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16 min
Tumbas en el pantano
Terror |
11.01.15
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Sinopsis

La próxima vez que vayas a beber... No olvidarás observar el líquido, el cual ingerirás.

El oro azul, parte indispensable de todo ser humano. Podríamos decir que es nuestro mejor amigo, pero por ello es un asesino muy viable. Ningún ciudadano de Granada se lo esperaba, pues -nosotros- bebemos ese líquido a diario. Corre por nuestro organismo como sangre celeste, es un leviatán vital con afilados cuernos para rasgarnos las venas. No es necesario irnos al mar para ver sus traiciones, podemos quedarnos aquí -En la capital de la ciudad-.

                    //Pantano de cubillas, Granada//17-01-1941//06:00//

El sol, con timidez, iba regalándonos sus primeros rayos del día. Los gorriones comenzaban a alzar su vuelo -reconcomidos por la pereza-. Su canto comenzaba a destiempo, pero no tardo en -con un hermoso tono- sincronizarse en una sola voz, una que espabilaba al más embriagado. -¡Callaos, pájaros de los cojones! -Dijo un hombre, algo ebrio, que había venido a pescar barbos. No podría comerlos por su -asqueroso- sabor, el cual causaba aversión puesto que la dieta principal de ese pez eran los desechos del suelo, vivían -ellos- arrastrándose y conformándose con la basura de los fondos. El varón -dominado por los efectos del alcohol- llevaba dos horas allí, sin haber logrado pescar ni el más sencillo y enano pez. Su boca babeaba -causando repulsión- y, en efecto, se tambaleaba como si diese tumbos a palo de ciego. El sedal susurraba -movido por el viento- alentadores comentarios. Quizás buscando animarlo, o quizás buscando hacerle desprenderse de su valioso tiempo -escaso, ya que en muy mal estado se hallaba su hígado-. Cantaba un réquiem al son de la brisa, se balanceaba de norte a sur, y este a oeste -empapado en decadencia ese hilo de nailon-. Los árboles parecían entender la letra -muda- de esta melodía. Cantada era sin voz, pero entendida por todos. El aire zarandeó la vegetación y, entonces, se arremolinaron hermosos en forma de torbellino, hecho con sus hojas -creando una danza de pétalos-. La brecha de la realidad -fabricada con la paradoja de la incertidumbre- roció a la naturaleza, ferozmente, con sed de sangre. Las pequeñas aves querían sacarle los ojos, los árboles querían tener el cadáver enterrado junto a sus raíces y -los peces-, sin duda alguna, deseaban arrastrarlos a sus -patéticas en comparación con las del mar- profundidades. El frío se hacía tan frío, que helaría la sangre a un oso polar. El vendaval se hacía tan rápido y poderoso, que podría tirar todos los árboles del pantano. El sol se negaba a dar su abrazo -de calor- en esa zona, que quedó similar a la cima del Everest. -Ah...ah...-Dijo, con la voz que iba a ser silenciada. El oxígeno había desaparecido -circunstancialmente y por un período breve- de la zona, vetando los gritos de auxilio para cualquier humano. La caña -situada en el suelo, colocada debidamente con los utensilios esenciales para esperar una presa- se volvió rígida y se mantenió estática, se acercó -el anzuelo- a la orilla donde -él hombre- estaba puesto de pie. El cebo -un gusano de medio metro, sacado de una manzana podrida- se retorció y, agujereado, salió al asalto de aquella persona. Mientras daba tumbos -como un tronco a punto de caer, se mecía-, el come-tierra escaló la bota, introduciéndose en el interior. Nuestro vengativo amigo -hambriento de un intercambio de roles- se coló dentro y, con sus fauces y colmillos, abrió la carne del pie metiéndose dentro -devorándolo de un modo lento y agonizante, el cual no se detendría-. Llevaba varios minutos sin respirar, no estaban listos sus pulmones para ello y, rendido, se desplomó contra el agua -tembloroso y lleno de arrepentimiento-. El gusano ya había pasado el tobillo, y seguía subiendo; él quería gritar, ¡Dios! ¡Cuanto lo deseaba! Pero, no podía, y ese era el peor de los castigos, sufrir en un silencio mortal. Al caer -contra el agua- el anzuelo cayó dentro de su boca, penetrando la mejilla y -corriendo una paradoja- él mismo fue la pesca del día, con su propia caña. Cuando se intentó levantar -con la única pierna que aun respondía, pues la otra ya había sido vaciada de carne y llenada de excremento hasta la rodilla-, solamente consiguió atar a su cuello el nailon. No hace falta ser un genio para saber que un hilo, o cuerda -hecha de ese material-, podría cortar un cuello de manera limpia, pero sin esa bella precisión que alcanza una guillotina. -Garph... ¿Quién ha enfadado a mis impuras aguas lodosas?