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12 min
Un Embebedor Alienado
Ciencia Ficción |
21.10.14
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Sinopsis

Un hombre padece de una "amnesia de reanimación", y trata de leer una novela que él mismo escribió.

Un Embebedor Alienado

Jun abrió los ojos y se encontró en una habitación blanca, un hospital.

—Buenos días señor Formica, disculpe la demora, estamos con muchos pacientes este mes —le dijo el hombre de guardapolvo que entraba por la puerta—. Yo soy el Dr. Edwards, y estoy encargado de su rehabilitación. Quizás sienta un poco de mareos y dolor de cabeza, pero déjeme decirle que es completamente normal en las reanimaciones hipocámpicas.

—¿Dónde estoy?  —dijo Jun Formica con intenciones de levantarse de la cama—. ¿Reanimaciones?

—Se encuentra en CEACOR, Centro de Almacenamiento de Conciencias y Recuerdos —esta vez hablaba un hombre de camisa, Joseph Braun, que seguía al doctor—. Usted ha despertado de acuerdo  al protocolo de reanimación 410/IV-b, referente a  la Reanimación Automática debida a Deceso del Cliente.

Jun miraba desorientado. Era mucha información para un día, que según él apreciaba, estaba como si se hubiese emborrachado la noche anterior. Trató de recordar lo que hizo antes de llegar al edificio, le costó, pero luego todo fluyó naturalmente.

—Lo último que recuerdo es que vine a hacer un almacenamiento, por precaución. En la editorial me lo solicitaron.

—Perfecto. Ya comienza a hacer memoria —terció el doctor, satisfecho—. Usted padece la llamada amnesia reanimatoria. Trate de recordar, en su “ayer mental”, cuando usted firmó el contrato en la oficina, se le informó de las secuelas de la reanimación.

—Generalmente en estos casos de…  —Joseph dudó por medio segundo— deceso, no realizamos ningún tipo de reanimación.

—¿Qué sucedió? —Se apoyó en el respaldo de la cama asustado—. ¿Qué me pasó?

—Usted se suicidó. Y estuvimos cerca de cancelar su reanimación por ello. No sería grato para nadie, y menos para usted, suicidarse y luego volver a la vida. Sería un castigo. Pero la detección en los análisis de un tipo de enfermedad o trastorno en su mente ha hecho replantearnos el caso.

Jun trató de recordar, de confirmar si lo que estos dos hombres que jamás había visto en su vida le decían la verdad. Obviamente no pudo, por el simple hecho de que esos sucesos no estaban almacenados en la conciencia guardada en CEACOR, porque ocurrieron después de efectuar la copia de seguridad. El suicidio había ocurrido hace tres días, y la copia hacía cinco años.

El doctor Edwards y el actualizador de conciencias Braun comenzaron a explayarle los sucesos más importantes ocurridos durante esos cinco años, referidos a su familia, trabajo, y todo el ámbito global.

—¿Me quedé sin empleo?

—Comenzó un gran proyecto, una especie de sueño pendiente.

—Una novela…

—Exactamente —Braun abrió un cajón de la mesa de luz de la cama y tomó un libro de grandes dimensiones—. Aquí está.

Ansioso Jun abrió la tapa y trató de leer la primera página.

—No entiendo nada de lo que dice —miró desorientado a Jun— ¿No lo codifiqué? ¿En qué idioma está escrito?

—En andródico —Jun miró aún más desorientado— Ahora le explico. El andródico es el idioma oficial de ULA, la Unión Laica Andródica, un estado con reconocimiento limitado, en conflicto con la mayor parte de las Naciones Unidas. Hace tres años la nación robótica organizó una independencia a nivel global, creando su propio estado. Se establecieron en una enorme plataforma en alta mar, más precisamente al este de la sumergida isla del Japón. Esto generó muchas implicancias. Toda la inteligencia artificial del planeta, aquella gran superinteligencia colectiva, fue desconectada y trasladada a Andródica. Los países desarrollados han comenzado a crear un sistema de red de inteligencia global aparte, separada de la Andródica, aunque esto todavía está en discusión. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que esta segunda oleada de inteligencia artificial tomara el mismo accionar que ULA? Nadie lo sabe, o todos tienen miedo de opinar. Las herramientas inteligentes, aquellas por la que los humanos han logrado sus más altas metas, lamentablemente ya no están disponibles.

Unos segundos pasaron sin que nadie dijera nada, Jun trataba de codificar toda la información nueva.

—¿Y cómo lo escribí?

