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10 min
Un cuento inconcluso
Amor |
17.08.15
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Sinopsis

Un interludio fugaz de sentimientos entre un joven viajero y un espíritu colmado en gracia. En cual se disponen a seguir su camino donde se es incierto el destino para ambos. Después de compartir alegres momentos.

Un cuento aún inconcluso

Este mundo nos sorprende de muchas maneras, de demasiadas formas. En algunos días nace un brote, una flor florece, una mariposa sale del capullo y vuela refractando la luz del sol en una danza tan exquisita como la vida misma. Otras veces más el viento sopla fuerte, el agua escasea, la lluvia cae con fuerza, el frio azota con dureza a los más pequeños y frágiles retoños. Todo ello pudiera parecer catastrófico, pero ni el aire, el frio, la época de secas o la fuerte lluvia puede detener el florecimiento de la vida. Sin embargo, ello crea la oportunidad para que las nuevas manifestaciones de esta compleja y perfecta naturaleza den a relucir su esplendor.

Así, en un perfecto equilibrio se encontraba un viejo bosque y tan antiguo que por desgracia ya no existe ni siquiera en la memoria de los hombres, perdido por la ambición de estos. Aquel viejo bosque de pinos y encinos, tan viejos como el tiempo con copas relucientes tal cual esmeraldas, tallos fuertes cual fueran canteras apiladas, crecían y reverdecían en cada primavera, los encinos pintaban de café en otoño y estos junto con los pinos vestían de blanco en invierno. Así como todos los árboles los pastos crecían frondosos, bañados de rocío en las mañanas como si fuesen cotas de anillas relucientes con joyas de diversas flores; adornaban los claros del bosque. Los arroyos fluían con tal nitidez asemejando collares de plata relucientes serpenteando entre los arboles inundando los llanos, llenando las pozas, pozas tan claras y cristalinas donde se podía ver el fondo en ellas.

Así era aquel bosque y aquel bosque era el hogar de una tímida avecilla que pareciera no encajar con la magnificencia del mismo. Una alondra, un ave tan sencilla de plumaje cafecino, pico glabro, patas delicadas, alas pequeñas acorde a su tamaño, un ave tan sencilla que nadie imaginaria el agraciar de su canto compuesto de coplas alegres tan sublimes, que cuando cantaba reluciendo entre los árboles que eufóricos agitaban sus ramas a son de su tonada. Vagando y revoloteando sola, feliz sin preocupaciones, era la ambición de los hombres que se aventuraban al bosque en búsqueda de ella, su objetivo mantenerla cautiva, hombres de cascara vacía profanaban aquel recinto único. En ocasiones el avecilla al ver que alguien se acercase alegre titubeaba, sin darse cuenta fue hecha cautiva un sinfín de veces, enjaulada y obligada a cantar, se volvió a insegura y temerosa de la compañía que se aproximase . Por azares o por fortuna logro en tantas ocasiones librarse de sus múltiples prisiones y captores, regresando tímida a su guarida, irrumpiendo la inocencia de vuelo y su canto.

Aquello se vio de tal forma reflejado, que el bosque mismo se entristeció. El confinamiento de un corazón crea un vacío alrededor de si, como cual punta de hierro que se oxida.

Así transcurrieron días y noches hasta que en un momento repentino un joven tan absurdo, que pareciera sin rumbo por aventurarse demasiado al sur, se encontró en aquel lugar, perdido y fuera de lugar se sentó cerca de un árbol frondoso que le cubriera del calor a orillas de un pequeño arroyuelo, en su lentitud notable por comprender las cosas, recostó en el pasto llevándose una varita de pasto para limpiar en sus entre dientes. Comenzó por silbar la primera tonada que se le ocurriera, sin ritmo alguno u orden en sus notas, silbo. De un momento a otro quedo dormido, pero sus silbidos despertaron al ave que curiosa asomo la cabeza desde su guarida, en lo alto del árbol frondoso donde él estaba recostado. Tímida y nerviosa el ave silbo, al escuchar de nueva cuenta el pequeño silbido del ave el árbol ajito su follaje de alegría al saber del ave, por tal movimiento tan brusco varias piñas cayeron sobre aquel joven, este mismo despertó en un salto y vio aquella ave sobrevolando, pero su pamema era tanta que se vio contra el árbol que le arrojo las piñas, recogió unas, las quito de donde estaba y volvió a tirarse para dormir. El ave consternada y ansiosa vatio sus alas pero este joven yacía dormido de nueva cuenta. Tanta era su curiosidad de aquella alondra que se precipito a la rama más baja del árbol y presurosa entono una fuerte copla pero ni aun así el joven despertó. Aquella ave constipada voló sobre el bosque entonando de nueva cuenta su alegre canto. Mientras aquel holgazán dormía tuvo un sueño tan esplendido que despertó maravillado que al abrir los ojos observo y sintió la grandeza de aquel bosque en que se encontraba, estirando piernas y brazos contemplo aquel lugar, entumido aun por el sueño y demás de su torda boca comenzó a entonar el canto del ave, la cual al escuchar que la arremedaba, viendo se acercó, estupefactos los dos comenzaron a reír pero un gruñido rompió con las risas, era el apetito de aquel viajero tan pamema, quien cayó un rato en lo que comía una pieza de pan de la cual convido una parte al ave, entonces entre risas y ruborizados los dos comieron, una vez terminado el pan el joven se puso de pie, se estiro de nueva cuenta, vio el ave cerca de él aun comiendo y esta lo vio a él, y sin más volvió a dormir.

