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5 min
Un Amor de Altura
Amor |
02.03.15
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Sinopsis

De pronto, todo lo tuvo claro: se acostaría con él. Decidió que se volverían dos mexicanos que la gente apuntara con el dedo cada vez que pasaran.

Un amor de altura

 

            Sofía estaba sentada en la mesa del Juzgado cuando un hombre enano entró con una mujer de mala traza. Todos voltearon a verlos. La secretaria que estaba en la barra se dirigió coqueta:

 

─¿Qué tal, Licenciado Hinostrosa?, ya encontré el expediente que me  pidió.

Gracias, Lupita, usted tan hermosa como siempre, fue la respuesta.

 

            Los brazos del hombre se estiraron al máximo para recibir el documento.  Sofía calculó que medía un metro y treinta centímetros aproximadamente.

 

            El abogado se veía  muy concentrado estudiando el expediente. Sofía se fijó que tenía grandes pestañas,  tal vez unos treinta años, y que se echaba loción de manera profusa.

 

            El otro Licenciado le hizo puras cochinadas, señora. Eso le pasa por no ir con los que saben, se escuchó en todo el recinto.

 

            Cuando el hombre se fue, Sofía le preguntó a la secretaria del Juzgado si de casualidad era el Abogado del Banco Internacional.   

 

            No, para nadacontestó el Licenciado Arturo se encarga de puros asuntos familiares.

 

            A la salida del Tribunal Sofía se fijó que el abogado se dirigió a una camioneta que estaba estacionada en área no permitida. Alguien desde adentro le abrió la puerta del copiloto y lo jaló de un brazo para que entrara. Lo arrastró como si fuera un muñeco relleno de arena.

 

            En el periódico el Licenciado anunciaba que cobraba una miseria por llevar un juicio de divorcio. Sofía dedujo que era un gancho; no debía para él ser fácil ese medio. Todo mundo busca un abogado que intimide a la contraparte, no a una persona de talla baja, que ancestralmente, se ha dedicado a hacer reír.  

 

            Días después, Sofía se encontraba pagando una cuenta en una tienda de ropa, cuando le llamó la atención que la vendedora preguntara: ¿Tanto así quiere que le corten al pantalón? El abogado estaba sosteniendo un pantalón de vestir y señalaba que le quitaran prácticamente la mitad de las piernas.

 

            Sofía se puso  a investigar en Internet, y se dio cuenta que él tenía un  enanismo provocado por el trastorno del crecimiento óseo. Leyó un artículo que decía que en México hay entre diez y quince mil personas así, y que son mexicanos invisibles porque nada está hecho para ellos.

 

            ¿Cómo le hará para pagar los boletos en la taquilla de un cine, para sentarse en el retrete de un baño público, para subirse a un camión?, pensó Sofía.

 

            En una ocasión, Sofía estaba con un par de amigas dentro del automóvil. Fumaban después de haber salido de un antro. En la tranquilidad de la madrugada les llamó la atención que una pequeña figura fuera  hacia ellas dando tras pies. Cuando estuvo cerca, se dio cuenta que era el abogado.

 

            ─ Ese, cuando se echa un pedo, levanta polvo ─ dijo una de ellas─.  Sofía fingió una carcajada, cuando la verdad de las cosas, sintió compasión por ese dolor añejo que él podría estar cargando y que sólo el alcohol pudiera borrar a ratos.

  

            Frente a la computadora Sofía tecleó su nombre. Si estaba en esa página de busca corazones, entonces, ya no sería coincidencia. Cuando vio su foto, se sintió mareada. En el perfil venía su oficio, que le gustaba nadar y la jardinería; andaba buscando un amor que midiera entre uno veinte y uno sesenta. Le escribió a pesar de que medía un metro sesenta y cinco.

 

            Se quedaron de ver en un restaurante. Ella llegó primero y escogió un lugar cerca de la ventana. Lo vio bajar de un taxi. Los clientes que estaban ahí no les quitaron la vista de encima desde que él llegó. Ella le hizo una seña y se saludaron de beso. Él le obsequió un ramo de rosas.

 

            ─ ¿Qué piensas de la gente pequeña?, fue la primera pregunta. Entrados en plática le confió que antes de  ser abogado había trabajado como enanito torero, como botarga en un centro comercial y otras cosas. También le  disgustaba sobremanera que las señoras lo tomaran como ejemplo para decirles a sus hijos que si no comían, se iban a quedar como él. De pronto, ella lo tuvo claro: se acostaría con él. Decidió que se volverían dos mexicanos que la gente apuntara con el dedo cada vez que pasaran.

 

            Sofía lo invitó a su departamento. Al salir del restaurante se encaminaron hacia su camioneta. Ella le abrió la puerta del copiloto; se le cruzó la idea de ayudarlo a entrar empujándolo desde las nalgas; pero, no se le hizo lo más apropiado. Entonces, le pidió un momento, y desde adentro lo jaló del brazo como si fuera un muñeco relleno de arena, su muñeco.   

 

 

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