cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

39 min
Tras el escaparate
Reales |
28.10.14
  • 0
  • 0
  • 1228
Sinopsis

El invierno no se había marchado todavía. A la hora de siempre, Rodrigo Álvarez cambiaba en su librería el cartel de cerrado por el de abierto. El librero llevaba unos cuantos días esperando que diera en el reloj la una menos cuarto de la tarde, para ver pasar un grupo de alegres y despreocupados niños camino a sus casas a la hora del almuerzo. Pero especialmente esperaba ver a uno: su vivo retrato.

             I

 

El invierno no se había marchado todavía. La lluvia descendía del cielo lentamente, como si cargara un pesado paquete sobre sus hombros. Los árboles, sin hojas, mostraban la imagen más triste y desangelada de la ciudad. Los goterones calaban sin piedad, las ropas de quienes intentaban refugiarse caminando bajo las cornisas de los edificios.

 

A la hora de siempre, Rodrigo Álvarez cambiaba en su librería el cartel de cerrado por el de abierto. Con una sonrisa en la cara recibía un nuevo día, por desapacible y adversa que resultara la climatología, y nuevos o antiguos clientes dispuestos a rebuscar entre libros con solera, en su establecimiento.

 

El librero llevaba unos cuantos días esperando que diera en el reloj la una menos cuarto de la tarde, para ver pasar un grupo de alegres y despreocupados niños camino a sus casas a la hora del almuerzo. Pero especialmente esperaba ver a uno: su vivo retrato.

 

 

         II

Un medio día como otro cualquiera se fijó por primera vez. Se encontraba Rodrigo leyendo una interesante novela, cuando observó por encima del mostrador que un pequeño niño, de no más de siete años de edad, miraba hacia el interior a través del cristal.

-Hace lo mismo que yo a su edad. No debe de tener más de siete u ocho años. Dijo en voz alta para sí mismo, puesto que en aquel instante se hallaba solo en la librería, recordando su antigua manía de leer todos y cada uno de los nuevos títulos del escaparate de Don José.

Don José era un viudo cuya vida consagraba íntegramente a su librería. No tenía hijos ni falta que le hacían, según él, ya que las obras que llegaban a su medio de vida tenían la necesidad de ser atendidas constantemente, como si de unos niños de pañales se tratasen. Además don José afirmaba que no había satisfacción mayor que la de criar esas obras y luego verlas volar a nuevos, exóticos y misteriosos destinos. Ningún hijo le sería tan fiel hasta el fin de sus días, como serían aquellos libros.

Rodrigo Álvarez le había comprado la librería tras terminar sus estudios, al poco tiempo de comenzar la guerra; aunque don José ya le había hablado de ello cuando pensaba en jubilación.

-Esta vez ya te lo digo en serio, Rodrigo. –Suspiró-Para nada me es fácil abandonar el negocio, pero la edad…Cuando uno comienza con achaques…

-¿Está seguro, don José? Mire que yo no sé si lo llevaré tan bien como usted. No es por elogiarlo-rió Rodrigo, apenado por el cercano retiro de su buen amigo y mentor.-Aún soy muy joven ¡y no he trabajado en mi vida!

Don José negó más relajado que nunca. –Tus padres confían en ti, te darán el dinero necesario. Mi sobrino Ramón tendrá herencia suficiente, por lo que no tendré que sacaros los tuétanos, Rodrigo.

-Lo harás bien, de verdad…El librero despertó de su ensoñación y se encontró repitiendo las palabras textuales del difunto don José aquella tarde de principios de 1937. A su vez el pequeño percibió la honda mirada del dueño y, echó a correr tras aquellos que debían de ser sus amigos. Rodrigo sonrió y cerró el libro. ¡Habían pasado ya tantos años desde entonces…! Sin embargo nunca se olvidaría de aquel entrañable hombre, que no reprochaba a los niños sus incesantes miradas a aquellos libros de cuentos y estampas. Así se podía resumir la figura de aquel librero de antaño: como alguien entrañable.

 

                                                                       III

Las semanas volaban entre compras y ventas de libros y lectura de todo tipo de papeles legales. La ciudad se iluminaba y apagaba cada día a la misma hora, mientras los niños y él seguían la misma rutina. No había ninguno que pasara de largo, bien agarrado a la cálida mano materna, bien correteando por la Plaza Mayor, donde estratégicamente se ubicaba el negocio.

Rodrigo ya estaba acostumbrado a las habituales llantinas de muchos infantes de incumplido sueño, si sus progenitores no accedían a comprarles algún capricho. Sin embargo su vivo retrato, como él solía llamarlo, era completamente distinto: siempre iba solo. Rodrigo nunca había visto a sus padres y rara vez volvía a acercarse por la tienda pasadas las cuatro y media de la tarde, hora en que los niños salían del colegio.

El pequeño siempre pegaba su cara al cristal, hasta el punto de empañarlo los días de frío. Un abrigo de paño gris, una cartera marrón y aquella mirada embelesada conformaban sus señas de identidad.

Cuanto más tiempo pasaba más se veía Rodrigo reflejado en el cristal de uno de sus dos escaparates. Era imposible, bien lo sabía, pero el pequeño retrato solamente se distinguía de él hacía veinte años por la ropa, más moderna. Y aquella manía…Era precisamente la “manía” lo que más llamaba la atención de Rodrigo en esos días. Con siete años él se comportaba exactamente igual, hasta que trabó amistad con don José; sin duda alguna su mejor amigo, a pesar de llevarle unos cuarenta años a Rodrigo.

Sin poder resistirlo más, un buen día se encaminó entre dos gruesos pilares de libros, hacia la puerta de la calle. Sonó la tradicional campanilla de aviso y el niño se echó hacia atrás tragando saliva, mostrando preocupada apariencia.

-¡Tranquilo, tranquilo!-Pronunció muy nervioso Rodrigo estas palabras.-No voy a reñirte, solamente deseo preguntarte algo.

