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40 min
Trece horas
Drama |
06.06.15
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Sinopsis

Un joven universitario visita el lugar en el que estudia el día de la fiesta más importante que se celebra allí. Tras quedarse dormido descubrirá que la seguridad de su vida se va a ver trastocada.

Quiero dar las gracias a Jaime, pues sin sus críticas habría sido imposible que escribiera bien este relato, y a todos aquellos que se lo han leído antes de enseñarlo públicamente, porque saben que no es fácil hacer una crítica constructiva. Y sin duda alguna, muchas gracias a todas esas mujeres que me habéis enseñado lo maravillosas que sois y sin las cuales no sería el escritor que soy ahora mismo. Espero no hacerlo mal con esto, sino pensaréis que me habéis hecho mal escritor.

 

 

 

 

Son las cuatro de la tarde de un agradable día de Octubre. Camina cabizbajo por los pasillos de la Universidad. Una mirada aquí y otra allá y certifica que no conoce a nadie de los que pululan a sus anchas por el amplio vestíbulo, abarrotado de gente, como acostumbraba en aquella conocida fiesta. Se sienta a observar el trajín de personas que intentan entrar por las escaleras al espectáculo más divertido que ofrecía el centro por esas fechas, aunque a nuestro protagonista le sea más bien indiferente. Finalmente, guiado más por la amistad que por las ganas de unirse al jolgorio se levanta perezosamente del banco y mientras va sacando la cartera para sacar el carné se acerca a la cola.

Se había equivocado, sí que conocía a alguien. Otro joven de una edad cercana a la suya revisaba la identificación de cada persona que entraba, certificando que fueran realmente alumnos. Espera en silencio revisando sus mensajes hasta que llega su turno y sin levantar la mirada entrega su carné y su conocido recoge el testigo. Leyendo en voz alta se dirige hacia él en tono jovial preguntándole por qué no había saludado antes, lo cual le habría ahorrado la espera. Él se encoge de hombros y extiende la mano para recoger de nuevo su carné y dirigirse a lo que parecía el epicentro de una catástrofe natural. Todo parecía revuelto por un huracán proveniente del caribe, el cual había dejado tirado por los suelos gente manchada de alcohol y vasos de tubo. Eso sólo era el principio porque reinaba en el ambiente una confluencia de olores y sonidos que creaban una gran confusión en su cabeza. Gira un pasillo y acude a reunirse con sus amigos.

Este pasillo también estaba casi colapsado y a duras penas y a base de empellones consigue entrar en el que es su club. En aquel club se le apreciaba por quien era y eso le hacía sentir bastante bien. Su actitud cerrada y su incapacidad de hacer amigos no le ayudaban fuera de allí, por lo que sus gustos comunes acabaron ligándolo a ellos de una forma peculiar. No superaba el metro setenta y cinco y su pelo castaño le introducía en la gran mayoría de gente normal de su universidad. No poseía ningún rasgo característico y siempre rehuía la atención de los demás.

Tras cruzar el umbral de la puerta puede ver a sus amigos reunidos tras una barra improvisada, aprovisionándose de alcohol en cantidades ingentes y dando vueltas por la sala hablando unos con otros. Con cuidado coloca en un armario reconvertido a estantería sus cosas: una mochila con su móvil, su reproductor de música y una pequeña navaja que llevaba en caso de emergencia. Se separa ligeramente de un grupo numeroso de personas que acaba de entrar y consigue hacerse un sitio en el sillón. Entonces uno de sus compañeros se acerca con una copa. Los dos charlan con tono amigable, pero la charla es vacía y sin sentido para él y en seguida pierde el interés. Aburrido traspasa las hordas de gente que entra en la pequeña sala y con dificultad abre un refrigerador para sacarse una lata de cerveza fría. La acaricia entre las manos para robarle el frío y se lo pasa por el cuello, ya que en su ciudad el otoño era más bien caluroso. No debe de haber pasado más de media hora cuando de reojo cree ver un destello rojizo saliendo de la habitación, pero para cuando se gira es demasiado tarde, no queda más que el aire y gente gritando en su lugar. Un silbido llama su atención desde la otra punta de la sala. Es un pequeño grupo de gente de su club, que quiere que se una a una partida de un juego de mesa. No puede más que aceptar pues es una de las cosas que más le divierte. Espera impaciente viendo cómo se reparten cartas y roles y lentamente comienzan a jugar. Sus amigos le hacen sentir como en casa pero con la fiesta no consigue disfrutar todo lo que querría, pues de vez en cuando uno de los nuevos grupos de gente de fuera llegaba ávido de bebida. No podían negársela así que ininterrumpidamente se levantaba uno del grupo a servir copas. Al final de la partida, cansado y tras un par de latas más decide levantarse a dar una vuelta por los demás clubes. Ponerse en pie es harto complicado y con paso ligeramente tambaleante sale por la puerta de la sala. En su Universidad existen multitud de clubes con una gran cantidad de gente afiliada a ellos, normalmente porque compartían los mismos gustos. Dando una vuelta contempla la gran fiesta, tranquilo, con las manos en los bolsillos. De uno de ellos saca unos cascos y se los pone. El ambiente cambia por completo al empezar a sonar, sólo para él, “Don’t stop me now”, de Queen. Sin duda alguna la música es una gran ruta de escape y así lo nota él, que más contento baja otro piso y decidido se dispone a investigar otra sección de clubes. Con su música todo parecía más fácil, como si el resto del mundo se detuviera y él sólo tuviera que flotar entre el resto de la gente. Exhausto, aunque contento, consigue realizar el tour por los clubes y, asfixiado por toda la gente, decide salir a tomar el aire.

