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6 min
Tragando
Drama |
10.10.19
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Sinopsis

Hay días en los que no tengo compromisos y me quedo tranquila en casa, y otros, como este, que tengo un almuerzo corporativo y en la noche una cena con mis amigas de toda la vida. Pinta ser divertido.

Así, van llegando los colaboradores, la mayoría somos mujeres. Durante el almuerzo conversamos de diferentes temas, algunos interesantes, otros reiterativos, converso con unas, luego con otras, nos reímos un poco. Nunca dejamos de hablar de comida mientras comemos; tenemos tantas delicias culinarias en nuestro vasto país que, mientras comemos unas, hablamos de otras. También siempre hablan de los kilos de más, las dietas y de las inconformidades varias, hasta que llegan temas que incomodan más a unas que a otras: los temas de madres. Cuando dan más importancia a la vida de las madres que a la vida de las que no lo somos. Ahí es cuándo mis antenitas se paran y comienzan a discrepar. Ahora escucho, mantengo mis pensamientos para mí, no quiero malograrme el almuerzo. Pero me pregunto ¿es que acaso mi vida vale menos por no tener hijos? ¿Significa que si en un rescate de vida o muerte me encuentro dentro de las víctimas, rodeada de puras madres, seré la última en ser rescatada? ¿Y eso si todavía hay tiempo para salvar a una mujer sin hijos sin poner en riesgo la vida de las ya salvadas? ¿Los padres también tendrían preferencia sobre una mujer que no se ha reproducido? ¡Qué indignación! Y lo peor es que siguen los comentarios como si nosotras no estuviéramos presentes escuchando, nos miramos entre nosotras: cómo apoyando nuestra valía autónoma. Pienso que cada uno tiene el mismo valor per se. Claro, me dirán, ellas tienen prioridad porque deben alimentarlos, sobre todo si son bebes; ante eso solo diré que cada uno tiene la misma buena o mala suerte en esta vida, pero no por eso puedes escoger a dedo quien vale más o menos la pena salvar. No pueden menospreciar la vida de las mujeres por el simple hecho de no seguir lo que manda la sociedad, ya sea por convicción, por problemas fisiológicos, o simplemente porque no quieren hacer caso a esos tantos, tienes y debes reproducirte. Preferí, luego, hacer oídos sordos y enfocar mi atención en lo que quedaba de mi plato.

Pienso que cada uno debe seguir su vida de la mejor manera que pueda, si desea formar una familia, que lo haga, si no encuentra pareja y desea ser madre soltera, que intente por los diversos métodos que hoy existen, nadie la mirará mal, y sobre todo, luego no tendrá nada que reprocharse por no haber intentado todo lo que estuvo en sus manos. Y digo en sus manos porque no depende de una tercera persona. Es su vida, su cuerpo, su responsabilidad. Con una pareja, con un esposo, soltera, divorciada, como desee, claro siempre con responsabilidad y con las condiciones apropiadas para tal propósito.

En mi caso, después de pasar por muchas situaciones que tal vez cuente en otro momento, ahora me encuentro bien, tranquila, divorciada pero feliz y acompañada con mis perritos, a los que adoro y llenan mis días, y no solo por ellos es que me siento bien, sino que he encontrado un equilibrio, una tranquilidad y paz interior que me sorprende cuando recuerdo como me sentía antes. Será por mi edad y experiencias que me han otorgado serenidad y sabiduría, por haberme aceptado como soy, conociéndome mejor, y sobre todo por la maravilla tan sanadora que es: la aceptación.

Ahora nos encontramos en un lindo restaurante, en unos minutos nos traen la cena que escogimos concienzudamente y con gran apetito. Conversamos de todo un poco, nos ponemos al día; hace unos meses que no nos veíamos. Mis amigas son madres, así que también se pierden un poco en sus temas de interés, ajenos a los míos, claro. No importa, yo las escucho mientras disfruto de mi sabrosa cena. La pasamos bien, nos sentimos cómodas, en confianza. Al cabo de una hora, una de mis amigas se tiene que retirar; la niñera está por terminar su turno y tiene que ir a cuidar a su bendición. Nos despedimos con un abrazo. Las dos seguimos conversando, ahora de amistades que están presentes en nuestra mente pero lejos del país. Nos concentramos en una amiga soltera a la que le va mal en las relaciones de pareja. Me comenta que han conversado por teléfono y que han hablado de mí, ambas se extrañan que me vea y sienta tan bien. A mí me extraña que eso les extrañe. Frente a frente, mi amiga me interroga ¿por qué estoy tan bien? ¿Qué hago para sentirme así? Yo le respondo que disfruto la vida tal cual me ha tocado vivirla, la acepto, y le cuento además que busco actividades que me gustan, que disfruto. Ella me vuelve a atacar con sus inquietudes: ¡pero, no tienes familia! termina esputándome.

Le dije que mi familia eran mis perros, que los quería como a hijos, ella me respondió con otra pregunta, ¿tanto así? Sí, le dije, tanto así.

Me pregunto: ¿quiso hacerme sentir mal? que no se sienta plena no es mi asunto, pero el que se sorprenda, el que le perturbe que yo me sienta feliz aunque no tenga familia, y no hablo siquiera de una familia constituida, sino por no haberme reproducido. No me parece bien.

¿Una persona no debería estar contenta de que su amiga se sienta bien, tranquila y feliz? ¿Qué necesidad de refregarle en la cara que no tiene familia, que no tiene hijos, o que no tiene esposo o pareja? ¿Qué es lo que esperó realmente? ¿Verla mal, sufrida, deseando: tener su suerte? ¡Por favor, nada más lejos de la realidad! Esa actitud solo me demuestra una cosa: que necesita que las personas cercanas a ella, las que supuestamente quiere, estén mal, para así poder sentirse mejor.

No le dije nada, pero me dejó un sinsabor, un, ¿será que me falta algo y yo no me doy cuenta? ¿Por qué si no tengo familia me siento tan bien? ¿Eso pensarán los demás: Cómo puede vivir su vida sola? ¡Qué triste criatura que no tiene familia!

Luego pienso, ¿Tal vez lo que no tengo son buenas amigas? ¿O tal vez amigas que me quieran bien?

Tragué el último bocado que sentí desabrido y dejé los cubiertos sobre el plato, formando un triángulo con el tenedor y el cuchillo atravesándolo.

 

 

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