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8 min
Un día contable
Humor |
16.11.14
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Sinopsis

La desesperación de Pedro por las pesadillas que tiene con los números hace que las horas de un día parezcan incontables por la gran coincidencia que encuentra con los números.

Después de haber tenido una pesadilla donde soñaba con la dirección de una casa abandonada 75-21, desperté incrédulo, miré la mesa que acompañaba mi celular más una botella de agua, la cual en su etiqueta presenciaba alguno de los números de mis sueños. “vence el 7/5/2015”. ¡Diablos santo! Enseguida tomé el móvil y eran las 7:05 am.

Me levanté de la cama en un santiamén, abroché mis pantuflas y a la vez me quitaba la ropa, el baño se acercaba, y dejaba todo tirado. Entré, me bañé, me afeité y salí de allí mientras recogía la ropa. Salí rápido porque debía llegar a la universidad temprano. Mientras subía al bus revisé mis bolsillos, no había traído conmigo las llaves ni la billetera, golpee mi cabeza contra la silla, mientras miraba arriba. <<Cómo diablos haré cuando se acerquen a pedirme los 900 $ del pasaje>>. Escuché una voz suave y su eco replicaba en mi mente, ¡Pedro!, ¡Pedro! Volteé la mirada y era mi compañero de clases Andrés, me acerqué explicándole lo sucedido.

            – Tranquilo, yo se los presto, pero eso sí, me gasta una empanada. – exclamó                     Andrés con una risilla.

           – ¡Hermano la empanda vale 1000$ y usted me está dando 900$! –Lo veía como un               estafador                                                                        

           – ¿Lo toma o lo deja? – decía Andrés mientras jugaba con darme las monedas.

No tenía otra opción que recibir el dinero. Llegó un joven con su cigarrillo en la boca, aspecto degenerado, no se pasaba de 15 años. Alargó su mano, alzo su cabeza y la ceja. Entregué el dinero y se sentó junto al chofer. No crucé una palabra más. Pegué mi cara a la ventana y mucha gente merodeaba a pie.

             – No sé puede seguir más de aquí, la universidad ha sido tomada por unos                         encapuchados – Gritó el mismo joven que recolectaba el dinero de los pasajes.

Todos se empezaron a bajar, mientras yo hacía lo mismo como el dicho “Para donde va Vicente va la gente”.

Andrés se despidió mientras hablaba con su madre. No presté mucha atención y pensé que no debía ser tan grave. Al llegar al portón de la universidad había tres hombres con capucha negra, bata de las que uso para laboratorio, pantalón y unos zapatos, otro tenía botas y estaban envueltas en una bolsa plástica. Observé que la gente entraba y ellos no actuaban de forma agresiva. Esperé a que entrara un profesor y me fui detrás de él mientras apretaba mi bolso pensando que lo iban a rapar, a unos diez metros lejos de ellos, aceleré el paso, llegué a creer que estaba trotando. Ya no importaba aquellos hombres si no que iba justo a tiempo para entrar al parcial. Al bajar por las gradas, estaban todos mis compañeros reunidos cerca de la cafetería. Me invitaron a jugar  “Poker” a la famosa 21, cedí pensando que sería una buena forma de eliminar esa pesadilla. Fuimos hasta el edificio de al lado y empezamos. En la primera ronda con las dos cartas primeras acumulaba catorce.

                – Ojala la siguiente carta sea un siete y gano esto, deme otra carta – mientras                        cruzaba los dedos.

Cuando sin lugar a dudas salió el siete y era el primer número de mis sueños. Se me cayeron las cartas y empezaron reírse.

                 – Pedro no te bañaste hoy, o donde aprendió a adivinar el futuro – exclamó                             Juan.

Ellos no entendían nada y mi cara se llenó de frustración, volvieron a revolver la baraja y era la segunda ronda. De nuevo la suma de mis cartas daba dieciséis, se me hizo un nudo en la garganta.

                – Demonios otra vez estos números ojala la siguiente carta no sea el cinco,                           deme otra carta – grité.

Lanzó la carta al piso mientras se deslizaba lentamente y caía debajo del manojo, tenía miedo de levantarla y que fuera el número que necesitaba, no quería perder, pero era el único número que necesitaba. La tomé, respiré profundo y la levanté. Definitivamente era el cinco. Todos soltaron la carcajada, sudaba por ganar. Me paré de ahí sin despedirme, cogí mi bolso y quise llegar mi casa.

Tuve que pedir las llaves a un compañero que vivía conmigo en el mismo piso. Descargué todo en la sala y bajé de nuevo al restaurante almorzar. Mientras comía escuche que al fondo una mujer afirmaba vivir en el piso quinto del edificio número siete de la plaza central. Me tomé el jugo de un solo golpe, mientras retiraba mi silla hacia atrás para levantarme y salir corriendo. Volví a mi casa y al cerrar la puerta, sonó el timbre, era la vieja que me había arrendado hace dos meses.

              – Mire vecino el recibo de algún servicio, por equivocación lo ingresaron por                            debajo de mi puerta, recuerde que debe pagarlo mañana y desocuparme hoy –                    exclamó Delfina mientras sus babas golpeaban mi cara.

             – Si ya sé Doña Delfina – dije mientras le arrugaba la cara.

Llamé a mi madre y le conté todo lo que me había pasado.

             – Madre ya que hablamos de esto, apunte este número y échelo al chance, tal vez                salgamos de pobre si lo ganamos. Hasta luego te quiero – Colgué sin dejarle que                se despidiera también.

Abrí a la nevera y me preparé dos Sándwiches, tomé el tarro de jugo de naranja del desayuno. Me acosté en la cama, mientras caían las migajas de pan en la cobija. Cuando terminé de comer empaqué todas mis cosas. Le di las gracias a doña Delfina, y marché a mi nuevo hogar.

Cuando llegué, después de haber caminado siete cuadras, timbré a la puerta y salió otra abuelita.

              – En que le puedo ayudar joven – Mientras le temblaban las manos, a la pobre                      anciana.

             – ¿Es aquí donde vive Andrés?, él me pidió que me arrendaría una habitación –                       Mientras le miraba las canas.

 –Si claro pero a la próxima apréndete la dirección: es setenta y cinco con veintiuno  – exclamó la anciana

Se me cayó una de mis maletas, le agradecí por su generosidad, di media vuelta y no sabía qué hacer. Le mandé un mensaje a un amigo pidiéndole que me dejará quedar en su casa, aceptó sin ningún pero.

En la mañana siguiente me despertó Carlos, con desesperación y angustia en su rostro.

–Se incendió la casa de Andrés, la abuelita murió y él tiene quemaduras de segundo grado- exclamó Carlos con miles de lágrimas en su rostro.

Llamé a mi madre una vez más y le conté sobre el accidente.

–Y tampoco te ganaste el chance hijo – dijo mientras se reía de mí.

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    Los recuerdos que perduran en nuestra mente serán aquellos capaces de otorgarnos felicidad.

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    Todo parecía marchar de tragedia pero llega un momento en que desparece como un sueño y vuelve a la realidad después de despertar.

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Estudiante de medicina, y en las noches mientras duermen, sale a flote mi escritura.

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