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3 min
Un nuevo reloj
Fantasía |
11.02.08
  • 5
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Sinopsis

UN NUEVO RELOJ

“NOMBRE DEL SUJETO:
Gunas Ferner Eertman.
EDAD ACTUAL:
45 años.
CARACTERÍSTICAS PARTICULARES:
1 metro con 78 centímetros de altura. Pelo castaño, piel blanca, ojos de coloración celeste. Buena salud mental y física.
ANTECEDENTES PENALES:”

La computadora de registro pareció titubear en este punto. Eertman se rió para sus adentros por lo ridículo de la idea. Ninguna computadora titubeaba en aquellos tiempos titubeaba ni debía hacerlo.
Luego de unos segundos, se extendieron sobre el monitor holográfico algunas líneas. Debajo de ANTECEDENTES PENALES se leía:
“Violación de la Norma de Seguridad General número 17.890, --Queda estrictamente prohibida la oposición a la Red Internacional de Gobierno. Lo antes declarado incluye manifestaciones violentas y no violentas, críticas en los medios de comunicación e intentos de tomar control de un área determinada sin consentimiento previo de la Red--.
Eertman fue forzado a leer en voz alta el registro, después de lo cual fue trasladado a una celda por guardias armados. Le pareció exagerado para una simple violación de una Norma de Seguridad General, pero aquellos robots no estaban dispuestos a escuchar críticas constructivas. Y cuando sintió el helado tacto de un cañón láser en la nuca, desistió de cualquier idea de razonar con ellos.
La celda, casi perfectamente semiesférica, era diminuta. Al hombre no le importó. De cualquier forma, estaba cerca su castigo.
Los robots empujaron bruscamente al hombre, tirándolo en el suelo de su celda, si es que se le puede llamar suelo a una superficie cuasi esférica como aquella.
La compuerta automática se cerró con un golpe seco. Eertman observó el lugar con indiferencia. Poco le importaba su situación sabiendo lo que le esperaba.
Pero no tenía sentido lamentarse. Si no hubiera escrito aquel artículo en la revista criticando el modo de vida en las metrópolis, no lo habrían condenado.
El tiempo parecía detenerse en aquel lugar, e incluso el prisionero pensó que aquello pasaba al ver el reloj digital (puesto en la única pared) pararse súbitamente. Solo pasados tres segundos, comprendió que había presenciado uno de esos raros momentos en que, después de cinco mil años, un reloj digital de aquellos se quedaba sin batería.
De pronto el reloj gastado se movió, arrastrado por un eje giratorio en la pared, y despareció. Del lado opuesto, que ahora miraba hacia Eertman, había otro reloj, idéntico en todo el diseño, pero con aspecto nuevo y reluciente.

Después de una hora, el hombre sintió movimientos a su alrededor. Eran los verdugos.
A pesar de estar fuera de la celda cerrada, Eertman conocía el aspecto de aquellas máquinas, por los medios de comunicación. Largos cuerpos cilíndricos semejantes a tubos, con ojos en la base que el robot mantenía en alto, y brazos con ganchos y dedos delgados.
Durante la estadía de los verdugos, el prisionero escuchó constantes ruidos de movimiento y otros que supuso indicaban que los robots manipulaban algún objeto.
Pasaron treinta minutos. Se escuchó cómo las máquinas se alejaban y luego un silencio absoluto.
Eertman comprendió que era el momento. Había llegado su hora.
Un rugido invadió su prisión. Un grupo de cohetes, colocados en la base de la celda, se encendieron
Cayó al suelo por la fuerza de impulso del despegue. Se incorporó lentamente.
Eertman comprendió entonces que el era como aquel reloj gastado en la
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