Recorre de nuevo el vestíbulo hacia la salida principal y cruza las puertas correderas buscando el alivio del aire en su rostro. Al salir observa el apetecible lecho de hierba húmeda que cubre gran parte de los alrededores de su universidad, los cuales se hayan bañados por el sol del atardecer. Mira su reloj pues después había quedado con un chico de su club, las cinco y cuarto. Había quedado a las 7 así que una pequeña siesta no sería mala idea. Usando su chaqueta como toalla se tumba encima de la mullida hierba, mojada con la ligera lluvia de la noche que aún permanecía atrapada entre las pequeñas briznas. Cierra los ojos y deja que el sol caliente su cuerpo, sumiéndolo lentamente en un placentero sueño.

No parece haber pasado mucho rato hasta que una luz, a través de sus párpados, le hace despertarse, de un rojo pálido y deslucido. Parece venir desde detrás de él pero cuando se va a girar no existe nada de donde venía aquella luz como para reflejar ese color tan fuerte. Vuelve a echar otra ojeada al reloj. Las seis y cuarto. Aún le quedaba tiempo, pero debía ser precavido. Echando una mano al bolsillo agarra su teléfono y se marca una alarma para las 7 menos cinco, tiempo suficiente como para bajar de nuevo al club y recoger a su amigo. Se gira de nuevo mirando al cielo con los ojos cerrados, pero algo le molesta. Ahí está otra vez. Esta vez el brillo es intenso, como el que provocaría mirar directamente al sol pero totalmente tintado de sangre. Lentamente y con dificultad abre los ojos, esperando ver lo que le provoca ese malestar. Con apenas una rendija puede vislumbrar qué lo causa.

Ondula con la suave brisa de aquel día de Octubre. Se mece lentamente como las ramas de un pino en la noche fría. Adorna una tez blanca inmaculada que hace contraste con el color burdeos de sus labios, los cuales parece que acaben de robar el mismo color del vino para su propio beneficio. Con cuidado va abriendo un poco más los ojos y puede ver al final una sonrisa que emerge de sus labios, como dos filas de blancas perlas lustradas hasta la extenuación. Del mismo color que sus labios adorna la tarde cálida de Octubre el impresionante brillo de su pelo, lo cual le había despertado. Fijos en sus propios ojos estaban los de ella, que con mirada inquisitoria evalúa con la mirada al joven tirado en el suelo. Como dos pozos sin fondo lucen sus ojos con un halo misterioso, con un iris casi en su totalidad negro como el azabache. Como un mazazo un sentimiento le golpea en el pecho, a la altura del corazón, el cual le deja sin respiración y sin palabras. Esclavo de la intensidad se recuesta en el suelo y, bajo la atenta mirada de ella se levanta mientras se sacude la hojarasca que puebla el suelo otoña de manera torpe y desincronizada. Sin casi pestañear es observado detenidamente por aquello que parecía una vivísima estatua con forma de mujer se pregunta mentalmente qué ha hecho para ser objeto de su observación.

Su corazón late cada vez más deprisa y se torna totalmente rígido cuando la mano de la pelirroja desconocida se alza en el aire presente entre ambos y con la punta de los dedos acaricia su tez. Aparta el pelo de la cara de él y vuelve a bajar la mano hasta su posición inicial relajada al lado del torso, que terminaba en unas finas caderas. Vestía una gabardina roja con una boina negra, la cual tapaba así parte de su cabellera. Los dos estaban en silencio observándose, aunque sólo uno de los dos conocía la respuesta a la pregunta más obvia. ¿Qué está pasando aquí? Una pareja de estudiantes sale por la puerta del edificio cogidos de la mano besándose cariñosamente. Hacía mucho que el joven no hacía algo parecido. A la chica también hay algo que le fascina y es fácil de percibir, ya que observa a la pareja casi de forma grosera hasta que pierde la visión sobre ellos. Con un delicado gesto se vuelve a girar para mirarle, pero esta vez extrañada, con el ceño fruncido y ladeando la cabeza de forma periódica. Observa del mismo modo al joven y alargando la mano de nuevo lo agarra delicadamente del mentón. Clava sus ojos en él, observando con sus oscuros ojos el pardo iris del chico, que aguanta a duras penas la mirada de la desconocida. Con la mano en su mentón comienza a girar su cabeza para tener visión de todos los ángulos, la alza y la vuelve a bajar y tras medio minuto de observación su mano se separa finalmente de su barbilla y da media vuelta.

