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6 min
Un combate de esgrima por amor
Amor |
04.01.19
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Sinopsis

 

         El encargado acababa de abrir las puertas de la academia de esgrima, todavía todo estaba en silencio esperando que los alumnos y sus sables llenaran de palabras y chasquidos las paredes de la escuela. Era un piso antiguo, de techos altos y cornisas generosas…en el suelo una esterilla azul oscuro y alargada, marcaba el escenario por el que se iban a revolver los combatientes

         La esgrima siempre fue una preparación para el duelo, pero ya había salido una ley a finales de siglo que los prohibía y a resultas de ello, la esgrima también había experimentado un retroceso. La esgrima estaba considerada un arte de combate antiguo que englobaba temas como la caballerosidad, honestidad, cortesía y sobre todo el honor.

          Los primeros alumnos empezaban a llegar.  El primero en cambiarse fue Oscar, uno de los mejores espadistas  que tenía el maestro, pero que no encarnaba los valores espirituales que hemos mencionado anteriormente. Muy al contrario, era un joven prepotente, sabedor de su valía física, pero un tanto bocazas y superficial; sin embargo había que reconocerle que era un joven atractivo. Mientras se cambiaba, llegó su antagónico, Ramón, quizás tan buen espadachín como él, pero el opuesto a su forma de ser…introvertido, maduro para su edad y que sí encarnaba todos los buenos valores del arte de la esgrima.

         Oscar, mientras Ramón se cambiaba, de forma algo inconsciente y provocativa, cogió su sable, lo agitó  al aire y lo pasó cerca de la cara de Ramón, simulando un ataque de lo que posteriormente sería el combate de esgrima. Desde luego era una afrenta  a destiempo…pero Oscar estaba hecho así…

        La rivalidad existente entre los dos jóvenes venía de lejos y marcada por el interés que los dos habían mostrado por la misma chica. En más de una ocasión los dos habían coincidido en el galanteo a la joven. Ella ya había hecho su elección, pero hasta la fecha la ocultó, le encantaba que los dos jóvenes disputaran por ella.

          El maestro, entró e hizo llamar a los dos esgrimistas para que se prepararan para el combate. El profesor de esgrima, austero y honesto, se encontraba mucho más cerca de la manera de ser de Ramón que de la arrogancia de Oscar, sin embargo, en su academia, procuraba ejercer de árbitro de manera imparcial.

          Los contendientes iban a usar el sable que  resultaba el arma más espectacular y que más buena forma física requería.  El asalto estaba a punto de comenzar, los tiradores sabían que el  resultado venía dado por el primero que llegara a quince tocados en tres tiempos de tres minutos. El experimentado profesor a la voz de “en guardia” y “adelante “  autorizó el comienzo del combate.  Rápidamente Oscar tomó la iniciativa y de un rápido y ágil salto trató de marcar con un toque a Ramón, pero este consiguió defender  su posición. Al instante este último tomó la iniciativa y el resultado fue parecido. Parecían  avispas enfadadas con petos y pantalones blancos que procuraban picar con rabia todo lo que veían. La careta protectora servía a los jóvenes para ocultar la transparencia  del alma a la que se llega por la visión de los ojos. La  rabia que sentían solo era observable por el ímpetu de sus acciones, no así por los detalles de unos ojos ocultos. Los sables, sus aceros, chirriaban con estrépito y los toques de vencedor se iban sucediendo indistintamente a un lado como al otro de la esterilla azul.

            Después de un combate frenético, los dos contrincantes  se quitaron las caretas protectoras, dejando contemplar unas sudadas caras y esperando con ansiedad el resultado del ajustado desenlace. El profesor dio como veredicto un empate de toques vencedores, a lo que Oscar reaccionó con indignación, tirando su sable al suelo pues se creía vencedor. El árbitro se ofendió con aquella ofensa y le recordó al esgrimista que si aquella competición hubiera sido oficial, lo destituiría sin dudar. La verdad es que no hubo vencedor en aquella contienda, pero en la otra, la del origen de la disputa, la del trofeo que representaba el amor de la chica…   el ganador fue Oscar. El joven, su atractivo y elegancia en el vestir ganó holgadamente a los ojos de una chica que no albergaba dudas.

           Quizás podemos pensar que un amor que prioriza la apariencia exterior  a la  belleza interior, puede estar equivocado…pero el amor tiene esa tendencia, puede ser una ligera trampa de la naturaleza para crear hijos guapos y sanos y para ello hay que fijarse en una pareja bella y atractiva físicamente. El tener unos principios y sentimientos potentes, no es contemplado de entrada por el amor. En este lo prioritario es tener la mejor descendencia y para ello lo que necesita es tener es una pareja hermosa. Pero irremediablemente, con la cotidianidad y el asentamiento de la relación, va adquiriendo importancia aquella otra belleza, la interior, indispensable para provocar el amor en la otra persona y para garantizar unas raíces profundas Sin la belleza interior, la belleza física es un simple envoltorio decorativo. De momento la chica de Oscar tiene la pareja que su biología quiere y  le marca, pero no sabemos si dentro de no mucho, la muchacha no preferiría un amor con la profundidad adecuada.

             Oscar  sin ganar el combate de esgrima, ha ganado con contundencia el combate del amor, pero el combate del afecto verdadero es muy largo y esto no ha hecho más que empezar. Es probable que Ramón tan solo haya perdido el primer combate, pero no así la batalla.

            

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