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4 min
UN DESTINO BENDECIDO
Varios |
21.06.14
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Sinopsis

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Tras la muerte de su padre, las cosas se complicaron. El país había caído en una profunda crisis y las cosas ya no eran como antes. Su situación era delicada: en pocos meses había consumido todos los recursos y ahora se veía sumergido en el angustioso mar de la necesidad en el que durante años había visto a tanta gente desde su elevada posición, contemplando cómo el futuro se hacía trizas, cómo las caras se enfurecían con la miseria y cómo muchos hombres y mujeres con la soga al cuello hacían las maletas y se alejaban de la tierra que los vio nacer.

De modo que no pudo soportar durante más tiempo aquella sumersión en la escasez, pues él sabía que la naturaleza no lo había creado para vivir en aquellas penosas condiciones, y estaba convencido de que su destino había sido bendecido por los dioses, y que aquella situación tarde o temprano cambiaría apenas se moviera.

Aquella noche él no podía dormir. Había discutido con su esposa acaloradamente y aún le quemaban por dentro los rescoldos de aquella discusión. Ella dormía como si nada, como siempre hacía, después de desahogarse con él, después de soltarlo todo y de relamerse en su propia soberbia. Mientras tanto, en su cabeza quedaron flotando insistentemente aquellas palabras reveladoras: “Tú eres quien tiene problemas con la justicia. Yo no me moveré de aquí”. Fue entonces cuando, resuelto a dar el paso definitivo hacia delante, decidió hacer la jugada que alguna vez había planeado en las estribaciones de su fantasía, en aquellos momentos en que la abundancia le había permitido caminar todos los senderos y jugar a todos los juegos sin renunciar a nada. Sin mediar más cavilaciones, tomó por fin el teléfono e hizo una llamada.

El presidente había esperado aquella llamada desde hacía unas semanas, cuando se iniciaron los primeros brotes violentos entre la población. Entonces él lo dijo: “He cambiado de opinión”. Porque nadie en ningún momento le había negado una salida, y había sido él quien había rechazado el salvoconducto, esperando que la situación revirtiera de nuevo a su estado anterior. El presidente mantuvo su palabra, y propuso un día y una hora, con la mayor discreción.

El día previsto, él no se despidió de su esposa. Salió bien entrada la noche y condujo durante una hora. El comisario lo esperaba envuelto en un largo gabán en el lugar convenido. El cálido hálito que exhalaba delataba el frío seco de la oscuridad. Entonces él llegó y el comisario penetró en el vehículo. Le ofreció un cigarrillo que el otro aceptó antes de enseñarle el maletín y darle las consignas: las cuentas desbloqueadas, el puesto número tres, la calle Regina, la nueva documentación… Cuando  el comisario acabó de hablar, él preguntó por ella, sin mencionar su nombre, porque él sabía que el policía le entendería, pues quién si no él conocía en el país los más recónditos secretos de palacio. Entonces contestó que ella lo esperaba allí, como le habían prometido. Luego apuró el cigarro, le estrechó la mano y salió del coche. Tres horas después, en el puesto número tres de la frontera, un soldado le pedía la documentación. Él sacó la llave y se la mostró. El soldado bajó de nuevo la cabeza y fijó la mirada para comprobar que, efectivamente, era él. Luego, levantó la barrera y lo dejó pasar.

Tras una larga noche de espera, el teléfono volvió a sonar en la sede del gobierno: “Ya pasó, señor presidente”, dijo alguien al otro lado de la línea. El presidente se volvió, ofreció una sonrisa tranquilizadora, y habló: “Señores, el príncipe ha llegado a su destino.” Y tras unos segundos en que nadie se atrevió a decir ninguna palabra, como si  todos supieran que aquella información estaba incompleta, añadió: “Está todo arreglado. Ahora volverá a vivir a cuerpo de rey.” Aquella frase pareció una ironía, casi un chiste, lo que no todos entendieron como tal. Pero el secretario de Interior sí lo había entendido perfectamente, y apostilló: “No duden ustedes que de ahora en adelante el príncipe adorará nuestra república”. 

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