- Dijo una voz tan grave -pero clara-, que imponía respeto e intimidaba como el aullido de un jaguar retratado ante ti- Garph.... -Esa muletilla se repetía -arbitrariamente- como un disimulado tic de dolor eterno, pena presa -y fugada- de un cuerpo condenado. Una gorra de caminero -perteneciente al hombre- flotaba alejándose de su dueño, diciéndole adiós. Los ojos del hombre parecían estar en blanco, dando un giro hacia la cornea -mirando sangrar su dañado cerebro-; los lacrimales eran cascadas de hemoglobina, el cuello iba siendo lacerado, como si una cuchilla de afeitar girase alrededor -cada vez más profundo-. La caña lo asfixiaba, lo estaba hostigando por no darle un buen uso -no pescar nada-, pero ella no consiguió la satisfacción de matarlo. La mejilla había sufrido una bipartición, como si el labio derecho se prolongase varios centímetros más -un sello de sangre-, era una sonrisa forzada -etiqueta de la muerte-. El agua tenía oxígeno -en parte-, por ello pudo gritar -sumergido- mientras se llenaban de agua sus pulmones. La superficie se llenó de burbujas, resquicios de auxilio -grietas diminutas para los ojos indiscretos de los espíritus hambrientos de dolor-. El anzuelo ahora se hallaba libre -yuxtapuesto a la gorra-, iba a cazarla. El oxígeno -confinado en el cerebro- se apaciguaba al tomar el aire del H2O, sabiendo perfectamente que eso exterminaría a los pulmones -justo como una botella llena al congelarla, iban a expirar tras perforar el límite-. El gusano ya había vaciado la pelvis, y había salido por el pene tras dejarlo hueco. No era normal que siguiese con vida, sin duda algo malévolo se había concentrado en ese pantano. Una droga -tal vez- le estaba induciendo a sobrevivir. Era tarde, él ya lo tenía -miedo a vivir-, solamente podía pensar en fallecer de una maldita vez. Si la verdadera locura existe, la auténtica que no es fruto de la demencia, ni del hambre. Los ojos de la mente -tras ver el umbral y los recovecos de unos macabros pensamientos- habían experimentado la indiscutible enajenación. Garph... Ya has vivido lo suficiente... Hijos míos, ¡Atacad! -Ordenó la bestia, de un aspecto horroroso e inimaginable- Garph... -Su estómago era como la bolsa de un pelicano, transparente, muy similar a una rana guardando sus huevos. En dicho saco -hecho de carne blanda, muy similar a la de los párpados- se hacinaban cientos de criaturas -de ojos rojos y brillantes como rubíes-, eran renacuajos- Sufrirás mi mismo castigo, Garph... Conozco el infierno, se postra ante mí a diario... Garph... Ja...ja...ja... -Sus dientes podridos se veían claramente, sus labios y mejillas se precipitaban como una enorme papada. Su rostro era una convergencia de arrugas, piel rugosa fusionada en unas rayas ambiguas por debajo de la mandíbula inferior. Las algas eran pegajosas, atraían a la víctima hacia el limo -al fondo del pantano-. La muletilla de la bestia resonaba eternamente, sin descanso, repitiéndose hasta grabarla en tus memorias como algo causante de pavor. Las plantas marinas arrancaron la pierna hueca y llena de excremento de gusano, el agua lodosa y marrón se tornaba fucsia -tirando a morado- al tomar el tono de la incesante sangre. Él hombre no había visto aún al monstruo, ya que estaba tapado por la incontable vegetación que vivía en simbiosis con su húmeda piel, alimentándose de la que se quedaba muerta e inservible. De la boca de la bestia salieron los renacuajos, cayendo dentro del agua y nadando hasta el hombre. Se apartó las algas carnívoras de la cara, y entonces pudo ver -mientras se sumergía- como las profundidades lo atoraban -hacinándolo junto a todas sus anteriores presas-. Le rodeaban cuerpos secos y deshidratados, sin ni una sola gota de sangre o agua dentro de sus organismos. Todos giraron la cabeza -sin ojos en las cuencas-, lo observaban ciegos con la vista de su condenada alma. Sus manos levitaron -buceando entre crímenes ahogados-. Se acercaban a las algas, las agarraban y empaquetaban el cuerpo de la víctima -dejando sin ocultar la cabeza-. Todas las ranas en potencia se adentraron en la garganta -raudos y con ese brillo malévolo en sus ojos de alíen-, pasaron la tráquea para llenar el estómago, bañarse en bilis y -al final- el estómago se agujereó por albergar cientos de esos renacuajos. -Yo...de..ria..esta...mu...to -Sus palabras eran un rompecabezas sin lógica, pero por su cara se sabía que estaba deseando la muerte. Sus ojos parpadearon por última vez -ya podía volver a moverlos-, ya que salieron por la nariz rompiendo el tabique y -hambrientos- devoraron los ojos rojos por sangrientos nervios cargados de locura. -Garph... -Se puso enfrente, mirándolo mientras su vista era hecha papilla. Entonces llegó -la muerte-, el corazón explotó por ver algo tan horrendo y, luego, la sangre se hizo una con el agua del pantano. Ya no tenía líquidos en su cuerpo, era plano y sin vida, como si una apisonadora lo aplanase sin romper huesos ni deteriorar ningún músculo- Adiós... -La tierra se lo tragó. Su rostro sin ojos hacia relieve en esa planicie; sus brazos flotaban como los tentáculos de una medusa, no tenían vida-

