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29 min
Trenzando el destino
Amor |
19.02.15
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Sinopsis

Mateo es un gran aficionado al cine clásico. Su película favorita es "Laura"

I. Mateo.

Mateo la vio por primera vez en el cine al aire libre que había frente a la playa de poniente. Aquel verano, el dueño del espectáculo, escarmentado por los malos resultados de la temporada anterior, ponía cada noche una película de no más de un año desde su estreno. Así, los veraneantes disfrutaron de cálidas noches con “La vida es bella”, “Titanic”, “L.A. Confidential”, “Hombres de negro” o “Mejor… Imposible”. Dominado por su espíritu romántico, el empresario dedicó los martes, día en los que afluían menos espectadores, a la reposición de títulos de los años cuarenta y cincuenta. Era esa la noche que solía acudir Mateo, un enamorado del cine clásico. Le gustaba ir solo, para deleitarse con las películas sin interrupciones, después de dejar jugando la penúltima partida de futbolín a Gille y Andrés, sus amigos de toda la vida. Aquel martes estaba anunciada “Laura”, obra maestra de Otto Preminger que había visto al menos seis veces. Desde la cola, veía la garita de la taquilla, en cuyo cristal destacaba la cara enigmática de Gene Tierney, cuya mirada parecía invitar al público a entrar en el recinto. Mateo se extasiaba cada vez que la veía en algún fotograma de aquella película y, cual si fuese el detective McPherson, su corazón se sentía llamado por la sugerente imagen de aquella misteriosa mujer.

Como no había muchos espectadores, pudo elegir una localidad en una de las filas centrales, desde donde mejor se veía la pantalla. Se alegró al ver que ni a su izquierda ni a su derecha había nadie; así no tendría que oír absurdos comentarios de gente incapaz de apreciar la maestría de su película predilecta. Poco antes de que la pantalla se llenase con el retrato de Laura, una joven se sentó dos asientos a su derecha. Como él, venía sola. Mateo la miró de soslayo y, por un instante, le pareció que la protagonista de la película había bajado del cuadro que colgaba sobre la chimenea del otro lado de la pantalla para acompañarle. Volvió la cabeza bruscamente para observarla con más detenimiento y sus ojos tropezaron con los de la joven desconocida. Desvió la mirada para no parecer un grosero, e intentó concentrarse en la película. Durante la proyección, en varias ocasiones dirigió sus pupilas hacia el rostro perfecto de la bella muchacha y observó sus ojos, apenas dos destellos fijos en la pantalla. Mientras la joven degustaba un cucurucho de palomitas de maíz, él dirigía una y otra vez la mirada hacia ella, hasta que la trama de la película atrapó su atención y olvidó a su hermosa vecina.

Al día siguiente la volvió a ver. En la playa. Estaba con unas amigas intercambiando confidencias, risas y crema bronceadora. Había perdido el halo de misterio que, la noche anterior, le daban las estrellas; pero estaba más radiante, como si el astro rey le hubiese prestado su luz. Vio cómo se levantaba en varias ocasiones para refrescarse en el agua del mar, nadando con un estilo más propio de las nereidas que de una mujer mortal. Después de deslizarse, que eso hacía, entre las olas, regresaba junto al parasol bajo el que había dejado la toalla y se integraba de nuevo en la alegre charla con sus compañeras mañaneras. La bella muchacha no se percató de la presencia de Mateo hasta bien pasado el mediodía, cuando Andrés, con el que había acudido a la playa, reconoció en una de las acompañantes de la joven a una antigua compañera de la universidad de sus años de estudiante de veterinaria. Se acercaron y, entre unos y otros, se hicieron las oportunas presentaciones. No esperaron a ser invitados por las jóvenes para unirse al grupo. Pasaron la mañana con ellas y, al dejar la playa, las llevaron al bar donde solían jugar al futbolín para tomar el aperitivo antes de recogerse en sus casas a comer.

Así conoció Mateo a Lara, la mujer que le robaría el sueño durante años.

