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4 min
Un día más
Varios |
29.03.15
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Sinopsis

Las ganas de contituar un día más.

Era la tercera semana del mes de enero, los rayos de sol se reflejaban como una red de diamante en el agua, mientras las palmeras se mecían lentamente y la brisa salada entraba por la ventana impregnando toda la habitación. 

Como siempre me dominaban las ganas de continuar un día más y como cada lunes me dirigía al trabajo pero antes, siguiendo uno de mis rituales matutinos, me detuve a comprar el periódico en el quiosco del paseo marítimo. La misma gente, las mismas sonrisas forzadas y las mismas miradas ajenas que paseaban y formaban parte de mi rutina diaria. Sin embargo, tuve la sensación de que sería un día peculiar, tal vez porque después de una semana interminable de lluvias torrenciales aquella mañana se podía contemplar un sol invernal que brillaba con más fuerza de la normal. No soy de esas personas que dejan su destino en manos del azar y siento cierta compasión hacia quienes padecen ludopatía pero, inexplicablemente, una parte de mi ser simpatizaba con aquel número y me incitaba a probar suerte en el próximo sorteo.
El vendedor me examinaba con interés y pocas palabras bastaron para convencerme de que esta vez podía ser para mí. Lo compré y lo puse a buen recaudo en mi cartera de cuero artesanal recién estrenada. Seguí con el resto de mis actividades cotidianas pero había algo en el ambiente, algo que me hacía sentir diferente.  

La jornada transcurrió sin ningún imprevisto en la oficina pero justo antes de salir del trabajo me percaté de que mi jefe se acercaba y me comunicó la gran noticia. Después de años trabajando duro en el mismo puesto me habían ascendido. No podía salir de mi asombro e incapaz de controlar mi emoción le obsequié con un efusivo abrazo, le di las gracias y salí rumbo a casa con deseos imperiosos de festejarlo con los míos.

Al llegar no encontré a nadie, ni rastro de haber estado por allí en todo el día. Me pareció sumamente extraño que no me esperaran para cenar como era habitual. Intenté localizarlos pero ninguno respondía al teléfono. Una amalgama de sentimientos de preocupación, angustia, nostalgia y desolación recorrió cada átomo de mi cuerpo. No era propio de ellos ausentase por la tarde y mucho menos sin avisarme. Miré a través del cristal de la ventana, atisbé el mar, las olas ondeaban turbulentas, el sol se desvanecía paulatinamente dejando los últimos rayos de una jornada demasiado luminosa para el mes de enero.

De repente, todos aparecieron por sorpresa esbozando radiantes sonrisas.

— Ya nos lo han dicho. ¡Venga brindemos todos! — exclamó mi padre.
— Pero, ¿quién? ¿cuándo? Es imposible que lo sepais si acabo de llegar — pregunté haciendo evidente mi desconcierto.                                                                                   — No finjas, tu número ha sido premiado, lo sabe todo el barrio — dijo con tono afable mi madre. 

Sentí un pálpito y reaccioné. Efectivamente, se me había olvidado comprobar el boleto. Encendí el ordenador y busqué frenéticamente el número agraciado. Coincidía con el que había comprado esa misma mañana, ese espléndido día, mi día.

Una sensación de felicidad máxima me dominó por completo. La paradójica creencia de encontrarse inmerso en un mundo irreal y a la vez perder la noción del tiempo marcaron aquel momento. Y entonces, entonces… mi gozo en un pozo, un estrepitoso sonido comenzó a taladrar mis oídos. El despertador marcaba las 7:15 de la mañana, hora de levantarse. Aquel fue simplemente un día más.

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Entusiasta de los idiomas. Mis momentos de evasión transcurren entre libros y viajes.

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