¿Qué hacer ante una situación como esa? Paralizado y confuso la sigue por el parquecillo anexo al edificio, el cual acaba de manera brusca en la linde de un profundo bosque. Ella no parece muy asustada ante la idea de que en poco tiempo oscurezca y sin pensarlo dos veces se introduce en el bosque, echando un último vistazo al joven que la mira sin respiración y puede ver reflejado en su mirada una llamada casi exhortativa para que la siga por los oscuros senderos. Finalmente se introduce de manera paulatina en la foresta, que hace que su abrigo rojo vaya desapareciendo entre las sombras de los pinos. Él sin embargo se queda petrificado como una estatua sin saber qué hacer. Mira de nuevo hacia la Universidad y comienza a pensar en la situación. ¿Abandonaría a su amigo para perseguir por el oscuro bosque a una desconocida durante la noche? ¿Era una decisión lógica huir hacia lo desconocido? La brisa corta el aire y se mece entre los pinos creando una melódica armonía aunque inquietante. En otra ocasión la respuesta habría sido clara, pero la sensación de pesadez en su antes brillante manera de pensar causada por la cerveza la hace mucho menos clara. Un pensamiento cruzó su cabeza y fue eso lo que le empujó al mismo sendero que había seguido anteriormente la joven pelirroja. Estaba harto de no ser nadie, de no elegir nunca. En esta ocasión actuaría y lo haría por su propio pie, para forjarse una historia.

Con paso temeroso baja la pequeña explanada que hay entre el parque y la linde del bosque y pisa la tierra blanda del camino. Está húmeda y se ven huellas de las recientes pisadas de la misteriosa joven, que con atino sigue el joven mientras discute consigo mismo si eso es una buena idea. La tarde va cayendo y pasa media hora de caminata hasta que de manera repentina las huellas, antes claras, se vuelven difusas para desaparecer finalmente de manera espontánea. El viento ulula entre los árboles, frío y raramente silencioso, porque aunque podía percibir el movimiento de las grandes ramas de manera parsimoniosa, no emitían sino un ligero crujido casi impercetible. Perturbado y acongojado por la situación pierde el rumbo, comenzando a dar vueltas en círculos. No podía ser... se había perdido. Había oído rumores de gente que se extraviaba en ese bosque pero, aunque siempre solía salir ilesa de él, confesaban que había algo dentro de él que causaba pavor entre los jóvenes estudiantes, que de vez en cuando se retaban para ver quién aguantaba más en la oscura presencia de los altos árboles, que susurraban, al parecer, todo tipo de maldades. No creía en esas cosas, pues desde siempre había sido muy escéptico, pero poco a poco se iba concienciando de que aquel no era un sitio normal, y menos para aquella extraña chica.

Una pequeña pista, un regalo del cielo, apareció en un apenas perceptible sendero. De una tela suave y negra se constituía la pequeña boina que reposaba sobre un montón de hojas secas, la cual sin duda, por lo limpia que estaba, debía pertenecer a la chica que buscaba. Agachándose de cuclillas recogió la prenda y la examinó de cerca. No parecía que llevase mucho rato ahí tirada, ya que con el viento y las hojas del suelo se habría ensuciado más. Una llama de esperanza volvió a arder en los ojos de él y con paso firme y decidido se dispuso a seguir el sendero, que aunque difícil de encontrar podría a partir de ahí distinguirse fácilmente. Conforme avanza el viento comienza a colarse entre las ramas causando sonidos extraños, ajenos a los usualmente reconocibles crujidos de ramas u ondulantes silbidos de las hojas, siniestros susurros acechan en cada tronco y en cada rama, apenas audibles.

Con el viento otoñal llega el frío, que no perdona en esta época del año y pronto tiene que arrebujarse en su abrigo para no sufrir el viento cortante en las mejillas. Tras unos momentos en camino se va ensanchando, hasta un tramo en el que es tan ancho como una pequeña carretera comarcal. La luz de la luna se va alzando y gracias a ella puede distinguir un enorme roble seco y blanquecino en mitad del camino, el cual se haya erguido dando una imagen tenebrosa, con sus ramas entrelazadas de manera tortuosa. Se acerca con respeto, pues la sobrenatural imagen no le permite sino sentir que algo malvado acecha al amparo del viejo y pálido árbol. Para cuando se halla a unos pocos pasos se da cuenta de un hecho estremecedor, revelado por el crujido de las ramas partiéndose bajo sus zapatillas. Aquel es el único ruido que se oye en todo el bosque que le rodea. Ningún animal escarba en la tierra en busca de comida, ni ulula el viento entre las ramas de los oscuros pinos y abetos, ni tampoco se oyen los extraños susurros que le acompañaban en el camino. Nada. Ahora sólo consigue oír los alocados latidos de su corazón, que hacen que le retumben uno a uno los oídos y le suden las manos, mientras sigue acercándose al roble. Su respiración agitada acompaña el ritmo de sus pisadas de una forma acompasada, para que al final se halle de pie apenas a medio metro del árbol que le ha evadido de su búsqueda y le ha hipnotizado de esta manera. Una voz en su interior le grita que se aleje, que corra en dirección contraria y busque la manera de volver a la universidad, regresar a su anodina vida y olvide todo lo ocurrido. Pero no puede. El árbol le llama y extiende el brazo para tocarlo, como si de un imán se tratase y él fuese un mero trozo de metal, doblegado ante su ancestral voluntad.