Aquel verano, la vio casi todas las noches. Andres, Gille y Mateo dejaron de emular a Ronaldo, Suker y Raúl en el tablero del bar por un poco de baile y unas copas en el disco pub de Nando, uno de los chicos de la pandilla de Lara. Cada noche, salía Mateo de su casa con la intención de pasar la velada con ella y cada noche regresaba con la sensación de estar más y más alejado de ella. Atrás quedaron los martes de cine clásico. Él, que había creído que compartía con ella el gusto por las grandes historias del cine clásico, en ningún momento la oyó referirse a ellas. Mateo dedujo de ello que sólo una noche de aburrimiento, en la que su novio la había dejado sola, podía haberla llevado a ver la película que a él tenía fascinado. Pese a todo, no cesó de intentar seducirla con el señuelo de una película sugerente, mas no logró atraerla con otra noche de cine y palomitas.

El novio de Lara. Se llamaba Dani y el mismo día que lo conoció, supo que lo aborrecería hasta el final de sus vidas. Y, sin embargo, Dani caía bien a todo el mundo. No es que fuese especialmente simpático ni destacaba en la pandilla por acaparar la conversación. Tampoco tenía un atractivo físico espectacular, de esos que despiertan la envidia de los demás jóvenes por llevarse toda la atención de las chicas. No. Aparentemente se trataba de un joven de lo más corriente. Mas, incomprensiblemente para Mateo, era admirado por todos los de la pandilla.  Oía hablar de lo comprometido que estaba con su trabajo en una una organización no gubernamental dedicada a la cooperación en campos de refugiados. Nando le habló casi con veneración de los viajes realizados por Dani a países tan dispares como Jordania y Somalía. Si durante el invierno se dedicaba a recabar ayuda para estos campos, aprovechaba buena parte de las vacaciones de verano para trasladarse él mismo a estos lejanos lugares y echar una mano con su juventud e idealismo como un cooperante más. No era, por tanto, de extrañar que Lara se sintiera fascinada por el halo de romanticismo que envolvía a su novio. Pero a Mateo no le seducía la idea de tratar con él y, cuando coincidían en las salidas nocturnas con la pandilla, procuraba evitarlo.

Mediaba agosto cuando una borrasca venida de las verdes tierras de Albión trajo a la península una lluvia persistente que quedó agazapada en el pueblo pesquero donde Mateo y el resto de la pandilla pasaban sus vacaciones aquel verano. El cielo se vistió de ceniciento color y el sol se camufló tras los algodones de las nubes. Desde su ventana, el joven veía la cortina de agua que impedía a los veraneantes disfrutar del mar y la playa. Tan pertinaces chaparrones vaciaron las calles de paseantes y llenaron los bares de clientes. Al entrar en uno de estos locales, una multitud de voces asaltaba al tranquilo parroquiano que sólo quería disfrutar de un vaso de vino y su partida de dominó. Los días que duró aquella húmeda visita al pueblo, Mateo no vio a Lara. No paró en casa, reuniéndose en el pub de Nando con la pandilla de la joven, que era ya la suya, con la esperanza, siempre frustrada, de encontrarla. No se atrevió a preguntar por ella a sus amigas más cercanas, temeroso de dejar al descubierto un sentimiento que ni él mismo quería admitir; mas estuvo vigilante, con el oído avizor, por si alguna frase escuchada al azar le indicaba dónde se encontraba. Tampoco asomó la cabeza por el grupo Dani, pero de él sí que supo que andaba organizando un viaje a Croacia para septiembre.

