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3 min
Tumbada de espaldas
Reflexiones |
28.03.16
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Sinopsis

Tumbada de espaldas, con las manos sobre su plano vientre, sentía en él los latidos de su corazón, su respiración, la brisa movía ligeramente los pocos pelos salvajes que habían podido resistirse a la atadura, al remolino de finos hilos negros enroscados para su inmovilidad por una goma elástica también negra para su buen disimulo.

Tumbada de espaldas, con las manos sobre su plano vientre, sentía en él los latidos de su corazón, su respiración, la brisa movía ligeramente los pocos pelos salvajes que habían podido resistirse a la atadura, al remolino de finos hilos negros enroscados para su inmovilidad por una goma elástica también negra para su buen disimulo. Escuchaba fuertes golpes, casi acompasados, a ratos, probablemente provenientes de la pista de pádel, de alguien que no tuvo con quién compartir campo, equipo o rivalidad, alguien que se levantó esta nublada mañana de verano con la idea de no contener más aquello que puede disparar contra una pared verde y opaca una y otra vez, una rabia oculta pero visible ahora en su largo apéndice zurdo.

 

Observaba la inmensidad del cielo y la lejana rapidez que forzaba a las nubes a cambiar de posición. Pareciera que el sol necesitara de instantes solitarios, o quizás estuviera un poco avergonzado, distraído, cansado, o puede que sus amigas le hicieran una especie de fortaleza para protegerlo. O puede que no sean amigas y se encuentre ahora mismo luchando contra ellas para poder extender sus rayos hasta lo más lejano que su fuerza interior le permita. Prácticamente imposible ser capaz adivinar cómo piensa, cómo actúa, cómo se relaciona un ser que desconoces pero que intuyes que sus intenciones van cargadas de bondad. Oh ya están ahí la intuición y la intención. Esa perfecta percepción de la verdad evidente, tan perfecta como el inconsciente, tan evidente como la realidad. O la intención, esa determinación de la voluntad propia, tan íntima como exigida.

 

Dos mundos incomprensibles. Podía escuchar uno mientras observaba quieta el otro, sin atreverse a pestañear, aquel que vivía y luchaba o jugaba o lo que fuera que hiciese, ahora mismo, sobre su cuerpo, sobre un tercer mundo que sería ella misma. El único que, en ocasiones, muy pocas, liberaba el control, la energía y todo aquello que desbordaba en su interior. Uno de ellos lo conocía, le repugnaba, lo odiaba. El otro mundo… jamás llegaría siquiera a verlo de cerca. No llegaría a comprender cuan de distinta sería su vida en él, cómo se sentiría, cómo haría sentir. Parecía simple, pocos colores, pocas reglas, pocos obstáculos. Pero permanecía siempre ahí.

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  • No pienso leerte, solo vine hacerme publicidad.
  • La paciencia la vendo. La envuelvo en gasas y después la regalo. Porque quiero deshacerme de ella. Porque no me trae nada inesperado y lo que espero, con paciencia, ya no lo quiero.

    Me encontraba perdida. Sabía dónde estaba pero no qué hacía. O qué debía hacer, ni por qué debería hacer algo. ¿Era esto la vida? Debía buscarlo. Me adentré en aquel barrio de casas y parcelas, de familias y cuidadores, de bicicletas y rastrillos.

    ¿Cómo es despertarse a su lado? Cuéntame cómo es por las mañanas. Dime si te besa o si cita sus primeros versos. Dime si puede contener sus ganas de hacer el amor. Dime si te mira o si continúa soñando. Dime si es conmigo con quien sueña.

    No me pidas que te haga el desayuno. No me pidas que aparezca cuando no estoy. No me pidas que firme lo que yo no he escrito. No me pidas soñar. No te esperaré cual perra obediente, ni te escucharé cuando me ignoras. No me pidas sinceridad.

    Tan pronto un día desvistió la necesidad de justificación que en general se le exigía en gran parte de los ámbitos en los que se relacionaba, por no decir en todos y cada uno.

    Miro a mi alrededor y los veo a todos. Como si mi situación fuese privilegiada.

    Esta noche no te voy a retener. Esta noche no vamos a cenar, no pondré velas, ni siquiera música. Esta noche te desearé como a otras.

    La mitad de una tarde y a lo sumo media noche.

    No sabía como hacerlo pero lo hizo. Parecía imposible pero lo consiguió. Un presente que ni el futuro hubiera imaginado.

    Miro a mi alrededor y los veo a todos. Como si mi situación fuese privilegiada. Como si mi cuerpo no estuviese allí sentado. Conversaban en pareja, en grupos de tres y alguno se dedica a sí mismo. Nos habíamos conocido hace años cuando aún estudiábamos, unos más y otros menos, no todos, pues asistía también quien llegó de la mano, por supuesto bien recibido y felizmente acogido.

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