Posa con cuidado la palma en la rugosa corteza y la deja quieta, como esperando algún tipo de reacción. Nada sucede, aliviandole, y paulatinamente va acariciando la corteza mientras da una vuelta al árbol, con la mano aún apoyada. Tiene que seguir buscando a la joven, y con el momento de tensión ya pasado, decide separarse del árbol. Cuando separa la mano los susurros desaparecidos comienzan a entonar frases totalmente audibles, que aunque ininteligibles, consiguen despertar en él un antiguo miedo olvidado tiempo ha por los hombres, un miedo que ha permanecido en su corazón desde tiempos inmemoriales y que anuncia la llegada de algo terrible. Un temblor de tierra le sacude y agita su cuerpo de arriba a abajo, sucedido de un grito, si se puede clasificar de esa manera, proveniente del árbol que se encuentra en ese momento, debido a la agitación previa, a su espalda. Fuera lo que fuese lo que había emitido ese sonido, no se encontraba en su ángulo de visión, así que con pavor, temblando, se gira para ver el origen de aquel chillido. Rebusca entre las ramas del roble pero no consigue distinguir nada desde ese punto. Sin embargo una especie de ronroneo ronco, cercano a un rugido tapado, surge desde el árbol, indudablemente. Con el corazón en un puño ve alzarse una sombra sobre una de las ramas, que aumenta de tamaño hasta alcanzar una altura cerca de los dos metros. La sombra se encuentra a contraluz con la luz de la luna, así que no consigue distinguir del todo bien los detalles del ser, pero sí podría jurar tres cosas. El ente tenía alas que le surgían de la espalda y alcanzaban una envergadura increíble. También de la cabeza le surgían dos enormes astas, o cuernos, que acababan en forma curva a los lados de la frente. Y sin duda, y por encima de todo, aquel horrible monstruo no era de este mundo. No se lo pensó dos veces y empezó a correr. Tomando cierto impulso consigue dejar atrás unos cuantos metros el monstruo en poco tiempo y echando un vistazo de reojo mientras corre observa que no se mueve, sino que se queda posado con sus extensas alas en una de las gruesas ramas del roble. No para hasta perder todas las energías que tiene, sin llegar a saber cuánto tiempo puede haber pasado ni dónde se encontrará ahora. Un pensamiento cruza su cerebro como un relámpago. La boina, el árbol, aquel ser... ¿Podría haberse encontrado la joven con aquella situación? Espera que no haya sido así, por su bien. Aún sigue alterado y tropieza de vez en cuando con sus propios pies, incapaz de dejar de pensar en la oscura figura que se cernía sobre él antes.

Debe de acercarse la medianoche cuando unos ruidos, ajenos al ya calmado aire otoñal o al de sus propias pisadas, llegan de forma tenue hasta él. Una suave música de una guitarra rasga el denso ambiente forestal y con extraña alegría parece bailar hasta él. Por fin, tras un rato buscando el origen de la melodía, encuentra un pequeño claro en el que se halla encendida una pequeña fogata y aliméntandose de su calor un chico, de cercana edad a la suya. Con el pelo negro como el tizón, porta una guitarra apoyada en sus finos pero fibrosos brazos. Con una pequeña púa plateada rasga las cuerdas, emitiendo una tranquila melodía que viaja hasta sus oídos, cabalgando el viento anteriormente cargado y silencioso. Un sombrero de fieltro adorna su cabeza, ocultando en parte el pelo que le cae por el cuello en forma de media melena. Vestido con un chaleco negro con una camisa blanca y unos pantalones negros ajustados toca relajado al amparo de la fogata. Sigilosamente se acerca hasta él, esperando que no sea ningún tipo de truco o estratagema de un nuevo monstruo que aceche en la oscuridad del bosque. Cuando su cercanía al fin advierte al otro chico de su presencia, éste no recula ni se asusta, sino que simplemente fija sus ojos en él, grises como una mañana nublada. Saluda cordialmente, lo cual lo tranquiliza un poco. Es amable, y por lo que parece sincero, pero tras un rato de charla banal se advierte un atisbo de desconfianza en sus ojos, como de quien oculta algo. Decide empezar él contando su historia, su terrible relato del roble seco y el demonio cornudo en las sombras mientras el otro chico se dedica a observar atentamente mientras sus manos, independientemente de su cuerpo, rasgan algunas notas inconexas. Cuando termina la historia, por la parte del ser, el chico deja de tocar y apoya la guitarra en el suelo y se levanta suavemente una de las mangas de la camisa. Un arañazo se extiende desde la zona exterior de la muñeca hasta la zona anterior del antebrazo, casi colindando con el codo. Aunque ya cicatrizado tenía un aspecto horrendo. Por la descripción que le ha dado, eso mismo le sucedió a él cuando entró al bosque.