El quinto día, el sol perdió algo de su timidez y dejó asomar sus rayos entre las nubes. Cansado de respirar el aire cerrado de su casa y de los bares, Mateo salió a dar una vuelta después de comer. La brisa traía el aroma de la tierra mojada y gotas de agua salada le abrían los pulmones, tan encogidos los días anteriores. Las piernas del joven corrían alegremente, como prisioneros que recuperan repentinamente la libertad, y él había de apresurarse para que no le dejasen atrás. Un gozo inesperado llenó su pecho; las calles aún estaban desiertas y le dejaban una larga senda ante sí. De pronto, la vio. Salía de la farmacia y se dirigía con paso indolente hacia la plaza. En dos zancadas la alcanzó y, poniéndose a su lado, le pidió permiso para caminar a su lado. Lara se desprendió de la máscara taciturna que ensombrecía su rostro y le dedicó una sonrisa que iluminó sus bellos ojos. Se dejó dirigir por Mateo hasta el puerto, mientras la conversación fluía entre ellos con la complicidad que acompaña a viejos amigos. Descubrieron que no sólo compartían el gusto por las películas de la época gloriosa de Hollywood; habían estado en el último concierto de “Ella baila sola” y se sabían de memoria “Voy a acabar contigo” de Amaral; habían leído los mismos libros y querían visitar las mismas capitales de la vieja Europa. Cuando llegaron al puerto, entraron en un café donde las únicas caras que les dieron la bienvenida fueron las de los pescadores que pacientemente esperaban el momento oportuno para salir a la mar. Allí parecía esperarles una mesa solitaria que se aburría en un rincón. La intimidad de aquella esquina, cual aguijón, avivó en Lara su necesidad de abandonarse en confidencias. Tal vez si Mateo hubiese sabido que la hilandera Cloto ya había tomado su rueca para tejer su destino y otorgarle el papel de confidente, no se hubiera quedado con ella saboreando el negro y amargo brebaje que les trajo el dueño del café. Pero el afán por disfrutar de la compañía de la joven le hizo prestarle su oído y su comprensión.

Lara le habló de lo difícil que era para ella la relación que mantenía con Dani. El compromiso de éste con su trabajo rayaba muchas veces la obsesión. Estaba continuamente conectado con los miembros de la ONG, más atento al devenir de los acontecimientos en lugares lejanos que a lo que sucedía a unos metros de él. Su pasión por el trabajo le había llevado a olvidar más de una cita con Lara; a estar más pendiente del móvil que de ella o a anular algún que otro plan que la joven esperaba con anhelo. En vacaciones no sabía cuánto tiempo estarían juntos, temiendo siempre un viaje imprevisto que le llevase a países donde decir que su vida corría peligro no era ningún eufemismo.

Si en algún momento Mateo creyó que aquellas confidencias eran algo más que el desahogo del malhumor, la realidad, dura maestra, vino a desmentir sus esperanzas  y dejó maltrechas sus ilusiones. No tuvo que esperar más allá de aquella misma noche para darse cuenta que el amor que había entre Lara y Dani no lo rompía una pelea por el tiempo que se dedicaban el uno al otro. Vio como cada uno buscaba la mirada del otro, hundiéndose en ella y aislándose del resto del mundo; era como si los que le rodeaban se convirtiesen en meros muñecos, como si sólo ellos tuviesen vida en un escenario pensado únicamente para que se amaran. Y, si llegó a pensar Mateo en desvelar a la joven sus sentimientos, pronto desechó tan descabellada idea al ver la pasión que envolvía a la pareja. No es que su amistad con Lara no sufriese ningún cambio desde su conversación en el café de los pescadores. Al contrario; las charlas de sobremesa ante una taza de la oscura bebida se convirtieron entre ellos en una costumbre que al él le producían el placer de la compañía de la persona amada y la amargura de saberse no correspondido.

Con la llegada de septiembre, los veraneantes partieron a sus lugares de origen: el otoño separó a los miembros de la pandilla enviando a cada uno a un confín del mundo. Lara retomó sus estudios de decoración en una pequeña ciudad del sur del país; Dani tomó rumbo a Croacia y no se reencontró con su novia hasta tres meses después; mientras tanto, Mateo regresó a la capital donde le esperaba su primer empleo como economista en una empresa consultora.

Los cuatro años siguientes fueron para Mateo una sucesión de estaciones en las que la esperanza y la desesperanza jugaban con él al escondite. En los meses de verano se reencontraba con la pandilla, más y más mermada. La vieja Cloto seguía tejiendo y destejiendo el destino de aquellos jóvenes, casando a unos, enviando lejos a otros. Lara siguió acudiendo al pueblo pesquero: primero, con sus padres; con Dani, después. Cada verano más y más bella; más y más inalcanzable para Mateo. Reanudaron sus conversaciones de sobremesa ante una taza de café, en las que ella le contaba sus planes para el futuro, sus anhelos y, alguna que otra vez, le abría el corazón para mostrarle ese recóndito rincón en el que se ocultan temores y tristezas. Era entonces cuando le contaba su miedo a perder la guerra en su lid contra la vocación de Dani. Le hablaba de las dudas que le asaltaban durante la noche, cuando le parecía oír una voz que le decía que no era tan amada por Dani como lo era él por ella. En esas veladas de insomnio acudían a su memoria el recuerdo de las llamadas de Dani para cancelar una cita o los viajes, cada vez más frecuentes, cada vez más prolongados, a países asediados por conflictos y peligros inimaginables. Y con los recuerdos, venían los sentimientos de abandono y tristeza que colmaban el corazón de Lara.