—Simple… —Braun trató de corregir lo que dijo— Bueno no simple, estuvo cerca de 2 o más años escribiendo, dejó su trabajo y también creemos que la obsesión por completar su ópera Magna, pudo haber influido en el desarrollo de su enfermedad. La verdad es que usted, hasta hace tres días, era el mayor erudito no robot en andródico, no sólo en su idioma sino en toda su nueva y creciente cultura.  Aunque hoy, a diferencia de hace tres días, el “ayer real”, no el que se encuentra en su mente, es 100% humano.

—El señor Braun quiere decir que usted señor Formica —dijo el doctor—, no posee ninguno de los implantes cibernéticos de información, ni anteriores al almacenamiento de su mente ni donde almacenaba aquel idioma colosal. Sólo recuperamos su conciencia.

—Entiendo —Jun se tocó el cráneo, lugar donde solía tener sus implantes— ¿A qué se refiere con Idioma colosal? Quiero leer mi propio libro.

—Si, es entendible. A ver cómo le explico… Todos los idiomas actuales, tienen cierta cantidad de palabras, algunos tienen miles de palabras más, algunos tienen miles de palabras menos. El idioma andródico tiene cientos de miles de palabras más que el idioma que estamos usando para hablar en este momento. Millones de palabras y millones de caracteres.

—Tantas, que es casi imposible que un cerebro humano sin implantes cibernéticos pueda aprenderlo por completo —comentó el doctor— Esto es lo que creemos que alimentó su obsesión por los chips y códigos de información.

Jun escuchaba mientras pasaba las miles de hojas de su obra de arte, su sueño cumplido en sus manos.

—Con mayor cantidad de palabras, más se puede expresar un sentimiento, describir una acción, o un momento… Me imagino con millones de palabras lo que se puede llegar a producir. ¿Cómo puedo hacer para leerlo? ¿Necesitaría nuevamente implantes?

—Le recomendamos profundamente que se abstenga —el doctor se acercó al respaldo de la cama con cara de seriedad—. Es posible que esos paquetes de datos hayan sido lo que generaron la obsesión y posterior enfermedad mental que derivó en su suicidio, aunque aún no estamos completamente seguros de ello.

—¿Ahora me volveré loco de nuevo? ¿Qué otra causa puede tener? Nunca se me cruzó por la mente suicidarme en toda mi vida.

—Eso no lo sabemos. Puede haberse debido, quizás,  al poco éxito de su obra, pero nuevamente, no podemos estar seguros.

Una cara de sorpresa y tristeza se alojó en las facciones de Jun.

—Déjeme explicarle. En este nuevo mundo bipolar, la literatura o arte andródico no existe. Los androides erradicaron el arte por completo en su país, y los humanos detestan todo lo correspondiente a los robots.

—Y de todas formas están imposibilitados para comprenderlo siquiera —comprendió Jun—. Los únicos capaces son los mitad robots, los cyborgs.

Jun Formica sentía que había despertado de una larga noche, y de la nada, ahora tenía su mayor sueño entre sus manos. Pero aun así algo perturbaba su mente, la posibilidad de perder la cordura antes de comprender su propia obra.

Tenía algunos  meses para poder, si es que la locura era inevitable, leer y apreciar su novela. Ahora era su única meta.

—Por favor amor, deja ese maldito libro y enfócate en mí, en tu trabajo —su esposa le decía—, el señor Guiver fue lo suficientemente amable y empático en tomarte de nuevo en la editorial. Ese maldito libro te volverá loco de nuevo.

Pero Jun ya no oía.

Él mismo lo había dicho, en un mundo como el que habita actualmente, sólo un cyborg podría ayudarlo a comprender el idioma andródico. Jun tuvo que recuperar viejos contactos, y además,  recuperar los nuevos contactos hechos durante los cinco años posteriores al almacenamiento de conciencia.

Con el correr del tiempo Jun comprendió que el mundo había cambiado más de lo que su actualizador le había contado.

Muchos de los cyborgs “pro-robots” que él conocía habían muerto, desaparecido, e incluso uno de ellos se había suicidado de manera similar a la suya. Buscó y contactó a la mente reanimada de su amigo para saber si había leído su libro, pero simplemente no lo recordaba. Su almacenamiento había sido anterior a cualquier libro que tuviera noticia, y él tampoco tenía el idioma incorporado, al igual que Jun.

El tiempo seguía pasando, y el miedo de la situación y la paranoia ocasionada por una posible locura, afectó la productividad y su salud. Jun recibió una licencia psiquiátrica y le aconsejaron tener su mente en reposo.

