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5 min
Un dibujo para mamá
Drama |
22.07.14
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Sinopsis

Las nubes empezaron a desmigajarse sobre el gris del cielo y estalló la lluvia en algún momento de la tarde. A las nueve de la noche, el invierno había oscurecido el ambiente, y el horizonte se había hecho de todo menos azul. Las gotas vestían el cristal de la ventana en una lámina de agua continua, arrastrando sus pensamientos hasta el asfalto y consiguiendo arrancarlos en las ruedas del vehículo. Sandra mentalmente histérica y, al mismo tiempo, pasiva como únicamente ella sabía serlo. “Espero que Mario haya recogido a la niña de la guardería”, “¿Planché el uniforme esta mañana?”, “¿Qué hora es ya? Mario me matará...”. A ratos, miraba de reojo el pastel, dibujando el contorno de la caja, con una media sonrisa. Blanca y rectangular; la palabra “chocolate” escrita en el lado izquierdo con alguna clase de rotulador permanente, aunque notoriamente gastado. “Mario va a enloquecer”. Las tartas de chocolate alegran los cumpleaños de todos los treintañeros.

Los pedacitos de cielo se volvían sólidos a ratos y el granizo atascaba el parabrisas del Citroën, antiguo y gastado. Normalmente encallado, éste dejó de funcionar al tiempo que las ruedas resbalaban sobre la carretera encharcada. Un berrido sordo arrasó los pensamientos de Sandra y dio lugar al traqueteo de la lluvia sobre la carrocería, al choque de los cristales reventando sobre el asfalto, al chirrido del óxido bajo la única atención de la noche, a los gemidos desesperados de una mujer, desangrándose a la par que ahogaba un chillido.

Carlota se arrastró por el suelo, cruzando el medio metro que la separaba de mí. Esparcía con los pies las ceras de colores con las que había estado matando el tiempo. La pequeña se sentó en cuclillas, delante de mí. Me estiró de la mano; la suya era pequeña, suave. No tuve valor para mirarla. “Helena”. “Helena”. Todavía no pronunciaba muy bien la letra “n”. No quería. No la quise mirar. Me alargó el dibujo que había pintado. “¿Estás triste?”. Pero yo no le contesté. Entonces estallaron las lágrimas más fuerte todavía, y el gimoteo me impidió articular palabra que no pareciera primitiva.

Continué con la cara hundida entre las manos, incapaz de mirar hacia delante, y mucho menos de mirarla a los ojos. Las lágrimas jugaban a chorrear, colándose entre mis dedos, haciendo slalom por mis manos. Escuché mocos, discerniendo si eran los suyos o los míos. Me rascó la pierna, llamándome. La subí en brazos y la senté sobre mis piernas. Saqué un pañuelo del bolsillo. Me temblaban las manos y me costaba respirar. Me miró con sus ojitos. Qué azules. Qué grandes para esa carita. Tenía la boca triste. Sus mofletes parecían trozos de nube, enmarcados en la cascada de rizos castaños que le caían despeinados por en medio de la cara. Le soné la nariz. Ella apretó los ojillos y largó todo lo que pudo dentro del pañuelo. Luego sonrió para que yo estallara de nuevo, y me vi abrazándola lo más fuerte que pude. Volvió a mirarme con tristeza, y yo supe que no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Quise llorar más fuerte, pero hice todo lo posible en un intento fallido de contenerme. Le acaricié la cara. Me besó la mejilla. “Así estarás contenta, ¿vale?”. “Sí, cariño. Te lo prometo”. Pero no iba a ser así, porque nadie nos rescataría de ese naufragio. Apoyé mi barbilla sobre su frente; le besé los rizos. Give me a second. I need to get my story straight. Lo dejé sonar un poco. “¿Diga? ¿Helena? ¿Estás ahí?”. Yo sólo lloré, porque en este caso no podía hacer otra cosa, y con él no podía limitarme a sonar narices. Le dije que lo sentía. “No”. Pero era cierto. “No, por favor. Helena, dime que es mentira”. Pero no lo era. Quise decir “mierda” y “joder”, pero me aguanté, y él me dijo que no se la llevarían sin que la viese, y luego colgó, y sé que cogió el coche antes de que hubiera pasado un minuto. Ella me miró. Eran igualitas; ya no lo son. Restregué una lágrima suicida en la pantalla de mi teléfono y empañé el reflejo de mi diente. Me levanté. Recogí el dibujo que había caído al suelo. “Guárdalo, cariño, luego lo colgamos”. “¿Se lo vamos a dar a mamá?”. Le dí un beso en la frente, intentando calmar mis sollozos.

Bajamos hasta el aparcamiento y la monté en la sillita. Arranqué. Apoyé la cabeza contra el volante. Salimos y seguimos la autopista hasta casa. Subimos tres tramos de escalones hasta la puerta. Caí reventada en el sofá, mientras ella se desgastaba intentando subir para sentarse a mi lado. La senté enfrente mía y me vi en sus ojos, pero no supe cómo decirle que mi mejor amiga ya no estaba. No supe cómo decirle que mamá se había ido al cielo, ni que papá siempre la cuidaría mucho, ni que la tita Helena iba a estar siempre en casa, para ella.

 

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