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8 min
Un amargo recuerdo
Fantasía |
04.03.15
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Sinopsis

Aun no sé cómo había llegado hasta el bar Harrison, lo único que sabía en aquel momento es que me sentía vigoroso y con ganas de reventar de alcohol. Estaba sentado con taburetes vacíos a ambos lados, junto a algunas cucarachas voladoras y a tres jóvenes chicas cantando en el karaoke, lo hacían verdaderamente mal, de lo poco que podía escuchar sus voces parecía ser algún idioma inhumano, balbuceaban bajo el agua. En la calle llovía intensamente, no cesaban de colisionar balas de agua contra la ventana, y aun encontrándome sentado frente a la barra, podía notar como me empapaba cada vez más, la ropa se me ceñía impidiéndome realizar cualquier movimiento. Una ballena impregnada en ámbar me guiño un ojo tras la ventana.

Mis zapatos no eran bañeras gracias a que el agua podía salir por mis abundantes rotos. Ya que nunca había tenido dinero para pagarme unos zapatos nuevos, ni tampoco para el wiski que tenía en mi mano, esta exquisitez debía ser cara, pero las escasas monedas que llevaba en mi bolsillo de detrás del pantalón solo me daban para pagarme algún que otro cartón de vino. Aun así, no me preocupaba lo más mínimo.

Sin darme cuenta había dejado el vaso seco, me sentía vivaz y aturdido al mismo tiempo. Hambrientos gusanos se deslizaban por mi lengua y mi único objetivo era acabar con ellos. El camarero me relleno el vaso hasta llegar al límite de algo verde, o azul, clavándome la miraba con esos ojos saltones y rojizos, goteando piel sin cesar de su barbilla y moviendo músculos faciales que nunca habría imaginado que pudiesen existir. Los pelos de su barba se erizaban y crecían como regaderas, mechones serpenteaban vivazmente aproximándose hacia mi cabeza con intención de amarrarme. No le di importancia. Seguí observando mi bebida, líquido que parecía tener corriente y una vida marina propia. Me lo bebí de todos modos.

 

Al parecer ya no estaba tan solo, cada vez que movía la cabeza hacia los lados veía a criaturas diferentes, formas diferentes, todas ellas desoladas e incomprendidas. Se apreciaba con facilidad en sus rostros la faceta más desgarradora de la vida. Doloridos en cuerpo y alma, a pesar de su inerte apariencia parecían pasarlo bien. Me sentía ciertamente integrado en aquel lugar.

 Algunas llamas enfurecidas jugaban a los dardos, un viejo de pelo gris y barba blanca invitaba a wiskis a toda hembra andante o estancada, consiguiendo seducir a una invidente y majestuosa cebra ayudándole a cruzar su paso. Un corpulento gorila blanco de espalda negra sollozaba sin consolación alguna, postrado en un rincón mientras sus pequeños simios andaban aturdidos por el bar destrozando todo cuanto viesen y burlándose de un perro vagabundo que encendía una colilla al otro lado de la barra, sentía empatía hacia él en cierto modo.

No sé de dónde venía tanto animal, pero ahí se encontraban, más vivos que nunca y sin beber nada, y eso que las copas se rellenaban solas. Sin embargo, yo parecía ser la persona más sobria y cuerda entre la multitud. Solo veía alocados movimientos en cada uno de ellos, actos libidos y obscenos hechos con la máxima naturalidad. Era un hermoso lugar.

 Se había sentado a mi lado un enano calvo vestido de leñador, con un gorro verde bastante gracioso torcido a la izquierda sobre la cabeza, un hacha bien afilado en una mano y su gran pollón al hombro sujetada por la otra.

  • Qué, ¿ahogando las penas? – me preguntó cambiándosela de hombro para poder mirarme a la cara. Volví a inclinar el vaso y no contesté.

 

Cada tres segundos se escuchaba una canción diferente, algo de Carl Perkins recuerdo, me contentaba por momentos tal situación. Cada detalle parecía haber sido colocado con suma dedicación ante mí. Sin poder darme cuenta, la copa volvía a estar a rebosar. Me sentí bastante afortunado, una sensación inexistente entre mis turbios recuerdos. Un gran puro apareció entre mis dedos, no podía derrochar tal oportunidad, fumé y me deleite mientras intentaba recordar cuantos años hacía que no cataba este dulce sabor en mi paladar.

Las jovencitas del karaoke no paraban de ladrar, conseguían aturdirme aún más. Pero yo seguí abstraído por la consumición de mi puro, hasta que el enano, que terminó rápidamente su zumo de tomate, intervino en la situación.