El pequeño señaló con un dedo y el librero asintió diciendo –sí, tú. Pero no te asustes, no pienso hacerte daño.- Los nervios le jugaron una mala pasada a Rodrigo, que dio un traspiés y tropezó con una baldosa de la acera. El niño se llevó una mano a la boca para ocultar la risa. Al menos sabía que se reía, por lo que Rodrigo Álvarez esbozó un trazo de media sonrisa en el papel de su boca.-Ya ves, soy algo patoso. ¿Deseas algo?

De nuevo la absorta mirada del niño negando con la cabeza. Volvió a señalarse a sí mismo y Rodrigo repitió el gesto anterior diciendo –sí, tú. ¿Necesitas algo para la escuela?

-No. Fue todo cuanto dijo el niño antes de echar a correr calle abajo. Rodrigo divertido comenzó a reír y retornó al interior del establecimiento.

 

                                                               IV

A partir del mediodía en que habían mantenido durante a lo sumo, diez minutos una conversación, gracias a la que Rodrigo había conocido la inocente risa del niño, comenzó a saludarlo cada jornada. De esta forma, dándole a entender a la criatura que era un hombre agradable, llegaban a saber uno más sobre el otro. Conocer la vida de su vivo  retrato era ahora su mayor prioridad. Mayor aún que conducir al volante del coche descapotable americano de Papá, en aquellos días que tan lejos habían quedado.

Una buena mañana, en la que el panadero le había dicho que el momento ideal para tomar el Sol en una terraza había llegado, el niño al pasar dudó si entrar o no al establecimiento. Rodrigo ladeó la cabeza extrañado. El chiquillo nunca se había acercado a la puerta y, puesto que solo se fijaba en los escaparates, menos tan de cerca. ¿Se atrevería a cruzar el umbral? ¿Sería ese el día en que, al igual que había sucedido con don José y él, trabarían una amistad que se iría soldando con el paso de los años? El niño parecía danzar con la duda. Una duda que le impedía dar el paso.

Rodrigo embargado por la emoción ya se había levantado y colocado la chaqueta, ante todo seguiría el consejo de su madre:

-Suceda lo que suceda, llegues a ser lo que llegues a ser: nunca nadie ha de verte con aspecto desaliñado, Rodrigo hijo. Nunca. Pues hace muy mal efecto.

Sin embargo en esta ocasión no surtió efecto ni de un tipo ni de otro, ya que cuando el librero quiso salir el pequeño había vuelto a desaparecer. A excepción de que en esta ocasión “su vivo retrato" le había sonreído y saludado con su pequeña y menuda mano. La misma que acababa de dejar marcada en el cristal del escaparate.

-Ha vuelto a huir, como siempre.-Se lamentó Rodrigo encogiéndose de hombros e introduciendo las manos en los bolsillos. –Quizás hablemos mañana.

“Quizás hablemos mañana” era la muletilla preferida por él para conformarse, si el niño y él no habían vuelto a hablar, aunque fuera tan solo dos palabras. Y como su propio significado indica: mantenía de este modo la esperanza de entablar conversación con “su vivo retrato”.

 

                                                                       V

-No solo de ilusiones vive el hombre, Rodrigo. –Lo reprendía su primo Daniel cada vez que se veían.- Y me parece que tú te estás obcecando mucho…

-No necesito tus clases, pedagogo. –Le contestaba él con cariño, a pesar de fingir fuerte enfado.-Pero ese niño tiene algo especial.

-Probablemente sólo lo ves tú.

-¡Pero si es que es mi vivo retrato, Daniel!

-Lo que debes evitar es que te retraten las fuerzas del orden. Tu empeño, si se enteran los padres del niño en cuestión, te regalará un bonito abono de unos meses a la sombra de unos barrotitos…

-No hace falta que escenifiques, Daniel...

-Está bien, mas si quieres me acerco una mañana, sobre esa hora, para despejarte la X. Habló su primo y pedagogo Daniel, como si le estuviera dando una clase de Matemáticas. No en vano las ecuaciones eran su tema favorito.

-No hace falta, de veras. No hace falta.

-¿Seguro de ello? Si terminas en problemas no tengo ganas de dar clase en cierto sitio…

-Tranquilo, Daniel. Sé lo que hago. No acabaré ahí.

Ese día tras haberse despedido de su primo, Rodrigo reflexionó. Si no deseaba terminar mal tenía que hacer las cosas bien. ¡Pero todo era tan impredecible tratándose de su vivo retrato! ¿Qué podría hacer él?

-Seguro que se me ocurre algo…Pensó mientras descansaba recostado en un sillón. La visita de Daniel lo había dejado tocado. Desde luego no era mala idea la suya de andarse con cuidado y, con la ley por delante; al menos si se presentaba ante los padres del crío y les explicaba su “poco convencional” relación. Porque siendo sinceros, la relación de un saludo a través de un cristal no es muy convencional que se diga...-Encontraré la manera de hablar con él y, le preguntaré donde vive. Así podré acercarme hasta su casa, hablaré con su familia y asunto arreglado. 

                                                                   VI

-La suma es de 150 pesetas.

Dos semanas más tarde se encontraba Rodrigo cobrando a una cliente, cuando oyó la campanilla de nuevo. ¡Alguien había llegado! Tal vez viniera para mirar solamente o, tal vez se marchara del lugar con las manos llenas y dejando la caja con suficiente dinero como para poder cerrar el resto de la semana; aunque a Rodrigo nunca se le ocurriría echar el cartel por el lado de "CERRADO" sin motivo justificado; ya que para él su librería era, al igual que para Don José, toda su vida.

-Muchas gracias, hasta luego. Se despidió la mujer; sin embargo Rodrigo Álvarez no acertó a responderle. ¡Ante él se encontraba su vivo retrato! Ataviado con una chaqueta de lana marrón y unos pantalones cortos grises. Si nunca antes había entrado, ¿por qué se había decidido justamente ese día? Se preguntó el librero para sus adentros.