En esos momentos de confidencias, a Mateo le invadía la esperanza por ganarse su corazón, confundida con la animadversión contra el cooperante;  sentía la tentación de indisponer a la joven contra el ingrato Dani, gritar al viento su amor, para así hacerla reaccionar. Abrirle los ojos y curarla del malsano sentimiento que sólo la conducía por el camino del dolor, en tanto que él ponía ante ella toda su vida para hacerla feliz. Sólo el miedo a perder la amistad que la unía a ella le hacía callar y le impedía enfrentarse a Dani. Mas, tras aquellas conversaciones, siempre le quedaba el convencimiento de que, el día que Lara se deshiciera de la venda que la cegaba, se daría cuenta de que era a él a quien quería.

Los inviernos transcurrían para Mateo anhelando la llegada del verano. Vivía noches y días de pasión en los que se dejaba seducir por una, dos, tres... mujeres con el empeño malogrado de olvidar aquel amor que le consumía; mas lo único que conseguía era olvidar los rostros que pasaban por su lecho. Un correo electrónico de Lara, una simple frase escrita con afecto, bastaba para devolverle la esperanza; esperanza, que semejaba una hierbecilla que, cuanto más pequeña, más profundas son sus raíces.

Y fue en uno de estos correos donde Lara le contó que el verano siguiente, cuando Dani regresara de uno de sus viajes, se casarían en la ermita del pueblo.



II. Dani

Dani miraba por la ventanilla del avión sin ver las nubes que, cual corceles rebeldes, surcaban los cielos. Su mente se había quedado atrás, a miles de quilómetros de allí. Lejos, muy lejos, su mente permanecía varada en Goma, como si se resistiera a hacer el viaje de regreso a un mundo al que hacía tiempo que ya no pertenecía. Un viaje que iba a haber durado unos meses, pero que se había dilatado semana tras semana, mes tras mes, y que no había finalizado sino tres años después de su inicio.

La vida en el campo de refugiados en la República Democrática del Congo resultó ser una droga mucho más dura que cualquier sustancia adictiva que atrapaba a jóvenes incautos en occidente. Y así, lo que empezó como un viaje más como miembro de una asociación de ayuda al refugiado, acabó siendo un estilo de vida cuando logró ser contratado por ACNUR. Su trabajo en el campo consistía, en teoría, en organizar a los responsables de los talleres donde enseñaban un oficio a adolescentes para evitar que fueran reclutados por los grupos armados contrarios a Kabila. Pero llegó a implicarse tanto que no había tarea que pudiera hacer en la que no estuviese enredado. No era extraño verle rodeado de jóvenes que le buscaban para aliviar sus almas torturadas por la guerra, sus ilusiones truncadas y sus débiles esperanzas. En la noche, un grito que rompía el silencio le sacaba del mundo de los sueños. Entonces dejaba el confort de su lecho y acudía a dar consuelo a niños asustados por siniestros fantasmas. Hasta que su contrato llegó a su fin y hubo de regresar a España.

Una zona de turbulencias sacudió el avión sacando a Dani de sus recuerdos. Se incorporó en su asiento y se abrochó el cinturón de seguridad. Miró a su alrededor y vio caras asustadas: el mismo miedo que había visto en el campo. Por un momento, pensó en lo misterioso del corazón humano que puede afrontar con valentía una tragedia y hundirse ante una nimiedad. Miró hacia el frente e intentó concentrarse en el futuro que le esperaba más allá de las nubes.

La vio antes de que ella advirtiera su llegada. Lara, su Lara. Destacaba en medio del gentío con su belleza luminosa. El corazón asomándose a los ojos y el gozo del reencuentro pintado en su radiante sonrisa. Los labios de Dani enmudecieron al acercarse y sólo el fuerte abrazo con el que la envolvió pudo hablar de la emoción que le embargaba. Tuvo que hacer un esfuerzo para contener la avalancha de lágrimas que se atropellaban en su garganta; y, cuando al fin recuperó el don de las palabras, sólo una pronunciaron sus labios: "Lara".

