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8 min
Trabajo. Del latín "tripalium" (instrumento de tortura)
Reflexiones |
18.11.14
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Sinopsis

Una reflexión en torno a la precariedad y el absurdo.

‘Otra cosa en la que no creía en absoluto era “el trabajo”. El trabajo. Aun en el umbral de la vida, me parecía una actividad reservada para los estúpidos’. HENRY MILLER

La voceada y ya no tan reciente- incluso amenaza con quedarse para siempre- Crisis ha traído, entre otros- innúmeros e indeseables- efectos secundarios, una precarización del mercado laboral objeto de sesudos análisis, encendidas críticas, cínicas apologías y ningún propósito de enmienda.

Formo parte de la- resulta indudable- generación más duramente golpeada por la desaceleración perversa- teledirigida- en la acumulación de capital que el aséptico vocablo “Crisis” trata, con lamentable éxito, de enmascarar. “La generación más preparada de la historia”, que se llenaran la boca otrora. Quisiera, no obstante, matizar que, actualmente en ejercicio de cerca de media docena de trabajos a cual más “precario”- otro hermoso eufemismo con que mentar lo innombrable-, dicha “precariedad” no me es nueva, ni mucho menos desconocida. Ha sido, por el contrario, una constante en la variopinta nómina de puestos que, por suerte o desgracia- más bien lo segundo, supongo-, he venido ocupando desde mi incorporación al citado “mercado”- de carne, de esclavos, de trabajadores... “Las palabras y las cosas” otra vez. Ay.

Dicho lo cual, a quien le pueda interesar, y un poco a lo Rob Fleming, protagonista de “Alta Fidelidad”, la divertida novela de Nick Hornby, ahí va una relación de Mis Cinco (trabajos) Más Precarios- o, cabría decir, absurdos.

Debuté a los 20 años- un poco tarde, lo reconozco-, y no precisamente como camarero- versión patria del canguro o paseador de perros del otro lado del charco-. Fue en la empresa demoscópica propiedad de uno de mis profesores de universidad. De lo que en principio se trataba era de unas prácticas remuneradas, figura que, imagino, habrá ya desaparecido del asolado- y, pese a lo cual, todavía asediado- páramo… digo mundo académico. Y no aprendí absolutamente nada. Porque durante un mes dediqué ocho horas diarias a grabar los datos recogidos por los miles de encuestas en papel dedicadas a indagar los hábitos higiénicos de mis congéneres. Labor compartida con cuatro o cinco analfabetos funcionales a los que aquel sinvergüenza probablemente pagaría la misma miseria que a mí sin la necesidad de amparar su negreo en la vil mentira con que me había dejado yo embaucar. En cuanto pude cobré mi exiguo cheque y me largué. Nunca volvieron a verme el- por entonces espeso- pelo.

Poco después, fuera ya del hogar paterno y obligado a sufragar ciertas veleidades conyugales a las que, esclavo del ciego ímpetu juvenil, me había precipitado, di con mis huesos en una centralita. Mi cometido consistía en telefonear a los socios de una respetada ONG para proponerles un aumento en sus cuotas- pedirles más dinero, hablando mal y pronto-. Pese a lo indigno de mis quehaceres- televenta de valores postmaterialistas, a cuenta de la mala conciencia pequeñoburguesa-, aquello no estaba mal del todo, y me llevaba razonablemente bien con casi todos mis compañeros, alguno de los cuales puedo hasta considerar todavía mi amigo. La única excepción la constituía mi inmediato superior. Un arribista lameculos que, en su fulgurante ascenso, había alcanzado un status tal que no tenía ya que hacer llamadas, y podía dedicarse, en su lugar, a escuchar las nuestras- a escondidas- para, con celo profesional rayano en lo nacionalsocialista, reconvenirnos por las más ínfimas nimiedades. Cuando le anuncié mi renuncia, dos meses y medio después de haber empezado, tuvo aún el cuajo de valorar que “se me veía ya un poco quemado”. Valiente soplapollas. Hoy día se desempeña como jefe de gabinete de este o aquel político corrupto. Ojalá tenga el éxito que merece, y reviente en cualquier cárcel mesoamericana.

