para dónde va el viento y peleo contra la inercia que me lleva para el otro lado; eso en el auto produce perdidas de velocidad, desgaste de cubierta y coleadas del auto. En algunos casos perdemos el control y hasta volcamos en busca de ese nuevo camino.

Otra forma de doblar es simplemente tomar la curva. Como en un velódromo los mejores caminos tienen el peralte en las curvas y permiten aprovechar la velocidad que teníamos para doblar sin esfuerzos, seguros y casi sin darnos cuenta. No hay competencia entre fuerzss, sino que se libera mejor la energia que no va más y las otras se sinergian. De hecho en vez de frenarnos, cuanto mayor sea el cambio de sentido, mayor tendrá que ser el peralte y más tenderemos que acelerar ya no para romper la incercia pero para no caernos. Sólo tenemos que confiar en el ingeniero del camino.

Esta forma de doblar nos da increíbles posibilidades, no sólo nos permite llegar mejor a nuestro destino, sino que sabiendo que estamos en un buen camino podemos confiar y dejar que las curvas emperaltadas nos sorprendan con nuevos paisajes y como vamos relajados --acelerando, pero relajados-- hasta podemos disfrutar mejor los cambios de vista y de ángulos.

Muchas veces cuando voy de vacaciones con mis hijos, vemos delante nuestro un pueblo y ya empezamos a mirarlo con alegría, a descubrir los alrededores e imaginar cómo será pasar las vacaciones ahí. Algunas veces llegamos a destino en ese pueblo después de ese excelente viaje, pero es muy común que antes de lo esperado una curva con peralte nos haga doblar sin darnos cuenta, descubriendo que todavía falta recorrido. Miramos de reojo el paisaje que dejamos, con amor al pueblo que imaginábamos, pero ahora con la añoranza de pensar qué habría sido ese pueblo y cómo será vivir ahí en medio de la nada. Mientras tanto empezamos de a poco a volver a disfrutar de un camino a un pueblo que no conocemos pero que confiamos que será lindo…sino nadie hubiera construido semejante camino.

El camino no es recto, pero ya no elijo cada curva, confió en el GPS y en el camino. Y no sería la primera vez que otra curva nos sorprenda y descubrir que simplemente era una circunvalación para entrar al mismo pueblo que anhelaba. Confirmo así mi intuición, pero me alegro de llegar por la entrada principal, más linda, más plena, al igual que uno se encuentra de frente con la Basílica de Lujan al seguir la circunvalación.

 

De grande me entrego con confianza al camino que Dios, como eximio y amoroso ingeniero me propone. Puedo doblar en los cruces, puedo quedarme quieto en el camino, pero me da ganas de confiar y acelerar ese camino también hecho, con mis prácticas y rezo ayudo a marcar más el peralte de las curvas para sorprenderme con un paisaje sabiendo que el pueblo final es el paraíso, que el destino final seré pleno, que el destino final es El.

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