Lo llevó al apartamento que compartieran años atrás y que, pese conservarlo Lara exactamente igual que entonces, le parecía que lo veía por primera vez. Los colores de las cosas habían perdido su vivacidad, como si un velo de tul los cubriera, y los espacios se habían empequeñecido. Echó una mirada a los libros, sus libros, que le llamaban desde los anaqueles y que, tras haberlos amado tanto, le parecían que hablaban de un joven muerto tiempo atrás. Se dirigió al dormitorio y dejó caer al suelo su mochila, su única pertenencia. Se dio la vuelta y sus ojos tropezaron con los de Lara.

Se amaron con la pasión atesorada en tantos años de separación: Él, con la desesperación de un condenado a muerte al que le conceden un último deseo; ella, con la alegría de encontrar a quien se creía perdido. Durante una semana, apenas hicieron otra cosa que redescubrirse, las palabras se quedaban cortas para expresar todo lo que guardaban sus almas y tenían que recurrir a los besos y a las caricias para entenderse. Cuando les sorprendía la noche, Dani se aferraba a Lara y apretaba los dientes para ahuyentar a los fantasmas que le acechaban.

El recuerdo de unos grandes ojos asustados le acompañaba noche y día; los ojos de un niño de apenas doce años que había visto cómo mataban a su padre, a sus tíos y a sus hermanos para después ultrajar a su madre, mientras él permanecía escondido en el retrete. El recuerdo de los ojos de este niño era casi más real que el mundo que le rodeaba. Los ojos parecían interpelarle y reprocharle que le hubiese abandonado a su suerte. Era el grito mudo de tantos niños que se quedaron en Goma. Esos primeros días, aún podía controlar las imágenes del pasado. Le bastaba una mirada de Lara, una caricia, para que volasen hacia otros horizontes. Pero, con el paso del tiempo, se hicieron más y más frecuentes; más y más numerosas. Le visitaban en sus sueños tomando la forma de niños mutilados con el rostro surcado de lágrimas o de mujeres a las que le habían arrancado su dignidad a la fuerza. Otras veces, atisbaba su presencia tras doblar una esquina: el recuerdo repentino de una escena vivida apelaba a su conciencia. Cuando se reincorporó a su trabajo en la ONG, le costaba concentrarse; las letras de los documentos que tenía ante sí bailaban una extraña danza que le impedía leer lo que en ellos decía. Todo le parecía banal y sin sentido. Se sentía extranjero en su propio país y la tierra en la que vio tanto sufrimiento lo llamaba una y otra vez. ¿Qué hacía tan lejos de los que sufrían?, ¿qué derecho tenía a ser feliz junto a Lara cuando había tantos niños que lo necesitaban?

Dani negaba que le pasara nada cuando Lara intentaba hacerle hablar y le ofrecía su comprensión. Evitaba dar una explicación y le decía que todo era fruto del cansancio después de meses y meses de intenso trabajo. Había que dar una oportunidad al tiempo para que reposaran los recuerdos. Pero Cronos parecía querer contradecir sus palabras. El paso de las semanas, no trajo sino más y más dudas. Se sentía cada vez más ajeno a su trabajo, sus amigos, sus libros. Ya no bastaba con que Lara le rodeara con sus brazos para que los fantasmas emprendieran el vuelo; permanecían al pie de la cama acechando sus pensamientos y burlándose de los destellos, cada vez menos frecuentes, de felicidad.

Su conciencia le ordenaba una y otra vez que le contase a Lara sus dudas; mas el miedo a hacerla daño le mantenía en silencio. Temía que se sintiese relegada, que pensase que no la amaba. Fue posponiendo una explicación que nunca llegó hasta encerrarse más y más en sí mismo, hasta que empezó a huir de ella como si de otro fantasma se tratara. Le parecía que el consuelo que encontraba en sus caricias no compensaba el daño que le estaba causando. Pasaban los días y se iba alejando de ella más y más. Hasta que una mañana de noviembre guardó en su mochila sus escasas pertenencias, salió de la casa y no volvió la vista atrás ni para decir adiós a la mujer que amaba más que a su propia vida.