-Tenía que estar aquí Daniel.-murmuró-Seguro que entonces no se atrevería a negar lo evidente... No era mala idea la suya queriendo venir un día a observar...

-Hola... Saludó "su vivo retrato" que había entrado solo en el establecimiento. ¿Precisaría algo de  Rodrigo o de su tienda?

-Buenas tardes. ¿Qué deseas, pequeño?

El niño sonrió. -Necesitaba un lápiz nuevo para la escuela, porque hoy se me ha acabado el otro...

-Pues has venido al lugar indicado. ¿Y ves cómo no muerdo? Porque hace tiempo parecías tenerme un poquito de miedo...-Su vivo retrato comenzó a reír de nuevo y negó con la cabeza.-¿Ah no?

-¡No! -Y se estiró para llegar al mostrador y contemplar el fondo de la librería.-¡Desde la calle se ve todo tan distinto...!

-¿Nunca habías entrado? Le preguntó intrigado el librero y se volvió hacia él, mientras rebuscaba en unas cajas.

El niño negó otra vez. -Mamá siempre compra en otra librería de más abajo... Indicó con la mano.

-Entiendo... Ahora comprendo por qué nunca antes te había visto, si tu madre te compra todo lo que necesitas en otra librería... Desde la inocencia infantil el pequeño ladeó la cabeza y se apresuró a hablar, no fuera a ser que a Rodrigo le hubiese parecido mal que no hicieran gasto en su negocio:

-Pero yo, a  partir de ahora, te compraré cosas a ti también.

-¡Mira por dónde! ¡Eso está muy bien, jovencito! Pero... ¿No te has detenido a pensar en qué diría tu madre si se enterase? Porque si ella no compra aquí será porque prefiere la otra librería de la que me has hablado... Y, tal vez, no le haría demasiada gracia saber que su pequeño hijo está decidido a darme a mí las ganancias.

El niño negó sonriente. -¡Qué va! A mi madre seguro que no le importa y, además, ¡ella no tiene por qué enterarse! ¡Yo no se lo diré! La forma de explicarse de "su vivo retrato" le hacía que recordase con fuerza su infancia y, a él mismo contándole sus diminutos problemas a un ocupado pero siempre disponible don José.

-Pues bueno, me parece bien, jovencito.-Sin embargo Rodrigo no se quedaba tranquilo, porque las palabras de su primo Daniel no dejaban de rondarle el pensamiento. << Lo que debes evitar es que te retraten las fuerzas del orden. Tu empeño, si se enteran los padres del niño en cuestión, te regalará un bonito abono de unos meses a la sombra de unos barrotitos…>> Y acto seguido retornaba su propia idea: conocer la dirección del niño y acudir a hablar con sus padres, por si las moscas... No fuera a ser que...-Tampoco saldrá palabra alguna de mi boca. Rodrigo sonrió, el niño lo imitó y se dieron un apretón de manos para sellar su pacto secreto. Al fin y al cabo por dejarlo correr unos días no pasaría nada... Aunque para sus adentros el librero sabía que en algún momento, mejor primero que tarde, habría de preguntarle al niño sus señas; sin embargo ese aún no era el día.

 

                                                               VII

Más de un mes estaría Rodrigo hablando alguna que otra palabra con "su vivo retrato", ya que este, de vez en cuando, acudía a realizar alguna furtiva compra y a continuar con su costumbre de curiosear cada nuevo ejemplar que adquiría el dueño de la librería.

-¡Hola! Saludó amenamente el niño un medio día cualquiera.

-¡Hola! ¿Has vuelto por aquí?

-¡Sí!-Contestó el pequeño tocando las tapas de un libro que no tardaría en abrir.-Es muy gordo ¿a qué sí? Y acto seguido volvió a cerrarlo.

-Yo prefiero decir extenso. Son dos conceptos distintos. Pero tú aún eres un poco pequeño para distinguirlos. Sonrió Rodrigo y de pronto le pareció revivir una escena de su niñez. Solamente que, unos cuantos años después, él había pasado a ser don José y "su vivo retrato" se había transformado en él mismo.

-Quizá... "Su vivo retrato" se encontraba confundido y dubitativo a partes iguales. ¿Estaría mal confundirse ante el propietario de un establecimiento como aquel?

-No tengas prisa. ¡Puedes buscar lo que quieras!

-¿Sí?

-Sí.

-Pero a lo mejor tendría que ir marchándome ya, porque sino mi madre a lo mejor se enfada... E introdujo ambas manos en los bolsillos del pantalón, tal y como si fuese un señor. Ante esta actitud Rodrigo pensó que el pequeño seguramente se encontraba influido por la forma de ser de su padre. <<Seguro que está acostumbrado a ver a su padre con las manos en los bolsillos a todas horas>>. Y rió.

-¡Anda, no te preocupes! Yo te acompañaré a casa dentro un rato, sino te importa esperar unos minutos. ¿Sabes si tu Mamá hoy, en especial, tenía prisa?-El niño se encogió de hombros y contestó lo siguiente: <<no, no sé... Pero si me llevas tú no creo que vaya a decirme nada...>>.-¡Será pícara esta criatura! Además está comenzando a llover. Será mejor que te acompañe sí, así protegido con mi paraguas no te mojarás. ¡Que tampoco tengo ganas de que me acusen de haberte provocado una neumonía! Ambos, librero y niño, comenzaron a reír como desde hacía tiempo no habían vuelto a reír.

Cuando se disponían a salir apareció Daniel, el primo pedagogo de Rodrigo, con papeles bajo el brazo y la necesidad de ser asistido por una mano experta en labores de papelería y, como era lógico, no dudó ni un instante en lo referente a qué lugar acudir para solucionar tan pequeño dilema.