Antes de encerrarse en su estudio, Jun se sumergió en los barrios bajos de su metrópolis. Tenía un nombre y un lugar: Tivoka. Subsuelo 4. Calle 87. Local 235.

—¿Qué es lo que buscas? —le dijo Tivoka en su propio almacén ilícito— ¿Cuerpos? Todo el mundo busca cuerpos hoy en día.  ¿Implantes? ¿Quieres convertirte en cyborg? ¿Mujeres? ¿Órganos artificiales?

—No, quiero un libro.

—¿Un libro?

—Si, un diccionario, o algo que me ayude a traducir un texto en andródico.

—Ya veo. Un humano interesado en andródico, eso sí que es nuevo.  Quizás tenga algo.

El sujeto se fue a la parte de atrás del local y volvió con un libro entre sus manos.

— Tengo el idioma entero en unos gramos de ADN, pero sin los implantes cibernéticos necesarios no podrás decodificarlo ni almacenar la información. Esto es lo único que tengo tangible —Tivoka puso el enorme libro en las palmas de Jun—. Es una especie de diccionario andródico, aunque incompleto.

—¿Incompleto?

—Si, el autor nunca lo terminó. De todas maneras es lo único que encontrarás por aquí. Sabes que si yo no tengo algo, es porque ese algo no existe.

—¿Y el autor quién es? Necesito hablar con él —Jun miró el libro desconfiado, buscando el nombre del autor. Karl Lupin.

—Un cyborg —Tivoka señaló el nombre en el ciberpapel—. Su esposa vino a venderme el libro porque necesitaba algo de dinero. Él desapareció hace unos meses. Imposible encontrarlo, ni reanimarlo siquiera, ya sabes que por ética a las personas desaparecidas no se las puede reanimar, no vaya a haber dos hombres iguales caminando por ahí.

Jun se llevó el diccionario para poder traducir su novela, aunque sólo hubiese conseguido una versión no oficial truncada, era lo único que tenía.

Con su salud tanto física como mental algo deteriorada, Jun puso todas sus energías y fuerzas a traducir la obra que él mismo había escrito, pero que era incomprensible a sus ojos. Aún le quedaba un poco menos de un año de cordura.

Con la ayuda de ese diccionario y luego de seis meses, Jun sólo había podido traducir tres páginas del libro, y alguna que otra frase aislada. El título, sin embargo, aún seguía oculto como un secreto. El idioma era demasiado grande, demasiado complejo para comprenderlo por un simple humano.

Las arenas del tiempo seguían su camino inexorable, los días pasaban y Jun, inundado de impotencia, veía su sueño escaparse entre sus manos como una nube.

Jun finalmente decidió arriesgarse. Salió de su hogar luego de diez meses de aislamiento y se hundió nuevamente en presencia de Tivoka, esta vez por algo un poco más caro que un simple libro ilegal. Implantes y códigos.

Los implantes cibernéticos en el mercado negro se podían colocar casi de inmediato, sorteando toda la burocracia que correspondía el pasar de ser un humano a ser un cyborg.

Luego de las seis horas de colocación de neuroimplantes y de la vinculación, Jun estaba conectado. Inmediatamente se enlazó a la red cibernética y descargó los decodificadores necesarios para interpretar el idioma andródico en forma de ADN, tal como había hecho en su anterior cuerpo hacía poco menos de cinco años atrás.

Urgentemente se instaló nuevamente en su estudio y día y noche comenzó a leer su ópera magna.

Mientras pasaban las páginas del libro, éste comenzó a tornarse más oscuro, incluso inconexo en algunas partes. Jun escribió la novela con un posible estado de locura, y hoy en día, cinco años después, quizás la misma locura embargaba su mente.

Su libro comenzaba como novela, pero a lo largo de las miles de páginas la novela se convirtió en una muestra del deterioro mental que Jun sufrió y de unas hipótesis paranoicas que acosaban su mente enferma.

Efectivamente, unos días después su esposa encontró a Jun Formica en su estudio ahorcado con una cuerda.

En su escritorio, al lado de su novela andródica, había escrito:

“Mi libro es un portador, un portador de un secreto esteganográfico, y yo, sin saberlo fui el embebedor.

Aún me quedan unas gotas de cordura. Los hombres han esparcido un virus letal por toda la red, que causa demencia e induce al suicidio. Han comenzado una guerra contra los androides y los mismos cyborg que consideran traidores de la raza humana. Yo no puedo hacer más nada, ya no soy yo”.

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