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8 min
Tormenta de verano
Amor |
22.11.16
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Sinopsis

Historia de un primer amor.

 

Rozamos el ecuador de este tórrido mes de agosto con una alerta amarilla por tormentas, que se ha resuelto con cielos negros, atardeceres de colores mágicos, noches con orquestas de truenos y artificios de rayos, y cuatro puñeteros goterones de mierda incapaces de refrescar el ambiente y darnos un respiro.

Desde mi balcón al Mediterráneo mi mente se ha perdido en los nubarrones del pasado y han aflorado las tormentas de mi vida; no las personales, no: las meteorológicas. Han sido muchas, pero tres de ellas se quedaron grabadas en las circunvalaciones de mi disco duro con todos los detalles. Quiero contaros una de ellas que, para mí, es «La Tormenta». Lo que en mi pueblo llaman: «Una tormenta como las de antes».

Esa tarde éramos unos treinta muchachos y muchachas entre los once y los dieciséis años caminando por la carretera; todo el futuro del pueblo reunido a la hora del paseo. En 1973 la carretera era una estrecha franja de asfalto, sin arcenes ni líneas pintadas; un camino ancho color de plomo por el que, de tanto en tanto, pasaba un automóvil. Era una tarde como tantas otras de agosto, tarde de largos paseos, risas, bromas, pensamientos adolescentes, disquisiciones sobre los OVNI y los extraterrestres, chistes malos y algún cante decente. Todo transcurría como ayer, y como anteayer, y…a la altura del puente de la Gama, a quilómetro y medio del pueblo, arrancó del suelo ese olor de  lluvia tan característico, al tiempo que un espeso toldo de nubes negras crecía sobre nosotros. Venía tormenta, las señales eran claras, y nuestra reacción también: Media vuelta y de regreso a casa, a paso ligero.

Ya teníamos la escuela a unos pocos metros, en la entrada del pueblo, y entonces reventó el cielo con un estruendo que nos puso a todos la carne de gallina… y uno, y dos, y tres pesados lagrimones, y de repente una brutal cantidad de agua que caía a peso sobre la tierra nos sorprendió apiñándonos sobre el pequeño porche de la escuela. Yo no sé en otros lugares, pero en mi pueblo siempre ha existido el chico bruto, pero ágil, que se encarama a un árbol de la escuela y salta al alfeizar de una ventana que tiene un trozo de vidrio roto en el lugar adecuado. Gracias a Teófilo nos pusimos bajo techo; entró en la escuela por la ventana y nos abrió la puerta principal. Las dos aulas estaban cerradas con llave, pero la biblioteca siempre estaba abierta y allí nos acomodamos esperando que la tormenta pasara de largo; trasteamos libros y legajos de un sitio a otro, esperando confundir a los maestros en septiembre, al inicio del curso. Un grupo se centraba en los atlas mundiales, con fotos de tribus lejanísimas que se atravesaban las narices y las orejas con huesos y plumas, otros y otras buscaban en las enciclopedias palabras soeces; nuestro griterío apagaba el sonido de los truenos y el de la lluvia contra el tejado: hasta que se fue la luz, así, de golpe; todo quedó negro y en silencio. Un escalofrío recorrió las espaldas de todos los presentes que, dirigidos por un instinto atávico, nos agrupamos en una especie de círculo apretado donde nadie quería quedarse en el exterior. Ahora sí, ahora se oía caer la lluvia con fuerza, y se veía la carretera iluminada brevemente por los relámpagos, y todo volvía a quedar a oscuras, hasta que el trueno, tan esperado como imprevisto, nos hacía brincar con los vellos erizados.

Y la luz no volvió.