-¡Buenas, Rodrigo! ¿Ya has cerrado?

-Ni sí ni no, pero iba a hacerlo ya. ¿Te ha pasado algo? ¿Por tu casa todos bien?

-¡Sí, claro que sí! Verás, necesitaba una carpetita para guardar esto-y señaló azorado y tomando aire, tras la carrera que parecía haberse pegado con la intención de llegar hasta allí lo más rápido posible.-Acabo de salir del Ministerio y...-Rodrigo asentía expectante con "su vivo retrato" clavado en el suelo junto a él.-Por cierto, ¿quién es este crío?-Antes de que Rodrigo o el niño pudieran haber pronunciado palabra Daniel se adelantó diciendo:-¿no será tu...? -Pero prefirió obviar las palabras "pequeño retrato" en la presencia del pequeño, ¿qué podría pensar de ellos? ¿Qué eran unos maleducados apodándolo de semejante manera?-No...

-Sí, Daniel, sí. Es... ¡Creo que es el tamaño perfecto!-El librero guiñó un ojo con disimulo y le indico al niño que en la trastienda tenía unos libros fabulosos, cuyos dibujos desde luego iban a encantarle, no en vano eran las delicias de todos los chiquillos.-¿O la prefieres más grande?

-No, gracias, así está bien, Rodrigo. Es igualito a ti. ¡Vaya que si tenías razón, primo! Siento no haberte prestado mucha atención en aquellos momentos. Debería haberte creído. ¡Pero es que contado de ese modo la historia resultaba prácticamente inverosímil! ¡Una criatura tan idéntica a ti!

-Sin embargo lo es, Daniel. ¡Tú mismo acabas de reconocerlo! ¿O no?

Los dos hombres hablaban entre susurros mientras fingían estar manteniendo una conversación puramente profesional acerca de carpetas, libros y hojas de albaranes. De vez en cuando el librero echaba un par de miradas hacia la puerta de la trastienda, donde la sombra del niño se veía reflejada debido a la luz, encendida para que "su vivo retrato" pudiese rebuscar sin riesgo de llevarse algún golpe.

-¡Idéntico a ti hace años, Rodrigo! ¡Y para que yo lo diga!-Rió su primo el pedagogo furtivamente.-Yo que tú ahora sí que investigaría, en firme quiero decir.

-¿Por qué ahora sí y antes no, Daniel? ¿Por qué ahora lo has visto con tus propios ojos y, al fin, me has dado la razón?

Daniel torció el gesto, gesticuló un par de segundos y contestó: -ni sí ni no, Rodrigo; simplemente creo que hay algo  más, por eso deberías informarte.

 

                                                               VIII

Tras haber echado la llave del negocio, aferró la mano del niño con fuerza y echaron a andar hacia la dirección que el pequeño le había proporcionado. La calle no se encontraba muy lejos de la librería, por lo que no tardarían demasiado en llegar a la casa; donde, pensaba Rodrigo, se encontrarían sus dos progenitores o uno de ellos con cara de pocos amigos preguntándose en que lugar se habría metido su pequeño hijo.

-¿Estás seguro de que no te dirán nada?

-No estoy seguro, pero mi madre no suele decirme nada.-Confirmó el niño riendo.-¡Mamá nunca me dice nada! O bueno, casi nunca... ¡Pero hoy vienes tú así que...!

-Ah, ya... Hoy seguro que te libras ¿no? ¡Si no es pícaro ni nada este niño! Rodrigo se percató del hecho de que a esas horas solamente debía de estar su madre en casa con regularidad y, acto seguido, le revolvió el pelo y resultó que "su vivo retrato" compartía con él más cosas, aún, de las que él se imaginaba.

-¡Au!

-¿Te he hecho daño? Qué raro...

-¡No! ¡Pero es que no me gusta que me revuelvan el pelo! Muchas personas lo hacen, ¡y resulta que yo lo odio!

-¡Mira por donde! A tu edad a mí me sucedía exactamente lo mismo. Rodrigo suspiró y se ahorró aquella parte de la historia en la que el adulto le contaba al niño que era "su vivo retrato". El pequeño Rodrigo había vuelto al mundo unos cuantos años más tarde, en el cuerpo de un niño nacido unas generaciones más tarde y viviendo en una calle distinta a aquella en la que él había vivido.

Algunas personas que se encontraron de camino los miraron y sonrieron al pensar en que Rodrigo era un padre que acompañaba a su hijo, muy probablemente, a casa tras haber salido del colegio. ¡Quién sabe qué más habrían podido pensar aquellas mentes! Sin embargo el librero iba recordando escenas vividas junto a su padre muchas tardes. Había pasado tanto tiempo desde entonces que a Rodrigo se le angustió el corazón, pero no daría señales de ello. Traería hasta su mente nuevos pensamientos e ideas y no dejaría que el pequeño pasara un mal rato a  costa de su nostalgia.

-¿Es aquí?-"Su vivo retrato" asintió con la mano que le quedaba libre en el bolsillo y mirando hacia el suelo.-Pues entonces llama al timbre, vamos. El niño se estiró y llamó al tercero A.

-"A" de "Álvarez". A Rodrigo siempre le había hecho mucha gracia, desde chiquitito, las casas o pisos cuya letra era la inicial de su apellido: A.

La puerta del portal se abrió y el pequeño le indicó que subirían en el ascensor. Sería algo así como "mi edificio, mis normas". El librero sonrió y miró interesado la adulta actitud que mantenía, en muchas ocasiones, "su vivo retrato"; y aquella era una de tantas. Cerraron las puertas, subieron y una vez hubieron llegado a la tercera planta salieron. "Su vivo retrato" se adelantó unos pasos y llamó al timbre; alguien descorrió la mirilla, volvió a correrla, apartó la cadena de seguridad y, finalmente, abrió.

-¡Teresa!

-¡Rodrigo!