Algunos años más tarde me coloqué como vendedor, puerta a puerta, de pólizas de defunción. Si bien es cierto que tildar de “colocación” mi paso fugaz por aquella aseguradora, de cuyo nombre ni puedo ni quiero acordarme, probablemente resulte un tanto audaz, toda vez que dimití antes no ya de culminar, siquiera intentar mi primera venta. En efecto, tras asistir durante tres días a la soporífera formación que impartía una ejecutiva agresiva de cuyos pechos hábilmente reconstruidos hacía conspicua ostentación, y gastar una fortuna en hacerme con las (im) pertinentes chaqueta y corbata, me había llegado el turno de empezar a despachar los siniestros packs en compañía de un veterano tan pagado de su talento que extrañaba no le partiesen la cara en cada ocasión que desplegaba su rapsodia mercachifle. Me presenté en la oficina, me desanudé la corbata y rescindí mi contrato.

Al poco intervine, como figurante sin frase, en un par de películas, sólo una de las cuales versaba sobre la Guerra Civil- para que luego digan-. 50 euros al día, alta en la seguridad social y un bocadillo de fiambre. Indudablemente, la ocupación mejor remunerada que he tenido hasta la fecha. Con suerte, podía uno compartir plano con alguna estrella rutilante- en mi caso Gary Dourdan, aquel apolíneo negrazo de glauca mirada que se hiciera mundialmente famoso por su papel en la serie “CSI: Las Vegas” y que, parece ser, hoy día anda de capa, y panza, algo caídas-, o entrar en fecundo intercambio- profesional- con jovencitas de abundosa anatomía que aspiraban a su gran oportunidad por la ingrata vía de la figuración. Aunque lo más habitual era compartir pitillos- si acaso alguno de grifa-, conversaciones comatosas y un puñado largo de aburridísimas horas muertas con otros tantos muertos de hambre que, como yo, no tenían nada mejor que hacer con sus míseras existencias. Tras mi segunda aparición en pantalla- marchaba en una columna de milicianos que, recientemente derrotada, huía exhausta a través de un bosque bajo el manto de la noche-, no volvieron a llamarme- ello se debió probablemente a la escasa marcialidad, incluso para un miliciano vapuleado, con que me desenvolví. Hasta tal punto que hubo incluso de gritarse un irritado “corten” para que una bonita “script” se aplicase, con mirífica paciencia, a tratar de disimular, aguja e hilo en mano, mis calzoncillos, los cuales se empeñaban en asomar, impúdicos y lilas, por encima del acartonado attrezzo varias tallas grande que me había tocado en suerte.

Hoy día complemento mi magro salario con servicios, entre otros, de traducción “freelance”. Antes de recibir los primeros encargos contemplaba la profesión rodeada de un halo de romanticismo, me imaginaba trasunto de mi admirado Javier Marías- Premio de Traducción Fray Luís de León, hoy Premio Nacional a la Mejor Traducción, por su versión de la inclasificable “Tristam Shandy”, de aquel gamberro feliz que fuera Laurence Sterne-. No tardó en caérseme la venda de los ojos. A guisa de ejemplo, mi última traducción, rematada el fin de semana pasado, consistió en el resumen de una tesis doctoral acerca del aprovechamiento del agua de niebla como recurso hídrico en zonas áridas, del castellano al inglés y al catalán. No me quejo. Dicho original se cuenta, de hecho, entre los textos con mayor vuelo narrativo que han llegado a mi buzón de correo electrónico.

Casi olvido consignar otro trabajo que podría encajar a la perfección en Mis Cinco Más Absurdos. Tanto que, al final, estos han acabado siendo seis. Recién licenciado en Ciencias Políticas por una carísima universidad privada, católica, apostólica y romana, regalé tres meses de mi vida a un partido con representación parlamentaria. Representación que, por cierto, me alegro… perdón, me temo no tardará en perder, ampliamente sobrepasado por la izquierda por ese joven partido últimamente en boca de todos. Adscrito a su oficina de comunicación en calidad de “becario”- otra más de entre la infinidad de infaustas figuras del derecho laboral con que perpetuar, si no ahondar, la explotación de los trabajadores; más flagrante, si cabe, tratándose de una formación que se define, al menos en origen, cierto que hoy muy parcialmente, como obrera-, se me encargó la elaboración de un informe acerca de la presencia del partido en los medios. Interesante, a priori. De todo punto inútil en la práctica. Porque su presencia en los medios era desoladoramente nula. Así que me inventé el informe. Una vez estudiado en profundidad por la “Komintern”, ésta lo consideró de enorme utilidad y me fueron cursadas las merecidas felicitaciones. Me largué sin despedirme siquiera. No he vuelto a pisar la sede de un partido político.

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