La noche ya se insinuaba al oriente así que durmió al día siguiente. Temprano por la mañana este se marchó en busca de comida, el ave no lo vio ese día o algún día siguiente. Perdido aún se acercó de nueva cuenta al bosque del cual quedó maravillado, de regreso entonaba cantos celebres de aventuras de otros, cantos de bardos, los cuales atrajeron la atención del ave en esta ocasión ambos echaron a camino la misma tonada. Maravillado aquel del ave, la observo y presto suma atención en ella, hasta que en un momento el ave dio cuenta que era fijamente observada y pregunto:

-Entonces ¿Quién eres y porque me observas? ¿Acaso eres un captor?

-No, no soy un captor, provengo de lo paramos de Berggen, soy Dyren hijo de Dyr protector de la Freyas y bueno me he perdido en mi cruzada en busca de los Barbas grises. Respondió el joven.

-Vaya treta de este captor, es algún plan para tomarme nuevamente cautiva. Hablo el ave exaltada.

-¿Qué? De ninguna forma; voy en busca de los Barbas grises para entrenarme como guardián. De ninguna forma te tomaría cautiva, además ¿para qué te tomaría cautiva? Dijo el joven.

-No lo sé, no confió en extraños. Mencióname tus títulos y entonces sabré quien eres. Temerosa el ave del joven interrogaba, malas experiencias la habían hecho desconfiar pero Dyren era tan holgazán que en vez de discutir los títulos echó a reír, recostándose para comer frutos y granos que había encontrado días anteriores.

-Y bueno ¿Qué eres un zorzal o algo parecido? Pregunto Dyren con fines de aliviar el estrés.

-¡Serás tonto! Soy una alondra ¿nunca habías conocido una? Soltando una carcajada el ave respondió.

-¡Am, no! La verdad que es la primera vez que veo una, por cierto ya que estas aquí canta una canción en lo que como. En tono de burla sagaz Dyren respondió.

Ambos rieron entre triquiñuelas de palabras pasaron la tarde y al llegar el anochecer ambos contemplaron la luna naciente y el brillo de las estrellas reflejarse en las claras charcas que aún quedaban. Al día siguiente ya más en confianza intercambiaron historias. Dyren estaba maravillado de los relatos de la alondra quien comento sus idas y sus vaivenes. En momento cuando Dyren hablo de su linaje y menciono el nombre de su madre, el ave revoloteo de asombro.

-¿Daven era tu madre? O ¿es tu madre? -Pregunto exaltada.

-Sí, ella ha sido quien me ha criado ¿Por qué? –Dyren sin darse cuenta de la situación habló. El ave le platico la historia de cuando Daven paso por aquel bosque pidiendo fortaleza y esperanza por ver nacer y crecer a su pequeño hijo que pronto nacería, la cual se encariño con el ave, curanto a la vez viejas heridas provocadas por sus captores.

 Los dos maravillados, uno de las historias del otro y viceversa. Una charla amena que olvidaron comer en aquella tarde. El joven pensó que podía posponer su viaje para estar un poco más con aquella dulce compañía que le había llenado de esperanza el corazón, misma que había perdido por la proximidad de las batallas que se aproximasen.

 Así pasaron días y noches, el tiempo vacilaba pues rápido como el arroyo fluía. A donde iba el ave atrás iba aquel joven curioso, imitando sus sonidos y a donde iba el joven el ave lo seguía jugueteando con sus alas el suave aire. Tanta era la felicidad en sus corazones, tanta era que por un instante Dyren olvido su camino y compartió parte de sus días.

 Esta es una historia inconclusa aún que ambos aún continúan escribiendo pues se acerca ya el momento difícil, de seguir su camino, el destino es incierto para Dyren en el campo de entrenamiento, como también es incierto en la soledad del corazón de la alondra.

-Aún no lo sabemos, ni siquiera yo. Pero para el tiempo y la distancia no hay lugar para quien ha sembrado la felicidad en tu vida. Teniendo al viento como mensajero, la luna como cómplice de suspiros nocturnos, la noche como inspiración, las estrellas como recuerdos de cada canto alegre de la alondra, las flores cual sentir de su plumaje rozando la piel, el calor nocturno como compañía. Pues no hay lugar en el corazón para el olvido, no hay lugar, si hay amor en él. Amor del cual broten los versos, historias, cuentos, palabras, risas, platicas, momentos inolvidables, no hay lugar para el olvido. No hay más lugar, sabiendo que hay esperanza en el regreso, no hay lugar ni siquiera en la soledad que fue ahuyentada por ceremoniosas canciones, no hay lugar cuando todo lo que me rodea me recuerda a vos, ni mucho menos cuando siempre revoloteas y haces vibrar el alma con tu cálida voz. 

Así hablo Dyren, quien sostuvo entre sus brazos a la alondra aquel día que el tiempo no hizo broma alguna y transcurrió lentamente…

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Al hablar de mi solo hablo de ella.

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