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3 min
Un Amor Incondicional.
Amor |
18.03.15
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Sinopsis

"Entonces ella, con el corazón desbocado y el pasado a flor de piel, entendió que un hombre que se había ido tantas veces y vuelto tantas más, no podía alejarse demasiado porque estaba destinado a regresar".

Ella le miraba desde su ventana, sabía perfectamente que aquél hombre no se alejaría de su puerta. Quien le viera pensaría que estaba siendo acosada por un pervertido o algún trastornado, pero aquél pobre hombre era en realidad la víctima y no el perpetrador. Amanda Gill bajó hacia el recibidor, abrió la puerta a aquél pobre hombre y él, casi tan perturbado como quien ha visto un fantasma, entró a tropezones, cerrando la puerta tras de sí y apoyándose sobre ella. Robert estiró la mano para acariciar el rostro de Amanda, y aunque sabía que era real, se sorprendió al sentir su piel bajo el roce de sus dedos. Alejó la mano lentamente, una lágrima se escapó de su ojo izquierdo y el labio inferior comenzó a temblarle. Ella, en cambio, tan segura de sí misma como siempre, dio un paso al frente, acortando la distancia que hasta ese momento les dividía a ambos.

-¿Por qué has regresado? –Preguntó ella a quien años atrás se había convertido en el amor de su vida.

-Nunca me fui. –Contestó.

-¿Por qué? –Repitió, con un tono más fuerte y exigente.

Él no respondió. Se quedó de pie, erguido e imponente, le miró con duda y temor, algo en su corazón le advertía que ella ya no era la misma mujer que él había conocido hacía varios años; pero a la vez, algo más fuerte aún le recordaba que esa mujer siempre había sido suya. Ella se lo había prometido.

Ella ni siquiera lo vio venir, cuando se dio cuenta, él ya la tenía aprisionada contra la puerta, sus manos recorrían su cuerpo de una forma muy familiar y sus labios se apoderaban de los suyos con resuelta exclusividad.

Entonces ella, con el corazón desbocado y el pasado a flor de piel, entendió que un hombre que se había ido tantas veces y vuelto tantas más, no podía alejarse demasiado porque estaba destinado a regresar.

Ella le apartó de un empujón, presa del amor y del deseo, y lo dijo, con mirada ardiente:

-¿Por qué regresaste? –Le exigió saber.

-Ya te lo he dicho. –Contestó nuevamente.

Y ahí, atrapada en los fuertes brazos del hombre a quien tantas veces había visto marchar, comprendió el sentido que estaba oculto en sus palabras.

Amanda Gill recordó las cartas y las llamadas, los mensajes que encontraba todas las mañanas en su móvil, recordó los “incidentes” y las “coincidencias”, las flores que llegaban a su puerta cada luna llena. Lo recordó todo y entonces supo que él decía la verdad. Si bien nunca lo había visto en los últimos ocho años, era cierto que él no se había ido por completo, siempre le dejaba mensajes o indicios ocultos cada día durante ese tiempo para hacerle saber, de manera un poco confusa, que él aún pensaba en ella y que donde quiera que estuviera él jamás la dejaba salir de su corazón. Era cierto, él nunca se había ido. Él nunca se fue. Vivió los últimos años recordándole a ella su amor, impidiendo que pasara un día sin manifestarle sus sentimientos.

Ese era el amor que una persona como Robert Fox le podía ofrecer a una mujer como Amanda Gill; la clase de amor que va más allá de las fronteras del tiempo y de la distancia. Un amor incondicional.

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