Hay algo que no le cuadra. ¿Cómo era posible que le hubiera hecho ese corte sin haber sufrido una infección, y lo peor, cuánto llevaría aquí para que ya estuviera curado? No puede más que preguntárselo. Como recién despertado de un profundo sueño, en cuanto le pregunta cuánto lleva atrapado en el bosque llega a la conclusión de que no lo sabe. Hace apenas unas horas que entró y el ser le atacó, pero no había reparado en la sanación, casi instantánea al parecer, de su antebrazo. No es posible. ¿Qué sucede en este lugar? Un reloj adorna su muñeca, ahora visible tras haberse levantado la manga. Marcaba la una de la madrugada. Esto debe de ser una pesadilla. Él tiene una familia, un hogar al que volver, y sin embargo allí se encuentra, tirado en medio de la nada, por una terrible idea a la que le había arrastrado la joven pelirroja. ¡La chica! Con ansias se gira, pues ha estado divagando unos minutos, y gritando al otro muchacho le pregunta por ella. Al oír mencionarla sus ojos, antes tranquilos y apacibles, se vuelven opacos y siniestros y de la herida, hace unos segundos completamente curada, comienza a brotar la sangra de nuevo, como un río carmesí que baja por su brazo colgante y se desliza entre los dedos para caer por último en la mullida hierba. La escena no pinta nada bien, pero cuando va a comenzar a correr choca con la guitarra, ahora tendida en el suelo, y va a parar, tropezando, a un pequeño tocón cercano. El antaño simpático muchacho ahora se convierte en un psicótico perseguidor ansioso de alcanzarle, y se abalanza con todo el peso de su cuerpo sobre él. Tumbado gira sobre sí mismo para evitar que le caiga encima y de manera ágil se levanta, agarrando de pasada la guitarra, con la madera desconchada y astillada que asoma por el mástil y se dispone a defenderse con ella. Sujetándola por el mástil la balancea por delante de su cuerpo, interponiendo la improvisada arma entre su atacante y él. Después de un par de amagos espasmódicos se lanza contra él y, agitando la guitarra consigue sacudírselo de encima. Tras un par de movimientos parecidos trastabilla y cae al suelo, viéndose acosado por el colérico joven, el cual sólo se ve impedido por el instrumento que a modo de escudo, sujetando por ambos extremos, el joven cuela entre ellos dos. Con una patada de rabia lo lanza varios metros hacia atrás. Los dos se levantan, pero con un rápido golpe, aprovechando la velocidad con la que corre a por él agita la guitarra haciendo un giro por encima de su cabeza y lo golpea directamente en la cara, y tras esto cae a plomo contra el suelo.

El cuerpo yace inmóvil justo al lado de donde habían comenzado la conversación, apenas minutos antes. Un reguero de sangre brota de su coronilla y baña sus ojos en una neblina granate. A pesar del aparatoso golpe y de la fea herida parece solamente inconsciente, aunque tampoco puede asegurar que no vaya a morir. Consternado se aleja de la hoguera para darse cuenta de que la música sigue sonando, a pesar de hallarse en el suelo el joven y en su mano la guitarra, unas pequeñas notas rasgadas surcan el viento nocturno, haciendo que los pelos de su nuca se ericen. Mientras se aleja aún puede oírlas tintinear en el cielo nocturno. Un paso tras otro se adentra de nuevo en la negrura, que cada vez se le antoja más aterradora. ¿Por qué le había atacado el chico? No lo entiende ni consigue hacerlo, sólo llega a la conclusión de que debe rescatar a la joven a toda costa y huir en cuanto pudiera de ese maldito lugar. Sus pasos le llevan a duras penas hasta una laguna cercana tras andar cerca de media hora, a lo que se sienta a descansar en la tranquila orilla. Nunca había oído que en esta zona del bosque hubiera un lago, pero no le extrañaba, pues no sabía cuánto se había alejado de su universidad. Con cuidado se acomoda contra un tronco hueco que forma un asiento improvisado, en el cual puede descansar unos minutos para conseguir energías para seguir su búsqueda, sin embargo, eso no es lo que ocurre. Un sopor invade su mente, como si unas lenguas invadieran su cabeza y la hundieran en un profundo sueño y finalmente acaba durmiéndose sin posibilidad de resistirse.

