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5 min
Tres historias
Drama |
15.12.14
  • 5
  • 2
  • 692
Sinopsis

Hacerle el amor como si no hubiese una vez más.

Juan Velásquez:

Llevaba siete años siendo su amante, no me importaba, solo verla cada día era cosa tan fuera de la monotonía; no había cabida para ningún arrepentimiento; ninguna familia, ningún hijo, tan solo fantasías de lo que pudo ser una historia junto a ella; verla sonreír, hacerle el amor como si no hubiese una vez más; hoy tan solo queda el belísono de su muerte, el hecho más ideal románticamente que nunca quise; solo pasó, y si estuviera, si estuviera la querría, así fuera como su amante; hoy estoy en frente de un juez, dictando mi sentencia por la muerte de su esposo, de María, mi vida, que ya murió, junto conmigo.

José Franco:

Llevaba quince años casados con María, mi dulce María, la quería como a nadie. Pero nunca se lo hice ver, tal vez por eso se me fue, por eso ella buscó a alguien más, que le dejara ver su belleza bulliciosa que tantas veces me hizo promover mis cadenciosos celos; y no eran mentira, estaba con alguien más, pero mi ira tan solo pudo verla a ella, quizá fue porque no lo esperaba, o porque de verdad estaba enamorado, igual de enamorado al cuchillo que atravesó su cuello y me dejo ver que en sus ojos ya no había amor por mí, solo murió asustada, como esperando a alguien, no se a quién. Hoy estoy frente a su amante, que me apunta con un revolver con lágrimas en sus ojos; no lo juzgo, yo también hubiese hecho lo mismo, si me hubiera quitado a mi María, a su María, mi amor.

María Flores:

Llevaba quince años casada, y siete en el callar de un amante. Unos años felices, otros en la realidad, tal vez ninguno feliz, todos en la realidad. Estaba enamorada de José, pero él mismo me había quitado eso, era yo tan solo una más de las mentiras de su vida, y me lo hizo ver el día que me golpeó dos veces; a partir de ahí, empecé a entrar en la realidad, es decir en la mentira de su vida. Durante dos años, felizmente golpeada por un borracho, con el maldito caucáseo de un silencio que nunca rompí, tal vez porque aún lo amaba. Fue ahí donde encontré a Juan, quien me hizo recordar esa ficción de dejar la realidad y caer en la mentira de la felicidad, al escuchar sus palabras o cuando me hacía en amor tan sensiblemente que casi sentía un celestial murmullo en el oído, que olvidaba en la mañana al regresar a mi casa. El cielo en la noche, y el infierno en el día. Tan amada en un momento y tan odiada en un segundo. Estaba cansada, y tan decidida a irme con Juan lejos de aquí donde hoy estoy tan helada que no siento el beso del suelo en mi espalda. Allí estaba preparando las maletas para irme, de pronto un sonrisa y un llanto rápido, ¿por qué? Estaba embarazada; lo supe la noche anterior, no le habia contado a Juan. Era lo último que me faltaba para irme, con mi hijo y Juan, donde quiera que nos llevase el cecuciente viento. Pero fue el mismo viento el que cerró la puerta y dejo entrar a José a casa, el mismo viento que estúpidamente me hizo enfrentarlo y confesarlo todo entre sollozos que solo agravaron todo. Iba a irme Juan, en serio quería irme contigo y quisiera que lo supieras, quisiera que supieras que te amaba como a nadie, que mi hijo era tuyo y que nunca te lo dije. No puedo decirte más, quisiera, pero mis lágrimas y la sangre que brota de mi garganta no me permiten hablar, además que José estaba arriba mío, apretándome y gritándome cosas, balbuceos que no entendía por el alcohol que él había bebido. Quisiera decirte más, y acompañarte adonde quisieras llevarme. Habría ido contigo donde fuese. Pero solo puedo quedarme acá, en mi casa en unos años más de mentira, pero, junto con mi hijo. Perdóname por no estar contigo Juan, perdóname.

Juan Velásquez:

La autopsia ha salido, muerte, 03:47 de la mañana, dos meses de embarazo, el ADN del niño coincide con el mío, mi hijo, mi mujer, ya no queda nada, tan solo esta prisión y mis treinta y siete años de cárcel por mi asesinato, que serán trece solamente, porque no soporto más, necesito ver a María, necesito saber dónde está, quizá así pueda verla, y poder tenerla, amarro la soga a un tubo oxidado, y de el amarro mi cuello tosco por los años, tan solo me dejo caer, espérame María, espérame.

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Escritor bohemio, poeta olvidado, dejad que el lapicero calcine con sangre todo lo que callamos, olvidad la miseria y escribid vuestro epitafio.

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