Dos pares de ojos se dedicaron sorprendidas miradas. Ninguno de los dos interlocutores podía creer que aquella situación era real. ¿Después de tanto tiempo? Ninguno de los dos alcanzaba a comprender por qué el destino, tan caprichoso como todos decían, había querido y decidido que volvieran a cruzarse el uno en el camino del otro. Un sentimiento mutuo les decía, muy dentro de ambos, que no había sido algo casual; sino que la vida les tenía guardado aquel reencuentro desde hacía tiempo.

-Sebastián, entra en casa.

-Ya voy, Mamá.-Comentó el niño de mala gana arrastrando su cartera mientras cruzaba el umbral de la puerta.-¡Hasta mañana, Rodrigo!

-Hasta, ma... ña...na

-¡Qué curioso, Teresa!-Prosiguió el librero, una vez había cerrado esta la puerta tras de sí.-Sebastián ¡como mi padre!

-No, Rodrigo, no divagues. Sebastián es un nombre muy común.

-En Zarauz, tal vez, por cercanía a San Sebastián; pero los dos sabemos que aquí no lo es tanto... Así se llama mi padre: Sebastián. Tú no tienes ningún miembro de la familia con este nombre.

-¿Y eso tú cómo lo sabes? Le preguntó ella agriando el rostro a la vez que cruzaba los brazos y soltaba un breve suspiro con creciente ironía.

-Lo sé porque de haber sido así, en otro momento, que tú y yo recordamos bien, me lo habrías comentado, Teresa. Porque: ¿no te habría resultado un hecho gracioso que ambos tuviésemos un familiar llamado Sebastián? Yo mi padre y tú... ,¿quién fuera?

-Sí, pero...

-¿Cuántos años tiene? Esta duda lleva rondándome la cabeza desde el día en que lo conocí.

-Siete.

-Ahora comprendo muchas cosas que antes me pasaron desapercibidas. ¡Ahora lo comprendo todo! ¡La misma manía, los mismos...!

-¡No!-Este fue el "no" más rotundo que pronunciaría jamás Teresa; sin embargo no se encontraba realmente enfadada cuando se vio en la necesidad de pronunciarlo, simplemente no se encontraba con todas las fuerzas que necesitaba para poder continuar hablando. Volver a ver a Rodrigo años después y sin haberlo esperado era demasiado para ella.-¡Tú no entiendes nada, Rodrigo Álvarez! ¡No puedes entenderlo tampoco!

-¿Tampoco? ¿Y entonces? Porque tú eso no lo sabes, pero yo, incluso mi primo Daniel, el pedagogo, ¿lo recuerdas no?; hemos podido ver que Sebastián es idéntico a mí. No vas a negarme que...

-Por favor, Rodrigo, déjalo ya de una vez. Si aún me quieres como decías entonces y, si aún te es grato mi recuerdo, no remuevas el fango. ¡Sebastián no es nada tuyo! ¿Acaso es que no puede coincidir su nombre con el de tu padre? ¿Acaso no puede ser hijo de otra persona, si estás insinuando lo que yo creo que estás insinuando?

-No sé. Lo único que sé es que mi intención no era la de incomodarte precisamente. Pero como hace años te fuiste y no volví a saber más de ti, pues... ¿Por qué nunca me dijiste nada? ¿Por qué no te dignaste a darme una explicación distinta? ¡Solamente necesitaba eso, Teresa! ¡Una explicación mejor!

-Rodrigo: si te dejé y me fui para siempre de tu vida fue porque tenía mis razones. No te inmiscuyas más, por favor. Siento mucho si te hice daño, tampoco era mi intención; pero, por favor, Rodrigo, vete. Y acto seguido Teresa cerró la puerta de un portazo. Rodrigo pudo escuchar sollozos dentro del piso pero prefirió no intentar hablar con ella de nuevo. A él tampoco le había sentado demasiado bien el reencuentro. Sería mejor irse a casa.

                                                                       IX

Marcó el número de su primo Daniel, descolgó el auricular, esperó unos segundos y una voz del otro lado del teléfono le preguntó que deseaba.

-¿Se encontrará mi primo en casa a estas horas? Dígale que soy Rodrigo.

-Espere, por favor, no cuelgue. Sin duda la amabilidad de quienes lo rodeaban era algo que el pedagogo Daniel valoraba tanto como a su propia familia.

-¿Diga? ¿Rodrigo? ¿Ha sucedido algo? Algo grave he querido decir.

-Ni sí ni no-de nuevo la respuesta que solían emplear ambos en numerosas ocasiones-sin embargo sí que tengo un asunto que comentarte y, si pudieras, preferiría hacerlo cara a cara. ¿Te importaría que me acercase hasta ahí?

-¡No, por supuesto que no! ¡Ven lo más rápido que puedas, Rodrigo!

Cuando el librero llegó a casa de su primo este lo recibió diciendo:

-Solamente hablamos un par de minutos y conseguiste dejarme totalmente intrigado. ¿Qué fue lo que sucedió, después de que te hubiese visto  con "tu vivo retrato", para que te encuentres tan agitado?

-Solamente te diré un nombre: Sebastián.

Daniel enarcó una ceja mientras se acomodaba e invitaba a su primo a realizar la misma acción. -Ya sabes que estás en tu casa. Cualquier cosa que necesites...

-Gracias. Tú siempre tan cumplido y educado, Daniel.-Daniel sonrió irónico y simuló levantarse de su sillón.-Comprendo a la perfección el por qué de tu extrañamiento; pensarás que te estoy hablando, como efectivamente estoy haciendo, de alguien que lleva el mismo nombre de pila que mi padre.-Daniel asintió. Hasta ahí todo marchaba sobre ruedas. ¿Cuál era el problema entonces?-Quien lleva ese nombre no es otra persona que "mi vivo retrato".

