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7 min
Traslado a la mansión
Varios |
12.08.18
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Sinopsis

Siempre nos sentimos algo desconcertados cuando cambiamos nuestra habitual morada. Lo normal es que nos adaptemos pero siempre pueden concurrir otras circunstancias que nos obliguen a romper con todo.

Cuando llegué a aquella gran casa, siendo aún muy pequeño, recuerdo que todo el mundo nos esperaba a las puertas. Bajamos del coche y hubo un gran alboroto y regocijo con mi llegada. No podía entenderlo, porque creo que no me conocían de nada. Alguno se atrevió, incluso, a pasar su mano por mi cabeza alisando mi pelo. Aún así agradecí tal recibimiento sin llegar a saber si cumplía con sus expectativas mirando largamente a quien me condujo hasta allí en busca de su aprobación. Una sencilla sonrisa en su rostro así me lo dio a entender.

Lo que más me impresionó fue que la gente no dejaba de moverse de un lado a otro, realizando múltiples tareas sin incordiarse. Adiviné entonces que, de un modo u otro, nunca me faltaría la atención que merecía y que mi estancia allí sería muy agradable. Aún no comprendía cómo se me había alejado de mi madre y de mi hogar, cómo se me había obligado a abandonar aquel barrio al que ya me había llegado a acostumbrar, a mis amigos que tal vez no volviese a ver. Cierto es que no era un lugar como ese otro, que la basura se amontonaba en las estrechas calles a las que no accedía la luz del sol y que, al hacerse la noche, estar en ellas no era muy recomendable. Además se oían muchas sirenas que no cesaban de sonar hasta casi el amanecer. Pero aparte de este detalle yo estaba a gusto allí. Quizá se pensase que necesitaba otro ambiente para crecer. Que si tenía la oportunidad que se me brindaba no convenía desperdiciarla. ¿Quién era yo para opinar qué era lo mejor para mí?

No pasó mucho tiempo cuando observé un segundo detalle que, asimismo, me impresionó en gran manera. Y fue que, en uno de mis habituales paseos por las dependencias de la casa, pude ver que uno de los sirvientes era cruelmente azotado, sin dejar de recibir improperios por el dueño de la casa. Me pareció muy salvaje aquella actitud pero me limité a retirarme sin ser visto para no ver sufrir a aquel desgraciado. Hasta ese momento, para mí, el desconocido dueño había sido la mejor persona del mundo, pero verlo actuar de esa forma me desconcertó. Tanto que llegué a pensar que debía tener mucho cuidado con mis acciones para no ser reprendido hasta ese punto, cosa que no dudaba que pudiera acontecer en un futuro.

En mis largos paseos por el bosque cercano disfrutaba mucho al aire libre ya que el resto del día lo pasaba dentro de la casa. Él, mientras, permanecía pensativo y rara vez me hablaba. Supuse que estaría triste por alguna razón que no alcanzaba a entender. Tenía todo lo que necesitaba, mucha gente estaba pendiente de él, entonces ¿por qué? No podía estar enfadado conmigo porque seguíamos saliendo al campo pero yo veía que algo lo acongojaba. Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que, al regreso, no percibió que una gran rama de un árbol cercano se desprendía por efecto del fuerte viento. Si no hubiera llegado a empujarlo le habría caído encima produciéndole graves daños o, incluso, la muerte. Aunque no dijo nada sé que en su interior me lo agradecería eternamente.

Los días pasaban. Mis esperanzas de volver a mi hogar se iban alejando con ellos. ¿Y mi madre? qué mal lo estaría pasando por no poder ver a su hijo. Porque, al igual que yo no la veía y sentía tristeza por ello, pensaba que ella tendría esos mismos sentimientos. Jamás imaginé que hubiera querido desprenderse de mí. Solo que había sido el elegido entre todos mis hermanos para abandonarlos en pos de un futuro mejor. Pero quizás algún día regresase, antes de que fuese demasiado tarde, y pudiera sentir la alegría de estar de nuevo en casa. Porque tal vez el tiempo en que debía permanecer allí fuese más largo de lo que yo esperaba.

Dentro de la casa todo era tranquilidad. Sonaba una música relajante durante todo el día. No se oía una sola sirena, tan solo los pájaros en los cercanos árboles y las conversaciones, escasas, entre aquella servidumbre. Se me trataba bien, de eso no cabía duda, pero ¿acaso no tenían en cuenta que estaba lejos de mi hogar o, tal vez, es que ellos no eran nadie para discutir las órdenes de su amo, so pena de ser azotados? Éste permanecía ausente casi todo el día. Salía temprano por las mañanas y aparecía cuando el sol empezaba a descender, dirigiéndome entonces unas escuetas palabras. A mí me bastaba con eso. Creo que no me trataba como al resto. Yo era especial para él, de alguna manera.

Pero llegó el día. Montamos en el coche. Yo no cabía en mí de gozo. Aquello no era el habitual paseo por el bosque. Regresaba a mi hogar, seguro. Me acomodé en el asiento trasero y emprendimos la marcha. Como había pasado mucho tiempo no lograba recordar aquellos paisajes, aunque podíamos estar dirigiéndonos por otro camino. Él seguía sin hablar. De pronto paró el coche y me hizo bajar. Cerró la puerta y se dirigió de nuevo a su asiento. Arrancó y aceleró bruscamente, desapareciendo en unos minutos de mi vista.

Mi primera decisión fue correr tras él, pero pronto advertí que no servía de nada. La velocidad del vehículo era muy superior a la que yo podía desarrollar y nunca lo alcanzaría. Y aunque en los paseos yo corría siempre mucho más que él, al estar montado en la máquina él era más rápido que yo. Aún así seguí andando por aquella carretera siguiendo la pista que me proporcionaba mi agudo olfato.

Sentí miedo cuando se hizo de noche, pero no debía desfallecer ni sucumbir a él. Nadie se atrevería a atacarme. Ya tenía la suficiente corpulencia y fuerza como para arredrar a quien lo osase. Y aunque fue muy largo el camino sabía que cada vez me hallaba más cerca. En todo el trayecto fui creando una creciente sensación de odio. No estaba bien lo que me había hecho y debía pagar por ello.

Finalmente llegué a la gran casa. Una luz en la planta baja. El resto, a oscuras. Sabía por donde introducirme sin despertar a nadie y esa oscuridad era mi aliada. Llegué hasta su habitación. Por fortuna, ese día no estaba junto a él aquella sirvienta. Hubiera desbaratado mis planes.

Sin dar tiempo a que reaccionara y, por ese instinto básico que me enseñaron desde el primer momento, procedí a morder su yugular con fuerza. El forcejeo de sus brazos y arañazos de poco le sirvieron. Como tampoco podía gritar, nadie se apercibió de lo que ocurría dentro de aquella habitación. Cuando sus brazos cayeron supe que había acabado con su vida y me retiré de allí con el mismo sigilo que con el que entré.

Recorrí de nuevo aquella carretera con la esperanza de regresar a mi hogar. No descansé. El deseo de encontrarme de nuevo con mi familia deshacía todo rastro de agotamiento. Por fortuna, al poco pude percibir un resplandor débil en el horizonte y algo después pude ver las luces de la ciudad.

Una vez dentro de ella, encontrar de nuevo a mi familia no fue difícil. Mis ladridos pronto tuvieron respuesta.

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