III. Lara.

Lo buscó en todos los lugares que su imaginación le sugirió, con la ansiedad de la incertidumbre. Visitó hospitales; acudió a la comisaría; asedió a llamadas a amigos, familiares y conocidos; espiaba las caras de la gente con la que se cruzaba, buscando, sin hallar la cara de Dani. Hubo quien le dijo que estaba en una clínica de reposo; quien afirmó que había regresado a Goma, mas nada cierto se sabía. Por las noches vivía los peores momentos, cuando la angustia por lo que podía haberle ocurrido se confundía con la culpa por no haber sabido ayudarle: A su mente acudía la imagen de Dani atormentado y ella asistiendo impotente ante unos sentimientos que la sobrepasaban. Entonces el sueño huía de su lado y el tiempo parecía detenerse alargando los segundos y convirtiendo los minutos en horas.

Cuando las fuerzas la abandonaban en la oscuridad y las sábanas arrugadas la expulsaban del calor del lecho, se sentaba ante el teléfono de la salita y marcaba el número de Mateo sin reparar en la hora que marcaba el reloj del aparador. Al otro del hilo telefónico, le esperaba una voz sosegada que, con palabras cariñosas, lograba, casi siempre, que recuperase algo de la serenidad perdida. A veces, bastaba una frase tranquilizadora, un susurro; pero en otras ocasiones, el alba la sorprendía vertiendo lágrimas ante el teléfono. Después de una de estas noches de llanto, Mateo se presentó en su casa con dos maletas. Cuando Lara le abrió la puerta, la tomó en sus brazos y ella dejó que su dolor se disolviera en la ternura que él le ofrecía.

Vino para quedarse una semana, le dijo Mateo; pero no se fue hasta un mes después. De las dos maletas que trajo, una estaba repleta de discos compactos de música y DVDs con películas del cine clásico. Los dos primeros días, Lara vacío en el pecho del joven su corazón del mar de lágrimas que la estaba ahogando y, a partir del tercero, dejó que se encargase él de la búsqueda de Dani.

Con la eficacia de quien toma distancia, el joven hizo varias llamadas a la ONG en la que había vuelto el cooperante a trabajar y, así, descubrió su regreso a Goma. Aún tendrían que transcurrir unos días para que una carta de Dani dirigida a Lara confirmase la noticia. En ella le pedía que le olvidase, que retomase su vida donde la había dejado cuando se encontraron por vez primera. Pero, ¿cómo desandar el camino trazado tantos años atrás?, ¿dónde quedaban los momentos vividos juntos, la espera durante sus viajes, el futuro que no había de llegar? Y al alivio por saberle vivo le siguió el desconsuelo por haberlo perdido.

Mateo no la dejaba ni con las luces del día ni con las tinieblas de la noche. Su sueño en el sofá del salón era interrumpido una y otra vez. Se sentaba a los pies de la cama de Lara para velar su insomnio; unas veces guardaba silencio, otras le hablaba en voz baja de cosas sin importancia. Cuando llegaba la mañana, la animaba a arreglarse y salía con ella a pasear por las calles de la sureña ciudad. Si el tiempo no era propicio, la acurrucaba junto a él en el sofá y le hacía ver una película que ninguno de los dos miraba. Por primera vez desde que dejó atrás la niñez, Lara se abandonó a los cuidados de otro; permitió que otra persona se ocupase de ella y la amase sin más recompensa que permanecer a su lado. Y, cuando Mateo tuvo que regresar a la capital, sintió en su pecho la caricia de la mano helada de la indefensión.

