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8 min
Un domingo de otoño
Suspense |
22.07.15
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Sinopsis

Llegan la elecciones y volvemos a votar lo mismo de siempre.

¿Carmen Gutiérrez Heras?- dijo mientras rebuscaba en una carpeta de cartón. Rápidamente repasé todo el fin de semana y no, no recordaba ningún incidente que mereciera la visita de la policía, aliviada asentí sin mucho entusiasmo.

Extendió la mano con la notificación, y allí me quedé, con cara de tonta, en el quicio de la puerta con la notificación en la mano, mirando como el agente bajaba por la escalera.

Tarde unos días en hacerme a la idea y resignarme, en cambio,  mi padre estaba encantado

-hija vas a ser parte activa y necesaria para el trascurso de la democracia- me sermoneaba cada vez que yo expresaba mi desagrado.

 Pasaron la semanas y finalmente llegó el momento.

Amaneció desapacible, nublado y ventoso. De mala gana me duché y a las siete y media de la mañana me dirigí con mi notificación al colegio electoral, dispuesta a sobrevivir , como pudiera, a la tremenda resaca de la noche anterior.

Al menos solo soy primer vocal, ya es mala  suerte que me toque justo dos meses después de haber cumplido los dieciocho- pensé enfadada mientras atravesaba la entrada del colegio.

 Había cierto barullo y un dolor agudo me atravesó las sienes mientras me recordaba tomando chupitos con los amigos la noche anterior, brindando una y otra vez por la democracia- anoche tenia mas gracia- pensé entristecida.

En seguida me salió al paso, el que se identificó como representante de la administración, me presento a mis compañeros de mesa y nos dio una charla que fui incapaz de seguir,  concentrada como estaba en contener mi resaca.

 Solo salí de mi ensimismamiento cuando mi vecino del quinto, el Sr García me tomó la mano con vehemencia a la vez que decía eufórico  ¡felicidades presidenta!

-¿Presidenta?¿como que presidenta, yo soy primera vocal?

- como ya la he comentado, señorita el presidente no se ha presentado y como usted es la primera vocal, la toca ocupar su puesto para que podamos constituir la mesa electoral- contestó el funcionario con impaciencia mientras yo maldecía al ausente.

Sobreviví a la constitución de la mesa, a las miradas curiosas de lo interventores y apoderados de los distintos partidos y las continuas explicaciones del eficiente funcionario. Me consolé al pensar que mi sereno estoicismo se achacaría a la solemnidad del cargo, al fin de cuentas había alcanzado la cumbre a los dieciocho, ya era presidenta, si,  por un día, pero presidenta. Nadie sabia que me estaba arrepintiendo de los últimos tres tequilas, que me estallaba la cabeza y que solo maldecía mi suerte, una y otra vez, pues ni siquiera tenia pensado acudir a votar.

Muy despacio me levantaba, cogía el DNI, leía el nombre, esperaba y una vez que el Sr García me confirmaba que estaba en el censo, con la voz muy queda yo decía, vote. A continuación me sentaba también muy despacio y esperaba al siguiente.

Así pasé la mañana, era la presidente de mesa mas sobria y solemne de la sala, bajo la orgullosa mirada de mis vocales, el Sr García y Merche, una panadera del barrio, que sufría de verborrea incontrolada.

Me escapé media hora a casa a comer algo, a mi regreso  el dolor de cabeza estaba ya controlado, apenas me quedaba rastro de tequila en el cuerpo y la tarde se hizo menos insufrible. ¡Ya quedaba menos!

Poco a poco el flujo de gente fue disminuyendo y por fin dieron la ocho de la tarde y se cerró el colegio. Me encontré con dos vocales y dos interventores mirándome fijamente, esperaban que su presidenta le indicara el siguiente paso.

-¿contamos? – pregunte mientras mira a mi primer vocal.

-No, no, no… presidenta primero hay que meter el voto por correo y tenemos que votar los integrantes de la mesa- contestó bajando la voz para que el resto no notaran mi error.

