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6 min
Un día en 1984
Ciencia Ficción |
04.07.13
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Sinopsis

¿Será la locura la única forma de escapar del ideal del Big Brother? El horror de vivir, de no sentirse a sí mismo por las torturas/cura del ser individual y el libre pensamiento, es algo que vivimos los modernos. Somos víctimas de los mecanismos de control y sobretodo victimarios porque lo permitimos y le damos las gracias a la Telepantalla... ¿o no?

Un día en 1984

…nada le queda de la infancia excepto una serie de cuadros brillantemente iluminados  y sin fondo, que en su mayoría le resultaban ininteligibles.
George Orwell. 1984.


I
Recuerdo que nos obligaron a quitarnos los cordones de los zapatos, para evitar que ahorcáramos a nuestro vecino, o a nosotros mismos. Las horas pasan y yo me sentía estático en el tiempo sintiendo que dialogaba tan sólo con mi pensamiento, lo cual era lo único que me hacía sentir cuerdo; tan sólo al comienzo, pues el dolor en el vientre por no comer se hizo cada vez más insoportable. Nos prohibían dormir, hablar entre nosotros y cada vez que lo hacíamos la Telepantalla chillaba y se encendía una luz que nos enceguecía, que se hacía tan constante que abrazaba el espacio haciéndome al final ajeno al mundo, al hambre, a los otros, pero no de las ideas y el dolor en la boca del estómago. 
En algún momento todo quedó en tinieblas y yo caí en ellas. Parpadeo y sólo logro divisar los relieves de los cuerpos que simulan movilidad en la luz/ojo de la Telepantalla. Alguien tose y en ese instante veo que un guarda pasa por entre los cuerpos estáticos dirigiéndose hacia mí. Me tomó del brazo e intentó llevarme con él pero algo me aferró al sitio en que estaba; al final todo inútil, todo ruego, toda insistencia. La Telepantalla chilla y a tres nos propinaron un bastonazo en las rodillas para doblegarnos e invitarnos a lo inevitable: la habitación 101. 

II
Los muros eran de un blanco tan profundo tan seco tan puro que me hizo sentir como una mancha que le quita su pulcritud. Pasó el tiempo y las torturas de O´Brien en pro de curarme, de hacerme uno con el Gran Hermano, de confesar, fueron inútiles. 
El tiempo se ha hecho inexistente como yo, me digo y repito para darme fuerza. Esta es una frase que es un salto de fe. Otra que me repito constantemente, un salto de fe para sentir el vértigo mientras caigo por el abismo.
Ya han pasado varios meses y hoy, estoy en silencio, sentado, abrazando mis rodillas dialogando tranquilamente conmigo mismo sin quejarme de lo que soy gracias a las circunstancias. La habitación es bastante estrecha, sin ventana alguna eso creo, y con un retrete que debo ubicar a tiento porque no siento mis ojos en sus cuencas, ¿hace un par de horas, días?, no lo sé y prefiero no palpar las vendas, dejar así para no reflexionar, y evitar llorar como obviamente no puedo hacerlo. 
En este diálogo sincero presiento que mi cordura cede, pensar con claridad se me dificulta; hay horas en las que no sé si estoy consiente o bajo la influencia de las drogas que me administran, o si mi propia mente ha trasgredido la razón y el cuerpo mismo elevándome hacia la levedad... ¿ensueño? No lo sé porque siento que me he hecho uno con los muros, como lo hace el eco con cada una de mis locuciones.
Decido ponerme en pie para sentir el cuerpo una vez más antes de que se me olvide qué es la gravedad. Eso me recuerda que O´Brien me dejaba verlo a través de distintos espejos; unos eran de fondo negro como el que usaban algunos pintores impresionistas (si es que existió tal tipo de artistas), para relajar sus pupilas, para ver con mayor claridad las gamas de la realidad descansando así de la potencia del color; otros eran de fondo azul que me hacían sentir como si estuviese en el bajo de un blues. ¡El blues es algo que nunca ha existido!, según el partido, y ante esa verdad creo recordar y hasta oler ciertas imágenes de un pasado que no siento propio, que me es ajeno como muchos momentos felices de mi existencia que me han sido negados.
Sí, soy algo totalmente ajeno a lo que fui. Ahora no soy más que una fantasía, un tumor más del partido que debe ser extirpado.

III
¡No sé que es lo que me han hecho! Los sentidos del tacto, del gusto, y el olfato han perdido sus objetos, y por eso, ¿cómo puedo sentir el olor de las imágenes que sé que sólo están en mi mente o en lo que me queda de consciencia? ¿Acaso algo me queda? Sí, recuerdos que no sé si en realidad pasaron… jajaja… no lo sé, en verdad ¡No lo sé! 
Sólo soy consciente de quién es mi captor, quién es el que siempre vigila más no, de mi nombre... je je je... ¡Já!, pues claro, yo soy el que canta y baila ¡Sí, de eso estoy seguro! De que soy el aleteo de una libélula o un latido de colibrí o un ronroneo. En sí, soy uno de los tantos que ha perdido su humanidad en el ideal del Big Brother. 
Pero yo, sombra mía que no veo y palpo, creo que hago parte de una especie de la humanidad, que bajo ciertas circunstancias puede aseverar que dos y dos no son cuatro ni cinco ni siete, porque no existe el dos ni el más ni el cinco ni el siete ¡Já! Nada es para siempre y eso es lo que es real… ¡es muss sein!, ¡caminata/fantasmagórica que me consuela! ¡la cosa que tiene que ser así! Y eso me hace libre de 1984, de la realidad de mi consciencia, de la lógica del Gran Hermano, de O´Brien, y la otredad y sobre todo de mí mismo.

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    Fantástico relato lleno de brillantes descripciones e imágenes (me siento la mancha de la pared); el sufrimiento del encerrado le lleva a desgajar su cuerpo de su pensamiento conversador, dejando atrás hasta su sombra. Saludos.
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Escritor/librero por oficio, lector por instinto.

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