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3 min
Un Mundo Cruel.
Drama |
17.04.15
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Sinopsis

Un viejo pasado le había estado consumiendo durante más de veinte años. ¿Cómo vivir por tanto tiempo después de haber sufrido en carne propia la peor tragedia? Perdió su familia, amigos, conocidos... Perdió su hogar y su vida; todo por un gobierno corrupto que asesinaba inocentes para mantener las viejas costumbres de los hombres codiciosos e inhumanos: el poder es de quien lo compra.

El invierno cubría el oeste, una capa blanca de nieve cubría los estragos más notables de la ciudad. Ella miraba a través de su ventana, contemplando cómo la noche llenaba de sombras cada frío rincón de aquélla parte de la ciudad. Una imagen fugaz le llenó los sentidos de éxtasis y desazón; una sorpresa momentánea le hizo desear volver en el tiempo a aquélla época remota de su juventud. ¿A caso el destino, Dios, o el Universo habían planeado esa trágica escena que cambiaría el rumbo de su vida? Llevaba años cuestionándoselo, y la duda más de una vez había terminado por robarle el sueño.

Cerró la ventana para no ver más el mundo que tan cruelmente le había tratado a ella y a su familia. Hacía más de veinte años que su vida había quedado sumergida en un océano deplorable de desdicha y aversión, ¿cómo ver a los ojos a tu asesino, sin esperar que al parpadear no te ataque? Ella sabía que su asesino le acechaba; acechaba sus ilusiones, sus esperanzas y su escasa fe en un mundo mejor… En una vida mejor.

Dio media vuelta y entró en el pequeño cuarto de baño, dejó correr el agua de la pequeña tina y se volvió hacia el espejo. Se observó detenidamente, sin pensar en nada, sólo contemplando la mirada muerta que le devolvía el espejo. “Es hora”, se escuchó decir. Pasaron varios minutos antes de que volviera en sí, el agua de la pequeña tina comenzó a desbordarse y se volvió a ella para cerrar la llave. Comenzó a desnudarse y al terminar, tomó del pequeño estuche de primeros auxilios un frasco con píldoras somníferas, sin abrirlas se adentró en la tina, se acostó cómodamente y se colocó de forma que ejerciera fuerza para no sumergirse en el agua.

Tomó en dos tragos todas las píldoras que el frasco contenía. Rezó una vieja plegaria que su dulce madre le había enseñado para pedir perdón por sus pecados. La repitió dos o tres veces hasta que el conjunto mortal de pastillas comenzaba a tener efecto, los ojos comenzaron a pesarle y poco a poco fue perdiendo la fuerza. Comenzó a resbalarse de la tina hasta sumergirse por completo dentro del agua, en un último impulso por tomar algo de aire sintió sus pulmones cansados llenarse de agua, un dolor atroz le llenó el pecho, pero sus fuerzas no le permitieron dar consuelo a esa cruda tortura. Había muerto, al fin lo había hecho. Sin tiempo a arrepentirse, ni tiempo a disfrutarlo. Su cuerpo yació ahí, hasta que dos días después su casera llamó a la puerta.

Había muerto de una forma consciente, provocando ella misma su propia muerte, pero las circunstancias en que fue encontrada eran deplorables y denigrantes, incluso para quien ha decidido ponerle fin a su vida.

Margaret Collins hizo lo que necesitaba hacer; demostrarle a la vida hasta dónde un ser humano puede llegar tras haber sufrido la miseria en carne propia. Ella sólo era una víctima, al principio de un mundo cruel, y al final, de su propia culpa, y de su propia fe. Una fe retorcida y lastimada, una fe que le sentenció.

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