-Así que... Así que "tu vivo retrato", véase un pequeño Sebastián, se llama igual... Lo han bautizado como Sebastián. O séase que... que... que el niño, digamos "tu vivo retrato"... No, no... Demasiado inverosímil. Daniel se guardó sus pensamientos. Aunque en el sorteo tenía todas las papeletas para ganar no podía ser cierto lo que estaba pensando. No, definitivamente no.

-No hace falta que continúes, Daniel. Teresa, su madre; bueno, creo que no es necesario aclaraciones en cuanto a ella...-Su primo intervino silente <<no, claro que no>>-Teresa afirma lo contrario a lo que estoy pensando, según ella no soy su padre.

-Pues si el mismo Sebastián del que estamos hablando es "tu vivo retrato" y ambos son el niño que estaba en tu librería: tiene que ser hijo tuyo.

-Sin lugar a dudas. No entiendo por qué nunca me ha dijo nada ni, tampoco, comprendo por qué lo niega. En fin, no sé, sus razones tendrá.

-Eso prefieres pensar tú. Anda, toma algo, no te sentará mal. ¿Whisky? -Rodrigo asintió. En realidad solamente tenía ganas de ponerse cómodo, cerrar los ojos, dormirse y despertar en otro lugar o en otro momento de su vida.-Pero en realidad, bajo mi punto de vista, no debe de reservarse ninguna buena explicación. Muchas mujeres son así; aunque no todas ni mucho menos. ¡Dios me libre decir cosa tal! Por cierto, ¿cuántos años tiene el niño?

-Siete.

-Siete. Ahora sí que sí. ¡Tiene que ser tu hijo, Rodrigo! Porque Teresa no era de esas chicas que engañan a sus parejas. Lo que aún me sigo preguntando yo, al igual que tú, y a estas alturas de la película es: ¿por qué se fue? ¿Pero sabes qué?-Rodrigo negó atónito y encogiendo los hombros mientras sostenía  el whisky.-Ahora ya no me lo pregunto tanto. Solamente me queda la siguiente duda: ¿por qué no te ha dicho que Sebastián es tu hijo? Porque ya hemos aclarado que el origen de su partida fue su reticencia a contarte que estaba embarazada.

-Sí, te doy toda la razón, Daniel. ¿Pero qué puedo hacer?

 

                                                                       X

<<Puedes insistir e insistir hasta que Teresa te haga caso, o sus vecinos te den una somanta por merodeador y pesado; o puedes pasar de todo y continuar con tu vida. Cásate, ten hijos dentro del matrimonio y sé feliz. Lo pasado pasado está; aunque a partir de ahora nos sea difícil concebir el resto de tu vida sabiendo que...>> Lo aconsejó su primo Daniel, a lo que Rodrigo le contestó sin ningún miramiento:

<<¿Y también me reservo el derecho de admisión en mi establecimiento contra Sebastián? ¡El niño no tiene la culpa y además es mi hijo! ¿Qué haré con él cuando acuda a  comprar? ¿Cómo deberé tratarlo ahora que conozco la verdad?

-Deduces la verdad, primo. Hazte a la idea de lo siguiente: si Teresa no te ha dicho nada en ocho años no te lo dirá tampoco ahora; por tanto lo deduces, oficialmente no tienes conocimiento de la identidad del progenitor varón de ese niño.

-Sebastián, Daniel, Sebastián; como tu tío...

-Mira, yo que tú los trataba, al pequeño y a todo este asunto, de una forma lo más natural posible. Tú ya me entiendes...>>.

Una semana había pasado ya desde el fortuito encuentro entre Rodrigo y Teresa y el primero continuaba sin saber qué hacer. Y lo peor era que, tampoco alcanzaba a comprender para que se había preocupado tanto, y con tanta antelación, si al final nada de lo que se había imaginado había llegado a suceder, al menos todavía.

Sebastián no había vuelto a pasar por su librería tras salir de la escuela camino a casa. Determinación de su madre, casualidad tal vez; había más de por medio de lo primero que de lo segundo muy probablemente, pero el caso era que no había vuelto a ver a su hijo, aunque Teresa se lo hubiese negado, en siete días. Nadie podía decirle que era debido al colegio, ya que sus otros compañeros seguían pasando, y algunos de ellos comprando, tal y como hacían siempre; sin embargo él no había vuelto a ver a Sebastián.

<<Seguro que Teresa tiene algo que ver, Rodrigo, seguro. Pero no te hagas mala sangre, primo. ¿No eras tú el que decía que sus razones tendría?>> Prefirió Rodrigo no acudir de nuevo a su primo Daniel, el pedagogo; pues sabía que sus palabras serían esas o muy parecidas. ¡Si ya se lo había dicho él! ¿Entonces, para qué darle más vueltas? Rodrigo ya había alcanzado la edad adulta unos cuantos años atrás, por lo que era él, y ningún otro más que él, quien debía de afrontar las experiencias vitales que le sobreviniesen y, también era él y solamente él, el que debía resolver sus problemas.

En la calle un hombre elevaba la vista hacia al cielo para comprobar si podía o no cerrar su paraguas. Sí, podía y, es más, le fue posible pues ya había dejado de llover. En cambio un goterón cayó sobre la estola de una dama que paseaba junto al edificio donde se ubicaba la librería de Rodrigo. Este sonrió, al menos la cruel y desagradable tormenta había cesado. El gran reloj de un importante y cercano edificio tocó las doce y media de la mañana. Ahora a esperar.

-¡Vamos, que yo no quiero llegar empapado a casa!

-Ni yo tampoco. ¡A saber qué dirían nuestros padres si nos viesen aparecer así!

El librero se encontraba enfrascado en una interesante lectura cuando escuchó la conversación de unos niños que se acercaban. ¿Iría con ellos Sebastián? Se estiró hasta llegar a levantarse de su asiento, observó entre los libros, pero no, el pequeño no iba con ellos. <<¿Por qué será?>> Volvió esta pregunta a su cabeza una vez más. ¿Por qué razón Sebastián había alterado su ruta? ¿Para evitar la librería de Rodrigo por orden de su madre? ¿No sería que se había enfermado? La gripe había vuelto aunque fuese primavera y, todo el mundo sabe que las enfermedades infantiles...