                              //Hogar acomodado, Granada//17-01-1938//22:00//

- Los casos de fuentes, de las cuales salen sanguijuelas, van en aumento en lo que va de año. Hoy, Fernando Campoamor, artista que expone sus obras en el museo del prado, ha sido víctima de una de ellas. La intervención de los médicos fue rápida, pero su organismo se hallaba demasiado deteriorado por el parásito como para salvarlo. Se halla en el tanatorio, siendo visitado por los -tose y dice ''pocos''- seres queridos que tenía, el funeral será realizado mañana noche. El caudillo pide calma y advierte que no deben beber de las fuentes, los sistemas acuíferos investigan sus tuberías y van a sanearlas para evitar la vida de más vampiros en su agua. -La televisión daba una clara advertencia, el suceso tenía asustados a los que había bebido recientemente de las fuentes antes de ver la noticia- En otro plano, la búsqueda de los republicanos sigue. Franco ha sido tajante respecto a la eliminación, serán fusilados y no habrá piedad, no habrá debilidad por parte de los verdugos. Y, por supuesto, no cesará la caza de esos cerdos. Buenas noches, ¡Y que viva España! -Lo decía con total seguridad. Sonreía, era un patriota dogmático e ignorante digno de la época. - Increíble. Sin duda, este ensangrentado siglo marcará con rojo el expediente del país -Dijo el padre de la familia, casado y con dos hijos. Llevaba unos quevedos, su nariz era triangular y afilada como un tucán. Llevaba un elegante sombrero y bebía café. - Padre, no haga esos sucios comentarios. Mancilla el honor y la gloria de los ganadores en este guerra civil. No me haría gracia verle en una fosa común, entre cuerpos sin vida. Aunque... podría vivir con ello, ya que sería entonces yo el que llevaría los pantalones en esta familia. Un auténtico facha a cargo del generalísimo -Era uno de sus retoños, un militar deseoso de vender a su odiado padre a la dictadura, un aspirante a ser un traidor español e irse a Alemania o Italia. Su misión soterrada por su país era cambiar su nacionalidad, trabajar para alguien más grande como Hitler o Mussolini- Mmm... -Dijo con incertidumbre, y metió el dedo en su vaso de agua- No... No hay una sucia sanguijuela en mi agua. Es una vergüenza la de cal que lleva esta mierda. Podría ocultarse cualquier cosa dentro, y ni nos inmutaríamos -Parloteaba furioso, enfadado con su gobierno falangista por dejarles beber ese mejunje insano. Era un demonio enmascarado, con demasiadas caras. Era un fantasma, un falso, dispuesto a matar por ser considerado algo superior. El hermano llegó, era mayor y le dio una colleja. El pequeño respondió con cólera, sacando de su cadera izquierda un revólver y apuntándole. - Pringado, sabes que no vas a disparar. Tú eres más republicano que papá, estás soterrado y engañándote a ti mismo -Dijo cogiendo un vaso y llenándolo de agua, luego lo bebió de un trago como si fuera un chupito de tequila- Nunca apuntes a... -Musitó a malas penas, pues le vinieron nauseas y el agua subía de nuevo a su boca para ser vomitada -inútilmente-, pero fue devuelta al estómago. La boca le empezó a salivar y tosía fuertemente. - Gilipollas... No insultes mientras bebes, podrías atragantarte y quedarte sin aire -Lo ofendía con una disimulada sonrisa esbozada. El mayor se fue, corrió a su cuarto con un fuerte dolor en el diafragma. Al padre no le importaba que se peleasen -eran unos casos perdidos-, abrió por la primera página el periódico que tenía sobre la mesa e ignoro todo esto -justo como hacia siempre. No tuvieron en cuenta que -quizás- tendría una fuerte gastroenteritis, no tomaron en serio sus dolores. Grave error, ya que por ello se orquestó uno de los crímenes más misteriosos. No hubo sangre. No hubo contusiones. El cuerpo fue encontrado en el pantano de