Pese al dolor de la ruptura, le costó menos de lo que había pensado aceptar la compañía de la ausencia de Dani: llevaba tanto tiempo viéndolo partir, que su corazón se había acostumbrado a sentirlo lejos. Se reincorporó al trabajo en la tienda de decoración que tenía con una antigua compañera de estudios y donde no había vuelto desde la desaparición de Dani. El trajín del día la ayudaba a olvidar, en tanto llegaba el viernes por la tarde, cuando Mateo regresaba a pasar el fin de semana con ella; a engañar la soledad con su compañía. La costumbre de aquella amistad se convirtió para Lara en una necesidad. Pasaba los días esperando las noches para que, desde el otro lado del teléfono, el joven pronunciase aquellas palabras que caldeaban su corazón. Y ya el lunes, empezaba a contar las horas para la llegada del viernes. Desde mucho tiempo atrás sabía que él la amaba y, a veces, la conciencia se rebelaba contra esa paz conseguida a costa de los sentimientos de Mateo; pero era incapaz de renunciar a los únicos momentos en los que su alma encontraba sosiego. Pasaron los días, las semanas, los meses, mientras se dejaba mecer por la ternura que le ofrecía Mateo, hasta que una noche le recompensó con sus besos y caricias. Y esa nueva pasión, tan distinta de la que sintiera por Dani, se volvió para ella en más necesaria aún que la que la arrastrase años atrás el joven cooperante.



IV Laura.

El verano en que abrieron los multicines en el pueblo fue el más cálido de los últimos años. El asfalto de las calles hacía reverberar la luz del sol y parecía deshacerse al paso de los pocos automóviles que se atrevían a cruzar la pequeña población. La humedad que traía la brisa marina hacía que fuera más difícil soportar el calor. La ropa se pegaba a la piel y el sudor aumentaba la sensación de agobio. Hasta pasada la puesta de sol, sólo unos pocos paseantes incautos osaban caminar por las calles del centro del pueblo. Distinto era en la zona nueva, donde la sombra de los robles y abedules permitía disfrutar de un poco de fresco. Aún así, ni siquiera se veían muchos niños en la zona de los columpios. No era, pues, de extrañar que los veraneantes llenasen las salas de los multicines huyendo del calor.

Frente a la playa de poniente, el dueño del cine de verano veía como perdía espectadores a costa de los multicines. Cada vez se contaban más butacas vacías y las ganancias de la taquilla eran más y más mermadas. Pero todavía quedaban románticos como él a los que les gustaba ver una película en un lugar donde las estrellas de la pantalla competían con las estrellas del firmamento. Por ellos, se negaba a cerrar un negocio que había sobrevivido a numerosos avatares durante más de cincuenta años. Siguiendo con su costumbre, los martes por la noche, tentaba al público con películas de los años cuarenta y cincuenta. Aquel martes, reponía “Laura”, una de las películas que atraía a más gente. Pese a los pocos espectadores que se dejaban seducir por títulos tan antiguos, la cola para comprar las entradas fue más larga que en otras ocasiones. Tal vez el hecho de que un día de elevadas temperaturas hubiera dado paso a una noche templada invitase a disfrutar de una película al aire libre; o tal vez el misterio de una bella mujer asesinada tuviera el suficiente encanto para atraer a curiosos ávidos de historias sugerentes. La taquillera, una joven estudiante que en verano trabajaba en el cine, despachaba las entradas sin fijarse en los rostros que pasaban ante ella. Una pareja pidió dos localidades en el centro y se dirigió a los dos asientos acariciándose con la mirada. Él se llamaba Mateo; ella, Lara.

El cuadro con el retrato de una bella mujer llenaba la pantalla mientras los créditos anunciaban la interpretación de Gene Tierney y Dana Andrews. Los acordes de la banda sonora preparaban el ánimo del espectador para el misterio. Lara, en esos momentos, estaba más atenta a lo que le decía su marido que a lo que acontecía en la pantalla, escuchando con deleite como Mateo la había confundido la primera vez que la vio con el personaje de su película predilecta; como le había parecido que la enigmática Laura había bajado del cuadro para sentarse junto a él. Había transcurrido mucho tiempo desde entonces. Lara ya no recordaba el tiempo en que se sintió desgraciada; antes, mucho antes de que su marido crease para ella un mundo en el que sentirse segura; antes, mucho antes de que sus hijos la colmasen de dicha. Un hombre les pidió permiso para pasar delante de ellos con el fin de alcanzar su asiento. La mirada de Lara se cruzó un momento con la del espectador desconocido; apenas llegó a un segundo en la penumbra teñida por la luz de las estrellas. Y el corazón de Lara saltó cuando, por un instante, le pareció reconocer un rostro del pasado.