  • Sea cual sea tu problema, el mío ya puedes comprobar que es peor, al menos tu puedes darle placer a una mujer. Yo nunca conseguiré una cueva lo suficientemente amplia para mi monstruo. Yo estoy a rebosar de amor y bondad, podría enamorar a cualquier belleza con tan solo dos palabras de no ser por mi tercera pierna, ¡Me la voy a cortar joder! (aproximando el filo del hacha a la raíz del tronco) no me trae nada más que problemas… veces pienso en volar a África, a ver si ahí tengo más suerte, ya sabes… – me dijo el enano gesticulando algo que no entendí. Seguí sin contestarle.

 

  • Las mujeres nunca se me acercan porque saben que las quebraría con mi grandioso miembro, aún más cuando media ciudad se enteró de los puntos que tuvieron que darle a aquella bailarina rusa. Pero eso no quiere decir que sea mala persona, ¿No crees?, yo también necesito a una mujer que me aprecie, necesito que me den cobijo en una cálida cueva, aun hediendo a orina seca. ¡Son todas unas malditas perras joder! – me exclamo golpeándose el prepucio cual boxeador se desahoga con su saco.

 

  • Sí, sí que lo son – dije con la mirada clavada en una rata blanca que jodía desenfrenadamente con una paloma marrón junto a la ventana. Bebí de mi copa azul, o purpura; no entendía nada de vinos, solo sabía lo que me gustaban.

 

Necesitaba vomitar algunas migajas de pan. Llegue al baño antes de que el enano talara el problemático árbol, no tarde mucho, ni siquiera recuerdo saber cómo llegar, pero ahí me encontraba, delirando y haciéndome hueco entre perturbados. Caminé hacia dentro empapado de pies a cabeza cuando los pantalones cesaron por su propio peso y tocaron el suelo. Me alegro de tener mi mediocre pene, pensé.

  • Yo también me alegro – se escuchó con una suave voz seductora.

 

Me asome perplejo al retrete. Había emergido de las profundidades marinas una bella sirena rubia, con húmedos y carnosos labios  y ojos cristalinos de un azul más profundo bebida. Abrí su delicada concha antes de que pudiese darse cuenta y me deleité con su brillante perla. No tenía tiempo que perder, la agité sacándole brillo hasta las entrañas mientras ella me suspiraba en algún idioma marino al oído. Las chicas del karaoke estaban dentro, ¿Qué harán aquí?, pensé. Pero no era momento para reflexiones. Había bocas y brazos por todos lados, innumerables pezones y excrementos de rata me rozaban la cabeza. Me raspaban las escamas. Las perras disputaban por mi hueso mientras la sirena gratamente lo devoraba. Apasionadas todas, locas, rabiosas y sedientas por mi jugo. La rata planeaba el cuarto subida a lomos de su paloma esquivando con destreza los escupitajos de las llamas, parecía tenerla muy domada. Una de las llamas me escupía mientras los jodidos primates se reían a carcajadas que hacían estallar mis tímpanos, me estaba dejando empapado, todo resbalaba sobre mí. El camarero me azotaba el trasero con violencia cuando de repente se apagó la luz, todo se convirtió en un inquietante momento de silencio y oscuridad. Aquella jauría en la que estaba metido me perturbaba y me cautivaba a partes iguales. Ladraban, gemían, pegaban, succionaban, deliraban, escupían, violaban, engullían. Era una gran orgía fantasiosa, zoofílica y simiesca en acción, donde se realizaban toda clase de actos perversos, pensamientos oscuros y movimientos lascivos. A lo mejor era lo único que necesitaba aquel pobre enano para disfrutar de sus dotes.

Antes de abrir los ojos pude reconocer el hedor nauseabundo de mi callejón. La lluvia no cesaba, frote mis ojos para desprenderme de las legañas y sí, estaba en lo cierto. Desgraciadamente mi noche había sido idéntica a las demás. Seguía tirado en mi callejón de siempre, en mi casa, en mi cocina, en mi baño. Solo como de costumbre, junto a mis tres cartones de vino vacíos y empapados. Puse la mano sobre mi trasero para comprobar si aún conservaba las pocas monedas que había conseguido anoche en el bolsillo. No estaban, al parecer el camarero no había sido el único que me había tocado el culo. Ni pan, ni vino, ni cigarrillos. Algunos lo considerarían una pesadilla, pero yo por suerte o por desgracia, al menos conservaba en mi mente la vivencia de este sueño sin tener que dar monedas a nadie.

 

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