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6 min
Un Minuto Antes.
Drama |
12.11.14
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Sinopsis

Sus ojos penetraban en la oscuridad de una habitación que, semanas atrás hubiera sido el escenario de una época maravillosa. Pero a veces, la vida cambia nuestros planes y, como fuera su caso, nuestras ilusiones y esperanzas pueden ser destruidas y sepultadas en un abrir y cerrar de ojos. A veces, el destino, es así...

Ella se hallaba ahí, sentada al borde de una cama vacía. Sus ojos penetraban en la oscuridad y, más que nunca, deseó que alguien caminara desde el otro extremo de esa habitación silenciosa para envolverla en un abrazo profundo y fuerte; esa clase de abrazo que sólo un hombre con corazón de acero puede darle a una mujer con un corazón destrozado. Pensó en Mónic, su adorable hija. Una niña que, imaginó, podría haber sido la más hermosa y dichosa de todas.

-Mi adorada Mónic… -Susurró al aire, a un espacio vacío que ninguna persona en ningún momento podría llenar nuevamente.

A veces, el amor es así; abre espacios en el corazón que sólo podrán ser ocupados por aquéllas personas para quienes fueron abiertos. El corazón de Simone tenía un espacio diseñado exclusivamente para su amada hija. Pero, cómo el corazón de cualquier madre, esos espacios recónditos que se abren abarcan un sitio inmenso que le impedía amar libremente a cualquier otra persona.

Sin embargo, su corazón no sólo tenía un espacio que se mostraba al tiempo cómo una herida abierta; sino que, además, había otra herida que surgía de entre las profundas sombras de su corazón, una herida que sólo ese hombre podía cerrar. Un hombre, cuya ausencia se cernía en el espacio, como la niebla se cierne sobre un camino olvidado.

David… Ese hombre, cuyo nombre representaba el dolor más agonizante y silencioso que hubiera experimentado.

Una presión acogió su cuerpo, y un torrente de lágrimas se le acumuló en los ojos; pensó en cómo su vida había cambiado y cómo el destino le había destruido cada uno de los planes que se pudieran haber culminado.

Sentada, en ese borde, posó sus manos sobre sus rodillas y se inclinó al frente, puso su frente sobre sus manos y, el dolor que hubiera estado reprimiendo durante los últimos días, se apoderó de ella. Su vientre vacío dolía, pero era un dolor temporal, un dolor que al pasar de las semanas desaparecería. En cambio, el dolor que experimentaba, la decepción que le gobernaba y que le recordaba lo miserable que se puede ser en tan sólo un abrir y cerrar de ojos, era infinito.

Ningún dolor físico podía compararse con el dolor de su alma, ningún vientre removido podía simular el dolor que sintiera por sus esperanzas e ilusiones rotas. Pensaba que, si pudiera elegir, elegiría no sentir.

Derrotada y sin ganas de escrutar en su dolor, se puso de pie y caminó hasta la puerta de su habitación, donde, un espejo de cuerpo completo ocupaba la parte interna de dicha puerta. Prendió la pequeña lámpara que se cernía sobre el espejo y observó detenidamente su cuerpo, de pies a cabeza. Se levantó la vieja camiseta que llevaba puesta y contempló su vientre y el arco marcado que se percibía desde sus costillas hasta su pelvis, los huesos se apreciaban notoriamente, y al advertir eso, algo en su interior se quebró.

-Mi amada Mónic… -Murmuró a su vientre vacío.

Recordó la etapa tan feliz de su embarazo, recordó cómo un hombre la había amado y le había ayudado a cimentar el hogar que, en un momento que jamás llegó, compartiría con su hija.

Cerró los ojos con fuerza, apretó su puño izquierdo y descargó con ira un golpe sobre el espejo sucio, la sangre comenzó a brotar de su muñeca y, una vez superado el pánico, supo lo qué tenía que hacer.

Y ahí, en esa habitación vacía, que semanas atrás hubiera disfrutado con la compañía de David y la esperanza de una pequeña niña de seis meses creciendo en su interior, tomó la decisión que desde días antes hubiera estado cavilando internada en su dolor.

Si Dios no había querido que su pequeña Mónic naciera, ¿entonces qué derecho tenía ella de vivir así?

Tomó el cristal más filoso que divisó, y lo que hizo a continuación, fue su sentencia…

 

***

David miraba la fría roca, una lágrima bajó por su mejilla y, pese a que quiso hablar, no encontró palabras. Entendía muy bien las razones que Simone tuviera para hacer lo que hizo. Y, hasta cierto punto, sabía que no podía culparla. Lo único que se reprocharía hasta el último momento de su vida, sería no haber llegado un minuto antes al sitio donde él le encontrara, ahogándose con su propia sangre.

Ese mismo día había decidido que no quería vivir sin ella, y que deseaba volver a ser parte de su vida. Se recordó diciéndole a su hermano John que quería enfrentarlo todo a su lado, y que no podía permitirse el lujo de perderla a ella también. No obstante, cuando decidió volver, lo hizo un minuto tarde.

La encontró aún con vida, agonizando en su lecho de muerte y bañada con su propia sangre, si bien no podía articular palabra, él quiso creer que había entendido el sonido que profiriera justo antes de que su mirada, que había dejado de ver, se perdiera en un sitio ajeno a la Tierra. Una sola frase que deseaba haber escuchado realmente…

Una trompeta sonó en la lejanía, alguna ceremonia para otro guerrero caído, para otra vida perdida. Miró al cielo, y deseó creer que, en algún sitio, Simone pudiera encontrarse con Mónic; así, quizá, morir habría sido la mejor decisión que tomara en vida.

Dejó el ramo de rosas sobre la lápida en la que se leía: “En algún sitio, tal vez la paz que no encontró en vida pueda encontrarla allá”.

Besó el nombre de “Simone De Vial” y, con una desdicha creciendo en su pecho, se despidió de la mujer a la que dejara caer. Esa mujer a la que no pudo rescatar.

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    Para la estrella más hermosa y brillante que ilumina mi cielo cada noche.

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    Mi alma dolida no sabe de curas, ni ungüentos, ni sales, que calmen mi ardor.

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