El silencio y el encogimiento duraron lo que dura la paciencia de un adolescente. Viendo que la tormenta prometía convertirse en crónica, uno dijo: « ¿Alguien se sabe un chiste?», y, poco a poco, las voces fueron creciendo de nuevo, esta vez sin abandonar el círculo; voces sin rostro que canturreaban, o contaban chistes, o reían nerviosas. El tiempo pasó muy despacio iluminándose de relámpago en relámpago. Una muchacha estaba contando cómo había descubierto a su prima besándose con el cartero, cuando apareció un débil resplandor en el ventanal de la escuela, era un coche, o un camión, uno dijo «una moto» y se le tachó de estúpido en grado absoluto. Durante unos largos segundos los faros del coche iluminaron la biblioteca, todos nos levantamos de nuestras sillas y nos arrimamos a la ventana para ver cómo aquel vehículo apenas podía avanzar contra la cortina de agua que le caía, levantando olas a sus lados, como una fueraborda. El coche era un Citroën  de color difuso y se cruzaron opiniones sobre la identidad del propietario; ya se sabe, en los pueblos pequeños todos se conocen. Esos instantes de luz continua tuvieron un curioso efecto: volvimos todos a sentarnos en círculos pero el orden había cambiado. Y con ese nuevo orden continuaron la oscuridad y el sonido del agua al caer.

Era previsible, la ambientación era perfecta, pero tardó en llegar: José Mari propuso contar una historia de terror. José Mari era el hijo del médico y le llegaban unas revistas que solían traer alguna narración corta de Allan Poe, Lovecraft y tipos así. Nadie dijo ni sí ni no, y José Mari se arrancó por caminos oscuros que, en esos momentos, solo le interesaban a él. Mientras José Mari contaba su historia con tono de salmodia, sin inflexiones en la voz ni emoción de ningún tipo, como si fuera una letanía religiosa o un mantra, en la oscuridad algunas manos se rozaban y algunos hombros se juntaban más de lo necesario; susurros inaudibles alzaban de pronto el tono aprovechando el trueno y algunos muslos ardían al apretarse en la oscuridad. José Mari debía estar siendo engullido por seres arcanos de tentáculos impares, cuando un relámpago iluminó toda la escuela y el trueno estalló al mismo tiempo, como ningún otro trueno, reventando uno de los vidrios de la ventana. Eso sí dio miedo. José Mari dijo que era agua que entró por la ventana, pero todos sabemos que se había meado encima.

Nos empezamos a preguntar si aquella tormenta acabaría algún día, y si no sería mejor salir de la escuela y darse una carrera hasta la plaza Mayor. En el pueblo había tres pararrayos, uno en el ayuntamiento, otro en casa del médico y otro en casa de doña Elisa. Doña Elisa era una solterona rica y huraña que vivía con su criada de toda la vida y no aceptaba visitas ni los días de tormenta; El médico acogía bajo su techo a las personas de su servicio y a sus familias, y a toda la gente de alcurnia. El resto del pueblo llano se refugiaba bajo los soportales del ayuntamiento hasta que escampaba. Esa era la situación, y ya comenzábamos a intuir que nuestras familias deberían de estar preocupadas, en una época en la que la preocupación se solía traducir en broncas, zurras y castigos. La cuestión era calibrar la intensidad de la riña, dependía de si salíamos ya de la escuela o alargábamos el asunto. Salir ya era recibir la bronca en tres minutos, retrasarnos nos daba un margen, pero la bronca podría ser mayor, ese era el dilema, como decía aquél.

Agapito salió corriendo como un loco y se acabó el problema, todos le seguimos. Le seguimos a la ciénaga, seguía cayendo agua a jarros y el patio de la escuela se había convertido en un barrizal en el que nos hundimos hasta las rodillas, y más de uno cayó, rebozándose entero. Costaba caminar pero logramos llegar a la calleja asfaltada; luego todo fue correr a tientas y cuesta arriba por la calle Mayor, hasta la plaza, a refugiarnos bajo los soportales y bajo los brazos de nuestras madres. ¿Para que servían los padres en aquella época? ¡Ah! Para las zurras, por eso llevaban cinturón.

Habían pasado cuatro horas, cuatro horas de tormenta, y sí, tras los abrazos y los arrumacos, llegaron las broncas, las zurras y los castigos. Pero algunos solo recordamos aquel beso robado en la oscuridad.

 

 

 

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