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11 min
El trabajo de Maringá
Terror |
04.02.15
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Sinopsis

El trabajo de Maringá es un relato que habla por si mismo

                            

                                                  El trabajo de Maringá                   

                                                           José León 

El trabajo consistía en ir al sur de Brasil a recolectar caña de azúcar. En principio las cañas las emplearían en hacer combustible, pero también ron con etiqueta habana falsa y paquetes de azúcar de cocina. Tanto Lucas como yo nada más encontrarnos con el cartel pegado en una farmacia sentimos ganas de intentarlo. En su caso más necesidad material; hacía cuatro años que no trabajaba, y el sueldo que prometían era de muchos miles de reales. Si bien es cierto que las condiciones de trabajo eran muy mejorables y se prolongaban por jornadas interminables, no es menos cierto que vi en sus ojos un destello fugaz muy delator.

Aterrizamos en el aeropuerto de Sao Paulo un jueves a medio día. Un taxista con chápela encerada y colgantes que parecían de oro nos dejó en la estación de autobuses. Cogimos el primero en dirección Maringá. El trayecto en aquel Nissan de la época soviética se desarrolló tranquilo bajo cielos rasantes de plata deshilachada por carreteras angostas mal cuidadas de horizontes siempre cercanos debido a las muchas curvas que las montañas exuberantes obligaban a trazar en la carretera. Constantemente un señor enclenque de tez muy morena y bigote, ofrecía con su carrito de helados bebidas desde el pasillo. De cuando en cuando se sentaba en alguno de los pocos bancos que quedaban libres moviendo la cabeza al son de la música sintonizada y removiendo con una mano las bebidas enterradas en el hielo picado del carrito, que sencillamente era un cubo con ruedas, mientras que con la otra mano mecía la visera.

—¿Tú crees que ese se ha metido algo?

—Yo pienso que ni metiéndose el amazonas se suda tanto —respondí.

Maringá iluminaba un valle abierto entre dos montañas verdes y brumosas. De la estación de autobuses al cortijo donde estaban los latifundistas, abría unos tres quilómetros que trazamos a pie con una cerveza corona que le compramos al tío del autobus. Pudimos llegar bien, pero tuvimos que mirar el mapa varias veces y llamarles por teléfono otras tantas. Al llegar al sitio, quién primero nos atendió fue el capataz, que esperaba nuestra llegada en un porche resguardado de la tromba de lluvia que sacudía la zona.

—Vosotros—. En ningún momento paraba de forzar el acento de su muy extendido español —entrareis a trabajar mañana. La jornada empieza antes de las 7:00. Sed puntuales. Este año hay mucha caña que coger—. Se acercó al borde de madera del porche, y el agua de la canaleta creó una línea ininterrumpida y azulada desde su sombreo al suelo a modo de soga.

Los primero días en la plantación trascurrieron apacibles, llevaderos. Teníamos cada cual una habitación en alguna casa alquilada por la compañía, de vez en cuando calefacción y una empleada venía cada sábado a limpiar. Mi compañero se quejaba con entrega de los mosquitos, aunque salvando este problema, pude encontrarlo muy en su ambiente.

Los últimos días, empero, no fueron ni mucho menos llevaderos. Aquellas jornadas de poco antes de regresar estuvieron muy salpicadas por sucesos turbios. Lucas perdió un brazo y otros tres compañeros desaparecieron.

En la zona más septentrional de la plantación, con la poca luz de los focos lejanos de la finca, no habían pasado las nueves de la noche cuando me encontré con el reloj de uno de los compañeros puesto a metro ochenta o dos metros en una caña. Una imitación de Rolex bien cuidada que había pertenecido a Lorenzo Portimao, un joven trabajador al que dejamos de ver al día siguiente. Solté la correa del reloj y lo introduje en mi bolsillo camino de la finca. Al llegar a una de las varias bifurcaciones que salían del camino principal, me encontré con el capataz, que no paraba de acariciar su inseparable sombrero, con uno de los propietarios. Ambos tenían tabaco de cuba en la boca y una atmosfera a su alrededor que incitaba a sospechar. Hablaban el uno frente al otro a muy poca distancia con sonrisas entre humos amarillos. Agarré el reloj en mi bolsillo y seguí la marcha hasta mi casa sin prestarle demasiada importancia al asunto. Recuerdo que al día siguiente el olor a humedad lo impregnaba todo y el continuo sonido del agua hacía rima casi métrica hasta el cañaveral. Lorenzo Portimao no apareció y la jornada se extendió pantanosa por diez horas. Hacía frio y viento y humedad y tosíamos, pero el capataz no dejo de azuzarnos para que cogiéramos cuanta caña pudiésemos. 