Un peso en el pecho le hace salir del profundo sueño. Incómodo entreabre los ojos intentado al mismo tiempo estirar los brazos, pero para su sorpresa, le es imposible. Al abrir del todo los ojos se encuentra con una pesadilla hecha realidad. El demonio del roble había vuelto, y se encontraba justo encima suyo. Esta vez pudo verle a la perfección a la luz de la luna y a apenas unos centímetros de su cara. Unos afilados colmillos emergen de su boca relucientes y afilados, tan curvos que casi le rozan la negruzca piel del rostro. Observan sus ojos los del joven inyectados en sangre, fijos, sin moverse un ápice. Aquel ser parece sacado de las antiguas leyendas, con sus gigantescas alas que tapan todo lo que su vista alcanza a ver. Con la punta de los dedos llega a rozar los membranosos apéndices del demonio,ásperas como el papel de lija e inmediatamente lo retira. Su altura debía de rondar los dos metros pero era bastante fibroso y esbelto. No parece agresivo, pero el joven teme que un movimiento brusco lo altere de alguna manera, así que se queda quieto en un estado de pánico interno. Parecida a la cola de un dragón, la del demonio se enrosca alrededor de su pierna como una serpiente, cortandole en parte la circulación. Con un ágil salto se retira en dirección al agua, caminando sobre las cuatro patas como un lagarto alado y se sumerge en el agua, ahora tintada de plata por la luz de la luna. El chico se queda quieto, casi sin respirar, esperando que sólo sea una pesadilla demasiado real, pero por desgracia no lo es. Sinuosamente el cuerpo del demonio se hunde paulatinamente en el agua hasta que no queda ni rastro de él excepto las tenues ondas que surcan el agua desde donde ha desaparecido. Todo el bosque contiene el aliento con el chico, esperando en silencio con pavor. Un temblor inunda de nuevo de ondas la superficie del estanque y desde su epicentro una figura comienza a atravesar la fina capa de agua.

El reflejo de la luz de la luna se posa en el cuerpo de la figura, haciéndolo refulgir con ese tono plateado casi hipnótico. La melena, ahora empapada, cae pegada al torso, rodeándolo como un manto color burdeos. Parpadea repetidas veces, fuera de sí. No puede o no quiere comprender lo que acaba de suceder en la laguna. Se incorpora sobre una de sus rodillas y con un duro esfuerzo se levanta. Guiado por un estado de febril locura se acerca, paso a paso, mientras ella le espera estática en una pose erguida pero relajada, con una pierna tras la otra cruzada. Sin duda alguna, la joven que se hallaba al pie del lago era la misma a la que buscaba con tanto ahínco, y por fin, de una manera y otra, la había encontrado. Apenas dos metros los separan ya uno del otro y el grado de desnudez de la chica es notable, pero él sólo puede pensar en sus ojos, como dos pozos negros que sumen su corazón en el miedo. Cuando quiere darse cuenta se hallan juntos, cuerpo contra cuerpo. El agua cubre los senos de la joven, que empapa la chaqueta del chico. Nota su aliento relajado en su cara, a diferencia del suyo, agitado. Sin tener total control de sus actos sus manos, como guiadas por un titiritero, se posan en las curvas caderas delicadamente. Los brazos de ella rodean su torso y alzando la vista hacia él coinciden sus labios a pocos centímetros. Su nariz roza la de ella, que se encuentra quieta, expectante. Con una ultima inhalación la besa con suavidad, mientras con cuidado se tumban en la mullida hierba de la rivera del estanque. Conforme pasa el tiempo la pasión va aumentando y sus cuerpos comienzan a sentir cosas sin precedentes entre dos seres humanos, pero claramente esto iba más allá de lo natural. Sus figuras, antes distinguibles, se contorsionaban en posturas imposibles que llenaban el vacío entre ambos con un fuego inigualable. Los dos, en un colofón final, estallan de placer al unísono, deseando que no acabara nunca. El pecho aún le sube y baja a una velocidad vertiginosa, pero se gira a mirar a su no menos que increíble acompañante.

Ahí está, cubierta de una fina capa de sudor que perla su blanca piel como el rocío de la mañana de primavera. Su semblante ha cambiado, pues donde antes había una expresión de seriedad ahora se hallaba una tímida sonrisa que miraba el cielo nocturno. Ahora despejado revela las estrellas, que lucen, parece, más que nunca. Entonces, por primera vez, ella le pregunta. “¿Por qué las estrellas lucen más cuando la noche es oscura?”. Su voz es aguda, pero extrañamente profunda, con un tono relajador. La frase y la sorpresa de la preguntan pillan al joven y se traba unos instantes. “Dicen que si lloras por haber perdido la luz las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”. Ella responde con un largo silencio, pero se acomoda en su pecho, con cuidado de no hacerle daño. Él tiene miles de preguntas, pero las guarda callado, intentando que ese instante sea infinito. Tras ese corto pero perfecto momento la joven se dispone a contar una breve historia. “Una vez un demonio acudió a la tierra para castigar a los hombres, convirtiéndose en una hermosa mujer que los atraía a un infierno en la tierra. Sin embargo a aquellos puros de corazón les concedía un tiempo de gracia. En trece horas debían elegir. Pasar ese tiempo junto a la mujer que ellos más deseaban o huir de la pesadilla”. No lo entiende. Si es puro de corazón, ¿por qué había pasado la mitad de ese tiempo en un infierno particular?¿por qué ahora podía disfrutar de su compañía? “Al principio he dudado. Veía en ti al típico chico asustado, como el 'humilde' guitarrista que has visto ahí detrás, pero no. Tú no me buscabas por mi hermosura. Me buscabas porque me amabas, y he tardado en darme cuenta.” ¿La ama? Sí, es cierto, desde un primer momento. No puede creer lo que está pensando, pero lo hace de verdad. Amar a un súcubo es algo imposible, pero todo esa noche parece fuera de las leyes de la lógica. Un matiz de la historia le alarma repentinamente. Eran alrededor de las seis de la tarde cuando la había visto por primera vez y en ese momento es cerca de las cuatro de la madrugada. Eso significa que sólo le quedaban tres horas a su lado, o tres horas para huir de ella y volver a la seguridad de su vida corriente. Alertado se gira y busca el rostro de ella. “No te vayas, por favor”. Sonriendo ella le mira y le da un beso. “No me iré hasta dentro de tres horas, es tu decisión si vienes conmigo o te marchas sin mí. Y por cierto, mi nombre es Lilith”. Se levanta y comienza a andar descalza por el bosque. Le cuesta procesar toda la información pero siente el deber de acompañarla, sea cual sea su decisión aún tiene tiempo. Hace mucho tiempo que no ama a nadie y pensar que la primera chica de la que se enamora es un demonio el cual puede llevarlo al infierno si ni huye es una idea poco alentadora para él. Aún así ahí está, siguiendo a la chica de sus sueños por un bosque a las cuatro de la madrugada. Acelera el ritmo y, cogiéndose de la mano, pasean tranquilamente. Simplemente piensa en la suerte que ha tenido, de una manera u otra, de estar en esta situación. Algunos lo calificarían de error fatídico, pero no lo es para él, no necesita una buena explicación para ello. Es feliz tal y como está ahora, y es con Lilith. Ya es historia la cara seria y enigmática de la joven, que camina suavemente sobre las ramas caídas de los árboles, pues ahora refleja una sonrisa deslumbrante, revelando sus dientes como perlas lustradas a la saciedad.

