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4 min
Tristura
Reflexiones |
23.09.06
  • 4
  • 2
  • 1823
Sinopsis

No hay un instante en realidad. No hay una frontera clara, a partir de la cual seas consciente que estás en el terreno de la locura. Te vas dando cuenta que no hay cordura en lo que piensas. Sientes miedo, a que lo descubran y a aceptarlo. Y ves, por alguna ventana, que allá fuera, la gente sigue con sus vidas. Ajenas por completo al derrumbamiento interno que notas en ti.
Son amargos los suspiros. Hay tanto grito mudo preñado de dolor e impotencia en un sólo suspiro.

A mi alrededor la gente se ríe conmigo. Algunos, de mí. Estoy cansado de fingir. Hay momentos en que me derrumbo, en la caída constante de mi existencia, hay días amargos, y noches extensas, en que noto físicamente el derrumbe de la vida.
¿Qué puedo hacer? ¡Me estoy muriendo! Me estoy pudriendo lentamente en la más devastadora soledad. En la noche, a oscuras, para no ver temblar mis dedos, o mis rodillas, es cuando la realidad se me acerca y rasga las cortinas de las hipocresías. Es entonces cuando sientes el frío verdadero del silencio perpetuo. No hay nadie. Estoy sólo. No hay un cuerpo caliente al que abrazarse, no hay una voz que te calme, no hay ni un solo Dios que valga la pena. Es así, la carne fría, la cruda certeza que la soledad soy yo, y que la tengo dentro. Y la devoro y me devora.

Mañana puede que me levante, y sonría. Se hacerlo, puedo hacerlo. Pero no soy como tú. O no creo que tú seas como yo. ¿Eres algo en realidad? ¿Tras tanta mentira y tras tanta estructura? Yo no lo sé. Me es más fácil pensar que también te estás muriendo. Me es más fácil desear que te puedo arrastrar a mi infierno particular. Es puro egoísmo.
Me usan ¿sabes? Me usan durante un tiempo hasta que molesto, o me vuelvo repetitivo. Luego paso a ser un mueble para los amigos y un lastre para los demás. Los amigos me dicen palabras, cuyo significado no entiendo. Sé que ocupo un espacio en sus vidas. Cubro unos huecos. Soy un saco de golpes. Y si alguna vez me muevo, me quejo, hablo demasiado o no escucho lo suficiente, me lo recriminan. Oh, sí. Me echan en cara mil y una ocasiones de traición por mi parte, y tergiversan sus mentiras para que les sean suaves, para ser las víctimas y yo el verdugo. Es lo que siento, tengo que escribirlo aunque no lo puedan entender.

No creo que nadie pueda entender la crueldad de las palabras vacías. Yo veo el otro lado del telón pintado. Se escribe desde atrás. Sé formar un te quiero tan falso que sea auténtico. O quizás sí. A lo mejor hay un acuerdo tácito del que no me han hablado. “¿Y fingimos, eh?” ¿Cuándo lo acordasteis? ¿Y por qué, sin mí? Yo no sé seguir este ritmo de insensibilidad. Yo no puedo hacer como si esto no ocurriera. Yo no puedo salir y decir: “¡qué bello es vivir!” ¿Por qué te empeñas en querer vendarme los ojos? ¿Es por mí bien? ¿Quieres que sea como tú? ¿Este es el ejemplo a seguir?

No soporto este peso. No aguanto mi existencia y no soy capaz de liberarme. No sé saltar. Y sufro. Cada día, cada hora, cada instante salta en mí un resorte que me abre la carne e inyecta veneno en mis órganos corrompidos. Es por eso que me muero.
¿No te das cuenta? Llevo toda mi vida gritándolo, aunque nadie me pueda oír. No tengo voz, sólo diez dedos y escribo. Soy lo que escribo… ¿cuántas veces tendré que repetirlo? ¿Por qué nadie se da cuenta de todo esto? ¿Acaso no sabéis leer? ¿Acaso os hablo en otro idioma? ¿Qué tengo que hacer?
¿Qué tengo que hacer para que, por una puta vez, entiendas que esto no es un relato, que no escribo esto para entretenerte o divertirte?
E
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