La mañana del 4 de Abril, encontré otro reloj en el cañaveral. Estaba igual que el de Lorenzo Portimao, atado por la correa a unos dos metros del suelo a una caña. Esta vez el reloj era de mujer. Un Casio rosa con Hello Kitty dibujada. Era el reloj de Ana Dusousa, la única mujer que trabajaba en la finca. Teniendo en cuenta que no apareció en toda la jornada y el caso anterior, decidí acudir a una comisaría en la que me encontré mucha incomprensión, unos documentos que rellené como pude para que abrieran investigación y demasiados guiños para que me fuera rápido. Los de la finca, por su parte, no daban explicaciones y sencillamente cambiaban de tema. Cuando llegué quise saber que hacer hablando con Lucas. 

—¿No encuentras toda esta mierda demasiado ya?—. Le pregunté fatigado mirando por la ventana del salón de la pequeña casa en la que cada uno tenía una habitación mientras miraba la torre de la iglesia.

—Tú eres quien más quería venir —mintió—. No te quejes tanto, déjate de asuntos personales, terminemos el trabajo, cojamos el dinero y marchémonos de aquí.

—Esto no es la película que esperaba que fuese. No he visto cabrones más negreros en mi vida—. Me puse las manos en la cintura y agaché la cabeza cediendo.

—Guarda ese reloj junto al otro, que lo mismo aparecen mañana, olvídate de la comisaría y de los jefes y vamos a comer. Venga. 

En la comida dejamos de hablar de los relojes y las desapariciones. Luego de haber almorzado, salimos a bebernos unas copa de ron barato con las que me relaje y pude olvidar en parte lo sucedido. Aquella noche me acosté borracho. 

Encontré el último reloj dos días antes de volver. El de Jorge Desguaira, que era el único que continuaba yendo al trabajo con uno, pendía sujeto por su correa igual que los otros en una caña. Lo encontré poco después del amanecer estando solo. Se trataba de un Viceroy autentico en color negro con etiqueta española. Ese día Jorge no estuvo en su puesto de trabajo, unas patrulleras de la policía brasileña se presentaron en la finca y empezaron a interrogar. A mi concretamente, el mismo inspector al que le conté el caso. Me pidió los relojes y también que volviera a contarle la historia. Evidentemente estaba asustado por que veía probable que terminara inculpándome a mí todo. Había sido yo quien en todos los casos se encontró con los relojes. Pero por fortuna la sospecha hacía mí no fue mayor que hacía el resto, ni tampoco peor de lo que lo fue con  los propietarios. Ellos sin duda fueron sometidos a un interrogatorio mucho peor, y uno incluso llevado al cuartel. Una vez que le explique donde había aparecido el Viceroy y la ubicación aproximada de los otros dos y tras haber efectuado la entrega, deshice el camino a mi habitación, ahora a pie. Recuerdo con claridad como a media distancia, justo en el margen de uno de los muchos quioscos de cuneta desperdigados por las carreteras brasileñas, un enorme murciélago de negro encendido cruzó el cielo majestuoso. Entonces tuve una idea. Durante todo el camino pensé en las horas de los relojes. No eran nada especial. Cada uno mostraba una hora que no mantenía relación con las otras. Pero, ¿Qué decir de la ubicación de los relojes en el cañaveral? Solo mirando desde la altura del murciélago podía saber si significaba algo. Di medio giro y regresé al cortijo. No había nadie dentro a excepción del capataz. Su respuesta fue afirmativa cuando le pregunte que si podía hacer una prueba en el cultivo. Primero cogí cuerda, luego mi machete y por último un trozo de tela. Corté nueve cañas de las más altas que encontré y las uní en tres grupos de tres con las cuerdas buscando obtener unos palos lo más largos posibles. En el extremo de cada uno até un trozo de paño. Luego llevé el primer palo a donde estaba el primer reloj, e hice lo mismo con los otros. Una vez que coloqué los tres, le pedí al capataz que me dejara subir al balcón del chalet. Antes su rotunda negativa, tome el camino al pueblo otra vez. En menos de diez minutos estaba hablando con el cura, y poco después, subí al campanario de la iglesia. Lo que vi en mitad de la enorme mancha desigual redondeada que era la plantación, fue un triángulo escaleno sin uno de los lados y con un lado de unos quince metros y otro de siete u ocho. En otras palabras, me encontré con las manecillas de un reloj. Si las doce hubiera sido el cortijo, algo de lo que no podía estar seguro pero que a falta de otra referencia mejor fue lo que utilicé, entonces el reloj marcaría las seis y veinte minutos. Evidentemente no podía estar seguro de que las doce fuera la casa, y no las colinas en la lejanía de su lado izquierdo por ejemplo, ni mucho menos de lo que pudiese suceder a esa hora.