Permanecen en silencio y con eso les basta, ya que las miradas cómplices colman de buen ánimo a la extraña pareja que cruza el bosque. Sin embargo no tarda mucho en llegar hasta ellos el sonido de un animal que escarba en la tierra, ansioso. En un pequeño claro una pequeña sombra agazapada lucha por hacer un agujero lo suficientemente grande como para meterse dentro y ocultarse. Pero algo no encaja en la imagen, pues no se ve ningún tipo de pelaje, sino que el animal va vestido, casi como... No puede ser. No se trata de un animal, sino de un pequeño chico asustado, de su edad. ¡Le conoce! Estaba en una de sus clases pero un día desapareció sin más, y cuando fueron a notificárselo a sus padres, tampoco aparecieron, como si se hubieran desvanecido, hace alrededor de un año. Todo el mundo creyó que se habían mudado, pero aquí estaba. Su pelo era moreno y corto en otra época, pero ahora le cae lacio los hombros, totalmente enmarañado. La suciedad cubre su ropa de arriba a abajo, y lo que antes era una camiseta blanca y unos vaqueros ahora eran apenas unos jirones adheridos a su esquelético cuerpo. Sus movimientos son frenéticos, como los de un roedor y cuando Llilith se acerca con paso decidido chilla de una forma aguda y chirriante. Sus ojos, adaptados después de tanto tiempo a moverse a oscuras por el bosque, reflejan destellos de locura y de terror al ver a la joven acercarse hacia él. Posa una mano en su hombro y el chico se queda quieto como una estatua. “Éste es uno de las personas que recibieron mi castigo. Hice desaparecer todo lo que él más quería y después lo condené a vagar por el bosque como el animal que era. Aún estás a tiempo de elegir”. Separa la mano del inmóvil joven, y en un acto reflejo se lanza hacia el chico, derribándole. Parecido al ataque de una rata, se vale de uñas y dientes para atacarle, pero es tarde para defenderse cuando agarra una roca y la estrella contra su sien. La última imagen que consigue ver antes de desvanecerse en la negrura es cómo Lilith agarra la mandíbula del otro chico entre sus delicadas manos y con un gesto rápido gira la cabeza y le rompe el cuello.

Un intenso dolor le despierta de nuevo. El fuerte sabor a óxido de la sangre impregna sus labios, que humedece intentando que se vaya. Con dificultad abre los ojos y no consigue ver a Lilith ni a su ex compañero por ninguna parte. Mareado se levanta, tambaleándose, y para cuando consigue dar sus primeros y temerosos pasos se da cuenta del error que está a punto de cometer. ¿De verdad quiere acompañar a Lilith? ¿Merece la pena morir para conservarla? La ama. Desgraciadamente esa es la terrible verdad pero quién sabe, no puede dejar que esta aventura acabe con su muerte de la mano del súcubo al que ahora ama. No ve a nadie en las inmediaciones del bosque y empieza a correr.

La camiseta se le pega al cuerpo mientras corre y tras un tiempo que no llega a discernir le arden las piernas y vislumbra a través de las hojas una luz distinta a la mortecina capa del bosque. No puede ser posible. Es cierto que ha estado corriendo largo rato pero había pasado toda una noche corriendo y caminando, alejándose de lo que veía ahora mismo. Es el camino de la Universidad. Aquel por el que había perseguido a Lilith, resultando ser un camino de locura y perdición. Da unos cuantos pasos y se encuentra en el camino de tierra allanado que colinda con el edificio. La imagen de la chica asalta su cabeza, haciéndole pensar si quiere dejarla ir. Es cierto el amor que siente por ella, que roza la locura de manicomio, pues por ella ha estado a punto de morir, pero tiene miedo. Con un tímido paso abandona el camino. Siente como un inmenso pesar atenaza su corazón. Aunque aún no le queda tiempo para volver no lo hace. Sube hasta la universidad, que aunque siendo sábado permanece abierta debido a la fiesta nocturna que ha dado lugar en esos.

