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6 min
Un Amor Imposible
Drama |
09.12.16
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Sinopsis

El accidente de Pedro le impide vivir con la mujer que ama

Pedro y Ana Milena eran una pareja completamente feliz. Con 25 años él, y 22 años ella, no se veía en el horizonte nada que pudiera impedir que sus sueños se hicieran realidad. Ambos empleados bancarios, ambos profesionales, Pedro y Ana Milena se habían conocido en el lugar de trabajo y eran queridos por todos sus compañeros. El buen sentido del humor y la naturaleza bromista y locuaz de Pedro, lo convertían en un personaje muy popular entre amigos y conocidos. El ímpetu de su juventud, y su fortaleza física y mental, permitían anticipar que todo iba a salir muy bien. Su amor, empezado ya desde hacía cerca de dos años, era razón más que suficiente para embarcarse en la empresa de formar un hogar, lo cual habían acordado hacer en pocos meses.  

 

Un viernes en la noche hace 17 años, sin embargo, todo se derrumbó. Pedro y Ana María abordaron una moto de bajo cilindraje y salieron de la ciudad. Habían convenido en empezar la celebración del fin de semana amándose en un motel ubicado en las afueras de Pereira. Mientras se desplazaban con entusiasmo, pero con la prudencia que siempre caracterizó a Pedro, fueron atropellados por un taxi conducido por un hombre en estado de embriaguez. Ana Milena, protegida intencionalmente por Pedro durante el accidente, apenas sufrió una fractura en su pierna derecha y otras lesiones menores. Su recuperación tomó un par de semanas, al cabo de las cuales pudo regresar a su trabajo. Aunque aún hoy cojea levemente, físicamente está recuperada. No puede decirse lo mismo de su espíritu.

 

La suerte de Pedro fue mucho más trágica. Un golpe recibido en su cabeza le dañó la médula espinal y le afectó severamente su sensibilidad y control de movimiento. Desde hace 17 años tiene la condición de cuadripléjico y desde entonces está reducido a una cama en la casa que comparte con su mamá, su tía y su hermano Carlos. En parte por la lesión que sufrió, y en parte por un mal procedimiento mientras permaneció entubado, Pedro perdió el habla. Su rudimentaria comunicación consiste en señales básicas para transmitir mensajes muy simples. Claramente se ve que Pedro goza de plena lucidez mental. Esto, sin embargo, no es suficiente para que disponga de grado alguno de autonomía. Es más, su lucidez hace su situación mucho más dramática, pues es consciente de todo lo que sucede a su alrededor así como de sus propias limitaciones. Debido a éstas depende completamente de otros para su supervivencia, incluso en las cosas más elementales. Para un hombre como Pedro, quien siempre fue activo y gran deportista, tareas como coger una cuchara, limpiarse la boca con una servilleta, o apagar un televisor son imposibles. Para realizarlas requiere de la ayuda  de un buen samaritano.

 

Precisamente ese ha sido el papel de su hermano Carlos. A pesar de la existencia de dos hermanas más que, en uso de legítimo derecho hicieron sus vidas lejos de Pedro, Carlos fue quien asumió desde el comienzo el compromiso de hacer la vida de su hermano un poco más llevadera. Es él el encargado de bañarlo, suministrarle alimentos licuados, vestirlo, entretenerlo. Es él quien trata de interpretar las instrucciones y deseos de Pedro. Y es él quien le cuenta chistes e historias para divertirlo. Obviamente todo esto ha tenido un alto costo para Carlos, quien sólo pasa tres noches por semana con su esposa e hijo para poder atender a su hermano. El cansancio se le nota, como también se notan los efectos en su economía y en su propio matrimonio.

 

Ana Milena se casó dos años después de la tragedia sin estar segura de que era eso lo que realmente deseaba. Al cabo de siete años en los que fue incapaz de expulsar a Pedro de su corazón, se divorció sin hijos. Nunca se volvió a fijar en otro hombre. Cada cumpleaños de Pedro, sagradamente, lo visita para celebrar con él lo que debían celebrar en compañía de los hijos que nunca llegaron. Le lleva torta, globos decorados, le canta y lo abraza. Aunque cada año se promete no hacerlo, siempre llora desconsoladamente en su presencia.

 

A Pedro no le gusta ser visto en público. Cuando su hermano le da una vuelta en su carro por la ciudad, se rehúsa a bajarse. Tampoco le gusta que le hablen de Dios a pesar de que hasta el día del accidente fue católico practicante. Seguramente no entiende por qué el Todopoderoso no evitó su desgracia. Cuando Carlos está junto a él se le nota feliz, cuando no lo está es evidente su aflicción.

 

A los pocos días del accidente, los médicos le dijeron a Pedro que quizá algún día se encendería una chispita en su cerebro que le permitiría volver a ser el de antes. Esa chispita permanece apagada. Es más, la salud de Pedro ha venido deteriorándose rápidamente. Los alimentos que hasta hace poco podían ser sólidos, ahora se tienen que licuar; la cama que antes era su refugio, ahora es su martirio; la comunicación se ha hecho más difícil; su estado anímico es todos los días más  lúgubre y melancólico; sus deseos de vivir se extinguen cada día más.

 

Hasta ayer desconocía esta historia. No sabía quien era Pedro ni quien era Ana Milena. Mientras me hacía la manicura en la comodidad de mi casa, la cuñada de Pedro me lo contó todo. Desde entonces no he podido dejar de pensar en ellos. No me avergüenzo de reconocer que he llorado. La tragedia de esta pareja me ha hecho reflexionar sobre la fragilidad de los sueños, la endeblez del cuerpo humano, y la fatalidad del ser. Al mismo tiempo me ha permitido valorar más aquello de lo que dispongo. De repente veo en mi cuerpo una fortuna, en mi mente sana un recurso fascinante, y en mi hogar y mi familia un enorme tesoro y una fuente inagotable de felicidad. A veces tenemos que conocer de los infortunios ajenos para amar lo que tenemos.

 

Nota: Valoro mucho los comentarios y que mi historia sea compartida con otros

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