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12 min
Un País Imaginario
Fantasía |
24.08.15
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Sinopsis

Un País Imaginario

Los rayos entraron por la ventana y se proyectaron sobre sus ojos. Lentamente el hombre se fue despertando de su dulce letargo. Primero, la imagen de las ramas y sus hojas translúcidas le parecieron propias del ensueño haciéndole creer que todavía se encontraba en la paz del mismo. Pero pronto la luz le cegó la vista, la protegió llevándola hacia arriba. En eso sintió la dureza de los caños del sillón en la contractura de su espalda. Luego distinguió el techo del hospital y los recuerdos se fueron superponiendo en su memoria, a la par que su mirada iba descendiendo y descubriendo una cama como centro de mesa en esa habitación. Una pequeña figura descansaba entre sus sábanas e inhalaba y exhalaba en un movimiento suave y armonioso. Pero no lo estaba haciendo por sus propios medios, sino que un respirador artificial le hacía el contínuo favor que la mantenía en esa cama. Y recién terminó de abrir sus ojos en aquella realidad, cuando la voz sorda del recuerdo le dijo que esa figura era una niña y que esa niña era su hija.                                                                                                       Se sentó en el sofá y se refregó la cara contra las palmas de sus manos y no queriendo enfrentarse a la decisión que le esperaba al frente, se dijo a sí mismo que estaba muy cansado y abandonó la habitación.                                                                                     En la confitería tuvo la maravillosa idea de inundar su amargura con el gusto de un café. De a sorbitos se lo fue tomando, sentado en una mesa, acompañado por una silla vacía, mientras enfocaba su mirada cansada y triste en la nada, como lo demostraban sus ojeras negruzcas y sus ojos llorosos azul oscuro. Su rostro ya de por sí era delgado, lo que le confería un aspecto todavía más demacrado junto a una barba poco crecida y desprolija. Y coronando todo esto, su pelo negro que retrocedía ante unas entradas que se extendían como pistas de aterrizaje sobre su cuero cabelludo.                                       Tenía que pensar, pero simplemente no quería, no en ese momento. Le pareció que mientras le durase el vaso no tenía la obligación de decidir, por lo que trató de perpetuarse en la eternidad del instante, con la mente en blanco y la mirada contemplándola, acompañándolas con una mueca insensible. Así se mantuvo durante un tiempo, dejándose llevar por el gusto que bailaba en su boca al compás del silencio. Pero luego recordó con estruendo la existencia de esa maldita posibilidad, la posibilidad de la agonía.                                                                                                                         Incorporó su alta y flaca presencia y la hizo atravesar los pasillos ocultando su desgracia de los que ya empezaban a poblar el hospital, detrás de su rostro cabizbajo.

Recién pudo levantar la mirada cuando llegó al cuarto. Tomando valor se acercó a su lado y se enfrentó a sus ojos cerrados como compuertas y sus manos frías e inmóviles. No podía decir hace cuanto tiempo que estaba así, para él había pasado un año, pero según le dijeron los médicos sólo había pasado un mes. Un mes desde que la tuvieron que intubar, pero antes podía respirar, antes podía abrir los ojos, antes podía hablar, antes podía dibujar, antes podía salir de la cama, antes podía caminar, antes podía correr, antes podían jugar juntos.                                                                                   Pero todo eso se fue perdiendo progresivamente, bajo los efectos de algo que para los médicos no tenía explicación y mucho menos cura, simplemente era como si ella y su cuerpo hubiese decidido marcharse, en una alargada, lenta despedida. Y desde ya hace mucho los médicos regulaban su vida, por esto es que cuando le dijeron que ya no había nada más que hacer, es que entendió que ya había llegado a la puerta y sólo lo estaba esperando ahí  para que él se la abriera. Así lo comprobó una vez más al tomarle fuertemente la mano y conseguir solo con esto que el frío casi le quemara la suya.                       Súbitamente la represa que contenían sus ojos se quebró bajo la presión del llanto y apoyando su frente en las sábanas, las vertientes por donde comenzaron a fluir las lágrimas, las fueron empapando. No sabía si rezarle a algún dios lo ayudaría, pero en ese momento, más que rezar estaba implorando.