En el alba del día siguiente la plantación amaneció ardiendo. Los gritos nos despertaron a mí y a mi compañero. Olía a azufre. En el horizonte se deshacían las formas en tonos naranjas. Cuando llegamos a los cultivos, un grupo de bomberos y otro de policías, junto a algunos compañeros y los propietarios, también algún vecino, se afanaba en controlar el incendio con más torpeza que otra cosa. Una vez que, transcurridas varias horas, el incendio fue mitigado, volvimos a tener interrogatorios, y Lucas tuvo que ser ingresado en el hospital debido a unas fiebres que venía padeciendo desde hacía unos días.

El resultado fue que esa misma noche compramos los billetes en el aeropuerto y regresamos a España sin haber cobrado ni un duro por nuestro trabajo. Ninguno de los que trabajábamos en la azucarera, cobró los 30.000 reales que debería por los casi tres meses de trabajo en que estuvimos recolectado caña, periodo en el cual prácticamente toda la cosecha fue recogida, nunca aparecieron ni Lorenzo Portimao ni Ana Dusousa, ni Jorge Desguaria. Y lo que empezó como un simple acceso de fiebre, con un endemoniado discurrir del tiempo, terminó diagnosticado virus autóctono raro que infectó el brazo de Lucas en una de esas picaduras de mosquito de las que tanto se quejaba. Por mi parte, hoy ya muchos meses después, todavía no sé si los terratenientes le pegaron fuego a todo intencionalmente para no pagarnos los salarios después de haber cumplido con la mayoría del trabajo, si como le escuché decir a más de uno antes de venir se trató de un ajuste de cuentas por parte de una empresa rival de las que tanto abundan por la zona, o si es un caso de asesinatos en serie tejido por algún lunático. Lo cierto es que por más que me esfuerzo en localizar a los que me deben el dinero, ninguno aparece, y soy incapaz de encontrar nada acerca del Z-410, el virus que le costó el brazo a Lucas, quien por cierto anda bastante raro. 

 

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    El trabajo de Maringá es un relato que habla por si mismo

    Lo ocurrido en Pripyat es uno de los incidentes que más marcaron el siglo XX. Tengo pensado hacer una novela ambientada en este lugar. Espero que guste.

    Algunos tienen desgracias; otros obsesiones. ¿Quienes son más dignos de lástima?, Del inconveniente de habar nacido, Emil Cioran.

    Un filósofo alemán describió la locura como la rotura del hilo de los recuerdos. Humildemente encuentro esa definición perfecta.

    He querido hacer critica social, sin perder el estilo en el quiero especializarme, del momento presente.

    He estado en una tienda muy parecida a la que aparece en el relato. No me encontré nada tan irónico, pero si una profunda sensación de extrañeza en ese lugar. Humildemente estoy muy satisfecho con el resultado, y quisiera intercambiar opiniones cuando lo valoren.

    Este relato lo publiqué hace algún tiempo bajo un seudónimo. Lo hago público ahora con mi nombre auténtico, pero manteniendo el sentido original; que sea como un chispazo. El titulo, Paréntesis creativo, apunta ya en esta dirección. Espero que guste.

    No recuerdo quien dijo que para hacer una buena historia, debe parecer más real que si hubiera sucedido en realidad; esta era mi intención cuando escribí Infierno.

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Soy un estudiante de bachillerato de vida agitada y vocación literaria inquebrantable.

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