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5 min
UH 4: Desde Medievalia con amor
Fantasía |
24.02.18
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Sinopsis

Los maestros constructores colocaron bloque sobre bloque. Era una torre tan alta y tan esbelta que acariciaba con sus tejas el cielo azul. ¡Oh prestigiosa señoría! ¡Os ruego que leáis mis palabras pues vos sóis mi único vinculo con esta realidad!

"Mi señoría, os quisiera decir unas palabras con la delicadada esperanza de que mi opinión orientase vuestras ideas hacia las mías. Vos bien sabéis como buen Rey que sóis que vivimos tiempos inciertos."

La lengua pequeña y afilada  de Kira lengua de serpiente removía lentamente el aire, envenenandolo, aturdiendo a quienes lo escuchaban, nublando su raciocinio , agotando sus esperanzas, agotando sus ilusiones.

Era una conversación extraña. Ambos hablaban y los dos se daban la espalda. Desde luego, allí dentro, entre aquellos gruesos muros configurados por la unión de cientos de miles de bloques pulcrisimamente labrados, las palabras parecían medrar lo suficiente para tornar una voz humana en voz divina.

Kira lengua de serpiente, colocaba con frecuencia sus dedos largos, huesudos y blancos sobre las cansadas espaldas del monarca. Y lo hacía estando los dos espalda contra espalda. Y su cabeza se giraba como la de una lechuza.

El Rey era viejo, estaba cansado y el peso del mundo lo aplastaba. Tal vez sólo deseaba dejarse caer y morir. Yaciendo por siempre sobre el frio suelo, para acabar siendo sólo huesos y polvo, envueltos en una maraña de harapos. Pero no sería aquella mañana. Aún no.

El monarca ya no necesitaba hablar. Sólo escuchar a su consejero. Ni siquiera podía discernir la realidad de la fantasía. Su castillo se había convertido en su pisión y en su manicomio. Añoraba la calidez de los rayos del sol sobre su piel con tanto ahínco como los labios de un bebe el pecho de una madre. Jamás volvería a salir.

Odiaba aquella torre. La odiaba tanto que la amaba. Hubiera deseado estar sólo, pero Kira formaba parte de su ser. Era como una sombra que jamás se separaba de su cuerpo. Quizás aquello formaba parte del castigo. Le sorprendia la fortaleza mental de aquella alimaña dialéctica. En tanto que él se había ido debilitando y rindiendo, Kira parecía hacerse más fuerte y audaz en el cautiverio.

Lengua de serpiente acerco más su lengua al oído del Rey. La saliva pegajosa y húmeda salpicaba el oído y las sílabas penetraban lentamente hasta lo más profundo del sistema auditivo, para ser transformadas en un amasijo de sonidos incomprensibles, a los que su mente cansada trataba de otorgar algún significado lógico.

No sé si horas, días o semanas, no sé si minutos o segundos. Cuando el Rey contacto de nuevo con la realidad pudo sentir las uñas de su consejero clavadas en su cuello. Lo suficiente para doler. Lo insuficiente para sangrar.

Aquella torre de roca era una cárcel diabólica. Las hiedras se eroscaban como víboras kilométricas que trepaban con estática velocidad hacia los cielos grises e intranquilos.

"Oh mi señoría, bien es verdad que gobernar es una labor dura para quién la acomete con maestría como vos" Su lengua lamía mis sesos sin tocarlos, quisiera morir, penso el Rey, mientras las palabras de la serpiente asfixiaban su cordura.

Al final el Rey asintió y dijo que Sí. Simplemente no tenía elección.

Cuando los labios venenosos del consejero silbaron, un ave negra, llegada de los cielos infernales, se poso en el estrecho borde de la estrecha ventana. Aquellos ojillos rojos ardientes no los olvidaré jamas. Sus garras de alambre afilado, su pico de cuchillo retorcido. Ojos rojos y chispeantes, ¡acaso todo el infierno estaba en tu interior maldita ave!  ¡Tal vez mil demonios bailaban alrededor de una hoguera dentro de aquel pájaro!

El manipulador consejero se saco un diminuto trozo de papel de algun rincón siniestro de su cuerpo y usando el pico retorcido y afilado del ave se hizo sangre en la yema del dedo. La sangre no tardo en impregnar profusamente la afiladisima uña que se torno en una pluma tan perfecta como la pluma de un escriba. Escribió y escribió, enlazando palabras caligráficamente hermosas. ¿Qué habría puesto allí? 

Podría haber arrancado una pluma al ave para escribir, pero prefería que fueran directamente sus grotescas zarpas a las que llamaba manos , las que sellasen directamente sobre el papel la desgracia de una nación.

El Rey miraba con ojos cansados e inexpresivos  al consejero. Kira aparentaba estar muy satisifecho pues al fin había logrado su objetivo. Ahora podía dar plena libertad a sus enfermizos deseos y escribir en el papel lo que había escrito primero en la mente del gobernante.

El Cuervo cogió con ganas el mensaje, lo apretó con el pico y saboreo con placer la sangre del despiadado titiritero. Titiritero porque el rey era su marioneta. No tardó en emprender el vuelo para llevar las palabras a algún lugar lejano.

Tanto tiempo sin decidir y ahora la suerte estaba echada. Aquella gota de sangre en el papel, sería la semilla de un bosque de muerte.

Las emplumadas alas negras del ave removían el aire y se alejaba , poco a poco era engullida por la distancia. Kira sonreía. Sus labios sonreían con crueldad y sus ojos chispeaban con malicia.

Él era el que en verdad gobernaba desde las sombras. Él era el siniestro titiritero. Porque alguién movía los hilos y los hilos los movía él.

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    Grandiosos marineros son los hombres naranjas. Ni el mar más cruel pudo con ellos. Os aplaudo por vuestro éxito. Os lloró por vuestro fracaso.

    ¿Tienes hambre? El dragón se los comió a todos, bañados en oro. Aun recuerdo como chillaban mientras sus cuerpos se hundían en las calderas de humeante metal fundido. No se conformó con que los bañasen en oro, ordenó que les arrancaran los ojos y los reemplazasen por diamantes, zafiros, rubíes y esmeraldas. Y se los comió, se los comió a todos.

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