Una vez estaba el voto por correo dentro de la urna, votaron los vocales y los interventores, cuando de pronto me encontré con ocho ojos mirándome fijamente con gesto de reproche, me giré de nuevo al vecino del quinto

-¿contamos?- volví a preguntar insegura.

-presidenta es que falta usted por votar- me contestó a oído con cierto tono de reproche.

Resople, me levanté y me dirigí hacia la mesas de las papeletas. Había muchas para elegir … estaban las dos clásicas, las nuevas, las de moda y por supuesto las frickis. Las observé todas detenidamente intentado valorar cual sería la mejor opción, consciente de que toda mi mesa me observaba, y finalmente intentando aparentar seguridad y responsabilidad, con gesto serio, cogí la que más desconocida me resultaba y con toda la solemnidad de la que fui capaz, la metí en un sobre y me acerqué a la mesa.

Estaba absorta contemplando como mi primer voto caía en la urna, cuando me pareció ver que se movía algo entre los sobres. Me agache y pegué la nariz al metacrilato, eran las dos cucarachas más grande que jamás había visto, se movían nerviosas entre los sobres, cuando de pronto se oyó un grito histérico. En la mesa de al lado una interventora se había desmayado tras ejercitar a fondo sus cuerdas vocales. Corrían todos hacia ella, cuando de la tercera mesa salió otro grito. Fueron unos segundos de desconcierto, el funcionario corría de mesa en mesa sin saber que hacer. Cuando me giré de nuevo hacia mi urna, comprobé el motivo de tanto griterío, a penas se podían distinguir los votos, pues la urna era un nido de cucarachas, gusanos y escarabajos, un amasijo informe y nervioso de insectos enormes moviéndose entre los pilares de la democracia.

Levante la vista de nuevo un segundo, para llamar al sufrido funcionario, pero era inútil, corría de mesa en mesa  tapando con celo las ranuras de las urnas, pues lo insectos de mis vecinas amenazaban con salir de ellas. Pasados unos minutos teníamos ya las cuatro urnas selladas, los bichos se aplastaban contra las paredes de metacrilato y no se apreciaba en su interior ni rastro de los votos que durante el día tan responsablemente habían ido depositando en su interior los ciudadanos.

Eran un gran amasijo de antenas, alas y patas.

Me dejé caer en mi silla y observé un segundo, la interventora desmayada, el funcionario en medio de la sala respiraba con fatiga y el resto nos mirábamos de hito en hito unos a otros, solo se oía un pequeño rumor de patitas y antenas, pues las cucarachas nerviosas seguían intentando hacerse espacio.

Estuvimos así un buen rato hasta que despacio se me acerco una apoderada y mirándome a la cara me espetó.

-hay que empezar con el recuentro, presidenta-

-Estas loca, yo ahí no meto la mano, además no se si te has fijado pero los votos han desaparecido, como no cuente cucarachas- la contesté con la voz desgarrada por la angustia.

Busqué auxilio en el mi paternal vocal, pero el Sr García estaba vencido sobre su silla, con la mirada perdida y el cuerpo inerte, él tan orgulloso que estaba de su mesa, de su urna, de su democracia…

Al momento comenzaron a discutir unos con otros de cual era nuestra obligación, los apoderados insistían en el recuento de bichos, mientras algunos integrantes de las mesas se negaban airadamente, la presidenta de la mesa de enfrente lloraba histérica, mientras un vocal la tomaba la mano en un intento inútil por consolarla.

Apretando las mano contra las sienes trataba de mantener la calma, cuando el funcionario con el gesto desencajado y el teléfono móvil en la mano, se me acercó. Tenia la mirada perdida y parecía haber envejecido veinte años en unos minutos.

-Me ha llamado un compañero… me ha llamado…

-¿Que pasa? Dime, ¿que pasa?- pregunté nerviosa

Levanto la cabeza y con la mirada perdida en el infinito de mis ojos me dijo mecánicamente

-Está pasando lo mismo en todos los colegios.

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