Nunca olvidará las cosas que ha visto dentro del bosque. La luz de la luna perfilando el cuerpo demoníaco de Lilith, el ataque el dxtraño de la guitarra, y la repentina aparición de su compañero desaparecido. Pero lo que nunca podría olvidar ni un sólo momento sería la enigmática mirada de Lilith, su cabello del color del vino en la noche y ardiente en el día. Su cuerpo sinuoso en la elegante gabardina abandonada a un lado del camino. Sus caderas que parecen cinceladas por un escultor y la gran pasión desatada entre los dos.

Debe de estar a punto de amanecer, pues el cielo se está empezando a teñir lentamente de la futura luz diurna. Con cierto recelo saluda al hombre calvo con gafas que vigila la puerta del edificio y baja por los pasillos de clubes que esta noche rebosantes de gente, ahora sólo son un eco de la fiesta pasada. Llega a su club y encuentra la puerta entreabierta, con un par de personas recogiendo el estropicio. Saluda con un gesto de cabeza y comienza a recoger las cosas que dejó la tarde anterior. Parecía que había pasado una eternidad, pero los demás ni lo notan. Mira el reloj que adorna la blanca pared del club. Las cinco y media. Sus padres debían de estar muy preocupados. Saca el móvil de la mochila pero se encuentra, lógicamente, sin batería. Recoge el reproductor, su cartera y la pequeña navaja y se las echa a la espalda, todas metidas en la apretada mochila.. Sin despedirse abandona de nuevo el club mientras se coloca en los oídos los cascos de música. Sale por última vez de la universidad de manera silenciosa, aquejado en su interior por el fantasma de Lilith en su conciencia. Baja las escaleras de la universidad para coger el autobús que le lleva a casa, pero cuando levanta la mirada se encuentra sin aliento ante la imagen que le sobrecoge el alma. Ahí se encuentra ella con su gabardina y su boina, clavando su mirada en los ojos del joven. “No volviste a por mí, me decepcionó. Creía que te había causado mejor impresión” Comenta mientras se acerca al chico con una sonrisa burlona. No puede ser, él cumplió el trato, se marchó y renunció a ella, esto no puede estar sucediendo. Cae de rodillas derrotado ante la imagen de su final. “Renunciaste a mí pero tu corazón sigue siendo mío, y eso no es abandonarme del todo” Ese trato no era justo, le había mentido. Su mochila queda en su regazo y sólo se le ocurre una cosa antes de que se acabe el plazo de Lilith. Trece horas. Eran las cinco y media y la primera vez que la había visto no cumplía ese plazo. La súcubo le había engañado, pero ambos conseguirían lo que quieren. Se levanta con una fuerza increíble y en un par de pasos se encuentra al lado de la chica, que por primera vez parece sorprendida. “Somos fáciles de engañar por aquellos a los que amamos” dice antes de comenzar a besar a Lilith. El camino que baja hacia los autobuses permanece vacío así que nadie ve como su pasión va en aumento. Su idea febril surte efecto, pues lo que no ve Lilith es que el jóven introduce la mano en su mochila y con sigilo saca la pequeña navaja. Antes de realizar un último acto de locura le dedica unas últimas palabras. “Si para vivir debo alejarme de ti, prefiero morir en tus besos” y para sorpresa de la joven ve como en un rápido movimiento la navaja se clava en el abdomen del muchacho, que comienza a sangrar. La camiseta, antes gris, comienza a tornarse oscura y el chico cae al suelo. La chica lo acompaña hasta el suelo intentando cubrir la herida. “Esto no es lo que debería pasar, ¡no así!” Es cierto, Lilith le había dicho que debía morir acompañándole o vivir sin ella, pero no debería morir de aquella manera. Las manos de la joven, ahora manchadas de sangre, cogen entre ellas el rostro del chico y comienza a besarlo entre lágrimas, que cubren por primera vez en la vida del demonio sus perfectas y brillantes mejillas. Su respiración comienza a entrecortarse y nota cómo pierde la consciencia. En un último gesto de amor separa una mano de su abdomen y acaricia con el pulgar la perfilada mejilla de la chica, manchándola con su sangre. “Sellaré nuestro encuentro con este beso” tras lo cual se acerca entre un gran dolor y suavemente deja caer en sus labios su último aliento en forma de beso. 

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  • Un joven universitario visita el lugar en el que estudia el día de la fiesta más importante que se celebra allí. Tras quedarse dormido descubrirá que la seguridad de su vida se va a ver trastocada.

Apasionado de la lectura desde mi más tierna infancia, que a mis casi veinte años a algunos se les antojará cercana. Escribiendo por el puro placer de escribir.

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