cubillas, estaba enterrado y solamente sobresalía la cara, con las cuencas de los ojos vacías. El pequeño Alfredo Tejero fue asfixiado en su propio cuarto, y luego arrastrado a las profundidades. El pequeño dormía, cuando el mayor tocó a la puerta. -Ya puedo vomitar, al fin puedo echarlos afuera... -Dijo intentando abrir a toda costa- Me lo había bebido... uno de ellos... Pero ahora son tantos... Alfredo... son demasiados... -Sus uñas rasgaban la puerta, su voz era apagada y deprimente- El mayor no era escuchado, pues él chico estaba escuchando algunos discursos del Fuhrer, los cuales había comprado a un alemán. El idioma lo dominaba, se le llevaban los ojos de emoción con cada palabra del dictador. El puño atravesó la puerta, y eso si que lo oyó. Se meneaba el brazo -buscando el pomo-, pero eso era lo más aterrador, su piel. No había ni un solo cabello, desaparecieron, en su lugar había una piel grasa y lisa, una que resbalaría por sus fluidos. Podríamos afirmar -errando- que era la piel de un anfibio, incluso la de un pez, pero era de un claro color carne. Sus dedos aun guardaban sus uñas, pero entre cada uno se habían creado unas pequeñas membranas. - ¡Ahhh! -Gritó mientras la puerta se abría y -él- sacaba de su funda la pistola, cargándola- ¡No te acerques a mí! -Sus ojos lloraban, la descripción dada al principio del relato no era aproximada. Su aspecto era innumerablemente peor al descrito, una sola vista sobre el perforaba la cordura- ¡Voy a disparar! -Amenazó mientras se le acercaba lentamente su hermano mayor. Alrededor de su ombligo brillaban -desde el interior- los ojos rojos como rubíes- ¡A la mierda, monstruo! -Farfulló y no en vano, pues disparo a esa tripa madriguera del diablo hecho renacuajo- - Garph... Hermano... Debería haber mirado mi vaso, como tú... ¡Palparlo con el dedo para ver lo que había dentro! ¡En su interior nadaba el diabloooooo! -Su boca se abría cada vez más, los párpados se hundían y la cara se precipitaba en forma de papada. Las balas agujerearon la barriga, un salto de agua -roja y sangrienta- salió de ella sin el más mínimo dolor para la bestia. Por el suelo fueron desparramados todas las crías de malignas ranas. Sus ojos sufrían tics, temblaba y parecía un aspersor moviendo el cuello -de izquierda a derecha- a penas unos centímetros. No supo porque, pero deseó tirarlo al suelo y ahorcarlo. De fondo sonaban las palabras de Adolf Hitler proviniendo de la radio. Con una sola mano lo asfixió, y luego lo arrastró del cuello al pantano, lugar donde sería encontrado dos meses más tarde. Los ingenuos no creen las leyendas, creen que fue ordenado su asesinato por Franco, ya que su vendedor habitual fue interrogado en busca de traidores, y le dio su nombre. En ninguna lista aparecía Alfredo Tejero; jamás volvieron a ver al hermano mayor, Kevin -Al menos, como humano o persona-. Hasta el más escéptico -el cual rechaza esta teoría- hunde su dedo en cada bebida antes de ingerirla. Pero, y usted, ¿Correrá el riesgo de tragar un retoño de Satán? Les recomiendo pensar detenidamente en el cofre de secretos que es un vaso, lleno de un refresco negro -por los colorantes-. Allí podría esconderse cualquiera... El hombre que murió tres años más tarde, había sentido nauseas tras beberse una cerveza en algún burdel de la autopista de Maracena. Bebió con prisa, sin mirar su copa. Siendo de un estrecho suministro podría haber estado seguro -y seguir con vida- pero la habían vertido directamente de un barril, uno con un grifo de boquilla muy espaciosa. Volveré a preguntárselo, ¿Correrá el riesgo de ser enterrado en el pantano de Cubillas? ¿Está dispuesto a pasar por su garganta a un renacuajo vivo y asqueroso? ¿Está dispuesto a cohabitar su cuerpo con el mismo diablo?

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