 

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  • Qué gran relato, Ana. Me encantó los capítulos que cada uno habla desde la perspectiva de un personaje. Los tres están perfectamente construidos, sus vidas, sus conflictos internos, sus sentimientos y emociones. Y esa forma de unir a Mateo y Lara es excelente. Una narración con grandes frases, metáforas y símiles que demuestran la impresionante calidad literaria que posees. Un saludo, Ana,
    Ana, de nuevo me sorprendes con una gran historia. Sabes elegir las palabras y tienes un dominio magnífico del tempo narrativo. Encima, en esta historia tienes el séptimo arte de fondo, que es mi gran pasión. Así que sólo puedo decirte, bravo. Enhorabuena.
    Sorprende la variedad y riqueza de los personajes y las situaciones que los rodean, cada uno con su parcela de vida llena de experiencias para las cuales supongo te habrás documentado, lo cual siempre se agradece y se valora desde el punto de vista del lector. Creo un acierto contar la historia desde el punto de vista de los 3 personajes, aun cuando la narración no abandona en ningún momento la tercera persona. Nos quedamos con la intriga del misterioso personaje que aparece al final de la historia ¿será un reencuentro que introducirá un nuevo giro en las vidas de los protagonistas?. Un saludo.
    Este amor de verano me ha cautivado, es una historia preciosa de dedicación que destila amor por los cuatro costados. La paciencia y buen hacer de Mateo consiguen derretir el corazón desolado de Lara. Y todo ello con el cine clásico de fondo, una pasión común que les lleva al primer contacto. Además, me ha gustado como avanza la línea temporal con cada personaje. Siempre es un placer leer tus relatos! Un saludo!
    Una maravillosa historia romántica que como comentan los compañeros tiene una gran calidad narrativa. Es difícil abandonar tus relatos a medias, enganchas al lector y, al menos en mi caso, le haces disfrutar de tus historias. Por cierto, a mi también me encanta "Laura", un peliculón, si señor. Saludos
    Sin duda, un gran relato cargado de romanticismo con varios giros argumentales y un notable componente cinéfilo que supongo se corresponde con tus preferencias cinematográficas. La compleja y bien trenzada trama se construye en torno al clásico triángulo con los personajes protagonistas debatiéndose, como acostumbran, entre los anhelos y las frustraciones. "Laura" me es familiar, aunque no la he visto, y sé que figura por méritos propios en la Historia del Cine. Intuyo que el argumento de tu relato está inspirado en el de la película, que tú has visto media docena de veces. ¿O estoy equivocado? Saludos, Ana María.
    Chapeau ! Tus relatos requieren sentarse cómodo para leer, no tomarse "un aperitivo de lectura", pero una vez que lees el primero, sabes que hay garantía de algo bueno. Me encantó la historia. Muy bien estructurada, con la perspectiva de cada uno de los personajes. Cuidados todos los detalles y con una narrativa perfecta. Gran final. Y sobre todo, una historia que te hace sentir, con sabor añejo, que te hace respirar el aire que sus personajes respiran. Un trabajo excelente, enhorabuena
    Maravillosa
    Tus historias son muy largas para mi cansada vista, sin embargo, la calidad me cautiva, me arrastra a continuar. Cada vez veo más prolija tu narrativa. Te felicito.
    Un gran relato, y como he dicho otras veces, lo bueno, si largo, pues se dsifruta mas... No se que edad tienes pero hay rasgos muy interesantes de madurez. Me ha encantado una frase tan sencilla como "Lara ya no recordaba el tiempo en que se sintió desgraciada; antes, mucho antes de que su marido crease para ella un mundo en el que sentirse segura"- ¡cuanto miedo, angustia y desasosiego tiene la juventud y como una persona bien elgida puede hacernos olvidar las turbulencias. La última parte me a dado mucha paz al leerla. Gracias por escribir estas historias tan buenas!
  • Relojes que se paran

    ¿Es o no es ella?

    Hay manos y manos

    *Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos” a partir de la pintura Robin de Truls Espedal.

    ¿Quién no esconde un secreto?

    Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras escribimos” a partir de la obra de Liu Yaming Cuaderno de retazos.

    ¿Y si te tomaras el día libre?

Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

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Cien años de sobriedad

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