-¡Eh, vosotros chicos! ¿Podría haceros una pregunta?

-Diga, señor. Le contestó amablemente al grupo de niños que tan bien conocía, aunque solamente fuera, como se suele decir, "de vista".

-¿Sois amigos de Sebastián?

-¿Del peque?

<<¡Sí, señor librero!>> Contestaron unos. <<Pues la verdad que no mucho...>> Contestaron otros.

-Pero lo conocéis al menos ¿no?

-¡Sí, claro! ¡Por supuesto! Es uno de los más peques. Está en la clase de mi hermano. Un niño de una edad semejante a la de Sebastián asintió mientras el niño que se había adelantado lo cogía por el hombro.

-¿Y tenéis nuevas de él? Si me permitís la pregunta, claro está.

Rodrigo les explicó que no sabía nada del pequeño y, para que no tuvieran la mosca tras la oreja, les dijo una pequeña mentira: el niño le había encargado un par de libros, pero como no había vuelto por su librería y él no había apuntado su dirección, cosa que era mentira pero que ellos desconocían, le gustaría saber de Sebastián por si debía o no vender ambos ejemplares.

-Veréis, es que ahora mismo no sé-comenzó a reír para continuar fingiendo-si va a venir a recogerlos o no. ¡Y si tengo un negocio es para vender!

-Lo comprendemos. Exclamaron dos gemelos al unísono.

-Venga, Pablo. Dile a este señor lo que sepas sobre Sebastián.

-Sebastián está bien, señor. Únicamente su madre lo lleva y lo trae ahora al colegio. Por eso ya no viene con nosotros y, no pasa por aquí.

-¿Así que su madre acude a recogerlo cada medio día a la salida del  colegio?-El pequeño Pablo asintió.-¿Cada día?

-Sí, desde hace una semana. No me pregunte por qué. Eso ya no lo sé.

-Solamente sabemos que van por otro camino distinto, señor. -Prosiguió su hermano.- Si esto le sirve...

-Sí, claro, chicos. ¡Muchas gracias, me habéis sido de gran ayuda!

 

                                                              XI

 

Rodrigo sabía a dónde dirigirse: calle de San Francisco de Asís, número 7, 3ºA. Y hacia allí se dirigió tras haber hablado con los amigos de Sebastián y haber dejado estupefactos a un par de clientes tardones, a los que les contó que debía acudir corriendo a entregar un encargo realmente importante para el gobernador civil. El asunto era vital para el mundo del espionaje. Los clientes asintieron anonadados. Y es que Rodrigo conocía perfectamente los gustos e intereses de sus clientes. ¿Qué más podían pedir que una buena historia de última hora?

-3º A. Buena suerte, compañero. Rodrigo se preguntó cómo podría acceder al edificio, ya que no veía al portero por ningún sitio y, llamando al timbre Teresa no le abriría. Seguro que se imaginaba quien era a esa hora, justo una semana después de su encuentro. Una semana, un período de espera prudencial. Y su nueva visita: motivada debido a la desaparición de Sebastián. No había más que pensar: la persona que llamaba al timbre era Rodrigo. En consecuencia: mejor no dejarle subir. ¿Para qué iban a  volver a sufrir ahora? Pero Rodrigo estaba más seguro de que no le abrirían de que Teresa fuera a imaginarse que él estaba allí, al pie del cañón. Ocho años de espera le habrían aportado la fuerza necesaria para no abandonar el barco tan rápidamente.

Cuando vio salir a unos vecinos encontró la oportunidad perfecta. -¡Vaya, debe de ser que no me han escuchado llamar! ¡Muchas gracias! Disimuló pero, no obstante, lo miraron de arriba abajo mientras se alejaban. No conocían la cara de Rodrigo, como la de un amigo de alguno de sus vecinos o vecinas; sin embargo sostuvieron la puerta del portal hasta que él entró. El librero pensó que al menos los habitantes de su ciudad no habían perdido ni el respeto ni las buenas costumbres.

Subió corriendo las escaleras, aunque ni él mismo supo por qué,  llegó a la tercera planta resoplando, para comprobar que ya no tenía el mismo "fuelle" de antes, esperó unos segundos mientras intentaba normalizar, al máximo, su respiración y llamó. Volvió a desearse suerte a sí mismo a la par que se peinaba de la mejor manera posible, teniendo en cuenta que carecía de espejo donde mirarse. Al otro lado de la puerta pudo escuchar unos pasos apresurados que se detuvieron en el umbral en el último momento. Rodrigo sintió que las fuerzas le fallaban más aún que en su raudo ascenso, si Teresa no le habría se sentiría un estúpido. <<Menudo imbécil>> sabía que se diría a sí mismo si tal situación llegaba a darse. Pensó en dar la vuelta y marcharse por donde había venido, seguro que sería mejor. <<Tal vez será mejor>> no, <<seguro será mejor>> comentó para sus adentros; sin embargo en ese instante escuchó su nombre y notó tras de sí un cuerpo que ocupaba parte del rellano de la escalera.

-¡Rodrigo! ¡Espera! ¡No te vayas aún! Teresa le hablaba cruzada de brazos y con gesto compungido.

-¿Estás segura?

-Sí.

Entraron en la casa y Teresa lo invitó a sentarse.

- Creo que ha llegado el momento de explicarte muchas cosas, Rodrigo. Sé que en su momento no actué como debería, pero no se me ocurrió nada mejor... Retorné a casa de mis padres y ahora estamos en casa de mi difunta tía.