En eso escuchó la puerta abrirse y unos pasos acercarse, mientras él seguía derramando su miseria.

Una vos apagada le dijo.                                                                                       −Buenos días −el otro le quiso contestar, pero la respuesta se ahogó en sollozos.          

−Le traje esto, es de Ana.                                                                                   

Al escuchar esa última palabra alzó la cabeza y vio que unas manos pálidas y nudosas le tendían una carpeta roja. Enseguida la tomó, se incorporó y al abrirla, encontró un montón de dibujos, en los que distinguió enseguida un trazo que no podía desconocer.

−Los fui juntando a medida que me los fue dando, quería que se los dé todos cuando estuviese triste.                                                                                                               

Levantó la vista, adelante suyo había una mujer alta, vestida en el negro de un vestido, ocultando su rostro entre mechones de cerdas oscuras, tras las cuales yacían sus ojos celestes, de los que emergía una mirada profunda como el infinito.

−Espero que le sirvan −y al decir esto notó que sonreía. Después se dio la vuelta y se fue como si nunca hubiese entrado.

Volvió su vista a la carpeta repleta de dibujos. Se sentó en una silla y se puso a observarlos detenidamente, su hija solía dibujar muy bien para sus escasos 9 años. Ya que éstos conservaban su aspecto infantil pero se combinaban a su vez con una forma que les confería gran intensidad. Para colmo a estos nunca los había visto y les parecieron incluso mejores que los anteriores. Se dejó llevar por los mismos y los fue pasando uno por uno. Así, hasta que al cabo de unos cuantos, se comenzó a percatar de algo, era como si cada hoja tuviese ilustrada una parte de un mismo dibujo, como si fueran todas piezas de una misma escena. De hecho, hasta le parecía que se podían unir como si se tratase de un gran rompecabezas. Repentinamente una idea se encendió en su cabeza, la cual no entendía cómo lo ayudaría, pero que por alguna razón sentía que lo haría.

Sin perder un sólo segundo, sacó todos los muebles al pasillo y cerró y trabó la puerta de la habitación, agradeciendo que las ventanas solo daban a la calle. Luego sacó todas las hojas de la carpeta y las desplegó en el piso.                                                                   Así como pudo, empezó a armar el suelo. Las partes no tenían encastres, por lo que se tenía que guiar sólo por los trazos. A pesar de esto los fue conectando y el dibujo creció por sobre el piso, hasta por debajo de la cama de su hija y sin poder creerlo ya lo había completado sin dejar un solo espacio visible del aburrido color crema original.            Pero ahora seguían las paredes y se dio cuenta que necesitaba algo para pegar las hojas. Por lo que salió del cuarto y volvió con un par de tijeras, cinta y una escalera de pintor, acompañado de miradas raras que él ignoró completamente.                                   Seguro de que ya tenía todo lo que necesitaba se volvió a encerrar en la habitación. Empezó a trabajar, haciendo aros de cinta y pegándolos debajo de las hojas. De esta forma fue tapando las paredes y como era alto, no le costó alcanzar las partes más altas. Pero cuando las logró terminar, que como en el piso no quedó un solo espacio libre salvo el de las ventanas, tuvo que usar la escalera para llegar al techo. Así usando la misma técnica de los aros, este también se fue cubriendo de diferentes tonos de azul y celeste, con muchas nubes que hasta parecían que se movían, con un intenso sol de por medio, el cual completó con la última pieza del rompecabezas. Y al bajar los escalones, se encontró en un nuevo lugar, una vasta pradera que se extendía a lo lejos, con árboles desperdigados, pequeñas flores se distinguían entre el verde del pasto y en el medio un largo sendero atravesaba el paisaje hasta terminar en el horizonte.                                                                                                                          La ténue luz del atardecer que se filtraba por la ventana iluminaba la habitación. El padre se quedó parado en el medio del escenario y a medida que el sol de afuera se escondía él fue cerrando sus párpados y encendiendo su propia luz, una luz que al principió no era visible, sino palpable, apreciable con el sin fin de sensaciones que empezaron a fluir armoniosamente en su cuerpo y fuera de este, donde comenzaron a tomar formas, figuras, contornos, rellenos, colores, luces, sombras, texturas, temperaturas. Y cuando pudo sentir esta misma en el calor que teñía el interior de sus párpados de rojo, fue que abrió los ojos en esa nueva realidad. Al hacerlo, vio a un sol que tenía a todos los colores del fuego bailando y arremolinándose en lo que conformaba su peculiar forma, que con sus destellos penetraba en las líneas de azules y celestes que comprendían el cielo, siguiendo el viento, el cual con su soplar incesante carreteaba cientos de pequeñas nubes como trocitos de algodón por lo alto de los aires. Así fue acompañando su trayecto empujado por una brisa que dibujaba su contorno, lo envolvía, lo atravesaba, llevando hasta lo más profundo de sí el dulce canto de su suave silbar, acompañado por el tocar del roce de las hojas. Todo este lugar parecía pintado con los colores propios de una risa, porque era la mejor forma de describir todo lo que percibía. Y era en sí a donde lo conducía ese camino, porque allá en el horizonte mismo, un bosque se extendía y al internarse en él, al atravesar ramas tupidas, pendientes pronunciadas, bajadas abruptas, finalmente llegó a un claro. En el medió un gran árbol se alzaba y en una hamaca que colgaba de una de sus ramificaciones, pudo distinguir a su hija, surcando el aire a fuerza de carcajadas y gritos, en el dibujo más hermoso que vio en su vida. Sin poder creerlo avanzó unos pasos, en la mitad cayó de rodillas. La niña al verlo se bajó de la tabla y corriendo completó el resto del trayecto, para fundir los trazos que conformaban los dos en forma de un único dibujo, el de un abrazo. Ninguno de los dos podía hablar, pero realmente no hacia falta. Una música inexplicable completó ese momento en el que el padre sintió a su hija más real que nunca entre sus brazos. Las lágrimas empezaron a acariciar sus mejillas y el momento llegó a ser perfecto. Un momento que como ningún otro continuó cuando al dejarse espacio pudo ver de cerca su rostro y sus ojos bien abiertos con los que intercambiaron las miradas y sus inmensas sonrisas. Un momento que siguió aún más con los dos jugando en la hamaca, entre los árboles, a las escondidas, a la rayuela, a lo que quisieran, porque en ese momento único, tanto padre como hija, eran niños. Así siguieron, hasta que exhaustos, satisfechos y tranquilamente cansados, ese momento llegó a su fin.

La pequeña lo llevó de la mano y ambos pasearon por un senderito con plantas espectaculares a todos lados. Ambos se maravillaron de sus curiosas formas y vívidos colores de sus flores. Así hasta que el sendero se dividió en dos, por un lado, el sol se estaba poniendo, por el otro, el bosque continuaba y unas montañas se alzaban en lo alto. Padre e hija se volvieron a abrazar y como último regalo la niña le dibujó una sonrisa al hombre, con un lápiz que también se lo dio. Esta fue la despedida, después de la cual cada uno se fue por su lado, ninguno de los dos se volteó, no lo necesitaron.                                           

Se despertó en el cuarto del hospital, varios médicos estaban alrededor de él. Se incorporó, no les pudo explicar el tapizado de dibujos y el porqué de haberse encerrado, pero se preocuparon más por si él estaba bien. Ya todos en ese hospital lo conocían. Más tarde habló con el doctor que trataba a su hija, para decirle que ya había tomado una decisión. Finalmente, cuando la desconectaron volvió a llorar. Salvo que esta vez las lágrimas no fueron tan saladas, porque a él se le concedió el mayor de los favores, el de vivir en carne propia la fantasía de una niña, cuya imaginación pudo volar más allá de los límites de lo real, creando el mejor el mejor cielo que un padre puede esperar para su hija. Ahora solo le quedaba hacer uso del lápiz para su creatividad que  le regaló ella y de su mayor obra, la de su sonrisa, que seguía dibujada en su rostro.  

 

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