-Me alegra saber que vas a darme la explicación que llevo días buscando. Días buscando en lo referente a Sebastián; porque llevo ocho años esperando tu regreso. Nunca llegué a creerme tu abandono. Tu partida, a día de hoy, sigue resultándome totalmente increíble. ¿¡Qué sucedió entonces, Teresa!?

-No volví a pasar por la calle de la librería. No podrás creerlo, pero no he vuelto a caminar por esa acera. ¡Fíjate tú lo curiosa y compleja que es la vida! Nunca se me pasó por la mente que la ruta de Sebastián y sus compañeros fuera precisamente esa: la calle de tu librería. ¡Cómo ha volado el tiempo! Suspiró mirando hacia otro lado con tristeza. Las imágenes y recuerdos se agolpaban a las puertas de la memoria de ambos. Tanto Rodrigo como Teresa habían sido sumamente felices juntos y, sumamente desdichados, al mismo tiempo, desde que se habían separado. Y ahora él acudía a ella en busca de una explicación; en busca de la explicación.

-¿Sabes qué don José siempre me animó a buscarte?  ¿Sabes cuántas veces me animó a encontrarme contigo de nuevo? Incluso al final de su vida.-Teresa agachó la mirada mientras colocaba un cojín.-Siempre estuvo ahí para apoyarme. Puedo decir que fue mi mejor amigo. Y también has de saber que antes de irse de este mundo me dijo de nuevo que te buscara y que tu...

-¡Por el mismo don José decidí irme!

-¿Don José? ¿Qué tiene que ver el pobre hombre en todo esto? ¿Acaso hizo que te disgustases? ¡Porque de ser así no tendré problema alguno en enturbiar su grato recuerdo! Aunque para sus adentros bien sabía Rodrigo que de haber sido así le costaría un triunfo olvidar a aquel afable viudo con el que tantos momentos felices había compartido.

-No, puedes estar tranquilo, don José no tuvo culpa alguna; al menos directamente. Solamente te enseñó a que amases a los libros más que a nada en este mundo. ¿No eran para él como hijos? Tú vivías por y para tu librería, ¿qué íbamos a hacer entonces? No quise importunarte, no quise que tu mundo se resquebrajase y que terminásemos siendo infelices todos, los tres.

-¡Pero si el propio don José antes de fallecer me animó a que tuviésemos muchos hijos! ¡Para mí los libros no significan exactamente lo mismo que para él! Y si en algún momento, durante estos ocho últimos años, lo ha parecido no ha sido más que porque me encontraba solo. Eso fue lo que le sucedió a don José. La soledad no es buena para el hombre. ¡Pero ahora podemos iniciar una vida juntos! Además, acabas de afirmar  que Sebastián es hijo mío ¿verdad? Teresa asintió y acto seguido comenzó a llorar.

-Cuando nos volvimos a ver la semana pasada, después de tanto tiempo no se encontraba conmigo el aplomo necesario para contártelo. Te agradezco que hayas venido, yo habría sido incapaz de pasar más allá de la puerta de tu librería.

-¡Pues hombre, Teresa!-Comentó Rodrigo riendo-Yo no como a nadie. Quiero decirte que Sebastián y tú tenéis la puerta abierta en cualquier momento. A menos, que... no te importase pasar a recogerme cada tarde a la hora de echar el cierre o hacerlo para llevar a nuestro hijo al parque. Antes de haber terminado de hablar Rodrigo ya se encontraba sentado junto a Teresa. Tampoco en esa ocasión tuvo ella el valor suficiente como para decirle que no.

 

                                                           XII

-Rodrigo, ¿así que eres mi padre? Preguntó "su vivo retrato" totalmente interesado y, aunque por orgullo no se le pasase por la cabeza decirlo, un poquito desconcertado. Aquel cambio era muy importante para él. Toda la vida sin un padre y, ahora, no solamente iba a tener uno, sino que le había parecido oír que Rodrigo era su Papá de verdad.

-Va a ser que sí, pequeño. Tengo la suerte de ser tu padre. ¿Qué te parece?

 A partir de ese momento ni su primo Daniel, el pedagogo, ni él volverían a referirse al niño como "su vivo retrato". Sebastián había dejado de ser ese crío que se encontraba tras el escaparate, al que saludaba con la mano y al que denominaban "su vivo retrato", por su increíble parecido con Rodrigo,  ahora Sebastián había pasado a ser su hijo querido.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • Este relato no tiene valoraciones
  • Javier miró con recelo el plato que su madre acababa de dejar sobre la mesa... ¡Ag! Cómo todos los martes Mamá preparaba la misma comida: judías verdes.

    Mario era un niño al que le encantaba acercarse al parque todas las tardes. Para él no había camino mejor que el que se dirigía al lugar de juegos y distracciones por excelencia para cualquier crío.

    La calle ascendía en una prolongada pendiente que a nadie le importaba <<escalar>> cuando comenzaban a olerse, aunque el antiguo y decimonónico edificio no se divisase aún, los pasteles y suizos recién salidos del horno.

    Basado en un inesperado descubrimiento real.

    Esta es la historia de Jaime Mínguez el niño que no podía reír. Cuando veía a todos sus amigos o familiares pasándoselo bomba a causa de la gracia de algún chiste él se quedaba pensativo en un rincón y diciéndose para sí mismo << ¿por qué no yo puedo reírme? Todos los hacen pero yo no puedo. ¿Podré reírme algún día?>> Ganador del: Mejor Relato Corto Infantil 2015 por You Are Writer.

    El invierno no se había marchado todavía. A la hora de siempre, Rodrigo Álvarez cambiaba en su librería el cartel de cerrado por el de abierto. El librero llevaba unos cuantos días esperando que diera en el reloj la una menos cuarto de la tarde, para ver pasar un grupo de alegres y despreocupados niños camino a sus casas a la hora del almuerzo. Pero especialmente esperaba ver a uno: su vivo retrato.

  • 43
  • 4.41
  • 447

Alguien con sed de escritura. Alguien que siente sed de ayudar.

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta